Carlos Taibo: “Parece que lo máximo que tolera el sistema es que la discusión sobre el colapso se revele, con tonos la mayoría de las veces desvaídos, en la literatura y el cine”

Carlos Taibo es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de numerosas publicaciones, el pasado 7 de marzo presentó en Bilbao uno de sus últimos libros: ‘Colapso: capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo’, en el que aborda de una manera pedagógica las posibles causas y consecuencias, así como los futuros escenarios posibles, de un probable colapso del sistema.
Carlos Taibo, fotografiado en Bilbao por Javier Álvarez González.

 

– El libro parte de la hipótesis de un posible colapso general del sistema. ¿A qué te refieres con este concepto?

– El colapso es un proceso, o tal vez un momento, del que se siguen varias consecuencias delicadas: cambios sustanciales, e irreversibles, en muchas relaciones, alteraciones graves en lo que atañe a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos (acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores), la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras y de muchos de los mecanismos de comunicación del orden antecesor.

De todas esas dimensiones, acaso la más relevante es la que se refiere a la discusión sobre la complejidad: cuando las sociedades se van haciendo más complejas, a menudo necesitan cantidades crecientes de energía en un momento en el que esta, llamativamente, falta. Ese es, creo, nuestro escenario de hoy.

– En la historia de la humanidad ha habido diferentes colapsos, ¿cuál es la diferencia entre la actualidad y los casos anteriores?

– A diferencia de los muchos colapsos que conocimos en el pasado, el que probablemente se avecina tiene un carácter global, y ello por mucho que sea cierto que esté llamado a afectar de manera diferente a unos u otros espacios del planeta. No está de más recordar, por otra parte, que muchos de los habitantes de este viven, de cualquier modo, en una suerte de colapso permanente.

Al margen de lo anterior, una singularidad más del colapso que se aproxima la aporta una paradoja que surge de la fortaleza de las estructuras de poder hoy existentes: su hundimiento será acaso más estruendoso habida cuenta de su carácter centralizado y de su radical dependencia en los terrenos tecnológico y energético.

– En caso de producirse este colapso, que parece evidente, ¿qué escenarios podríamos encontrar?

– Auguro un escenario general de corte neofeudal, en virtud del cual, y con arreglo a fórmulas muy diferentes en unos espacios u otros, se verificará una colisión entre flujos centralizadores y autoritarios, por un lado, y flujos descentralizadores y libertarios, por otro.

Es probable que en ese escenario germinen dos proyectos diferentes. El primero lo protagonizarán lo que llamo “movimientos por la transición ecosocial”, orientados a defender un horizonte de decrecimiento, desurbanización, destecnologización, despatriarcalización y descomplejización.

El segundo se nucleará en torno a lo que algunos autores describen como “ecofascismo”, una perspectiva que ya está presente y que parte de la presunción de que en el planeta sobra gente, de tal manera que tratará de marginar a quienes sobran, en la versión más suave, o, más directamente, de exterminarlos, en la más dura. Estudiar lo ocurrido al amparo de la Alemania nazi es una tarea interesante para comprender qué puede suponer el ecofascismo.

– Siendo el colapso un tema tan relevante para el conjunto de la sociedad, ¿por qué no está presente en los medios de comunicación ni en el debate público?

– La vida y la cultura política al uso son aberrantemente cortoplacistas, de tal manera que todas las discusiones que afectan a la condición del sistema que padecemos quedan proscritas en provecho, en el mejor de los casos, de las que remiten a la naturaleza del régimen que padecemos.

Se disputa, sí, sobre el bipartidismo, sobre la corrupción o sobre la república, pero es raro que se hable del capitalismo, del trabajo asalariado, de la mercancía, de la alienación, de la explotación, de la dominación patriarcal, de las guerras imperiales, de la crisis ecológica o del propio colapso. Parece que a día de hoy lo máximo que tolera el sistema es que la discusión sobre el colapso se revele, con tonos la mayoría de las veces desvaídos, en la literatura y el cine.

– ¿Estamos a tiempo de frenar ese posible colapso? ¿Qué papel pueden y deben jugar los movimientos sociales en este sentido?

– En mi intuición la respuesta es no. Lo que está a nuestro alcance es mitigar el efecto de algunos de los elementos más negativos del colapso y postergar algo en el tiempo su manifestación. Por lo que respecta al papel de los movimientos sociales críticos, creo que hoy por hoy una de sus tareas más honrosas debe consistir en alentar la creación de espacios autónomos autogestionados, desmercantizados y despatriarcalizados, en el buen entendido de que hay división de opiniones en lo que se refiere a para qué han de servir: mientras unos estiman que deben permitirnos esquivar el colapso, otros, probablemente más realistas, consideran que su cometido es convertirse en escuelas para permitirnos afrontar los retos de la sociedad poscolapsista.

– ¿Enmarcarías mecanismos como la política de migración europea, o la conocida como Ley Mordaza del Estado español, dentro del concepto de ecofascismo?

– Lo haría, pero con muchas cautelas. Ni la una ni la otra son fórmulas desconocidas en el mundo del capitalismo que hemos conocido en las últimas décadas, de tal forma que vincularlas con una realidad incipiente puede ser delicado. Aun así, es verdad que conceptualmente se sitúan en la línea de un proyecto ecofascista al amparo de un capitalismo que, ahora sí, tiene un proyecto de futuro, bien que de carácter manifiestamente criminal.

La aquiescencia con que una parte significativa de los integrantes de sociedades como las nuestras acata esos mecanismos represivos indica, en una lectura legítima, que muchas de las personas que tenemos alrededor se aprestan a aceptar un horizonte de restricción dramática de sus derechos y libertades en provecho de la integración en el grupo de los elegidos que serán salvados, o eso se sugiere, por el ecofascismo.


Javier González Álvarez forma parte del consejo de redacción de Pueblos-Revista de Información y Debate.


 

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *