Acuerdo UE-Mercosur, o el viejo proyecto neoliberal europeo para América Latina

“Tenemos la firme intención de firmar un acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea durante el segundo semestre de este año”[1]. El presidente de Argentina, Mauricio Macri, se mostraba así de categórico en una entrevista a un diario suizo en abril de 2017. Estas manifestaciones se producían en la antesala de una visita del mandatario al país centroeuropeo y en el marco de una intensa actividad diplomática al máximo nivel que ha venido desplegando a lo largo de todo 2017, con la revitalización de este proyecto como punta de lanza.

En su visita al Estado Español hace un año también dejó constancia de una férrea voluntad política de dotar de un nuevo impulso a la negociación de un tratado UE-Mercosur, para lo que solicitaba la intermediación del gobierno de Rajoy. De la misma manera, trasladó esta intención en su encuentro bilateral con el presidente francés Emmanuel Macron en el marco de la Cumbre del G-20 de Hamburgo en julio de 2017, cuya actitud receptiva fue recibida con alborozo por Clarín y otros medios hegemónicos argentinos[2].

Macri representa la avanzadilla de la ofensiva conservadora y neoliberal en América Latina, para lo cual cuenta con el apoyo de su homólogo brasileño Michel Temer. Ambos países conforman, junto con Uruguay y Paraguay, el núcleo central de Mercosur, una organización de integración regional que se remonta a la firma del Tratado de Asunción (1991). Mercosur ha sido desde entonces objeto de atención preferente por parte de la UE en su estrategia de expansión en la región, que incluye la promoción de acuerdos políticos, comerciales y de inversión. Al menos, así ha sido en los periodos en los que la orientación política de los gobiernos latinoamericanos ha oscilado hacia una mayor sintonía con los parámetros de desregulación y priorización del mantra de la seguridad jurídica que defiende la UE.

Nacido originalmente como una organización que bebía del llamado “regionalismo abierto” de matriz neoliberal, y con la UE como ejemplo inspirador, incluye en su seno a las dos principales potencias económicas regionales, lo que la convierte en uno de los principales objetos de deseo de la estrategia exterior comunitaria. Una estrategia basada, desde el año 2006, en la multiplicación de acuerdos de comercio e inversión a nivel bilateral o birregional, con un número creciente de sujetos, y que desde 2015 se viene volcando en acrecentar esta dinámica, ante el relativo impasse en que se encuentra EEUU en esta materia a raíz de la llegada de Trump.

Una negociación que viene de lejos

Los movimientos para la firma de un acuerdo UE-Mercosur se remontan al comienzo de la década de los 90 del siglo pasado. El Tratado de Maastricht inauguraba una nueva etapa en la construcción europea, con dos ejes principales: por una parte, una voluntad de expansión de la influencia económica y política de la UE hacia nuevas regiones, tratando de constituir sus propios espacios y áreas de influencia; por otra, un impulso definitivo a la asunción del modelo neoliberal, con la incorporación de nuevos mecanismos supranacionales encargados de velar por el mantenimiento de este nuevo orden económico en el espacio comunitario.

En América Latina los noventa fueron la “década perdida”, que se caracterizó por la sumisión a los dictados de instituciones financieras internacionales a través de los llamados planes de ajuste estructural, en un contexto en el que la totalidad de la región (salvo Cuba) abrazaba la ortodoxia de la Escuela de Chicago, con terribles consecuencias para los sectores populares. La asunción de este esquema por parte de economías periféricas llevaba aparejada una apuesta por situar a EEUU y UE en el centro de sus alianzas económicas y políticas internacionales. Estas características se trasladaron al espíritu fundacional de Mercosur.

