La soberanía feminista: repensando las soberanías desde la vida

El poder corporativo gobierna cada vez sobre más dimensiones de nuestras vidas. La nueva oleada de tratados de comercio e inversión es uno de los instrumentos que utiliza para limitar nuestra capacidad de transformar las condiciones de vida. En este contexto, este artículo propone pensar en formas de recuperar el control sobre la propia vida. Es esta una apuesta intelectual y política de resignificar la soberanía desde los aprendizajes feministas y analizar su capacidad transformadora en el marco capitalista actual.

Lo que sigue es una instantánea  de un proceso de discusión entre  las personas que formamos Bilgune  Feminista[1]. Al mismo tiempo, es  una propuesta que trasciende el propio  marco de Bilgune, porque recogemos  aprendizajes de otros espacios de  discusión. Lo que tienes entre las manos  es una propuesta para la transformación  social. Una propuesta que no  busca ser receta, pero que está hecha  desde la convicción de que podemos  cambiar las cosas.

La fantasía capitalista se está  rompiendo. Pasamos de un capitalismo  que nos quería seducir bajo la  promesa del progreso y bienestar a  un capitalismo que reconoce abiertamente  que solo hay espacio para  unos pocos. Ante esta deriva, nos  preocupa que la derecha sea la única  que esté consiguiendo movilizar  el descontento social, impulsando  precisamente una noción de soberanía  en su vertiente más autoritaria,  conservadora y racista. Urge crear  propuestas de emancipación social,  pero para eso necesitamos entender  a qué nos enfrentamos. El enfoque  feminista nos permite lanzar nuevas  preguntas a viejos dilemas.

A qué nos enfrentamos

Como sucediera en las anteriores  grandes crisis del capitalismo, lo que  estamos viviendo es un conjunto de  procesos estructurales que intentan  reestablecer los procesos de acumulación  del capital. Para que esto pueda  ocurrir, para que el sistema capitalista  pueda reestructurarse, necesitamos  entender dos movimientos: expansión  y recogimiento.

Empecemos explicando a qué nos  referimos por el movimiento de expansión  capitalista. Por una parte, vemos  que el capital intenta mercantilizar  cada vez más dimensiones de la vida,  siempre y cuando puedan ser transformadas  en dinero. Esta mercantilización  genera que cada vez sea más difícil  el acceso sostenido a los medios de  vida para amplias capas sociales. Hoy  en día, esta mercantilización de nuestras  vidas ha llegado a límites antes insospechados:  hemos llegado a ponerle  precio a un vientre, a una vejez digna o  a un río. Por otra parte, el capital busca  continuar expandiéndose en nuevos  espacios geográficos. En lo inmediato,  esto pasa por estructurar las poblaciones  y los territorios según sus intereses.

Precisamente, la nueva oleada de  tratados de comercio e inversión es la  herramienta para impulsar la expansión  capitalista. Se valen de una ingeniería  jurídica que refuerza el poder  corporativo y actúa desde la impunidad,  así como de unos instrumentos  que reorganizan los territorios, deslocalizan  y cohartan nuestra capacidad  de hacer proyectos de vida.

El otro movimiento que necesita  hacer el capital para reestructurarse es  el de recogimiento. Para que el capital  pueda seguir expandiéndose, necesita  de esferas subalternas e invisibilizadas  de la economía. Es decir, necesita que  en la medida en que se dificulta el control  sostenido de los medios de vida, alguien  se encargue de sacar como pueda  al conjunto de la sociedad adelante.

Desde un análisis feminista lo que  vemos es que la responsabilidad de  sostener la vida se feminiza no como  consecuencia, sino, más bien, como  estrategia político-económica para poder  reestablecer los procesos de acumulación  del capital. La agudización  de la rehogarización de la reproducción  que estamos viviendo ahora es  posible gracias a la articulación con  el sistema patriarcal. O, lo que es lo  mismo, este sistema capitalista necesita  producir y reproducir desigualdades  de género para seguir expandiéndose.

La articulación
entre  capitalismo y heteropatriarcado

Si queremos crear propuestas políticas  emancipadoras, tenemos que entender  la articulación del capitalismo y del  heteropatriarcado, así como la articulación  entre lo que hacen los capitalistas  para aumentar sus beneficios y lo  que hacen las personas para ganarse la  vida. Es necesario que comprendamos  cómo conseguimos sacar la vida adelante  en un contexto mundial donde  la acumulación del capital se presenta  material e ideológicamente como el  motor de la sociedad; darnos cuenta de  que la vida no la sacamos adelante solo  estableciendo relaciones de empleo/  capital, que esta no es la única relación.

