Palabras que cuentan: Comunicación y economía de la credebilidad

Allá por el año 1980, la publicación de la UNESCO Un solo mundo, voces múltiples, más conocida como Informe McBride, que pretendió generar alternativas a las desigualdades comunicativas globales para promover así una cultura de paz, ya alertó sobre el hecho de que los medios de comunicación funcionaban de facto como instrumentos de poder claves para perpetuar la desigualdad económica global. La estandarización de contenidos y fuentes de información sería imparable si no se articulaban medidas de protección que garantizasen el acceso a canales informativos múltiples. Asimismo, se consideraba urgente impulsar la elaboración de un código de ética periodística mundial.

Desde este Espíritu McBride (que sería tan interesante impulsar de nuevo dentro de las actuales negociaciones del Tratado Vinculante de la ONU sobre empresas transnacionales y Derechos Humanos), que en su momento provocó tanto el silenciamiento y ostracismo de Sean McBride como la salida de la UNESCO de los EEUU de Reagan, ofendido por la defensa de la diversidad mediática global, me gustaría concentrarme, por su urgencia para el presente, en el derecho al acceso a la comunicación como un derecho humano.

Si tenemos en cuenta el papel central que juegan los medios de comunicación como creadores y transmisores de cultura, es obvio pensar que, entre otras aristas, no existe protección del derecho a participar en la vida cultural en condiciones de igualdad sin que la comunicación esté al alcance de todos y todas en términos de dignidad humana y no discriminación, así como dentro de marcos legales que protejan el derecho a la identidad cultural, uno de cuyos elementos más evidentes es la diversidad lingüística.

Los medios de comunicación juegan un papel determinante para la creación de climas de respeto o persecución, entre otros, de los derechos culturales y de las minorías, dada su capacidad para construir y legitimar visiones del mundo y redes de significado que definen “lo que realmente existe”, “lo que deviene real” merced a su acceso a la representación y la visibilidad.

El derecho a la comunicación como derecho humano no se centra tan solo en el derecho a recibir información, en la protección de la pluralidad de lo recibido, sino también en la capacidad generadora de esa misma información. Sin tener acceso a los instrumentos a través de los cuales se construye el sentido, se identifica lo que es relevante y no, lo que participa en el desarrollo y evolución de valores y conductas plausibles y en general a las herramientas por las que se construye “la realidad que se ve” (y por lo tanto que definen también las zonas de silencio y sombra), no se puede hablar en ningún caso de respeto a los derechos humanos.

Desde esta visión de los medios de comunicación como legitimadores de discursos y conductas y constructores de “la voz pública”, la definición de quién tiene derecho a hablar y quién queda relegado del derecho a la palabra, sería urgente llevar nuestra mirada crítica tanto para el corto como para el medio plazo hacia lo que Dolores Juliano ha denominado “criterios de credibilidad”. Como esta antropóloga afirma[1], “los sectores que tienen mayor poder monopolizan a su favor el supuesto de veracidad (…) Se da así una correlación directa entre poder y credibilidad”, por la que los sectores con mayor acceso al poder y, por tanto, con mayor control mediático, logran presentar sus intereses como algo objetivo y universal.

Credibilidad y soberanía

Si queremos atender al llamamiento a la reciprocidad en el intercambio de información que reclamaba el Informe McBride es fundamental que tengamos en cuenta, por tanto, la construcción social de la credibilidad y al acceso a la comunicación como un elemento que genera soberanía, llevando nuestra atención y análisis hacia cuestiones como las siguientes:

  • La producción mediática de la ausencia y la inexistencia, como ha señalado Boaventura de Sousa[2] en su identificación de cómo se construye “la alternativa no creíble de lo que existe”, siempre en términos de alguno de estos cinco ejes: lo ignorante, lo retrasado, lo inferior, lo local/particular y lo improductivo. El vacío informativo, por ejemplo, de la realidad rural e interior de España ilustra de modo elocuente este punto.
  • La exotización cultural como forma de simplificación y silenciamiento. Si, como afirmaba Fanon[3], en la posesión del lenguaje hay un modo de ejercitar el poder”, la condena a ser hablados y esencializados impide cualquier discurso contextualizado y en primera persona. Los suplementos de viajes de los grandes grupos mediáticos en España, que desgajan los destinos de cualquier marco contextual, ejemplifican este eje.
  • La dimensión lingüística de la credibilidad. Todo lo que queda fuera del globish, como lo ha bautizado François Jullien[4], será desacreditado como perversión de lo universal, puesto que este, obviamente, ha de nombrarse en la lengua de los centros económicos de poder.
  • El desarrollo de una nueva sensibilidad hacia los privilegios epistémicos atendiendo a los conocimientos denegados como tales, a las razones por las que se deslegitiman esos conocimientos y a quienes los poseen y a la identificación de los intereses económicos que subyacen en la validación de los mismos. Toda la gama de expertos presentes en medios de comunicación y sus criterios de selección, así como el papel legitimador que juegan para afianzar el paradigma de los rankings del conocimiento mundial, nos sirven de ejemplo.
  • La invisibilización de la posición desde la que se habla y el control de la perspectiva y campo de la percepción como mecanismos legitimadores del poder. Se naturaliza el lugar de enunciación como si fuese un espacio de neutralidad aséptica, lo que contribuye a negar las tensiones y luchas por el acceso a la enunciación y al papel que juega para lograr imponer interpretaciones válidas para todos los miembros de una sociedad.
  • La homogeneidad presente en los espacios de “respetabilidad de la palabra” y de “construcción de prestigio” (en su vertiente económica, social y cultural), así como la imposición de genealogías intelectuales y de referencialidad que apuntalan la voz válida y que ayudan a construir pertenencias: eres de los nuestros si te referencias en los nuestros.

Climas emocionales y deslegitimación

¿Qué climas emocionales necesitamos generar para que un determinado discurso sea eficaz y creíble? Resulta muy interesante, hablando de construcción social de la credibilidad,  analizar las estrategias emocionales que suelen seguirse para deslegitimar las voces críticas en los medios de comunicación.

Estas estrategias, que pueden llegar a ser mortíferas, como está sucediendo con la persecución a defensores y defensoras de derechos humanos en toda América Latina, pueden resumirse en las siguientes: infantilización de quien comunica; degradación y ridiculización espectacularizante, utilización de la vergüenza y la estigmatización como herramienta de silenciamiento público y, por último, empleo de clichés para fines como los que apunta Santiago Alba Rico[5]: “el cliché no degrada al otro solo para dominarlo más fácilmente sino para exonerar al vencedor de toda responsabilidad”

Es por todo ello por lo que debemos seguir enmarcando el derecho a la comunicación como derecho humano y eje central para la soberanía real de los pueblos. Como afirma Achille Mbembe[6], los medios de comunicación tienen capacidad “para definir quién tiene importancia y quién no la tiene, quién está desprovisto de valor y puede ser fácilmente sustituible y quién no”, y por tanto la falta de acceso a los mismos es una forma de violencia que retroalimenta al resto, definiendo qué vidas importan y qué muertes no.

*Estefanía Rodero es socióloga de la cultura, especialista en Relaciones culturales internacionales.

[1] Juliano, Dolores (2017): Tomar la palabra. Mujeres, discursos y silencios. Edicions Bellaterra, Barcelona.

[2] De Sousa, Boaventura (2010): Descolonizar el saber, reinventar el poder. Ediciones Trilce, Montevideo.

[3] Fanon, Frantz (2009): Piel negra, máscaras blancas. Editorial Akal, Madrid.

[4] Jullien, François (2017): La identidad cultural no existe. Editorial Taurus, Barcelona.

[5] Alba Rico, Santiago (2015): Islamofobia. Nosotros, los otros, el miedo. Editorial Icaria, Barcelona.

[6] Mbembe, Achille (2011): Necropolítica. Editorial Melusina, Santa Cruz de Tenerife.


Artículo publicado en el nº 78 de Pueblos – Revista de Información y Debate, “¡Hasta siempre!”, tercer cuatrimestre de 2018.

 

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