Máquinas del tiempo propio: ideas sobre prosumo, feminismo y tecnología

Gusto del sonido de las teclas de este ordenador de manera 'casi voluptuosa[1]'. Puede que la razón sea que me fascina (o que me asusta, no sabría precisarlo) que la fuerza creadora que percibo frente a él hable de la increíble potencia humana y que desde esta máquina vislumbre la posibilidad tanto de una vida domesticada como de una posible emancipada. Puede que a dicha razón se sumen las incontables horas que frente a ella oscilo entre el trabajo, la espera, la afición y el descanso.
Mª José Comendeiro.

Mª José Comendeiro.

También a Adela le gustaban los sonidos que emitía su máquina en un tiempo confusamente definido como el tiempo del hogar. La de Adela era una máquina de coser y el sonido se escuchaba hace tres, cuatro y cinco décadas en una casa de un pueblo del sur de Europa. Narraba entonces el compás de la aguja hilando la tela, entre los brazos, bajo los ojos, sobre la falda y las piernas que, acompasadas, movían el pedal de aquella máquina Singer. Hace años formaban parte del sonido de ese (a veces engañoso) excedente de tiempo de muchas mujeres, cuando hacia la tarde el resto de actividades de la casa se habían finalizado. Quedaba ya el tiempo de la costura y, en él, el ruido de una suerte de tiempo propio. ¿Alguien duda de que el tiempo propio tenga un sonido especial?

El sonido del tiempo propio no es triste. No lo es cuando lo convertimos en algo, probaré a llamarlo (sólo es una tentativa) afición (nótese, inclinación o amor a algo, ahínco, empeño). ¿Acaso no hay en esta práctica liminar continuada, una potencia en ciernes para la genialidad humana o, como poco, para eso tan fascinante que nos hace ser humanos? ¿Cuántas ilustres creaciones, firmadas y anónimas, o insignificantes pero poderosas para uno, hermosas, absurdas, copiadas o sutilmente transformadas con letra, harina, hilo, música, cable o pincel? ¿Cuántos tiempos perdidos, cuántos inventos, historias, preciosos objetos, vestidos, canciones y pensamientos no han germinado en ese tiempo propio entre los artilugios y máquinas que habitan las paredes de nuestras casas? Isaac Newton en su granja en el annus mirabilis[2], Steve Jobs en su garaje compartido y Adela frente a su Singer.

Para muchas personas empujadas por esta tracción, el único añadido que ha servido para diferenciar la afición del oficio ha sido la formación, que legitimaba un dominio y conocimiento de la actividad realizada y, como consecuencia, su argumentación como base para convertir lo que se hace por gusto en un ejercicio profesional y remunerado llamado empleo; un ejercicio que ha podido funcionar como inspiración e incentivo de un posible proyecto de futuro.

La formación ha sido a menudo el límite, convertido en handicap por su tradición y negación estructural a determinadas personas, difuminando otras razones de peso. Una de ellas, que con seguridad iniciaría una posible lista, hablaría del género de quienes ejecutan esa variable actividad llamada afición en un tiempo y espacio propios, de manera en muchos casos indiferenciada de otras tareas que las mujeres han realizado diariamente en las casas como parte del prosumo doméstico[3] (esas actividades del hogar que habitan en un territorio ambigüo, consideradas consumo pero apoyadas en tareas que requieren producción de bienes, como comida, y servicios, como los cuidados a niños o personas enfermas).

La transgresión de la red

No es trivial este asunto de las diferencias y fusiones entre la afición, el prosumo y el trabajo, asunto también del tiempo propio y de lo que en él hacemos, de los nombres y máquinas que manejamos y de las posibilidades que esos nombres y máquinas abren o niegan. Esa vana costumbre que nos inclina a ese aparato, a esa centralidad o a esa esquina.

No lo es, en primer lugar, porque la tradición de las tareas asociadas a las esferas pública o privada está siendo transgredida hoy con las redes, fusionando muchos de estos límites y erosionando las diferencias. No es trivial porque la afición cuando ha sido tecnológica y creativa nos habla del singular recorrido de quienes hoy acumulan el poder en Internet, de muchas maneras también el poder en el mundo. A nadie pasa desapercibido que las más poderosas empresas que se alzan en el siglo XXI tienen su origen en las aficiones tecnológicas convertidas en trabajo de hombres jóvenes y emprendedores de la informática y la tecnología, cuyos perfiles son llamativamente similares. Si los creadores de Google, Facebook, YouTube, Apple o Microsoft hubieran sido ancianos posiblemente no llamaría tanto la atención, pese a lo distintivo de la focalización del éxito creativo hoy en edades tempranas. Pero si fueran mujeres todo apuntaría hacia una muy peculiar seña de identidad común. Dejarían de ser los creadores en abstracto para pasar a tener cuerpo y sexo. Es probable que alguien se hubiese ocupado ya de contar con empeño su historia íntima y de describir con detalle sus cuerpos, peinados y vestimentas.

No es trivial y me interesa porque me punza, porque siento que el género de los tiempos y de las tecnologías nos hablan de las condiciones del ser y del poder ser hoy con las máquinas que producimos, manejamos e imaginamos, si partimos de una posición (llamémosla: mujeres) que es política y no estática. Porque hay algo en la intensidad que caracteriza el gusto y la práctica que comienza siendo amateur y que se interroga, ¿en qué medida el deseo o afán por lo que se hace aporta el carácter de autenticidad de lo que se produce o crea a través de la tecnología? ¿Es esta intensidad la que determina una producción creativa hacia su posible futuro, trascendencia y vida pública?

Intento ahondar en las limitaciones que nos encontramos ante estas preguntas y martillea de nuevo en mi cabeza la necesidad de llevar a la práctica esa pasión bajo una clara demanda: poder imaginar la vida de nuestra práctica como un proyecto de futuro, imaginarnos allí. Y me parece que aquí la cosa comienza a sentenciar a personas cuyos modelos a ser están previamente denostados como algo sin poder de reacción, siendo sumamente restrictivos y socialmente condicionados, qué cosas, por la biología, la tradición o por asimétricos imaginarios. Frente a ellos, el mundo masculino de la potencia no restringida, donde orbitan quienes aprenden a amar lo que hacen sin ser presentenciados, pudiendo imaginar ese futuro más allá de la limitación de un contexto condicionado por los cuerpos, la tradición o los más sexistas imaginarios.

Las mujeres han estado empujadas y limitadas a las prácticas de la vida doméstica, actividades desarrolladas entre las paredes del hogar no relacionadas con los ámbitos productivos ni con una profesión. Como efecto, también han estado infravalorados los trabajos feminizados en la tecnología. Donde habitualmente las mujeres han sido fuerza de trabajo, estos han estado caracterizados por la precariedad, irregularidad y un carácter de tiempo parcial (tecleadoras, secretarias, teleoperadoras, maquiladoras y engranajes en el montaje de tecnología).

De igual manera han sido denostados y patriarcalmente colonizados los distintos y más o menos sofisticados objetos tecnológicos relacionados con los trabajos domésticos: cocina, fregona, lavavajillas, lavadora, máquina de coser, licuadora… Tecnologías jerarquizadas, low tech, consideradas no productivas, sino mediadoras del consumo, herramientas prosumer pensadas para tareas sin épica, tareas de la parte de sombra (no vista) de la vida cotidiana. Por mucho que cortemos cebolla con la actitud y sangre fría de un gladiador o que enarbolemos la minipimer como arma de destrucción, son máquinas de otra índole.

Del hecho de preparar una ensalada o fregar un cuarto de baño cada día no han trascendido relatos intensos ni hazañas dignas de un libro de historia o de un debate político, sólo se les ha concedido el poder de reproducción de un sistema, a lo más, algún foco de luz desde cierto poder poético. Y, recientemente, a algunas prácticas hipervisibilizadas y profesionalizadas como la cocina, un nuevo prestigio (en tanto, llamativamente masculinizadas).

 El tiempo, una vez más

Hoy el prosumo no está ni mucho menos limitado al trabajo doméstico. Prosumo, esa palabra furtiva traída del inglés como acrónimo formado por la unión de los términos producir y consumir, se ha convertido en una palabra de época.

