Cómo contar para cambiar el mundo en tiempo adversos

Los discursos de las ONGD contribuyen a construir imaginarios colectivos. Muchas conciben la comunicación como una herramienta para la transformación social, pero urge sortear trampas como el complejo de salvadores, la revictimización y el uso de una jerga tecnificada y abstrusa

Los campos de concentración y exterminio no pueden explicarse solo con la llegada al poder de Hitler, cúmulo y culmen de la maldad. Si el Holocausto fue posible, fue porque en ese momento, como sociedad, no nos horrorizaba el trato que se infligía a las comunidades judías o gitanas. Hacía ya tiempo que eran los otros deshumanizados.

Para aquellos que quieran verlas, son muchas las señales que nos indican que, si bien la historia no ha de estar condenada a repetirse, sí tiene demasiados visos de parecerse. Es probable que muy pronto: vivimos tiempos acelerados en los que los acontecimientos históricos se precipitan y, como sociedad, cada vez nos horroriza menos el trato que reciben muy a menudo las personas migrantes o racializadas, los ‘nuevos’ otros.

¿Han de comprometerse las ONGD, entidades cuya labor históricamente ha estado vinculada a la cooperación para el desarrollo, a la apremiante tarea de combatir la construcción de un otro exterminable que lleva aparejada el auge del racismo y la xenofobia?

La respuesta no debiera dudarse ni un segundo: sí. Pero no solo porque estén obligadas éticamente a ello, sino porque, quieran o no, las ONGD ya están jugando un papel en este ámbito. A veces, sin una plena conciencia política de ello.

Comunicamos

Ergo construimos al otro

Las ONGD contribuyen con sus estrategias comunicativas a crear imaginarios colectivos. Producen mitos y símbolos compartidos por una sociedad. En menor medida, tal vez, que medios de comunicación, partidos políticos u otras instituciones, pero lo hacen. Tienen por lo tanto una responsabilidad estructural, política, en la construcción de la otredad.

Desde hace ya tiempo, muchas ONG de Desarrollo conciben la comunicación como una herramienta para la transformación social. Entienden, por tanto, que esta ha de huir de discursos simplistas y paternalistas. Ha de ir más allá de la simple exposición de problemas como el hambre, la pobreza, las desigualdades o las catástrofes “naturales”. Ha de atender a explicar las causas de estos y señalar a las y los responsables. Ha de dar espacio para que se pueda escuchar la voz de los y las protagonistas, aquellas personas y comunidades que no solo los viven sino que también elaboran respuestas y generan alternativas y cambios.

Es innegable el avance que este enfoque supone frente a otros anteriores más centrados en la comunicación como una simple herramienta de marketing para obtener fondos; enfoques que naturalizaban, culpabilizaban y perpetuaban la pobreza y las desigualdades, circunstancias que podían, en todo caso, aliviarse con nuestras donaciones.

No debemos olvidar, sin embargo, que estas distintas visiones acerca del rol de la comunicación conviven hoy en día en las ONGD. A veces, incluso en la misma organización.

En nuestras trampas

Además, aun si las organizaciones apuestan (o dicen apostar) por una comunicación para el cambio, es necesario y urge profundizar en algunas reflexiones y críticas para sortear ciertas trampas que, incluso sin quererlo, pueden estar apuntalando el racismo y la xenofobia. Por acción, consciente o no, o por omisión.

Señalaré solo dos de ellas, conectadas en cierta medida entre sí: el complejo de salvadores y la victimización, por un lado, y el uso de una jerga tecnificada, abstrusa y alejada de las vivencias y emociones de la sociedad, por otro.

El complejo de salvadores suele explicarse rápidamente con una imagen que aún se repite, aunque cada vez menos, en la comunicación de algunas ONGD (sobre todo si el fin último es captar fondos): la foto de un hombre o una mujer blancos “ayudando” a un niño o a una niña negro, indígena, árabe…

Reconocer y evitar esta representación bruta y casi caricaturesca del ideario colonial mediante la que Occidente civiliza a otros pueblos por su bien no nos evita seguir mostrando el mundo desde una mirada eurocéntrica, en la que unos países ayudan, y son buenos, y otros reciben, y no son tan buenos, en la que unos somos sujetos activos con derechos y otros objetos pasivos que necesitan nuestra protección.

Esta mirada está presente, por ejemplo, cada vez que algunas ONGD defienden públicamente -aunque sea de manera absolutamente bien intencionada- que es necesario combatir las causas últimas de las migraciones (reducidas estas siempre a migraciones económicas) y que la cooperación para el Desarrollo puede contribuir a ello. Caen así en una instrumentalización del Desarrollo como herramienta para frenar los flujos migratorios, cómplice de los Estados y de una Unión Europea que destina cada vez más fondos a externalización y militarización de las fronteras.

Las ONGD tienen entre sus fines acabar con el hambre, la pobreza o las desigualdades. No dejemos que esto se pervierta e instrumentalice. No ha de ser jamás un medio para disminuir las migraciones, sino una cuestión de justicia y de reparación. Aún hoy el bienestar de Occidente se basa en el expolio de unos otros que no son tan humanos como nosotros. Todavía más cuerpo “exótico”, más explotable como recurso ‘natural’, cuando hablamos de las mujeres. Para dinamitar está jerarquización colonialista, es clave que las ONGD asuman y tengan muy presente en sus discursos la defensa del derecho a migrar. Ese derecho que asiste a las personas cooperantes y que se niega a los y las ‘beneficiarias’ de los proyectos de cooperación.

Muchas ONGD insisten en la importancia de dar voz a aquellas personas con las que trabajan. Y no, no se trata de dar voz. Ya la tienen. Hay que escuchar de verdad, no negar ni silenciar. Esto último es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se reproduce la idea que las mafias están siempre tras los saltos a las vallas de Ceuta o Melilla o las pateras en el Estrecho. Este discurso revictimiza a las personas migrantes, sobre todo a las negras, y niega sus proyectos migratorios, sus estrategias individuales y comunitarias.

A pesar de que siempre han existido pasadores, algunos con más ética y escrúpulos que otros, que han cobrado por atravesar fronterasa nadie se le ocurriría afirmar que las miles de personas que tuvieron que recurrir a ellos, por ejemplo, en Europa durante la Guerra Civil española o la Segunda Guerra Mundial, no tenían voluntad propia sino que estaban en manos de las mafias. Somos capaces de ver que entonces el recurso a los traficantes era fruto de la persecución y el cierre de fronteras. Igual que ahora.

La otra trampa a la que han de hacer frente las ONGD si no quieren dejar crecer el racismo es la de dejar de usar una lengua que niega su principal función, la comunicación. Demasiadas veces las ONGD emplean una jerga ‘profesional’ llena de conceptos, análisis y propuestas que solo entienden las personas iniciadas, pero no gran parte de la sociedad a la que se dirige, una jerga que no les interpela y en la que no sienten representadas sus demandas. Pan, trabajo, dignidad, igualdad y justicia, son demandas compartidas aquí y allá, que movilizaron en las revueltas árabes de 2011 y en el 15M.

En un momento en el que grandes sectores sociales -en muchas ocasiones los perdedores de la globalización y el neoliberalismo- se sienten seducidos por los cantos de sirenas de opciones políticas racistas, de extrema derecha o incluso de una supuesta izquierda, las ONGD no pueden seguir mirando desde la altura que da su misión salvadora, “centradas en su aportación específica”, basando su comunicación en enfoques y estrategias de salón, lejos del sufrimiento de aquellas personas a los que desahucian de sus vidas en distintos puntos del planeta.

Mañana, cuando quieran reaccionar será demasiado tarde. Hoy ya existen campos de concentración en Europa, en Estados Unidos y en sus fronteras sur.

*Amanda Andrades González es periodista. Ha trabajado como cooperante en América Latina y el Magreb y actualmente ejerce como responsable de comunicación de la Coordinadora Estatal de Organizaciones para el Desarrollo.

Las opiniones expresadas en este artículo solo representan a su autora.


Artículo publicado en el nº 78 de Pueblos – Revista de Información y Debate, “¡Hasta siempre!”, tercer cuatrimestre de 2018.


 

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