En este contexto, la búsqueda de un acuerdo interregional parecía lo más natural, y los acercamientos entre ambas organizaciones a lo largo de los 90 estuvieron caracterizados por el optimismo e interés mutuo. Tras la firma del Acuerdo de Cooperación Inter-institucional en 1992 y del Acuerdo-Marco de Cooperación Interregional (AMIC) de 1995, en 1999 se inauguró el proceso de negociación formal de un acuerdo de asociación, con la Cumbre Unión Europea – América Latina y Caribe (UEALyC) de Río como escenario. El objetivo era institucionalizar una relación que incluiría como pilar fundamental el establecimiento de un área de libre comercio. Cuatro años después, en octubre de 2004, se oficializaba el estancamiento del proceso, quedando en estado de hibernación, salvo un breve repunte en 2010, hasta el intento de revitalización que vivimos en la actualidad.

Análisis de un primer fracaso

Varios de los elementos de fricción del actual proceso ya despuntaban en aquella primera intentona. Existe consenso en señalar la cuestión agraria como el nudo gordiano. Los grupos técnicos que se constituyeron a partir de la firma del AMIC realizaron a finales de los 90 un análisis del comercio entre los dos bloques que reflejaba los patrones clásicos de los términos de intercambio de América Latina con países industrializados: exportación de bienes primarios y bienes industriales tradicionales, e importación de bienes industriales de alto valor agregado.

En este contexto de intereses diferenciados, el problema estriba en la resistencia de la Unión a realizar concesiones que supusieran un descenso del nivel de protección comercial derivado de la Política Agraria Común (PAC): la UE se negaba a rebajar los estándares de protección para productos en los que precisamente son competitivos los sectores exportadores de Mercosur, al tiempo que pretendía forzar una apertura sustancial en otros de su interés (servicios, facilitación de comercio, inversiones, políticas de competencia, compras gubernamentales). La llegada al poder del Partido dos Trabalhadores (PT) en 2003 supuso un endurecimiento de la posición negociadora de Brasil. La consiguiente situación de bloqueo llevó al embarranque definitivo del proceso en octubre de 2004.

Perspectivas actuales

Tal y como ocurrió entonces, la revitalización del proceso desde 2016 viene originada por la recuperación de una sintonía perdida durante la oleada progresista latinoamericana. Efectivamente, es la llegada al poder de Temer, y, sobre todo de Macri, lo que permite recuperar la atención de la UE hacia Mercosur.

No deja de ser cierto que los diferentes gobiernos progresistas latinoamericanos, en distintos grados y maneras, han tenido relaciones oscilantes y en ocasiones ambiguas respecto a las “reglas de juego” que regulan los flujos de comercio e inversión globales. Así, Brasil se destacó en el último periodo de Dilma Roussef por su apuesta enérgica a favor de acelerar las negociaciones con la UE, lo que provocó roces de calado con una Argentina más reticente.

Pero la UE promueve forzar a sus contrapartes a una adhesión total a los criterios de gobernanza neoliberal que tanto le benefician como economía central. Así pues, no es hasta la llegada de la nueva oleada derechista a Mercosur que el proceso adquiere verdadero impulso. En este contexto, Venezuela, que había entrado a formar parte del organismo, está suspendida, y Macri ha señalado como objetivo preferente estrechar lazos con la Alianza del Pacífico, buque insignia de este modelo que prioriza la satisfacción de los inversores transnacionales privados y la liberalización comercial. Un escenario idóneo para la UE.

Las conversaciones se han desarrollado en 2017 con declaraciones desde diversas instancias que empujan hacia una pronta conclusión del acuerdo. La Cumbre de la OMC de Buenos Aires (10-13 de diciembre) parecía un escenario idílico para la escenificación de un acuerdo, pero finalmente se frustró tal expectativa, posponiéndose a principios de 2018.[3] De nuevo, el centro de las disputas se encuentra en la negativa europea a promover una apertura sustancial en el sector agropecuario.

