Alberto Xicoténcatl Carrasco, director de la Casa del Migrante de Saltillo: “México se está convirtiendo más en un país de destino que de tránsito de personas migrantes”

Alberto Xicoténcatl Carrasco dirige la Casa del Migrante de Saltillo (México), un centro de derechos humanos que atiende a personas que solicitan refugio en México o que se encuentran en tránsito hacia Estados Unidos, y que recibe el acompañamiento de Brigadas Internacionales de Paz (PBI) desde 2014. Tuvimos oportunidad de entrevistarle en Bilbao el pasado 10 de noviembre durante el congreso “Defender a quién defiende” que CEAR-Euskadi organizó para dar a conocer las causas que generan la persecución, el hostigamiento, las amenazas y asesinatos de defensores y defensoras de derechos humanos, así como analizar los mecanismos de protección a estas personas.
Fotografía: Ecuador Etxea.

 

–  ¿Cómo funciona la Casa del Migrante de Saltillo?

– En la Casa trabajamos dos grandes áreas. Una de ellas se centra en la atención humanitaria, a través de un albergue que da cobertura las 24 horas del día y está abierto los 365 días del año, mientras que la otra está  dedicada a la defensa tradicional de los derechos humanos a través de mecanismos locales e internacionales. Intentamos que las personas puedan tener garantizados sus derechos humanos, como el derecho la educación, a la salud, a un debido procedimiento y a la justicia. Abordamos incluso el derecho a la integridad física, porque por desgracia muchas personas migrantes en la ciudad donde vivo son torturadas, detenidas arbitrariamente o deportadas de forma masiva.

– ¿De cuántas personas migrantes hablamos?

– Naciones Unidas habla de más de 400.000 personas que entran de forma irregular por la frontera sur de México, un dato estimado porque no tiene en cuenta el resto de entradas al país por mar o aire. En nuestro albergue solo atendemos a personas centroamericanas de Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala.

Somos un país de cerca de 120 millones de personas y alrededor de 400.000 entran cada año a México, es decir, realmente no es nada. Si México tuviera la voluntad política de proteger a estas personas, eso no supondría un gasto tan complejo para el Estado.

– ¿Qué dificultades sufre una persona migrante que debe atravesar México para llegar a Estados Unidos?

–  En México no hay tren de pasajeros, solo tren de carga. Las personas suben a esos trenes de carga porque es la forma más económica de hacer ese tránsito. Esto no quiere decir que todas las personas migrantes lo hagan así. Hay migrantes que tienen la posibilidad de pagar a un traficante y utilizar camiones de carga para esconderse, pero las que pasan por los albergues son parte de los sectores más empobrecidos, que no tienen dinero para pagar a esos traficantes. Ese recorrido está lleno de delincuencia y es un espacio que por desgracia no está protegido por el Estado, que antepone la protección de la mercancía frente a las personas. Pero además de los agentes de inmigración del Estado, que detienen de forma muy violenta a las personas migrantes, también están los grupos delictivos, de delincuencia común y delincuencia organizada.

– ¿Qué interés tiene el crimen organizado en la inmigración?

 – La delincuencia organizada utiliza a las personas migrantes para trata, sobre todo para la explotación laboral. En México hay un tema muy complejo de droga, los cárteles dominan casi todo el territorio mexicano, sobre todo para la exportación a EEUU, pero también hay un negocio fuerte interno, es decir, somos un país consumidor. Como la venta de droga es ilegal en México, secuestran a las personas migrantes para que la distribuyan al interior del país o la cultiven. También las secuestran para sobornar a los familiares que las personas migrantes suelen tener en EEUU. Les quitan los celulares y si los familiares no depositan el dinero, las asesinan.

– ¿Impacta el crimen organizado de forma diferente sobre las mujeres o la infancia?