De hecho cada vez más alude al pago con tiempo de determinadas actividades relacionadas con alta y baja tecnología, a lo que se considera consumo pero requiere ser parcialmente producido; relacionado con el do it yourself, con actividades liminares en su catalogación que son trabajo e implican producción parcial de bienes y servicios pero no se llaman empleo. Sin olvidar que, en el ámbito de la cultura online, el prosumo implica hoy también un cambio del estatuto del consumidor de símbolos, donde el sujeto no es ya un sujeto pasivo que lee, escucha y asimila información, sino que la construye, manipula, apropia y resignifica en un marco de transformación de las formas de recepción y acceso a los símbolos.

Para Canclini en el prosumo se produce cierta circularidad descentrada, donde los consumidores son resignificados pudiendo modificar e intervenir lo recibido haciéndolo circular de nuevo. De hecho, en los últimos años en la web 2.0, el prosumo ha sido retomado con fuerza para aludir y reflexionar sobre prácticas de producción y uso de la información y el conocimiento en Internet. Apoyándose en la idea de que la asequibilidad y amigabilidad de las tecnologías de producción, los dispositivos de grabación y edición digital, las dinámicas de construcción y colaboración online, las redes sociales y la práctica creativa amateur en la red, esbozan un escenario idóneo para usar el concepto como palanca subversiva de un capitalismo que muchos consideran obsoleto y de un sistema de clasificación de la actividad económica y laboral que evidencia una clara transformación de sus denominaciones y prácticas.

Pero no cabe olvidar que el prosumo tiene historia. Durante el último siglo se habló mucho de la conversión del consumidor en productor como forma de avanzar en un mercado saturado de productos estandarizados, desde el que se pondría en práctica un potente valor añadido, la personalización, “ya no es algo ajeno a ti, este producto es parte de ti, eres tú”. Se involucraba así a los compradores en la ideación y/o ejecución del servicio o producto ofrecido y se generaba una necesidad (por contagio) de formar parte del mundo globalizado a través de la apropiación de una tendencia de diferenciación epidérmica desde la homogeneización masiva.

La contrapartida de esta implicación apuntaba tanto al abaratamiento de costes y a la democratización de uso, bienes y productos mediante un despertar de los deseos que nos igualaba en la posibilidad de tener, hacer, aparentar; como a la plétora de posibilidades de ser a través de las posesiones personalizadas, que simbólicamente nos hacían, más que nunca, parte del código y del lenguaje visual que retroalimentaba a un sistema de mercado. En cierta manera, apuntaba tanto a la emancipación como a la precariedad y a la fagocitación de tiempos propios. Curiosamente, ambas lecturas han sido argumentadas y defendidas desde enfoques muy distintos. Por un lado, los sectores empresariales más conservadores, que ven en la personalización implícita en formas del prosumo algo fácilmente instrumentalizable para obtener más beneficios a menor coste; por otro, a quienes defienden que sólo así es posible el acceso de la mayoría al progreso y el bienestar de manera sostenible e igualitaria, y que ven en algunas formas de prosumo alternativas críticas al capitalismo desde la implicación activa y solidaria de la ciudadanía.

La compensación en cualquiera de los casos parece suponer la exigencia de pago con tiempo propio, de forma que el potencial ahorro es suplido con tiempo de prosumo. El temor lindaría la potencial asimetría de quiénes son prosumidores frente a quienes se benefician en alguna medida del prosumo ajeno. Las lecturas son distintas atendiendo al contexto, tipología de prosumo y al género de quienes lo practican, generándose intercambios no siempre equitativos, ni condiciones de negociación explícitas, convirtiéndose muchos prosumidores no ya sólo en consumidores y productores de una red sino en el producto mismo de un sistema.

No estamos dispuestas a convertirnos en consumidoras activas o prosumidoras en cada cosa que hacemos. Esta tendencia acentuada en varias actividades terminaría por aniquilar nuestros tiempos propios y por neutralizar nuestro mayor valor emancipador, la capacidad de atención, de todo ejercicio crítico de la conciencia. La abundancia de alternativas y de elecciones nos sitúa ante un marco potencialmente participativo y (más) horizontal, sí, pero la mera opción no siempre implica a las personas. Es más, el exceso instrumentalizado desde el poder capitalista opera como nueva forma de censura y de aniquilación de distancia reflexiva, como saturación paralizante.

