Los espejos de las lesbianas

La imagen del lesbianismo, asociada a la otredad, a la fealdad y a la soledad, a la envidia del pene (porque nos hace falta para satisfacernos o porque lo añoramos en nuestro cuerpo) está inscrita en la sociedad mucho antes que las propias lesbianas. Nacemos en un mundo en el que lo que somos está viciado por una lógica heteropatriarcal que nos rechaza. ¿Dónde mira una adolescente lesbiana cuando necesita encontrar iguales? Hasta hace bien poco, sólo podía imaginarse parte del mundo mostrado. Adaptábamos las representaciones, imaginábamos que teníamos cabida en ellas. Nadie es capaz de sobrevivir sin referentes. Si no los tienes, te los inventas; si no te gustan, buscas nuevos; si tienes muchos, eliges lo que más te gusta de unos y de otros. En la construcción de la parte de nuestra identidad asociada al deseo y a la sexualidad seguimos también la lógica de la observación y la imitación. Si tienes dónde y cómo hacerlo, claro.
Emma Gascó.

Emma Gascó.

Los medios de comunicación en general, e Internet en particular, han abierto un mundo de posibilidades para nosotras. La cultura lésbica, relegada hasta ahora a espacios feministas muy concretos, es accesible a través de las nuevas tecnologías. Además, la ficción nos ha hecho un hueco en sus filas. En los últimos años, la televisión ha dado cabida a muchas lesbianas. Si bien es cierto que la mayoría son personajes de ficción de series televisivas, también nos encontramos con mujeres del mundo del corazón o los reality shows que han hablado abiertamente de su condición como lesbianas. La televisión se ha hecho también eco de numerosos rumores sobre la opción sexual de muchas mujeres. Los programas de prensa rosa han dedicado infinidad de horas a debatir sobre si Isabel Pantoja o Mila Ximénez mantuvieron relaciones sexuales con Encarna Sánchez y más de una concursante de Gran Hermano ha salido del armario en directo.

Estamos en televisión, es innegable, pero, ¿cómo representan los medios a las lesbianas? ¿Somos nosotras también modelos a seguir? ¿Son nuestros espejos? Las lesbianas estamos en la televisión, pero no formamos parte del proyecto televisivo porque no somos útiles ni productivas para el sistema. Ya no somos invisibles, pero somos irreverentes. Me refiero a “irreverencia” y no “irrelevancia” porque las lesbianas somos relevantes: se habla de nosotras, se nos insulta, se nos mira, se ponen cachondos al vernos; pero no se nos guarda ninguna reverencia. Somos objetos de consumo para otros.

El lesbianismo causa polémica se muestre, se oculte o se hable de él a media voz. Elena Anaya fue muy criticada cuando, al recibir el Goya a la mejor actriz por La piel que habito, pronunció estas palabras: “Se lo dedico a mi amor, porque eres lo más fascinante que me he encontrado nunca y soy profundamente feliz a tu lado”. Ese llamar “amor”, sin especificar que se trataba de una mujer, es aquello a lo que Ellen Page llamó “mentir por omisión” cuando ella sí tuvo la valentía de declararse lesbiana, sin medias tintas, en una conferencia sobre los derechos de la comunidad LGTB en Las Vegas.

Un territorio como el Estado español, pionero en la aprobación de medidas legislativas a favor del colectivo LGTB, no puede permitirse no dar cabida en sus canales de televisión al lesbianismo, pero queda mucho para que se nos tenga en cuenta como opción válida y no se nos vea como algo exótico o periférico que dota de modernidad al producto. Dejarnos fuera de la televisión no puede ser una opción válida para una sociedad en la que no está socialmente aceptada la homofobia, lesbofobia o transfobia, aunque cada día se sucedan escenas que demuestran que siguen siendo actitudes interiorizadas y muy comunes. Es más, hemos sabido hace poco que son el 17 por ciento de los delitos de odio denunciados.

Las lesbianas felices

La influencia de los medios de comunicación a la hora de crear estereotipos y modelos en los que mirarse es evidente y las lesbianas también hemos buscado en la televisión un espejo en el que encontrar nuestros deseos. A las series de ficción, quizá incluso más que a las lesbianas reales que aparecen en televisión, deberíamos pedirles que ante situaciones como el lesbianismo (aún hoy problematizado) fueran más directas y evidentes en su función de creadoras de discurso.

Las series de ficción reflejan la realidad, es cierto, pero siempre lo hacen desde una manera menos cruda. La audiencia no enciende la televisión para ver en ella sus problemas, sino su cotidianidad. Si realmente desde la televisión se quisiera modificar el discurso de la sociedad ante el lesbianismo, quizá debería obviar, de alguna manera, la lesbofobia y los procesos traumáticos de salida del armario para dar paso a situaciones más positivas (y ficticias) que generen diferentes maneras de ver el lesbianismo. Si unos padres preocupados por la pluma de su hija ven en su serie favorita sus mismos miedos, estos serán reforzados. Si lo que ven es a una joven lesbiana en la que pueden sentir reflejada a su propia hija, que es aceptada sin mayor dificultad por sus padres, puede que (y sólo puede porque aún no lo sabemos) se replanteen su postura.

Sin embargo, las representaciones del lesbianismo que han llevado y llevan a cabo los medios de comunicación ignoran muchas de las realidades que vivimos las lesbianas a diario. Así como niegan la violencia que sufrimos en las calles, también ignoran las estrategias que hemos creado para sobrevivir. Las redes de apoyo de lesbianas (el ambiente entendido como un espacio social de seguridad) no existen y esto evidencia que los medios de comunicación (al igual que muchas lesbianas) siguen creyendo que el lesbianismo es una opción personal que sólo afecta a nuestras camas. Las lesbianas de la televisión son guapas, inteligentes, están formadas, tienen un nivel adquisitivo importante, son esposas y madres, pero sobre todo son discretas. No protestan. No se quejan. No hacen ruido. ¿Para qué nos sirven entonces estas lesbianas?

Emma Gascó.

Emma Gascó.

¡Cuánto se quieren Maca y Esther!

Uno de los primeros personajes de lesbianas que vimos en la televisión española fue Diana, de la serie 7 vidas. Sin embargo, quizá una de las historias lésbicas más mediáticas haya sido la de Maca y Esther, de Hospital Central. Patricia Vico interpreta a Maca, una guapa pediatra con fuerte carácter, lesbiana desde que aparece en el primer capítulo, de clase alta. Esther es una enfermera tranquila, de clase baja, de alguna manera frustrada por todas sus relaciones heterosexuales anteriores. El amor inunda entonces el hospital en que trabajan ambas.

La actriz Patricia Vico comenzó a formar parte de la plantilla de la serie en 2004. Ha llovido mucho desde entonces. La relación causó revuelo dentro y fuera del hospital. Los periódicos del Estado español hablaban de lo modernos que ya éramos. El boom fue tal que los personajes de Maca y Esther empezaron a moverse entre la ficción y la realidad. Las actrices fueron galardonadas con diferentes premios por su trabajo. A recoger el premio Shangay 2008, Vico pronunció estas palabras: “Somos las lesbianas de la tele y estamos orgullosas de ello”.

El éxito de esta pareja televisiva fue tal que la actriz Patricia Vico llevó a cabo una campaña en contra de la homofobia y la lesbofobia junto a Jesús Vázquez en 2006. La iniciativa, promovida por Amnistía Internacional, buscaba concienciar sobre la situación de discriminación y violencia que sufren las minorías sexuales en todo el mundo. Hace siete años, en el Estado español, no debían existir lesbianas mediáticas que quisieran protestar por la situación de desigualdad en la que viven. ¿Han cambiado las cosas? ¿Quién protagonizaría ahora esa campaña?

