Economía solidaria, economía para las personas

La Economía Social y Solidaria (ESS) es una economía de personas. Y se hace de, desde, por y para las personas. Esta afirmación que a priori puede parecernos un epíteto, tiene sin embargo hoy más sentido que nunca en este sistema hiperfinanciarizado, donde todo son índices y dividendos que no “olemos”, donde las páginas salmón son códigos cifrados de difícil comprensión y las cuestiones económicas asuntos de expertos, por más que sus decisiones nos afecten en lo más profundo de nuestras vidas. Así, lejos de despojarse de apellido, para hablar de “economía” sencillamente, reapropiándose de un concepto que, como tantos otros, nos ha sido expropiado, nos acompañamos de uno doble, haciendo del dueto “social-solidario” un tándem necesario para dotarnos de los matices que nos definen.

¿Cuáles son pues esos matices? ¿De dónde viene eso de “social-solidario”? Aunque ha habido prácticas de solidaridad en todos los momentos históricos y lugares del planeta, solemos remontarnos a la Europa del siglo XIX para agrupar bajo “Economía Social” (ES) aquellas prácticas que surgen en respuesta a las paupérrimas condiciones en que se encontraban grandes sectores de población, producto de la revolución industrial y el incipiente capitalismo. 1844 es el arranque emblemático, fecha en que se crea Rochdale, la primera cooperativa de consumidores y consumidoras para adquirir colectivamente bienes de primera necesidad. Desde entonces, se van sucediendo otras organizaciones como las mutualidades y asociaciones donde se ponen en valor otros elementos en el quehacer económico: primacía de la persona por encima del capital, adhesión voluntaria y abierta, control democrático de la organización, conjunción entre los intereses de sus miembros y el de la sociedad, aplicación de criterios de corresponsabilidad y subsidiariedad, autonomía frente a otros agentes y poderes públicos y privados y el destino de sus excedentes al desarrollo de servicios para sus miembros y para el interés general.

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De este tronco común nace al final del pasado siglo el concepto de “Economía Solidaria” (ESol), para poner fin a la creciente deshumanización de la economía e introducir el concepto de “solidaridad” dentro del proceso económico y no en una fase posterior como elemento reparador de las disfunciones que éste crea. Se busca, en palabras de Luis Razeto[1], que “la solidaridad se introduzca en la economía misma, y que opere y actúe en las diversas fases del ciclo económico, o sea, en la producción, circulación, consumo y acumulación”. Si bien la ESol no está tan asentada como concepto como la ES, sí podemos atribuirle, como apuntan Pérez de Mendiguren y Enekoitz Etxezarreta[2], cierto consenso en torno a una triple dimensión: una teórica, desde la que construir un nuevo paradigma bajo lógicas distintas al modelo actual; una práctica, con una voluntad de transformación social post-capitalista; y una referida a los “cómos”: desde lo democrático, lo autogestionado y lo colectivo.

Más allá de profundizaciones y evoluciones históricas que exceden el presente artículo, de lo que se trata es de devolver a la economía su sentido etimológico de “gestión del hogar”, entendiendo la sociedad como extensión de éste, donde se gestionen los recursos de una forma justa para con las necesidades de toda la población y haciéndolo de manera responsable y respetuosa con el medioambiente. En definitiva, es entender “la economía como medio, no como fin, al servicio del desarrollo personal y comunitario, como instrumento que contribuya a la mejora de la calidad de vida de las personas y de su entorno social”[3].

La Red de Economía Alternativa y Solidaria

En el Estado español la principal red que agrupa a estas organizaciones es REAS (Red de Economía Alternativa y Solidaria), creada hace más de veinte años para “potenciar la Economía Solidaria como un instrumento que permita desarrollar una sociedad más justa y solidaria, caminando hacia el desarrollo sostenible y teniendo en cuenta la interdependencia de lo económico, lo social, lo ambiental y lo cultural”[4]. Cuenta con una estructura confederal donde se agrupan 13 redes territoriales y 4 sectoriales, y que según el último informe está constituida por más de 500 empresas que engloban a unas 40.000 personas (entre personal contratado y voluntario) y que facturan más de 350 millones de euros. Dentro de esta red encontramos organizaciones diversas, tanto respecto a su fórmula jurídica y de funcionamiento (cooperativas, asociaciones, sociedades laborales, empresas de inserción…) como a su actividad productiva (finanzas éticas, mensajería en bicicleta, empresas de limpieza, reciclaje y recuperación, agricultura, educación ambiental, asesoramiento y formación, …), pero todas ellas comparten una espina dorsal que es la Carta de Principios de la Economía Solidaria[5] y que está conformada por los siguiente principios:

  1. Igualdad: Promover la igualdad en las relaciones y satisfacer de manera equilibrada los intereses de todas las personas protagonistas en las actividades de la empresa o de la organización.
  2. Empleo: Crear empleo estable, favoreciendo especialmente el acceso de personas en situación o riesgo de exclusión social, asegurando a cada persona condiciones de trabajo y una remuneración digna, estimulando su desarrollo personal y la asunción de responsabilidades.
  3. Medio ambiente: Favorecer acciones, productos y métodos de
    producción respetuosos con el medio ambiente.
  4. Cooperación: Favorecer la cooperación en lugar de la competencia dentro y fuera de la organización.
  5. Sin carácter lucrativo: Las iniciativas solidarias tienen como fin principal la promoción humana y social, por lo que son de carácter esencialmente no lucrativas. Los beneficios revertirán a la sociedad mediante el apoyo a proyectos sociales, a nuevas iniciativas solidarias o a programas de cooperación al desarrollo, entre otros.
  6. Compromiso con el entorno: Las iniciativas solidarias estarán comprometidas con el entorno social en el que se desarrollan,
    lo que exige la cooperación con otras organizaciones así como la participación en redes, como camino para que experiencias solidarias concretas puedan generar un modelo socioeconómico alternativo.

Pero, ¿qué realidades se esconden detrás de estas definiciones prototípicas que corren el peligro de verse vacías, por vagas y bien sonantes? Detrás de estos preceptos hay multitud de realidades que ponen en práctica esta filosofía en todas las fases del proceso económico, desde la producción al consumo pasando por la financiación y comercialización. Así, nos encontramos bares que no obligan a realizar jornadas inconciliables con la vida porque son de propiedad cooperativa y se toman por tanto las decisiones en asambleas, acordando así jornadas de 35 horas o la posibilidad de amamantar y criar en el lugar de trabajo. O tiendas de comercio justo que, además de vender productos de países del sur donde campesinas y artesanas han cobrado un sueldo justo, realizan labores de asistencia para mejorar las capacidades de productores y productoras y ampliar así sus posibilidades de acceso a mercados. O cooperativas de consumo de alimentación, energía, telefonía o crédito, donde tomar las riendas de la gestión de nuestros insumos básicos, desde la transparencia, democracia y autogestión.

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Casos de buenas prácticas que suponen la mejor carta de presentación para una ESS que está en auge, entre otros factores debido a la crisis multidimensional en la que estamos insertas y que ha desplazado del mercado a miles de personas, que han de resolver, por tanto, sus necesidades en otros lugares. Así, como ya ocurriera de algún modo con el nacimiento de la ES en los primeros tiempos del capitalismo, ante las difíciles condiciones de vida a las que se enfrentan importantes grupos de población, la sociedad civil trata de encontrar fórmulas para lograr una vida digna a partir del trabajo colectivo, de los recursos compartidos y, en definitiva, de la cooperación y el apoyo mutuo, articulando un tejido social que construye también canales económicos propios. Producto pues de la necesidad, pero también desde el convencimiento de que el actual sistema económico (y el político que lo respalda) no sólo es injusto sino insostenible, tanto desde un punto de vista social como medioambiental. Y estas nuevas iniciativas, además de estar dando respuesta a las realidades de miles de personas, están en muchos casos resistiendo de manera paradigmática a los tiempos que corren, gracias a estructuras más flexibles y a una mayor capacidad de adaptación.

Retos de cara al futuro

Naturalmente no todo son facilidades, sino que la ESS tiene importantes retos a los que hacer frente. En primer lugar, muchas de las iniciativas que la constituyen (y sus estructuras de representación) son relativamente precarias y tienen una fuerte dependencia de lo público, por lo que el contexto actual de recortes y retroceso en materia de derechos económicos y sociales les impide alcanzar la estabilidad necesaria para avanzar en los objetivos marcados. En sentido inverso, también debemos entender como un reto el gestionar adecuadamente los aires de cambio que especialmente en algunos territorios se están dando, ya que de otro modo se corre el riesgo de transitar a escenarios no deseables de dependencia económica y desarticulación y
vaciado político.

En segundo lugar, la ESS debe seguir creciendo y permeando a mayores capas sociales si quiere convertirse en una opción real y multitudinaria que logre posicionarse como alternativa al modelo actual. Un reto que se presenta doble: seguir aumentando no sólo desde lo cuantitativo sino también desde lo cualitativo, manteniéndose fieles a los valores originarios y evitando el riesgo de “que la autogestión se deslice en el economicismo productivista, convirtiéndose en una mera práctica de organización interna, y generando un enfriamiento democrático que diluya la participación real de las personas en el contexto de una complejidad organizativa que las aleja del poder real para la toma de decisiones”[6].

Para lograr esta estabilidad y escalabilidad se han de construir otros imaginarios que nos ofrece el sistema actual, y eso supone nadar contracorriente respecto a valores hegemónicos tales como el productivismo, consumismo o individualismo. En este contexto, competitivo y capitalista, donde no se reconocen otras formas de impulsar iniciativas económicas, es difícil introducir, en los ámbitos educativos y de investigación así como en los dispositivos públicos de promoción económica, empleo etc., tanto prácticas de emprendizaje como el propio concepto de ESS. Se precisa una importante labor divulgativa sin la cual es imposible conseguir las dimensiones que requiere todo proceso de transformación. “Economía circular”, “colaborativa” o “del bien común”, son tan sólo algunos de los términos que están en boga y que en el mejor de los casos crean demasiado ruido para tan pocas nueces. Lejos de pretender establecer nuevos dogmas hegemónicos reduccionistas ante una realidad que por diversa y viva desborda el lenguaje, sí sería deseable una mayor clarificación de esta burbuja terminológica que traduzca a la ciudadanía realidades muchas veces similares. Porque, en otros casos, la confusión no es baladí, sino que enmascara prácticas que más bien podríamos considerar antagónicas, al menos en cuanto a su fin último. Urge, por tanto, esta labor de concreción y establecer diálogos entre aquellas corrientes afines que puedan compartir saberes y construir en una misma dirección.

Por último y desde luego no menos importante, la ESS, en imitación a lo logrado por otros movimientos ya históricos como el ecologismo o el feminismo, necesita crear un verdadero movimiento social que, contrarrestando la ausencia de marcos regulatorios y políticas públicas que promocionen, apoyen y preserven las iniciativas de la ESS, defienda y construya en todos los planos esa otra economía, solidaria, que ponga a las personas y la vida en el centro.


Blanca Crespo es responsable de comunicación en REAS y miembro de la Transicionera.

Artículo publicado en el nº71 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2016.


NOTAS:

  1. Razeto, L. (1999): “Economía Solidaria: concepto, realidad y proyecto”, Persona y Sociedad, Volumen XIII, Nº 2, Santiago de Chile.
  2. Etxezarreta, E.; y Pérez de Mendiguren, J.C (2015): “La Economía Social y Solidaria: origen, evolución y tipologías”, Información Estadística y Cartografía de Andalucía, Nº5, 2015. pp 21-26.
  3. Askunze, C. (2007): “Economía Solidaria” en Celorio, G.; y López de Muniain, A. (coords.): Diccionario de Educación para el desarrollo. Bilbao: Hegoa, pp. 107-113.
  4. http://www.economiasolidaria.org/red_redes
  5. http://www.economiasolidaria.org/carta.php
  6. http://economiasolidaria.org/debates_economia_social_y_solidaria

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