Esta idea tendría hoy, en un universo estetizado de dispositivos tecnológicos de comunicación y relación, una lectura perversa que reverbera como sensación, como una duda que afirma: “¿Acaso puedo no hacerlo?, ¿no estar?, ¿acaso puedo no tener?”. Una tendencia que tiende a perpetuar modelos de poder y a repetir mundos de vida, a hacer pasar por elección lo que viene casi impuesto por el sistema.

Cabría preguntarse quiénes y de qué manera están siendo hoy los prosumidores de productos, servicios y relaciones, quiénes neutralizan sus tiempos como donación gratuita al sistema y, por tanto, se están convirtiendo en las nuevas amas de casa (sean o no mujeres) de la tecnología y el mundo globalizado, pagados y pagadas seguramente con alguna suerte de contexto afectivo (antes el calor del hogar, ahora el de las redes sociales). Pero también cabe interrogarse por quiénes se lucran de esta situación, sin olvidar qué tipo de tecnologías se promueven en cada caso, cuáles nos hacen prosumidores y consumidores y cuáles nos permiten crear máquinas, transformar estructura, idear mundos.

Cierto que hoy disponemos de más y mejor equipamiento tecnológico para gobernar la producción digital mediante la disponibilidad de conocimiento compartido y gratuito, técnicas y herramientas de software libre que nos permiten participar en la construcción también de la aplicación. Pero la práctica no es tan sencilla y los handicaps son numerosos. La intervención a menudo se limita a pequeñas aplicaciones para el consumo y el entretenimiento (y nunca tenemos tiempo), pero sobre todo nunca hay seguridad educada en aficiones y hábitos de experimentación y juego tecnológico, confianza, ni conocimiento suficientes para cambiar y programar las estructuras, para transformarlas bajo un dominio público y democrático.

Las mujeres necesitamos otra relación con la tecnología, no sólo usar máquina sino imaginar y crear máquina; programar, cambio de expectativa colectiva y liberación de los lastres del tiempo doméstico y afectivo. La educación no formal es un pilar necesario, la que tiene que ver con la erosión en los tiempos y prácticas de la afición, el trabajo, con el juego y el prosumo mediados por tecnología; deconstruyendo las formas de gestión de los tiempos propios, de creación de imaginario e inspiración en el poder ser. De sonar, creo que el ejercicio de igualdad y transformación política de la red sonaría a empoderamiento de las mujeres en la (creación de) tecnología, a tiempo propio para la experimentación y programación de las máquinas.


Remedios Zafra es escritora, feminista y profesora de Arte, Innovación y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla y de Estudios de Género en varias universidades. Autora, entre otros, de los libros: (h)adas. mujeres que crean, programan, prosumen, teclean; Un cuarto propio conectado y Netianas. N(h)acer mujer en Internet. www.remedioszafra.net

Artículo publicado en el nº64 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2015.


NOTAS:

  1. “Gusto de esos ruidos de manera casi voluptuosa”. Roland Barthes en La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Barcelona, Paidós, 2010, p. 35.
  2. En la Historia de la Ciencia el uso de la expresión annus mirabilis para, entre otros, el 1666 (año en el que diversas catástrofes asolaron Londres) se debe a la coincidencia en ese momento histórico de una documentada revolución científica en la que Newton tendría un papel esencial. Uno de los puntos culminantes fue la concepción de la Teoría de la Gravitación Universal y de algunas innovaciones en óptica y cálculo atribuidas a Isaac Newton, que por temor a la peste había huido de Londres y se había refugiado con su familia en una granja de su propiedad, alejado del ambiente académico y científico de la ciudad.
  3. Llaman la atención las analogías que podemos establecer entre los clásicos artefactos del prosumo doméstico con los más recientes derivados de la normalización en el uso de dispositivos tecnológicos personales. Un ejemplo vendría dado por la lista de Adela y A.D. sobre las que trabajo en mi libro (h)adas. Mujeres que programan, prosumen, teclean (Páginas de Espuma, Madrid, 2013) en el que se basa este artículo. (Tecnologías domésticas de Adela, entre otras: bombona, fogones, cafetera, escoba, batidora, máquina de coser, regadera, teléfono, vela. Tecnologías domésticas de la nieta de Adela, A.D.: teléfono móvil, microondas, televisor, ordenador portátil, Facebook, tarjeta de crédito, máquinas de autopago…)

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