– Sí, sobre todo en mujeres y en población de la diversidad sexual, especialmente en las mujeres transgénero. Las mujeres que han nacido biológicamente mujeres sufren violaciones sexuales, no únicamente por parte de las bandas delictivas, sino también por las propias personas migrantes, que las ven vulnerables. Contra la población transgénero hay una discriminación muy fuerte. Son personas que abandonan sus países de origen porque están amenazadas de muerte y también personas abiertamente homosexuales que, al decirlo y asumirse como tales, también sufren hostigamientos. En el camino esos hostigamientos se traducen en violencia sexual, que en ocasiones se manifiesta en violaciones sexuales. En pueblos tan machistas como los nuestros, el que un hombre abuse sexualmente  de otro hombre, ya sea biológicamente hombre o mujer transgénero, socialmente se ve de mayor hombría. Son prácticas recurrentes que afectan de forma terrible a la psicología y a las vidas de las víctimas.

En cuanto a los niños y las niñas, los que llegan al albergue suelen venir con sus mamás y papás, pero no todos. Hay papás o mamás que viven en EEUU y pagan grandes cantidades de dinero a traficantes, hasta 60.000 dólares, para que pasen a sus niños hasta EEUU. En el camino los traficantes los pueden dejar morir deshidratados o por exceso de calor encerrados en camiones.

Las tareas pendientes
del Estado mexicano

– Desde el 2014 contáis con el acompañamiento de Brigadas de Paz Internacionales. ¿En qué medida es molesto para el Estado mexicano vuestro trabajo? ¿Hay presiones de EEUU?

– Públicamente México es un país muy celoso de su autonomía, siempre ha mantenido una estrategia de independencia política. Sin embargo, en la realidad nos damos cuenta que sí hay una sumisión a las solicitudes  de Estados Unidos. Tenemos un comercio fuerte con EEUU, en este momento se está debatiendo el tratado de libre comercio entre México, EEUU y Canadá. EEUU sí ejerce una fuerte presión, pero no es un tema nuevo del presidente Donald Trump. Barack Obama a pesar a haber sido premio Nobel de la paz y mantener un discurso proinmigrantes, en la realidad tenía un discurso y una política migratoria muy dura.

Para México la migración es un tema de administración de flujos migratorios y de política interior. Sin embargo, las decisiones que toma el gobierno están vinculadas a la seguridad nacional, un ámbito en el que hay una fuerte inversión económica de EEUU.

– ¿Cómo tendría que ser un Estado de tránsito para las personas migrantes?

Fotografía: Andrea Gago.

Por un lado, asumir que cada día México se está convierto más en un país de destino, sobre todo por el tema de la violencia, la crisis norteamericana y la xenofobia que se está viviendo en EEUU. En ese sentido, habría que elaborar una política de acogida que México no tiene. No hay una ley de inmigración en la que nos asumamos como un país de destino. Por eso es urgente empezar a gestionar y a discutir una ley donde también se incluya a las personas que ya van a vivir en nuestro país.

Por otro lado, seguimos siendo también un país de tránsito. Necesitamos una ley que vele por la seguridad humana y no por la seguridad nacional. En esos términos hemos solicitado una visa de transmigrante, una figura que ya existe México pero limitada sólo para inversionistas o turistas. Esa visa permitiría a México saber cuántas personas llegan, conocer sus nombres y nacionalidades, y de esa forma hacerse responsable de su seguridad. Un inmigrante paga muchísimo más dinero viajando de forma clandestina que ingresando de forma regular en el país.

Y para finalizar, decir que el tema humanitario tampoco debería recaer únicamente en los albergues, pensamos que también el Estado mexicano tiene la posibilidad de albergar, alimentar y proteger a esta población.

– ¿Cómo hacéis frente al discurso del odio en los medios de comunicación?

Hace siete años hubo una masacre de migrantes en Tamaulipas. Mataron a 72 personas, lo que destapó la realidad de esta población. México seguía intentando esconder la situación y negando que hubiese un problema con las personas extranjeras. A nivel nacional los movimientos sociales empezaron a hacer documentales e informar sobre la realidad de los y las migrantes, y eso facilitó que la opinión pública viese que eran y siguen siendo víctimas de violaciones de derechos humanos.

