“Escuche al ingeniero agrónomo y después haga lo contrario”. Jairo Restrepo (agricultor ecológico)

La agroecología en Costa Rica: un proyecto de desarrollo cultural

Lo cultural es un concepto que hace referencia a un conjunto de creencias y valores, a una ideología que identifica a una sociedad determinada. La identidad cultural es insoslayable de una cultura social y política que trasciende de generación en generación. Aquello que logre conscientemente instalarse como un sistema de normas en el seno de dicha sociedad conseguirá sembrar en lo más profundo una forma de vida prácticamente inquebrantable. Así, lo cultural se moldeará en función de los intereses y necesidades de las personas como una forma de entendimiento humano. Cada grupo humano creará su propio conjunto de conocimientos, prácticas, creencias, tradiciones y técnicas que terminarán representando una manera de comprender el mundo.

Antes de que Europa sufriese una compleja transición económica, social y tecnológica en la segunda mitad del siglo XVIII con la Revolución Industrial, y como consecuencia América Latina soportase la modernización del aparato productivo, donde la economía rural basada en la agricultura pasaba a ser una fabricación industrial, la relación entre el ser humano y su entorno no estaba sujeta a una jerarquización capitalista. Cada comunidad agrícola, cada pueblo protegía y regulaba su agricultura sin necesidad de destruir su soberanía alimentaria. Su filosofía se sustentaba en una relación equilibrada e inalterable entre el hombre y la Madre Tierra respondiendo a los principios del “buen vivir” y de sostenibilidad propios de la tradición cultural andina. Hoy estos principios se recuperan en las constituciones del Estado Plurinacional de Bolivia y del Ecuador dentro de lo que Evo Morales denominó “proceso de Revolución Democrática Cultural”.

Sin embargo, la concepción mercantilizada derivada del lucro capitalista de las empresas multinacionales y de las élites políticas[1], que originaron el modelo agroindustrial en el que estamos sumidos ahora, y que sigue considerando a la naturaleza como un ente que debe ser conquistado, dominado y explotado, terminó rompiendo los valores culturales de la producción agrícola entendida como un rito que reforzaba el bienestar bio-físico y espiritual del individuo.

La transformación de la naturaleza en un objeto-mercancía condicionó entonces una única forma de conocimiento que se tradujo en la imposición de un sistema de poder en el complejo agroalimentario. Las políticas agrarias a nivel global siguieron beneficiando a un único sector, el agroindustrial, favoreciendo los intereses de multinacionales exportadoras que pusieron en peligro, a través de las patentes sobre las semillas y la privatización de la vida, la soberanía alimentaria de los países con mayores recursos naturales.

Durante más de cuatro décadas, instituciones financieras como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, quienes obligaron a los países más empobrecidos a suprimir las barreras tributarias a los productos importados y a privatizar las compañías y servicios estatales; las grandes corporaciones como Monsanto, quien sigue controlando tres quintos de la producción global de semillas (actualmente las multinacionales controlan el 67% de las semillas mundiales) o las compañías Archer Daniels Midland Company (ADM), Cargill y Bunge Limited, quienes siguen dirigiendo el mercado mundial de granos; y los gobiernos más poderosos del mundo con la connivencia de la Organización de las Naciones Unidas por la Agricultura y la Alimentación (FAO), se han aprovechado de un entramado político-económico-jurídico[2] que ha protegido un modelo dedicado a violar los derechos de los pueblos y comunidades indígenas que han conservado prácticas y tradiciones artesanales totalmente sostenibles.

Juan José Paniagua, pionero de la agricultura ecológica en Costa Rica, en su finca de Zarcero. Fotografía de Arpad Pou.

Juan José Paniagua, pionero de la agricultura ecológica en Costa Rica, en su finca de Zarcero. Fotografía de Arpad Pou.

