La sociedad vasca, el “proceso de paz” y el “tercer espacio”

Articulo mi exposición en tres apartados. El primero reflexiona sobre el papel de la sociedad vasca en el final del terrorismo de ETA; el segundo indaga en los materiales del enmarcado conceptual de la violencia terrorista desde la gramática del “conflicto”, que subyace a la formulación del “proceso de paz”; el último apunta unas consideraciones sobre el lugar y papel del autodenominado “tercer espacio” (TE).
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¿Qué sociedad vasca?

Una tesis central del movimiento Lokarri, dirigido por Paul Ríos, se resume en que el desistimiento de ETA es consecuencia del activismo de la sociedad vasca y que por tanto debe jugar un papel decisivo en el proceso de paz en curso. La idea no es nueva ni original. El arquitecto intelectual del “tercer espacio”, fundador de Elkarri y Baketik, exasesor de Ibarretxe y hoy responsable de la Secretaria General para la Paz y la Convivencia, Jonan Fernández, escribía en su libro Ser humano en los conflictos [1]: “La sociedad vasca se ha movilizado como pocas en contra de la violencia, los atentados, las injusticias y a favor de los derechos humanos y las víctimas”. Para una impugnación de esta tesis me sirvo de la pluma de José María Ruiz Soroa [2]: “La sociedad vasca nunca ha sido en el pasado un buen referente para la política antiterrorista, luego no se ve por qué debería serlo ahora. […] Esa sociedad siempre se opuso (mayoritariamente) a las políticas de firmeza o de ilegalización, siempre abogó por la negociación, salió a la calle con más facilidad y fluidez para defender los derechos de los victimarios que a las víctimas. Si fuera su criterio el que hubiera guiado a las instituciones del Estado nunca se hubiera derrotado al terrorismo, se hubiera empatado con él (¿recuerdan lo del ‘empate infinito’?)”

El sintagma del “empate infinito”, una de las varias piezas de la ingeniería semántica de Jonan Fernández, aparece repetidas veces en Ser humano en los conflictos, en cuyo índice analítico no están ni “terrorismo” ni “ETA”. En mi opinión, la acción del tercer espacio puede designarse, en línea con la tarea de obstaculizar la acción legal del Estado que señala Soroa, como una estrategia de contramovilización encaminada a bloquear la acción contra ETA; acaso la expresión más clara de ello es la formulación de Brian Currin, el epicentro de una constelación de instancias comandadas por Lokarri y el nacionalismo radical: “El Grupo Internacional de Contacto está dirigido a impedir que el gobierno español entre en un impasse sobre los aspectos políticos del ‘conflicto’ para proclamar su victoria sobre el terrorismo” [3]. Asimismo, Paul Ríos ha censurado regularmente las medidas legales contra ETA y en un artículo publicado el pasado año [4] ni siquiera menciona la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de 2009 avalando la ilegalización de Batasuna.

Pero hay que decir algo, por fuerza breve, sobre la sociedad vasca de a pie. Recuerda Sara Buesa la atmósfera de los años en que fue asesinado su padre, una atmósfera tal que le hacía sentir vergüenza de ser hija de una víctima; recordemos igualmente las manifestaciones con motivo de su muerte, incluyendo (buena muestra del protagonismo y el “pluralismo”, otro término fetiche, de la sociedad) la de quienes apoyaban a los asesinos. Y recordemos las últimas palabras de Fernando Buesa en el Parlamento Vasco acusando al nacionalismo presidido por Ibarretxe: “Estamos hartos de que ustedes se dediquen a darle vueltas al diccionario y a retorcer el sentido de las palabras para ver si encuentran una expresión feliz que sea asumible por Euskal Herritarrok (una de las múltiples marcas del nacionalismo radical)”. Otra anécdota: el comentario del propio Ibarretxe a un hijo de José Ramón Recalde, en la espera angustiosa tras el atentado: “aquí, en el País Vasco, se vive muy bien”. El exlehendakari padecía el mismo daltonismo que quien hoy pone laureles a la sociedad vasca. Por ampliar el radar: según una encuesta del sociólogo Víctor Urrutia, suscitaba el mismo rechazo tener un vecino de ETA que un amenazado por ETA [5]. Los ejemplos podrían llenar páginas y páginas que refrendarían una visión de los principales responsables del tercer espacio, cuyo daltonismo remite al síndrome de Vichy.

El marco del ‘conflicto’ y el ‘proceso de paz’

Escribe Vidal-Naquet en su alegato contra el negacionismo que lleva más tiempo desmontar un mito que crearlo. El mito en cuestión está alojado en el espacio léxico del “conflicto” (vasco). El tercer espacio ha sido un actor decisivo a la hora de conferir respetabilidad y proteínas retóricas a este referente mistificador. Puesto que la lucidez es un rasgo definitorio del pensamiento emancipador, descubrir los meandros de la mixtificación se antoja una tarea ineludible.

Imposible desarrollar en el espacio que aquí me corresponde un análisis cabal del asunto; aprovecharé a G. Lakoff para atajar. Sostiene este profesor de Psicología Cognitiva en No pienses en un elefante que, si uno asume el espacio conceptual del elefante (el símbolo del Partido Republicano), es imposible combatir su discurso porque se deviene rehén de su gramática profunda. Lo mismo pasa con el “conflicto”: si uno acepta la definición de la realidad alojada en el “conflicto”, no es posible salir de la lógica del abertzalismo radical y, a fortiori, deslegitimar la violencia.

La institucionalización del “conflicto” es en buena medida obra del tercer espacio. Una vez institucionalizado, establecido como axioma, todo un universo conceptual emana lógicamente de él: del “empate infinito” a la interdependencia entre pacificación y normalización, llegando, en estos momentos, a la tesis de Jonan Fernández retomada por Lokarri y el Gobierno de Urkullu del “final ordenado”.

Imaginemos un diagnóstico semejante en otras situaciones de violencia de cariz totalitario, imaginemos una propuesta parecida para los asesinos de los abogados de Atocha o las Brigadas Rojas. E imaginemos que esto se hace invocando el paradigma de los derechos humanos. Buena parte del repertorio léxico del tercer espacio está contaminado por este pecado original, un pecado que remite a una querencia identitaria soberanista inconfesa. De ahí el despliegue retórico asimilado al Plan Ibarretxe, con instancias cocinadas por Jonan Fernández, como los derechos humanos colectivos o el derecho a ser consultado. Y de aquí deriva igualmente la designación de un sedicente “proceso de paz”. El exponente más claro de las implicaciones de tal gramática es la ausencia de las víctimas en el discurso y en las prácticas del tercer espacio. Y ahora en la política del secretario para la Paz y la Convivencia, una ausencia que se reconoce en la declaración freudiana del propio Jonan Fernández cuando menciona6 el temor de “una ruptura entre víctimas y sociedad”. Otra vez el recurso a la sociedad para eludir las propias responsabilidades.

Señalaba que la expresión “proceso de paz” es hija de la premisa fundacional del “conflicto”, pues éste cumple, en efecto, la función de una retórica constituyente: crea el objeto de designación. El acta de bautismo del “conflicto” está en el pacto de Lizarra, auspiciado por Elkarri, en lo que constituye la negación de la definición misma de tercer espacio; por no hablar de la innovación topológica, pues en las situaciones marcadas por la asimetría radical de los actores no hay precedentes de postularse independientes entre víctimas y victimarios. Sin embargo, la denominación de “proceso de paz” vehicula todos las denotaciones de la equidistancia, de la responsabilidad compartida… Por eso el concepto preferido para este ámbito es el de atasco o bloqueo, sinónimos del empate infinito.  En la lógica paralelística, la responsabilidad es siempre ajena y distribuida; por eso la “sociedad vasca” y la “comunidad internacional”, epifanías consanguíneas de Lokarri, tienen que ejercer de Sísifo impenitente, para deshacer el atasco y el empate. Imposible detallar la letra pequeña de este equívoco diccionario

Locus y ethos del “tercer espacio”

La resistencia a percibir el componente totalitario de ETA tiene que ver probablemente con la ausencia de la principal aportación de la pedagogía de Auschwitz, la figura de la víctima. Hemos visto, leído y oído a los supervivientes dando testimonio de aquella experiencia con vistas a formar a los jóvenes en el espíritu del Nunca más; en el amplio repertorio de figurantes invitados por Elkarri/Baketik/Lokarri/Foro Social ningún representante de esta tradición: ni de Auschwitz, ni del Gulag, ni siquiera de Omarska o Srebrenica, bien cercanos en el tiempo. Paul Ríos, en cambio, cuando el gobierno de Patxi López presentó un proyecto elaborado por un equipo de expertos de Bakeaz para llevar los testimonios de las víctimas a las aulas, concluía en su blog [7] que “esta posibilidad de ofrecer el testimonio de las víctimas en primera persona es un campo minado”. Era la tesis de los círculos del etnonacionalismo en relación con el mismo proyecto que había sido formulada meses antes por Aintzane Ezenarro, entonces portavoz de Aralar, y antigua miembro de Elkarri: “No hay razones que desde un punto de vista pedagógico recomienden la presencia directa de ninguna víctima” [8]. Que cada cual engarce esta posición con el hecho de que su defensora es hoy, sin enmienda, la responsable de llevar los testimonios de las víctimas a las aulas.

Pero hay otro punto que merece ser destacado. Es bien conocida la figura de las puertas giratorias en los corredores de la corrupción; pues bien, las figuras de Ezenarro, Fernández y otros, ilustran el tránsito fluido entre la sociedad civil (como supuestos terceristas) y la política (sin ambigüedades en la ubicación). Jonan Fernández ha compatibilizado su protagonismo tercerista con las tareas de asesoramiento de Ibarretxe. En todo caso, lo que se observa es que un núcleo muy reducido de personas vinculadas a Jonan Fernández ha desempeñado un papel de enorme impacto sobre el paisaje político vasco.

El tacticismo tecnocrático del tercer espacio merecería otro artículo; remito al lector a otros análisis (escasos) o a los flashes de Ana Rosa Gómez Moral en Un gesto que hizo sonar el silencio [9], también a algunos artículos de Imanol Zubero (por ejemplo, “¿Unilateralidad con dos lados?” [10]). Sin embargo este aspecto del tercer espacio sigue siendo el gorila invisible de los estudios psicológicos. También ciertas prácticas discursivas claramente rechazables como el recurso a los argumentos ad hominem, la acusación del juicio de intenciones a los críticos o la descalificación personal, como cuando Ríos replicó a una crítica de Kepa Aulestia a Jonan Fernández, con un “los conversos a la cola”. Tales procedimientos discursivos constituyen una impugnación a la tarea central de los movimientos sociales como escuelas de democracia. A ver si dejamos de pensar en elefantes y no se nos despista el gorila. Como dice el eslogan de Mujeres de Negro de Belgrado, “No nos dejemos engañar, empezando por los nuestros”.


Martín Alonso es doctor en Ciencias Políticas. Formó parte del grupo de expertos de la Escuela de paz de Bakeaz (Bilbao). Ha escrito sobre el tema de este artículo: ¿Sifones o vasos comunicantes? (2006), La violencia en el País Vasco al hilo de Jean Améry (2009) o La conferencia de Ayete: una coreografía para la impunidad (de próxima publicación).

Artículo publicado en el nº63 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2014.

Todos los artículos de esta sección:


NOTAS:

  1. Fernández, Jonan (2006): Ser humano en los conflictos; Alianza Editorial.
  2. El Correo, 10/02/2014.
  3. Le Monde Diplomatique, junio de 2011.
  4. Ríos, Paul (2013): “El protagonismo de la sociedad vasca en el proceso de paz”, en Pueblos – Revista de Información y Debate, nº58.
  5. El Correo, 26/02/2011.
  6. El Correo, 20/11/2013.
  7. Ver en: http://paulrios.net, 05/01/2010.
  8. El Correo, 23/10/2009.
  9. Publicado por Gesto por la Paz, 2013.
  10. Ver en: www.eldiario.es, 24/02/2014.

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