Es más, las otras relaciones que establecemos  para sacar la vida adelante  deben ser explicadas como partes fundamentales  del proceso de reproducción  social de las sociedades capitalistas.  Para entender, en definitiva, cómo  conseguimos salir adelante, tenemos  que tener en cuenta cuál es la articulación  entre las posiciones de producción  y reproducción de una persona o  grupo social en la estructura social. En  última instancia, es esta articulación de  posiciones productivas y reproductivas  lo que nosotras entendemos por clase  en un sistema capitalista.[2]

Por todo esto decimos que ya  no tiene sentido articular la resistencia  solo desde el trabajo asalariado.  Tampoco nos llevará muy  lejos separar el trabajo productivo  del trabajo reproductivo. Hay que  arriesgarse a pensar de forma integral  acerca de los procesos económicos  que sostienen la vida: cuál es  la noción de vida que se nos ofrece  en el capitalismo y en qué o quién se  sostiene esta. Para entender la forma  de dominio capitalista, tenemos que  hablar de vida.

Por tanto, si lo que está en juego  es la vida, es desde la vida desde donde  se tenemos que organizar la resistencia.  Esto nos lleva, por un lado, a  democratizar la lucha, ya que todas  nos convertimos en sujetos políticos  y todos los espacios se convierten en  espacios de resistencia.

Por otro lado, resistir desde la vida  nos lleva a interrogarnos no por la  Vida en mayúsculas, si no por la vida  concreta. Mirarnos, escucharnos, reconocernos  en nuestras vidas cotidianas  significa poner la atención en la  precariedad del día sí y día también.  Mirarnos, escucharnos, reconocernos  en la desorbitada factura de la luz, en  la soledad no deseada, en los permisos  de residencia que no llegan, en  el piso de 30 metros cuadrados, en la  maternidad no elegida, en las relaciones  que asfixian, en el empleo a dos  meses vista.

La apuesta radical por la vida no  consiste en reivindicar la Vida en mayúsculas  sino en tomar una posición  en torno a los límites de la vida digna.  La politización de la vida no es  otra cosa que la comprensión de la  vulnerabilidad propia y las ganas de  establecer los nuevos umbrales de la  dignidad colectiva.[3]

De pronto, al darnos cuenta de  que el capitalismo no es solo un sistema  económico, descubrimos que  el capitalismo es una forma de vida,  un sistema cultural. Descubrimos que  nuestros deseos, aspiraciones, sueños  y anhelos están vinculadas al capitalismo.  En este sentido, resistir desde  la vida supondrá también subvertir los  valores y la racionalidad del sistema  económico neoliberal. Tenemos que  llevar hasta sus últimas consecuencias  aquello que ya llevamos tiempo  diciendo desde los feminismos: lo  personal es político.

La apuesta  por la soberanía feminista

Con todo lo expuesto, para nosotras  queda claro que la lucha anticapitalista  tiene que atacar al eje heteropatriarcal  del sistema. Tenemos claro también  que la propuesta transformadora  tiene que construirse desde la concreción  de la vida cotidiana. Pero, ¿qué  propuesta emancipadora podemos hacer  en esta nueva deriva capitalista en  la que estamos inmersas?

Nosotras creemos que esta propuesta  pasa por reapropiarnos de las  soberanías desde los aprendizajes feministas.  Queremos construir la Soberanía  Feminista. Una soberanía que  hay que poner en marcha más allá o,  mejor dicho, más acá de los Estados.  Porque, como Grecia nos ha enseñado,  la soberanía no se consigue mediante  los Estados, los gobiernos o las  fronteras. No se acuerda en los despachos  ni se construye de arriba a abajo.  Como Grecia nos ha enseñado, el capital  nunca está afuera. La soberanía  hay que pelearla desde la vida misma.

En este sentido, la soberanía es  para nosotras un proceso individual y  colectivo. Es una soberanía que pasa  por el cuerpo, porque hablamos de ser  dueñas de nosotras mismas, de nuestros  cuerpos y de los medios de vida.  Pero en tanto que no sacamos solas  la vida adelante, en tanto que la vida  solo es posible en relación, la soberanía  tiene que ser al mismo tiempo  colectiva, tiene que posibilitar la reproducción  social. Por ello, para nosotras  la soberanía es un proceso que  se arraiga en el territorio, el lugar inmediato  de la vida.

Ser dueñas de nuestro futuro es lo  que todo proyecto emancipador debería  posibilitar. Ante un sistema económico  que sostiene la vida (o lo que  queda de ella) de forma injusta, urge  reapropiarnos de los medios de vida.  En tanto que no es la separación de los  medios de producción la que empuja a  las personas a las relaciones explotadoras  con el capital, sino la separación  de los medios de reproducción de su  medio de vida. Tenemos que convertir  los medios de producción de capital  en medios de reproducción de la vida  colectiva; orientar la economía a la  satisfacción de las necesidades del  conjunto social y no a la acumulación  del capital. Para ser soberanas hoy necesitamos  tener las capacidades, los  recursos (materiales, afectivos y rela cionales) y las instituciones sociales  que nos permiten construir las vidas  que queremos vivir.

Sin embargo, estamos muy lejos  de disputarle la hegemonía al capital.  Ante un Estado al servicio del poder  corporativo, urge tomar el poder de  decisión sobre la propia vida. Para  ser soberanas hoy, necesitamos tener  el poder de movilizar y decidir sobre  los recursos o elementos que son indispensables  para la reproducción de  la vida. Esto implica que necesitamos  cuestionar y reinventar las instituciones  sociales mediante las cuales organizamos  y sostenemos nuestras vidas,  desde la institución de la familia a la  del Estado.

En este sentido, la soberanía feminista  es también un proceso radical  de democratización política, pues significa  que los sujetos subalternos nos  transformemos en sujetos políticos y  protagonistas del cambio de nuestras  vidas. Por eso estamos trabajando  hacia el empoderamiento de las mujeres,  porque el ejercicio del poder es  más bien un proceso en el cual están  involucradas cuestiones tales como la  autoestima, la concienciación y los  miedos. Pero, además, pensar el poder  desde el feminismo significa que el  movimiento feminista sea reconocido  como interlocutor político ante las  instituciones, los partidos, los sindicatos  y los movimientos sociales. Este  es un reto que tiene el movimiento feministas  desde sus inicios, el reconocimiento  como agente principal que  defiende los intereses de las mujeres  como clase.

En definitiva, la soberanía feminista  no es una soberanía particular ni  un paraguas que englobe el resto de  soberanías. Al mismo tiempo, la puesta  en marcha de las soberanías particulares  la constituye. Es, más bien,  el proceso de transformación global  de las relaciones sociales capitalistas  que son en sí mismas heteropatriarcales.  Es el marco común de subversión  que debe articular el cambio hacia una  economía orientada a la satisfacción  de las necesidades sociales y al bienestar  colectivo.

La transición feminista

Los caminos hacia la Soberanía Feminista  son diversos. Lo que encontrarás  a continuación son los caminos que nosotras  hemos empezado a transitar para  construir esa Soberanía Feminista.

El primero de los caminos es el  de la autoorganización de mujeres.  Partiendo de la vida concreta de las  mujeres, hemos empezado a caracterizar  colectivamente qué significa  en el contexto de Euskal Herria una  buena vida y cómo organizarnos para  conseguirla. Al mismo tiempo, hemos  empezado a ahondar en las diversas  experiencias económicas protagonizadas  por mujeres. Experiencias que,  aunque dispersas, ya están en marcha,  y que si bien están lejos de crear un  modelo alternativo, si que pueden  desestabilizar el proyecto hegemónico  capitalista.

El segundo de los caminos lo estamos  haciendo con los movimientos  sociales y los sindicatos, desenmascarando  la dimensión patriarcal del  sistema capitalista e intentando construir  un proyecto político compartido  que tenga una noción de la economía  más amplia. Una muestra de ello es la  Carta de Derechos Sociales de Euskal  Herria.

El tercer camino es el global, porque  las respuestas al capitalismo tienen  que articularse a la altura de su  ofensiva. Para ello, la red de solidaridad  de la Marcha Mundial de las Mujeres  es la herramienta que utilizamos  para reconocer nuestros privilegios y  subvertir las relaciones coloniales y  racistas en las que se asienta el capitalismo.  Una experiencia global a destacar  son los paros internacionales de  mujeres como modalidad inédita de  lucha.

Estos tres caminos nos permiten  afirmar que la transición feminista ya  está en marcha. Ahora toca pasar del  contrapoder al poder. Para ello apostamos  por crear una red permanente  entre feministas de espacios diversos  de Euskal Herria para marcar prioridades,  abordar urgencias e ir construyendo  las estrategias para la consolidación  de la Soberanía Feminista. En  sí, lo que hemos realizado es un salto:  hemos pasado de entender y ejercer  el feminismo simplemente como una  ideología o una forma de lucha, a convertirlo  en un proyecto político desde  donde construir y plantear alternativas  reales de vida. Buscamos hacer un feminismo  con incidencia política y económica,  con capacidad de transformación  social. Un feminismo que entra en  conflicto. En definitiva, un feminismo  que subvierta las relaciones sociales  del capital.


Uzuri Aboitiz Hidalgo es investigadora predoctoral  en Antropología Social (Universitat de Barcelona).  Forma parte de Bilgune Feminista

Artículo publicado en el nº76 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer cuatrimestre de 2018, monográfico “Tratados comerciales, ofensiva contra nuestras vidas”.

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NOTAS:

  1. A las compañeras de Bilgune Feminista, porque ellas  son, en última instancia, las autoras de la propuesta  política. Agradecer a Amaia Zufia Erdozain, Saioa  Iraola Urkiola y Amaia Perez Orozco las lecturas y los  comentarios de este texto durante su elaboración.
  2. Esta conceptualización de clase puede encontrarse  entre otros textos en: Susana Narotzky (2004): Antropología  Económica nuevas tendencias, Melusina.  Barcelona. p.303-304.
  3. La relación entre la vida y la política la han repensado  extensamente desde el colectivo Espai en Blanc  (2006) Vida y Política. Materiales para la subversión  de la vida. Bellaterra. nº1-2. 

 

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