En ese sentido, no nos debe extrañar, como apuntan Eric Holt-Giménez y Loren Peabody en su artículo “De las revueltas del hambre a la Soberanía Alimentaria: un llamado urgente para reconstruir el sistema alimentario” (2008), que, tras la crisis mundial de alimentos de 2007, “las ganancias de ADM crecieran un 20%, las de Monsanto un 45% y las de Cargill un 60%” mientras el modelo agroindustrial que promovían era “el responsable de al menos un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero debido a la actividad humana, así como (…) de la extinción de la biodiversidad y la marginación de millones de pequeños agricultores”[3].

La revolución agroecológica de Costa Rica

Según la FAO[4], la agricultura orgánica es un sistema de producción que trata de utilizar al máximo los recursos naturales, dándole énfasis a la fertilidad del suelo y la actividad biológica, renunciando a utilizar fertilizantes y plaguicidas sintéticos priorizando siempre las energías renovables para proteger el medio ambiente y la salud humana. No obstante, con la Revolución Verde iniciada en los años sesenta por las fundaciones Ford y Rockefeller y ejecutada por las grandes transnacionales activas en los sectores del comercio, las semillas, los químicos y fertilizantes, las grandes procesadoras y las cadenas de supermercados para generar una falsa imagen ecologista, es inevitable distinguir entre agricultura orgánica y agroecología. Según Fabián Pacheco, director del Centro Nacional Especializado en Agricultura Orgánica de Costa Rica, “hoy día no es posible mantener un monocultivo de piña orgánica de cien hectáreas, porque el gasto de agua entre otras energías y componentes es insostenible”.

Para el activista costarricense, “la agroecología es una técnica para producir alimentos sin veneno a pequeña escala cuyo objetivo es la producción local; pero también es un estilo de vida, una forma política de resistir directamente al monocultivo, a la privatización de las semillas y a las transnacionales alimentarias”. Tras la vorágine neoliberal que aniquiló el futuro de los recursos naturales en América latina, la agroecología en Costa Rica se ha convertido en una forma de lucha contra el capitalismo. Por ello, una de las mayores guerras a las que se enfrenta el capitalismo es precisamente contra la agroecología, porque es “capaz de construir redes de agroecología social y solidaria, integradas en cooperativas, que permiten que productores, distribuidores y consumidores tengan mecanismos para no colaborar con este sistema de destrucción ambiental y humano”, remarca Pacheco.

A nivel local, la llamada revolución agroecológica, que va más allá de prácticas agrícolas tradicionales, ha conseguido desarrollar sistemas agrícolas libres de agroquímicos, diversificar la producción de alimentos y mantener las históricas luchas campesinas contra el latifundismo. En la actualidad, de los aproximadamente 500 millones de pequeños agricultores y agricultoras que existen en el mundo, el 85% opera en terrenos de menos de dos hectáreas, y los que cultivan en menos de 10 hectáreas producen el 70% de la comida que consumimos[5]. “La producción agroecológica es capaz de producir 60 toneladas por hectárea mientras que la agricultura industrial solamente la mitad”, afirma Juan José Paniagua, pionero de la agroecología en Costa Rica.

Costa Rica, líder en la lucha contra el agronegocio

Costa Rica es uno de los países con el mayor uso y abuso de agrotóxicos del mundo. El modelo de desarrollo del país ha beneficiado la producción y expansión de monocultivos transgénicos y el uso extensivo de agroquímicos. La piña, el banano y la palma se han convertido en los pilares de su producción agrícola. Esta región centroamericana se ha situado como el primer exportador mundial de piña. La batalla contra los transgénicos y los monocultivos ha representado, recuerda Fabián Pacheco, “la lucha del bienestar publico contra el beneficio privado que ha acabado condenando los derechos de los agricultores de Costa Rica”.

Según las últimas estadísticas, el 60% de la agricultura existente en el país es una agricultura agroexportadora, lo cual supone impactos de concentración de tierras controladas por los oligopolios corporativos que lo único que buscan es producir mercancías agrícolas y no alimentos de producción para las comunidades. Además de las consecuencias ambientales que ha sufrido Costa Rica: la destrucción de la fertilidad de los suelos, la devastación de los humedales, la muerte de los arrecifes coralinos (se estima que entre el 50 y 70% están destruidos por las prácticas del monocultivo que causan grandes sedimentos de suelo hacia el mar), y la contaminación de los mantos acuíferos, las consecuencias sociales también son catastróficas para una población que vive mayoritariamente de su tierra.