Ahora bien, el problema más grande no es a nivel macro sino a nivel micro. Cuando el inmigrante pasa por los pequeños pueblos o comunidades y el Estado no los protege, el peso de su seguridad y alimentación recae sobre las poblaciones más pobres, que además de su vida y alimentación también asumen la de las personas migrantes. Puede ser que una vez lo hagan con gusto, pero la migración no para y acaba siendo una carga y un hartazgo para esas comunidades, lo que produce un rechazo hacia esta población. Revertir ese sentimiento es muy importante, porque al final es donde el migrante vive día a día. Toca organizarse como sociedad civil frente a la falta o debilidad del Estado y desarrollar mecanismos de cooperación entre nosotras para de forma ordenada atender a esta población y liberar al resto de la comunidad.

Lo  personal
y lo político

– Se nota que eres un amante de tu trabajo cuando hablas del privilegio de acompañar personas migrantes. ¿Cuáles son esas partes buenas de ser un defensor de derechos humanos?

– Nunca había estado tan cerca del sufrimiento que con la población migrante. Pero, al mismo tiempo, nunca había estado tan cerca de la esperanza real, no de una esperanza caricaturizada o basada en el imaginario. Una de las grandes enseñanzas de la población migrante es la capacidad que tiene de asumir que la situación que vive tiene que ser diferente. Eso es lo que les hace caminar, no admiten el empobrecimiento, no solo económico sino de esperanza de vida, de querer algo diferente para su familia, como el acceso a la salud, el descanso, la alimentación… Por encima de todas las limitaciones, lo están consiguiendo.

Cuando veo a una persona mutilada por el ferrocarril que a pesar de eso empieza a resignificar su vida y a desarrollar un nuevo proyecto sin dejarse caer y con una esperanza real, esa enseñanza me invita a seguir compartiendo con ellos la lucha por la vida. Es una lucha de humanidad, si lucho por sus derechos también estoy luchando por los míos, mañana me puede pasar a mí.

– En el cuidado de otros se nos olvida a veces el autocuidado. ¿Cómo se prepara uno para superar situaciones y momentos terribles de vuestro activismo?

– Realmente es muy difícil. Sí hay momentos en los que te pierdes con la comunidad, con el trabajo. Lo que hacemos es apasionante, porque, como decía, además de ver esas situaciones terribles también empiezas a ver que hay caminos para ciertas soluciones. No digo que todo se solucione, pero sí imaginas diferentes mecanismos para abordar esas situaciones o problemáticas de forma positiva. El camino de esa búsqueda es tan apasionante que de repente se te va la vida en ello, pero se te va llena de pasión, de amor y entusiasmo. Hasta que uno piensa “dónde estoy yo”, dónde está mi momento de compartir con mi pareja, vivir mi descanso o vivir otras cosas. Con el colectivo [de apoyo psicosocial y protección] ANSUR en Colombia hemos aprendido a darnos espacios personales para cuidarnos a nosotros mismos, consentirnos, entender que lo nuestro no es un trabajo sino una apuesta de vida. Es un proceso de aprendizaje y de lucha diaria contra uno mismo, porque el trabajo de defensor es muy exigente y de dedicación a la comunidad. Si no pones tus límites puedes enfermar y yo no quiero acabar como algunas compañeras y compañeros míos.

– Además del Muro de Trump, hay otros muros que debemos derribar ¿Conseguiremos tirar abajo esos muros mentales y espirituales?

– Seguro que sí. Tú y yo moriremos sin verlo. Pero siempre he pensado que somos los herederos de las luchas de nuestros antepasados y que tenemos que seguir caminando. Antepasados que lucharon porque no hubiese guerras…y al final tuvimos dos guerras mundiales. Pensar que porque estamos mal esto no va a cambiar es como desdeñar el trabajo tan fuerte de todas esas personas. Conseguir lo que hoy tenemos ha requerido de mucho trabajo y sacrificio (la muerte en algunas ocasiones) de muchas personas.

En algún momento la humanidad va a tener el privilegio de llamarse así, humanidad. No nacemos humanos, nos construimos como tal. Es una lucha y no voy a ver el resultado, pero la quiero heredar porque la retomé de otros.


Eneko Calle García forma parte de Paz con Dignidad y de Pueblos – Revista de Información y Debate.


 

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *