Israel, EE UU, la UE y las monarquías del Golfo apuestan por el Ejército

El ilegítimo presidente interino egipcio Adli Mansur, nombrado por el golpista Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), terminó de anunciar el nombramiento de un gobierno provisional encabezado por el tecnócrata liberal Hazem al-Beblawi y el liberal Mohamed el Baradei y ya en el Congreso de EEUU se desbloqueaba un paquete de ayuda a Egipto de 450 millones de dólares, mientras Arabia Saudí y Emiratos Arabes Unidos concedían préstamos sin interés por valor de 5.000 millones y tres mil millones de dólares respectivamente.

Toda la maquinaria de Estados Unidos y sus aliados se ponía en marcha para hacer olvidar rápidamente el golpe de Estado, al estilo que ya se hizo ante los golpes blandos de Honduras o Paraguay. Ni Obama ni ningún líder europeo llegó a utilizar las palabras “golpe de Estado” en ningún momento desde que fue derrocado por la fuerza el presidente Mohamed Morsi, el primero civil y elegido por las urnas en la historia de Egipto.

Era necesario normalizar rápidamente la situación. Cínicamente, el Partido Republicano recordaba a Barack Obama esta misma semana en el Congreso que la legislación estadounidense impide dar ayuda a un gobierno impuesto por un golpe de Estado.

Y el senador republicano y ex candidato a presidente John McCain sí lo calificó de golpe de Estado.

Había que salvar el escollo formal y se hizo a un ritmo acelerado.

E Israel volvió a respirar. El habitualmente bien informado diario israelí Haaretz informaba estos días que antes de que Obama pudiera sacar adelante ese paquete de ayuda de emergencia, la tensión se había disparado al máximo en Tel Aviv. El primer ministro Netanyahu convocó un gabinete de crisis, alarmado ante la posibilidad de que EEUU cancelara la ayuda militar a Egipto. Una larga columna de blindados israelíes fue desplazado a la Península del Sinaí, ante el atentado de grupos armados yihadistas contra un gasoducto y sus sangrientos choques con el Ejército egipcio.

Israel necesita al Ejército egipcio como contención frente a grupos radicales.

Para Israel, Egipto es desde más de tres décadas un país clave para su propia seguridad y sus planes en toda la región, y el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas el más poderoso, estable y seguro garante del Estado.

Israel estuvo en permanente contacto con la Administración Obama mientras duró la incertidumbre tras el golpe del Ejército egipcio contra Morsi. Se trataba de impedir por todos los medios que el Congreso estadounidense hiciese cualquier declaración en la que se reconociese que en Egipto se había producido un golpe de Estado.

El propio Benjamín Netanyahu habló telefónicamente varias veces con el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, mientras el ministro de Defensa israelí, Moshé Yaalón, lo hacía con su homólogo de EEUU, Chuck Hagel y el asesor de Seguridad israelí Yaakov Amidror lo hacía con su contraparte, Susan Rice.

Pero las aguas volvieron a su cauce. El Congreso estadounidense ni condenó ni siquiera mencionó que en Egipto hubiera tenido lugar un golpe de Estado. Ya poco importaba que hubiera que aceptar modificaciones en la idea original del gobierno provisional para apaciguar y contar con la complicidad de los salafistas de Al Nour o o de cualquier otra fuerza política que aceptara darle validez y legitimidad. Todo se desandará a su debido tiempo.

La domesticación de los Hermanos Musulmanes

Hay precedentes cercanos de cómo puede darse la vuelta a las cosas. Morsi, los Hermanos Musulmanes, sirvieron en su momento, pero ya no servían más ni al Ejército ni a EEUU. Todos los obstáculos y condicionamientos puestos en su camino por el Ejército y la Justicia tras la caída de Hosni Mubarak no impidieron que los Hermanos Musulmanes llegaran al poder, pero finalmente terminaron siendo domesticados convenientemente.

Pronto se acabó aquel intento de Morsi por presentar una política exterior independiente y que hizo saltar todas las alarmas en Washington y Tel Aviv. Cara a su propio electorado y al mundo árabe, durante sus primeros meses en el poder, Morsi se erigió en mediador para el Acuerdo de Reconciliación entre Hamas y Al Fatah que terminó firmándose en El Cairo; anunció la apertura del cruce fronterizo de Rafah entre Egipto y Gaza –que hubiera supuesto de hecho el fin del bloqueo de cuatro años a la Franja- , dejó pasar por primera vez desde 1979 buques de guerra iraníes por el Canal de Suez hacia el Mar Mediterráneo y se mostró abierto al diálogo directo con Irán

En ese momento, 2011, en Estados Unidos el Partido Republicano exigió también a Barack Obama que cortara de inmediato la voluminosa ayuda militar a Egipto. Las Fuerzas Armadas egipcias empezaron a revolverse en los cuarteles. Un sector del Ejército está compuesto por nasseristas y otro incluso por islamistas pero, desde hace años, el sector mayoritario y que logra mantener aglutinado al conjunto fue formado por Estados Unidos. País del que recibe una ayuda anual de 1.300 millones de dólares desde que en 1979 Egipto firmara el Tratado Bilateral de Paz con Israel.

Tras esos primeros pasos de Morsi que en 2011 provocaron la alarma, Netanyahu también movilizó tropas de inmediato a la Península del Sinaí. Todo el tablero de ajedrez de la región parecía trastabillar, el enemigo parecía haber llegado inesperadamente al poder en el país más poderoso del norte de África y en un enclave de enorme importancia geoestratégica.

En el seno de los servicios de Inteligencia israelíes se abrió una fuerte polémica y una exigencia de responsabilidades políticas por no haber detectado a tiempo indicios de la primavera árabe y subestimar las consecuencias que podría suponer para la seguridad nacional de Israel.

Los Acuerdos de Camp David de 1979 parecían despeñarse.

Pero todo se recondujo de tal forma que las aguas volvieron a su cauce. Morsi terminó por garantizar su respeto a Camp David, no se abrió el paso de Rafa, el diálogo con Irán no avanzó. Noam Chomsky decía estos días que Estados Unidos puede convivir sin problemas con regímenes islamistas, incluso fundamentalistas, como lo demuestra su estrecha alianza con las monarquías del Golfo y el tipo de aliados a los que ha recurrido tantas veces en Afganistán, Irak y Libia. Su verdadero enemigo son en realidad los movimientos laicos radicales, progresistas, los que luchan por un cambio drástico de sistema.

Los Hermanos Musulmanes fueron utilizados por las élites, por el Ejército y por EEUU, para cumplir un papel. Estos los han utilizado, usado su aparato, su capacidad de organización y movilización, su amplia red de ayuda social y su discurso populista para frenar la verdadera revolución.

El omnipresente Ejército

Cuando Saddam Husein demostró que no servía para derrocar al régimen del ayatolá Jomeini tras ocho años de guerra, comenzó su cuenta atrás y terminó siendo derrocado.

Cuando Morsi demostró su incapacidad para mantener un gobierno estable, obediente y con la fuerza necesaria para doblegar a quienes en la calle pedían una revolución verdadera, también dejó de servir y también fue derrocado.

La prensa egipcia tituló “Morsi pone firme al Ejército” o “Morsi hace frente al Ejército”, cuando el presidente forzó la dimisión del anciano mariscal Hussein Tantaoui -ministro de Defensa durante dos décadas- y el general Sami Anan, jefe del Estado Mayor del Ejército y segundo del CSFA. Sin embargo, la salida de ambos fue, en realidad, un acuerdo consensuado con el propio Ejército y EEUU. De hecho, pocos días después Morsi condecoraba a ambos por los servicios prestados: a Tantaoui con la más importante condecoración, el Collar del Nilo y a Anan con la Insignia de la República y los nombraba asesores del Estado.

Morsi reemplazó a Tantaoui -de 77 años- nada menos que por el célebre inventor de los test de la virginidad a las jóvenes detenidas, Abdel Fatah al Sisi, el mismo que luego encabezaría el golpe contra el Gobierno de los Hermanos Musulmanes.

El CSFA nunca perdió el control de la situación y nunca traspasó al presidente las competencias de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.

Israel necesita mantener buenas relaciones con el Ejército egipcio; EEUU se ocupa de formar en sus valores desde hace décadas a la oficialidad, de entrenarla e influir en su organización y estructura de mando, de venderle las armas más sofisticadas.

Nunca Washington se ha atrevido a cuestionar el gran poder de las fuerzas armadas sobre el 30% de la economía del país, ni ha denunciado la corrupción rampante ni los privilegios sociales con los que cuentan los militares.

Y el Ejército y los servicios de Inteligencia egipcios han respondido siempre fielmente a los intereses de EEUU. Egipto jugó un papel importante en la operación encubierta que lanzó EEUU con numerosos aliados de 1979 a 1989 en Afganistán para ayudar a los muyahidín a derrotar a las tropas soviéticas y lo siguió haciendo pocos años después en el camino inverso: ayudando a la CIA a capturar y torturar a yihadistas.

Tortura compartida

Esa estrecha ayuda con la CIA por parte de la SSI (Departamento de Investigaciones de la Seguridad del Estado); Al-Mukhabarat al-’Ammah (Dirección General de Inteligencia), Mabahith al-Amn al-Dawla’Ulya (Oficina de Investigación de la Seguridad del Estado) y el Servicio de Inteligencia Militar del Ministerio de Defensa, no comenzó con Bush junior tras el 11-S. Se inició ocho años antes, en 1993, después del primer atentado contra las Torres Gemelas y con el democratísimo Bill Clinton como inquilino de la Casa Blanca.

Fue entonces cuando Michael Scheuer, responsable de la unidad de la CIA que desde entonces empezó a buscar a Osama bin Laden, obtuvo permiso para “ir a buscar a sus cuevas” a los dirigentes de Al Qaeda, según reconocería ante las cámaras de la CBS el 14 de noviembre de 2004, tras abandonar La Casa después de 22 años en su seno.

En 1999 su equipo lograba capturar en Azerbayán y trasladar a las mazmorras de Al-Mukhabarat al-’Ammah (Dirección General de Inteligencia del Ejército) a los secuestrados Ihab Mohammed Saqr, Amed Salama Mabrouk y Essam Mohammed Hafez Marzouq. Ese mismo año corría la misma suerte Mohammed al Zawahiri, hermano del que fuera durante años mano derecha de Osama bin Laden, Ayman al-Zawahiri. Mohammed al Zawahiri fue capturado en los Emiratos Arabes Unidos.

Otro de los Al Zawahiri, Hussein, era secuestrado a su vez en Malasia, para ser trasladado también a Egipto, donde todos eran interrogados y torturados conjuntamente por agentes egipcios y estadounidenses.

Igual destino correría Rifa Ahmed Tala, líder del grupo egipcio Gama’ Al Islamiya, quien fue capturado por la CIA en Siria, con la complicidad de la igualmente temible Inteligencia de Al Assad, la Mukhabarat , compuesta por cuatro ramas, la Dirección General de Seguridad, la Dirección de Seguridad Política, la Inteligencia Militar y la de la Fuerza Aérea.

Y Egipto volvería a ser el destino clave de los secuestrados por la CIA a partir del 11-S, cuando la agencia lanzó ya a sus comandos y flotilla de aviones civiles camuflados a capturar miembros de Al Qaeda en los rincones más disímiles del planeta.

Así fue que tan pronto como el 18 de diciembre de 2001, tres meses y una semana después de los atentados del 11-S, que un comando de la CIA junto con la policía de seguridad sueca (SÄPO) irrumpían en los domicilios de dos refugiados egipcios, uno de ellos en Estocolmo y el otro en la ciudad de Karlstad. Ahmed Agiza y Mohamed al-Zari, que se encontraban en espera de la decisión del Gobierno sueco sobre su petición de asilo, fueron secuestrados, amordazados, sedados y trasladados en un Gulfstream V, un pequeño avión de la flota de la agencia estadounidense a El Cairo.

Aquel secuestro en suelo europeo fue objeto de un documental sueco llamado Promesa Rota, en el que se reconstruyó la historia, las torturas y padecimientos sufridos durante años por los dos solicitantes de asilo egipcios. El Gobierno sueco dijo en su momento en su descargo que Egipto había dado “garantías” sobre el tratamiento que recibirían los prisioneros.

A pesar de la polémica que provocó este caso, un año y medio después se producía en otro país europeo un secuestro de otro egipcio, el clérigo musulmán Hassan Mustafá Osama Nasr. Fue el 17 de febrero de 2003, cuando Osama Nasr, conocido como Abu Omar, fue secuestrado a plena luz del día en el centro de Milán cuando se dirigía a su mezquita, por un numeroso grupo de individuos que se desplazaban en varios vehículos y que lo inmovilizaron con spray paralizante, lo introdujeron en una furgoneta y huyeron rápidamente con él.

La causa aún permanece abierta en Italia. La reconstrucción de los hechos permitió saber que Abu Omar fue trasladado directamente a la base norteamericana de Aviano y de ahí conducido en un pequeño avión civil de la CIA a El Cairo, donde fue torturado y estuvo prisionero durante años.

Abu Omar fue liberado en 2007. La Fiscalía de Milán identificó y pidió al Gobierno Berlusconi tramitara la extradición desde EEUU de los 26 agentes de la CIA y miembros de la Embajada estadounidense en Roma involucrados en el secuestro. Ni Silvio Berlusconi ni su sucesor en el cargo, el democristiano Romano Prodi, gestionaron jamás la extradición.

Varios de los principales responsables de la dirección de los servicios de Inteligencia italianos, el SISMI, fueron imputados por su colaboración con la CIA para el secuestro.

En el informe Egipto, Abusos sistemáticos en nombre de la seguridad de Amnistía Internacional de ese mismo año se recordaba que “la tortura y otros malos tratos, la detención y reclusión arbitrarias y los juicios manifiestamente injustos ante tribunales militares y de excepción han sido elementos clave en los 40 años de vigencia del estado de excepción en Egipto y en su campaña contra el terrorismo”.

En el informe AI añadía que “aproximadamente 18.000 personas recluidas en detención administrativa sin cargos ni juicio, en virtud de órdenes emitidas por el Ministerio del Interior, se consumen en las cárceles de Egipto en condiciones inhumanas y degradantes. Algunas llevan detenidas más de un decenio, incluidas personas cuya liberación ha sido ordenada repetidamente por los tribunales”.

Y AI denunciaba que “a pesar del largo y conocido historial de graves violaciones de derechos humanos en Egipto, los gobiernos de otros países, en particular el de Estados Unidos, han optado por enviar a ese país a personas detenidas en el contexto de la ‘guerra contra el terror’”. Durante su visita en 2005 a EEUU el entonces primer ministro egipcio, Ahmed Nazif, reivindicó con orgullo que gracias a la estrecha relación en materia de seguridad entre los dos países, los servicios de Inteligencia estadounidenses habían trasladado a entre 60 y 70 personas a Egipto desde septiembre de 2001, desde los atentados del 11-S.

Y la cifra siguió subiendo y subiendo con los años. EEUU, Italia y Suecia no fueron los únicos países que entregaron a Egipto opositores refugiados en el extranjero reclamados por este país o que utilizaron su infraestructura para torturar a enemigos comunes con total impunidad, como hizo la CIA.

AI denunció que muchos otros países se prestaron a entregarle disidentes que se habían refugiado en sus territorios, alegando haber hecho acuerdos bilaterales con Egipto para que se garantizara su seguridad, acuerdos sin ninguna validez para el derecho internacional.

Estas son las fuerzas armadas y de seguridad que vitorearon cientos de miles de egipcios contrarios a Morsi cuando sobrevolaban las manifestaciones de El Cairo con cuadrillas de helicópteros ondeando la bandera egipcia, como si fueran herederos de aquel Movimiento de los Oficiales Libres que en 1952 derrocó la monarquía.

Estas y no aquellas son las fuerzas armadas que han diseñado el actual gobierno y fijado a través nada menos que de una llamada Declaración Constitucional las condiciones para una transición hacia las nuevas elecciones democráticas, mientras reprime brutalmente las protestas de los Hermanos Musulmanes. Sus temporales compañeros de ruta vuelven a ser enemigos, pero más aún lo son los movimientos populares de izquierda que en la calle luchan para que en Egipto haya una verdadera revolución

Ahora el Ejército deja pasar al escenario a los liberales para una prueba, y eso gusta aún más también a Israel, a EEUU, a la UE y al FMI.


Roberto Montoya es periodista y escritor, autor de El Imperio Global y de La impunidad imperial y es miembro del Secretariado de Redacción de Viento Sur.

Fuente: VientoSur, 11/07/2013.


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