Aquella historia de amor caló hondo porque es más sencillo para la audiencia enfrentarse a una pareja de lesbianas que no llevan a cabo más rupturas (¡como si fuera poco!) que el propio lesbianismo. Las lesbianas, si están casadas y son madres, igual que pasa con las mujeres en general, dejan de ser lesbianas para convertirse en simplemente madres y esposas. Aunque, no nos engañemos, ni así se consigue una plena aceptación. Se da, con la maternidad y el matrimonio entre lesbianas, algo que podríamos llamar espejismo de aceptación, tomando como base para ello lo que Gay Rubin llamó la clasificación jerárquica del valor sexual. Los individuos y las individuas ocupamos lugares diferentes en la sociedad según cómo vivamos nuestra sexualidad. En orden de importancia: heterosexuales, reproductores y casados; heterosexuales monógamos, no casados y agrupados en parejas; el resto de los heterosexuales; parejas estables de gais y lesbianas; gais y lesbianas sin situaciones sentimentales estables; y aquellos y aquellas a quienes más se desprecia: transexuales, sadomasoquistas o prostitutas, por ejemplo. Desde la mirada heterosexual, en este caso desde la mirada de los guionistas y las guionistas, no se busca una aceptación mayor del lesbianismo de la que ya existe en la sociedad. No es casual que las bodas de lesbianas no hayan sido vistas en televisión hasta que el Gobierno de Zapatero aprobó el matrimonio igualitario.

Las protagonistas aseguraron en varias ocasiones que el lesbianismo de sus personajes no era más que un elemento secundario y que sólo se trataba de una historia de amor común. En los personajes lésbicos es muy habitual que se muestre el proceso de autoaceptación y reconocimiento público de la opción lesbiana en la trama. Eso sí, una vez se hace público, el lesbianismo ya no es un elemento importante en la vida del personaje. ¿Y qué pasa entonces? Que se niega la estructura heteronormativa en la que nos movemos y, por tanto, se invisibilizan las discriminaciones que sufrimos y las estrategias de resistencia que nos inventamos. Amor, amor, sólo es amor. Lo sabe bien Elena Anaya.

 ¿Pluma? ¿De qué pluma estás hablando?

La gran mayoría de los personajes lésbicos de la ficción española están caracterizados con una estética muy femenina. Los medios de comunicación niegan la pluma de las lesbianas porque sólo se aceptan las que responden a unos cánones de belleza establecidos, que no ponen en cuestión la relación sexo-género-sexualidad.

Las lesbianas que se muestran cercanas a la masculinidad son estigmatizadas. Imposible olvidar el caso de Dolores Vázquez, que ha sido analizado por Beatriz Gimeno en su libro La construcción de la lesbiana perversa. Esta falta de reconocimiento de un lesbianismo alejado del modelo de feminidad tradicional demuestra que las lesbianas sólo somos aceptadas si somos productivas para el sistema. ¿Cómo pueden ser productivas un par de bolleras? Sólo a través del rito del matrimonio y su culminación en la maternidad, todo envuelto con mucho amor y fidelidad. Cualquier buena madre y esposa es, obviamente, discreta y muy poco ruidosa. Así, sí; así aceptamos a gais y lesbianas.

Una vez más, nuestras demandas son silenciadas y ninguneadas en pro de normalizar nuestras rarezas. Aquí nos encontramos ante una gran contradicción: la normalización que propugnan los medios de comunicación, inevitablemente, ayuda a mejorar la imagen que la sociedad tiene de nosotras, nosotros, nosotres. Parece un paso hacia delante, que tampoco sería justo menospreciar; pero una vez más, quedamos muchos en los márgenes: las negras, las que practican el poliamor, las de los ovarios poliquísticos o las cojas. Nosotras, de momento, seguimos sin un hueco en la televisión.


Andrea Momoitio, periodista, es subdirectora de Píkara Magazine. @andreamomoitio.

Este artículo es un resumen de la tesina de la autora: De la invisibilidad a la irreverencia: Lesbianismo en televisión.

Artículo publicado en el nº64 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2015.


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