La “respuesta” de la humanidad al cambio climático

Los cambios climáticos se han sucedido a lo largo de la historia de la humanidad. De hecho, están en el origen de la dispersión de los homínidos por todo el planeta. Fue probablemente una aridificación del ecosistema de los primeros homínidos la que forzó a estas comunidades a desplazarse hacia el norte, donde continuaría el desarrollo de la agricultura y la conformación de una estructura social. Del mismo modo, un cambio en las corrientes marinas, que cumplen un papel fundamental en la regulación de la atmósfera, serían responsables de una 'mini edad de hielo' en Europa. Estos hechos muestran la enorme vulnerabilidad humana a cualquier alteración de la temperatura y la precipitación.

El consenso científico afirma que se está produciendo un incremento de la temperatura global a una velocidad sin precedentes en la historia geológica. Tanto es así que recientemente hemos inaugurado la Era del Antropoceno, ya que la actual degradación ambiental solamente puede ser por la acción humana; un hecho que ya fue descrito por Fourier en 1824 y posteriormente confirmado por las observaciones de Arrhenious, quien incluso ya manifestó en 1903 las bondades que el cambio climático tenía para el cultivo de naranjos en Suecia.

Se consolida especialmente tras la II Guerra Mundial un metabolismo humano en el que la energía eólica y la biomasa son paulatinamente sustituidas por los combustibles fósiles, impulsando un crecimiento exponencial del consumo energético. En los años 50 se consagra como motor de una economía capitalista global, como establece Victor Lebow en 1955[1]: “Nuestra economía enormemente productiva […] pide que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos la compra y uso de los bienes en un ritual, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, nuestra satisfacción del ego, en consumo. […] Necesitamos cosas consumidas, quemadas, reemplazadas y descartadas a paso acelerado”. Una afirmación que sienta la base para la redefinición de la especie humana como Homo consumis, donde el valor del individuo se mide en términos de cuánto y qué consume.

Observación, análisis y respuestas

No sería hasta la década de los 60 cuando los observatorios situados por todo el mundo anunciaran que los datos meteorológicos mostraban una tendencia al aumento de la temperatura media del planeta; unos datos que demostraron cómo la acumulación de determinados gases en la atmósfera, producto en su mayor parte de la quema de los combustibles fósiles y de los cambios de uso del suelo, estaba detrás de esa tendencia.

Así, a partir de finales de los 60 la aparición de movimientos sociales de ruptura junto con la publicación de libros e informes como la Primavera Silenciosa, el informe del Club de Roma o Nuestro Futuro en Común, incrementarían la sensibilidad mundial en torno a la degradación del planeta. Se desarrolla así una conciencia que trasciende al ámbito internacional, impulsándose en 1988 la formación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).

Este panel científico ha sido el encargado desde entonces de compilar muchos estudios climáticos para evaluar las causas y consecuencias del incremento de la temperatura global. En su último informe[2] afirma lo siguiente: “La influencia humana en el sistema climático es clara. En los últimos 800.000 años, las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso han aumentado a niveles sin precedentes. Las concentraciones de dióxido de carbono han aumentado en un 40 por ciento desde la era preindustrial debido, en primer lugar, a las emisiones derivadas de los combustibles fósiles y, en segundo lugar, a las emisiones netas derivadas del cambio de uso del suelo”. Los informes de este panel son cada vez más preocupantes y demuestran cómo es necesaria una acción inmediata y de gran alcance si queremos evitar consecuencias catastróficas, una acción que debería encaminarse a contener el incremento de la temperatura entre 1,5 y 2°C.

Las tres conclusiones que llevan a Rio y Kioto

En 1990 el IPCC presenta su primer informe con tres conclusiones clave: se puede afirmar que existe un incremento de concentración en la atmósfera de gases con efecto invernadero, para estabilizar la concentración de estos debería reducirse entre el 60 y el 80 por ciento de las emisiones y solamente la cooperación internacional puede frenar esta tendencia. Estas demoledoras evidencias fuerzan a las Naciones Unidas a convocar la Cumbre de Rio de Janeiro en 1992.

En la agenda de Rio existían cuestiones de vital importancia sobre las que el acuerdo fue y sigue siendo difícil de alcanzar. Una de ellas es la responsabilidad del cambio climático del Norte y el Sur global, cuestiones históricas y relaciones de colonialismo, conflictos aun latentes a los que se debe responder para afrontar el cambio climático. De esta cuestión nace el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas que reconoce que aunque todos los países son responsables del cambio climático, algunos tienen un grado mayor de responsabilidad.

Finalmente se adoptaría la Declaración de Rio, un documento con 27 principios que sentaría las bases del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático. Este marco de trabajo culminaría años después en el conocido Protocolo de Kioto, un acuerdo que establece el compromiso de que aquellos países que son más responsables del cambio climático reduzcan en 2012 el cinco por ciento de sus emisiones conjuntas. Este acuerdo no ha sido capaz de revertir el incremento en las emisiones de gases de efecto invernadero y, además, sus mecanismos de mercado han sido la herramienta idónea para que países como España pudieran paliar con la compra de carbono el incumplimiento de sus compromisos.

Copenhague y la suma de fracasos

En 2012 la comunidad internacional debería haber aprobado un nuevo protocolo más ambicioso que sustituyera a Kioto. Esta obligación recaía en la Cumbre de Copenhague de 2009, pero esta se cerró con un fracaso histórico porque los gobiernos se mostraron incapaces de acordar un porcentaje de reducción de emisiones, objetivo que se pospuso a 2015.

Este fracaso obligó a crear un nuevo periodo voluntario de compromisos, extendiendo el Protocolo de Kioto hasta el 2020 y modificando sustancialmente la forma de alcanzar acuerdos en materia climática, cambiando la obligación por voluntariedad. Es decir, antes de Copenhague era la comunidad internacional la que pactaba un porcentaje de emisiones que se repartía entre países según el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas, pero, tras Copenhague, serán los países los que propondrán qué compromisos están dispuestos a asumir.

Este fue el primer error de París, ya que por el momento el nivel de compromiso alcanzado por estos países nos dirige a un calentamiento global de unos 3,7°C. Ese mensaje del consenso fue el que centró el final de la Cumbre de París en 2015, que, abanderado por la diplomacia francesa, logró un acuerdo basado en un vaciado de compromisos efectivos en la lucha contra el cambio climático, especialmente favorable a los intereses de las potencias fósiles y nucleares.

Las críticas al Acuerdo de París son profundas[3] y van desde la omisión a los Derechos Humanos a la falta de seguridad y garantías para hacer frente a las previsibles consecuencias del cambio climático. A pesar de reconocer la necesidad de contener el incremento de la temperatura global muy por debajo de los 2°C y a ser posible de 1,5°C, este acuerdo carece de un compromiso concreto de reducción, como sí tenía Kioto. Desaparece el reconocimiento de que son los combustibles fósiles la causa del problema. Es preocupante la inclusión de menciones para legitimar estrategias como las nucleares, los agrocombustibles y otras falsas soluciones que no son más que una huida hacia adelante en un modelo que ya ha fracasado.

Este último año ha sido sin duda el año de las fotos, un año de celebraciones protocolarias que culminaran un mes antes de la cumbre de Marrakech, cuando, tras la última ratificación necesaria, que fue la de la UE, el Acuerdo de París entró en vigor. Pero la conclusión de la cumbre de Marrakech dejó patente la falta de acuerdos reales y la necesidad política de retrasar la acción climática a más allá de 2018. Esta dilación temeraria solo permitirá seguir acumulando emisiones. En un mundo en el que ya se ha alcanzado un incremento de la temperatura global de 1,2°C, seguir esperando a “alcanzar el pico de emisiones lo antes posible” se puede convertir en la negligencia más cara de la historia de la humanidad.

A pesar de que hoy en día nadie niega ni la importancia ni la urgencia de hacer frente a la necesaria descarbonización planetaria, sigue siendo imposible alcanzar los compromisos necesarios que dejen la mayor parte de los combustibles fósiles bajo el suelo. La falta de fondos para hacer frente a las consecuencias del cambio climático deja nuevamente a los países más vulnerables en una extrema fragilidad.

Desde la sociedad civil

¡Que no cunda el pánico! La sociedad civil, mientras tanto, sí ha hecho los deberes. Los movimientos locales en contra de vertidos petroleros, por la desnuclearización o de protección de la naturaleza han alcanzado una capacidad global de lucha que antes no existía. Hoy en España se observan réplicas y apoyos a luchas como las de los siux contra el oleoducto de Dakota o la lucha antifracking. Ade Además, las tecnologías solar y eólica han alcanzado un elevado nivel de desarrollo que las hace la tecnología más barata y una solución energética clave para comunidades aisladas. También se recuperan y modernizan los conocimientos tradicionales para la obtención de productos agroecológicos, a lo que hay que añadir otra larga lista de experiencias que muestran que ya tenemos las herramientas necesarias para lograr frenar el cambio climático.

Prueba de ello es cómo cada vez surgen más réplicas de proyectos como cooperativas de consumo o energéticas, o cómo, frente a la insalubre contaminación de las ciudades, otras formas de movernos reclaman su espacio. Resurge también la puesta en valor de las labores de cuidados, que permiten la reproducción social o la necesidad de recuperar las redes de consumo local y de proximidad. Sabemos cuál es el camino a seguir, el reto consiste en conseguir que estas iniciativas pasen de ser una alternativa a la realidad cotidiana de una gran parte del planeta.

Las próximas décadas la humanidad deberá decidir su respuesta al cambio climático. Puede seguir confiando en una solución de pequeños parches al actual capitalismo globalizado o, por el contrario, apostar por cambiar la escala del comercio global por redes más humanas dentro de los límites planetarios. Hay dos sentidos contrapuestos: por un lado, aquellos que promueven un refortalecimiento del extractivismo con fuertes reclamaciones proteccionistas e incluso xenófobas, como parece indicar la reciente elección de Trump; por otro lado, el papel de la ciudadanía, que está impulsando un modelo más justo social y climáticamente a través del refuerzo de la participación y el empoderamiento colectivo.


Javier Andaluz es responsable de Cambio Climático de Ecologistas en Acción.

Artículo publicado en el nº73 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2017.


NOTAS:

  1. Lebow, Victor (1955): “The nature of postwarretail competition”. Citado en el documental The Story of Stuff (Annie Leonard, 2007).
  2. Documento de síntesis: Cambio climático 2014: Impactos, adaptación y vulnerabilidad. Resumen para responsables de políticas.
  3. Más información: “París, un acuerdo decepcionante que desoye a la ciudadanía”, diciembre de 2015, www.ecologistasenaccion.org.

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