El cantón de Buenos Aires, en la provincia de Puntarenas, en el sur del país, se encuentra el territorio que siembra más piña por kilómetro cuadrado de todo el Estado. Su explotación ha causado la mayor deserción de estudiantes y el mayor índice de enfermedades producidos por los agrotóxicos.

Sin embargo, esa apuesta por el modelo agroindustrial del país ha generado el efecto inverso dentro de una sociedad costarricense muy organizada cuando se trata de defender su biodiversidad. La lucha y la resistencia a los embates de un modelo que supone un ecocidio para sus ecosistemas ha posibilitado que Costa Rica se distinga por un tejido social ecologista muy intenso. Su trayectoria ha sido una de las más interesantes de América Latina consiguiendo superar enormes retos.

Costa Rica logró declararse por unanimidad en el Congreso como el primer país de América libre de minería a cielo abierto. Consiguió expulsar las petroleras de George W. Bush declarando una moratoria a la explotación petrolífera, y, finalmente, logró detener la siembra de maíz transgénico. Actualmente, el 91% del país (74/81 territorios) han sido declarados libres de transgénicos. Estos logros, sin duda, han ayudado a construir un proyecto de desarrollo cultural que ha liderado el modelo agroecológico y que ha conseguido arraigar en las necesidades y prácticas cotidianas de buena parte de la sociedad costarricense. “Pretendemos defender nuestra soberanía alimentaria de un Gobierno que se rige por unos marcos jurídicos que atentan contra las soberanías de los pueblos. La alternativa es la agroecología desde los minifundios. La autonomía se conquista en la siembra, en el campo, en la lucha”, concluye Pacheco.

La gran cantidad de movimientos comunales y organizaciones ecologistas que ha cultivado Costa Rica durante los últimos diez años han posibilitado nuevos hábitos de producción y consumo orgánico representados por ferias y festivales emergentes. El más importante es el proyecto Feria Verde, que nace de la Asociación Amantes de lo Orgánico (AAMOR), una ONG formada por personas productoras y consumidoras que promueven la Feria de Aranjuez en la capital, San José, y en otras zonas regionales del país. El objetivo es generar espacios de encuentro para la distribución de productos agrícolas locales que amparen a los más de 12.000 agricultores y agricultoras orgánicas que tiene Costa Rica. Con su creciente popularidad (un promedio de 2.000 visitantes cada sábado), la feria pretende organizar una plataforma de comercialización para pequeños productores y productoras, empresas familiares, producción local, comercio justo, y al mismo tiempo empezar un proceso de formación y educación a la población consumidora.

Para Juan José Paniagua, la agroecología en Costa Rica ha logrado romper “la mentalidad de una cultura que pensaba que sin agroquímicos no se podía producir; ha conseguido recuperar los valores sociales y espirituales de 12.000 años de producción agrícola respetando el medio ambiente; ha vencido el dolor, el hambre, la pobreza, la tristeza y la frustración que ha generado para miles de agricultores la agricultura química; y, ha rescatado los valores ancestrales del amor, el respeto y el cuidado a la naturaleza”.


Arpad Pou, licenciado en Filosofía y miembro del Proyecto Termitas y Elefantes, www.termitasyelefantes.org.

Artículo publicado en el nº71 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2016.


NOTAS:

  1. Vivas, E. (2008): “Comercio Justo y Soberanía Alimentaria”. Red de Consumo Solidario y Campaña “No te Comas el Mundo”, Altermundo nº13 del periódico Galicia Hoxe.
  2. Guillamón, A. (2008): “Los negocios y el hambre”, Revista Entrepueblos, nº48.
  3. http://www.monsanto-tribunale.org/
  4. http://www.fao.org/docrep/007/ad818s/ad818s03.htm
  5. Fernández-Wulff, P.; y Saralegui, P.: “Agroecología y derecho a la alimentación: ¿hay herramientas de cambio a nivel local?”. Periódico Diagonal (16/02/16).

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