En octubre, funcionarios argentinos y brasileños calificaban en prensa de “decepcionante” la última propuesta de la UE, que incluía, entre otros, una cuota con bajos aranceles para 70.000 toneladas de carne de res. “Le dejamos claro a la UE que para que exista un acuerdo debe haber una mejora sustancial. No solo en el tema de la carne, sino de muchos otros productos que son de interés del Mercosur”[4], dijo Horacio Reyser (secretario de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería argentina), que agregó que entre esos productos se encuentran los granos, la carne de ave y el arroz. Por otro lado, la liberalización arancelaria del bioetanol por parte de la UE constituye un segundo caballo de batalla del bloque Mercosur. Por su parte, Francia ha anunciado su oposición categórica a una sustancial apertura de la UE a los productos agropecuarios de Mercosur. Parece que 2018 será el año decisivo.

Posibles impactos

Una primera previsión de impactos de un hipotético acuerdo UE-Mercosur tiene que contemplar prioritariamente las consecuencias sobre el sector agropecuario. Así, sean mayores o menores las cuotas que finalmente se establezcan para posibles importaciones de Mercosur hacia la UE, sin duda el impacto será importante sobre un ya de por si agonizante sector agrícola y ganadero europeo.

Este impacto podría manifestarse de manera diferente en el ámbito de la producción y comercialización agrícola vinculada a redes de soberanía alimentaria, que, al estar articuladas en torno a criterios de proximidad y circuitos cortos, con redes de abastecimiento, producción y distribución en parte propias y diferenciadas, se ha señalado que pudieran quizá abstraerse parcialmente del impacto de las exportaciones del agronegocio mercosureño. En cualquier caso, resulta ingenuo pensar que no existirá impacto alguno en este ámbito. Probablemente los habrá, y tendrán, en caso de entrar en vigor, consecuencias sustanciales sobre los procesos presentes y futuros de construcción de alternativas contrahegemónicas en materia alimentaria.

Por otra parte, que un acuerdo resulte beneficioso en términos de intercambio para los países de Mercosur no nos puede alejar del hecho de que este beneficio revertiría fundamentalmente en un sector, el de la gran industria agropecuaria orientada a la exportación, en la que transnacionales con matriz en el Norte global causan graves impactos en estos países.

Asimismo, sectores de enorme importancia quedarán sujetos a unos términos de intercambio ampliamente beneficiosos para la parte europea. Ámbitos como los productos industriales de alto valor agregado, la contratación pública o los servicios podrían quedar a merced de la competitividad de las transnacionales europeas, con lo que esto supone en materia de deterioro de las condiciones de existencia de los sectores populares, así como de merma de la soberanía pública y comunitaria sobre los propios recursos y la propia organización de la vida.

Estamos ante un acuerdo cuyo desarrollo histórico ha revelado una profunda matriz neoliberal y que trata ahora de reproducirse de manera acelerada ante el relativo reflujo que en toda América Latina padece el impulso transformador de la primera década de este siglo. Que forma parte de una potente ofensiva de la UE por tejer una amplia red de tratados que extienda su influencia política y económica a zonas de interés estratégico para sus propias corporaciones transnacionales. Y que, en definitiva, trata de reproducir una arquitectura de la impunidad al servicio del poder corporativo y, por ello, completamente ajena a los intereses de las mayorías de aquí y de allí.


Gorka Martija es investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.

Artículo publicado en el nº76 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer cuatrimestre de 2018, monográfico “Tratados comerciales, ofensiva contra nuestras vidas”.

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NOTAS:

  1. Busch, Alexander (14/04/2017): “Argentiniens Präsident im Gespräch: ‘Wir werden weltweit am schnellsten wachsen”, en Neue Zürcher Zeitung AG, www.nzz.ch.
  2. “Macri recibió un guiño de Macron para avanzar con el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea”, publicado el 8 de julio de 2017 en Clarín, www.clarin.com.
  3. “No habría acuerdo entre el Mercosur y la UE hasta al menos febrero”, 13/12/2017, www.lapoliticaonline.com.
  4. “Se tensan las negociaciones entre el Mercosur y la UE por acuerdo comercial”, 6 de octubre de 2017, El Cronista, www.cronista.com.

 

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