Leer a… Hervé Guibert. El pudor y el impudor de la generación literaria del sida

El próximo 27 de Diciembre se cumplirá el 25 aniversario del fallecimiento a los 36 años de edad de Hervé Guibert (París 1955 - Clamart 1991), escritor, dramaturgo, periodista, pintor, fotógrafo, performer y videoartista. Guibert forma parte destacada de la denominada coloquialmente “Generación del sida” que aglutinó a un grupo de artistas, literatos, cineastas, filósofos e investigadores sociales, que mediante su obra y su activismo político dieron luz, crítica y acción pública al devastador problema sanitario y social que esta enfermedad puso en evidencia en la década de los 80 y 90.

Guibert desde muy joven encontró en la escritura y la dramaturgia su vocación artística original; publica más de 20 novelas y ensayos, estrena varios espectáculos de teatro donde el aparece como adaptador y dramaturgo. En 1984 gana el César a mejor guión por la película L´Homme Blessé (El hombre herido) de Patrice Chéreu, y también ejerce el periodismo en Le Monde entre 1977 y 1985, y posteriormente hasta su muerte en L´Autre Journal, alternándolo todo ello con continuas apariciones en TV.

En la carrera literaria y personal de este autor el año 1977 es fundamental, pues escribe un libro altamente premonitorio sobre la muerte y la enfermedad La mort propagande (La muerte propaganda) en el que empieza a trazar algunas de las líneas maestras que compondrían su etapa póstuma como literato, sin duda la más brillante. En esta obra se expresa así sobre la muerte: “La amordazan, la censuran, pretenden ahogarla en el desinfectante, asfixiarla en el hielo. Yo quiero que saque su voz potente y que cante, diva, a través de mi cuerpo. Será mi única pareja, seré su intérprete. Darme la muerte en el escenario, ante las cámaras. Dar este espectáculo extremo, excesivo de mi cuerpo, en mi muerte”.

Otro de los hechos relevantes que ocurrió este año 1977 para la vida y obra de este autor fue que en la presentación de este libro en París conoce al eminente filósofo francés Michel Focault, del cual además de convertirse en uno de sus mejores amigos hasta su muerte, se reveló en uno de sus ejes y personajes literarios de referencia y contraste. Michel Focault muere de sida en junio de 1984 y sus dos últimos años de vida los pasó recluido en su casa y escribiendo. En ese tiempo sólo fue visitado por sus amigos y familiares del entorno más inmediato, entre los que se encontraba Guibert. Desde el momento en que empieza a vivir el sordo dolor de su admirado Focault, una parte de su literatura se torna muy oscura e introduce en sus textos determinados hechos autobiográficos literalmente narrados, aunque maquillados de cierta ficción. En 1986 escribe el libro Mes parents (Mis padres), una intriga brutalmente narrada donde se abre definitivamente lo que podríamos llamar su nuevo estilo literario, en el que mezcla el lenguaje sofisticado y tríptico con pasajes en los que relata la crueldad del dolor afectivo y el dolor moral. Es desde estas obras donde el entronque directo con una particular “ortodoxia” sobre la autobiografía (Boulé) empieza a utilizarla entre el paratexto, el artilugio narrativo e incluso la terapia ante el dolor.

Hervé Guibert. Fotografía: www.flickr.com

Hervé Guibert. Fotografía: www.flickr.com

En enero de 1988, tras un período de acelerada decadencia física, le diagnostican definitivamente el sida. Este mismo año le conceden una estancia literaria en Roma que durará hasta el momento de su muerte y que alternará con su vida en París y las continuas escapadas que hace a la isla de Elba. Es en Roma y tras los primeros tratamientos contra la enfermedad, cuando empieza a escribir su agónica obra maestra (la denominada trilogía del sida entre 1988-1991). El primer libro es À lámi qui ne m´a pas sauvé la vie (Al amigo que no me ha salvado la vida), gracias al cual hace confesión púbica de su enfermedad en el momento de su publicación (1990) y donde narra los últimos meses de vida de Focault (que en su obra llama Muzil). Posteriormente completa esta serie con las novelas Le Protocol compassionel (El protocolo compasivo), y L´Homme au Chapeau Rouge (El hombre del sombrero rojo). A esta trilogía literaria cabe añadir el pequeño diario de hospitalización Citomegalovirus, la premeditada publicación de las fotos de su cuerpo en franca regresión frente a las fotos de su juventud, y también el autodocumental La poudeur ou la impoudeur (El pudor y el impudor) producido por Pascal Breugnot. De todas las obras citadas sólo la primera fue publicada en vida de Guibert, el resto lo hicieron póstumamente.

El análisis de la obra de este autor ha dividido las opiniones acerca del estilo y la intención de la misma: “autobiografía ficcionada”, “diario mortuorio”, “literatura tanatológica”, pero para acercarnos de una manera más sencilla y clara a su sentido literario nos vamos a decantar por ubicarlo dentro de la autoficción. La abundante producción de Guibert en sus tres últimos años de vida se centra en su propia decadencia física. De manera que su obra se convierte en un relato de muerte estremecedor que lo llevó a convertirse en un pionero en la lucha contra el sida en Francia, así como en un autor tremendamente polémico, sobre todo por narrar la agonía y muerte de Focault. Guibert alcanzó la celebridad y el éxito gracias a la muerte, cuando ya este reconocimiento nada podía importarle. Pero es obvio que su obra póstuma no sólo fue un ensayo sobre la enfermedad irreversible y un alegato reivindicativo de la dignidad, sino también del nuevo elemento de lucha y visibilización del movimiento gay y el estigma del sida en el colectivo.

Guibert inicia su camino de autoficción centrándose en primera instancia en el impacto de la enfermedad en el entorno de la víctima (Muzil-Focault), lo cual convierte en un ensayo de lo que a él le espera más adelante. Pero el siguiente paso en su obra lo conduce inexorablemente a un ejercicio del yo autoficcionado en la medida que su enfermedad le excluye de la sociedad, y la literatura se convierte en su único refugio. Dice el literato en su diario sobre la muerte de Muzil-Focault y su ejercicio como escritor: “(…) después de observar y vivir su agonía de cadáver vivo, era consciente que la agonía de mi amigo sería la mía, que nos unía un destino tanatológico común (…). Comienzo un nuevo libro para tener un compañero, un interlocutor, alguien con quien comer y dormir, al lado del cual soñar y tener pesadillas, el único amigo que puedo soportar”.

Pero teniendo claro que este es un principio claramente pretendido y perfectamente conocido por Guibert, en él prevalece una idea de autobiografía distinta, la del diario íntimo (Sege, Doubrovsky). Guibert convierte su autoficción en una prosopopeya pues se da una proyección del autor en una causa que en este caso no le es ajena, sino que es la suya propia “la Enfermedad”, lo cual entronca de una manera más auténtica con la voluntad performática en la que había convertido su dolencia contra los estereotipos predominantes que sobre el sida se estaban empezando a crear. Guibert trata de generar un vacío donde todo está lleno mediante la pregunta muy reiterada “¿cuánto me queda?”.

El elemento singular de este autor reside en que él hace de sí mismo, se autointerpreta de manera que crea una vida propia al personaje del que habla, que es él. En definitiva, Guibert construye una particular subjetividad con su obra mediante una literatura que, aunque confesional y con el objeto de generar visibilidad a su enfermedad, se mueve en un limbo muy particular que es la indeterminación entre la vida real y la ficción. En sus obras inventa realidades que parecen ficciones e inventa ficciones que parecen realidades en un ejercicio de pretendida autenticidad sobre la que performa para la mirada ajena, porque es consciente que sólo existe si tiene testigos y si estos lo pueden observar y juzgar.

El problema de Guibert es que mediante estos artificios pretende crear un espacio no sólo para la resistencia y la denuncia sociopolítica, sino también para su autoterapia, aunque en ocasiones el espectáculo absorbe sus intenciones. El hecho de degradarse ante la mirada de los demás convierte su cuerpo en un campo de batalla, en un cuerpo político, pero también en un ejercicio de exhibición impúdica que deambula entre la apariencia y la esencia, la extimidad-visibilidad y la intimidad.

Los analistas de la obra de Guibert (Boulé, Sarkonak) remarcan una anécdota muchas veces referenciada por él mismo en sus últimos días de vida, cuando yendo en autobús a una de sus regulares pruebas médicas, un muchacho le reconoció por las fotos. El chico, que según el autor estaba “un poco tarumba”, le acarició la mano y le dijo: “Usted es historia. Historia de los hombres, historia de la literatura”. Y sí, siempre habrá que reconocerle al enfermo Hervé Guibert la valiente decisión de conjurar públicamente esta enfermedad, el compromiso total con el hecho artístico, y la memoria de su palabra escrita como garantía póstuma de lo único que sobrevive al cuerpo del escritor y el artista. Sus libros vencerán al olvido, y su relectura en este 25 aniversario resulta un ejercicio imprescindible de memoria y conciencia actual.


José Alberto Andrés Lacasta es miembro del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº71 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2016.


Print Friendly

Un pensamiento sobre “Leer a… Hervé Guibert. El pudor y el impudor de la generación literaria del sida”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *