Wajdi Mouawad y la tetralogía del dolor

Wajdi Mouawad (Líbano 1968) una mañana escuchó gritos y disparos en la parada de autobús que se situaba enfrente de la casa familiar en su maltrecha Beirut natal; subió a la azotea de su edificio y desde allí vio lleno de terror cómo un autobús a rebosar de refugiadas y refugiados palestinos era acribillado a balazos por las milicias cristianas y posteriormente incendiado. Ese autobús permaneció humeante y lleno de muerte durante muchas horas delante de su casa sin que nadie pudiese acercase ni a socorrer ni a parapetar con sábanas el espectáculo de semejante infamia, por miedo a correr la misma suerte que la de los desdichados refugiados. Esta trágica imagen viene persiguiendo a este autor a lo largo de su vida y se ha convertido en uno de los ejes que ha siempre ha sobrevolado su brillante carrera como actor, dramaturgo y director de escena.
Ros Ribas ©. Fotografía facilitada por Ysarca Art Promotions.

 

Mouawad, que hoy es uno de los autores teatrales más importantes del siglo XXI, marchó muy joven a Canadá. Fue en Quebec donde estudió y arrancó la trayectoria artística que luego ha continuado desarrollando también entre Francia y Líbano, a lo que cabe añadir sus intermitentes paradas en Barcelona para escribir buena parte de sus mejores piezas teatrales desde el aislamiento y el anonimato de su presencia en esta capital.

Esta constante itinerancia es lo que determina y caracteriza también su proyecto dramatúrgico y sus fuentes de inspiración, que él mismo suele resumir en un particular modelo creativo: el triángulo rectángulo de Pitágoras. Así, Mouawad basa su desarrollo artístico en una triangulación constante, no solo en el lugar físico de permanencia, sino también en sus laboratorios creativos y espacios para la investigación y la producción teatral, que reparte entre Francia (Au Carré de L´Hypoténuse) y Quebec (Abé Carré Cé Carré), y que ha venido combinando con la dirección de diversas compañías y adaptaciones para otros grupos de teatro.

Los tres vértices que conforman sus principales referentes autorales son los clásicos, donde destacan Shakespeare y Sófocles (con una ingente obra desarrollada no solo de adaptación de sus obras, sino de investigación sobre sus textos y de creación de nuevos textos basados en el propio autor). A estos se debe de añadir el quebequés Rober Lepage, cuyas puestas en escena transmedia y desarrollos temáticos son continuo punto de referencia mutua. Sus fuentes de inspiración también son un trío de variables tan inamovibles como inagotables y llenas de aristas: la inmigración, el país de origen y las cartografías familiares (sobre las que destaca su serie denominada Domestique compuesta por las obras Soeurs, Frères y Père et Mère).

Ros Ribas ©. Fotografía facilitada por Ysarca Art Promotions.

 

Las guerras como telón de fondo

Pero sin duda su obra dramatúrgica más transcendente es la que conforma la tetralogía formada por Littoral, Incendies, Fôrets y Ciels, que han pasado a considerarse obras clave del siglo XXI. Todas ellas tienen las guerras en el Líbano, Siria y la ocupación de Palestina como telón de fondo, siendo la intrahistoria de sus gentes, de sus víctimas y de sus verdugos el lugar desde el que teje los relatos que narra. El autor basa la secuencia de esta tetralogía en la exploración y la contradicción continua sobre el desarraigo y la tierra, confrontando estos elementos con la importancia de la memoria y la búsqueda de la raíz, y siempre con el desastre la guerra como elemento desencadenante común. Desde allí, gracias a continuos y retorcidos juegos de constelaciones familiares y amores truncados de todo tipo, ahonda sin compasión en un variopinto y denodado ejercicio de exploración sobre la razón del dolor y la transcendencia de la muerte y su rito.

Lo más significativo de esta serie dramatúrgica es el esfuerzo que hace Mouawad en su proceso creativo de replicar y llevar la contraria constantemente sobre sus propias afirmaciones y maximalismos. Esto genera unos elencos de personajes llenos de registros que deambulan en una constante lucha de conciencia, para los que la verdad es una quimera que se acaba convirtiendo en un tormento, para los que la ansiada venganza acaba siendo el peor de los fines, para los que la inocencia no tiene cabida y su destino siempre se ve obligado a tomar una posición que siempre será la peor de las opciones.

Ros Ribas ©. Fotografía facilitada por Ysarca Art Promotions.

Todo ello se ve aderezado con un magistral dominio del elemento imaginativo que pone en manos del público, el cual no necesita conocer ni las situaciones ni los porqués de los conflictos de Oriente Próximo para entrar de lleno en un espacio repleto de confrontación, odio, amor, desesperanza, violencia, ternura, horror y emotividad. En definitiva, el autor con estas obras nos ofrece una nueva y extenuante torsión a la tragedia con mayúsculas, donde su verosimilitud y empatía con el espectador no reside ni en grandilocuencias históricas ni en monarquías mancilladas ni en las mitologías saecula saeculorum; sino que su enganche anida en la asombrosa habilidad de convertir la amarga cotidianeidad de su vivencia personal a través de sus personajes y los brutales escenarios que les dan cobertura en unos textos para la posteridad que conmueven y conmoverán durante muchos años.

De todas las obras que componen esta tetralogía, la más representada y reconocida mundialmente es Incendies, que también fue llevada al cine en 2010 por el director canadiense Dennis Villeneuve, algo que aportó un plus de visibilidad y conmoción sobre la obra de Mouawad muy importante. En nuestras tablas el “pionero” más brillante en la puesta en escena de la obra de Mouawad (aparte de él mismo, que estrenó Incendies en 2008 en las Naves del Matadero Madrid) es sin duda el director catalán Oriol Broggi, que sigue explorando sus textos con maravilloso rigor y nos sigue ofreciendo regularmente planteamientos y puestas en escena de sus obras tan asombrosas como magistrales.

El último de nuestros directores en doctorarse en la obra de Mouawad ha sido Mario Gas, con su reciente puesta en escena y gira de Incendios producida por Ysarca y el Teatro de la Abadía y protagonizada por Ramón Barea, Nuria Espert, Laia Marull, Álex García, Carlota Olcina, Alberto Iglesias, Edu Soto y Lucía Barrado. Gas no viene de nuevo en el ámbito teatral con los conflictos de Oriente de fondo, puesto que en 2007 ya dirigió con gran éxito para el Teatro Español la obra Homebody Kabul, de Tony Kushner; pero sin duda en este nuevo montaje la experiencia y la sabiduría de su anterior obra han determinado que crease un hermoso trabajo que perdurará en la memoria y en los anales del teatro español durante mucho tiempo.

Lolo Vasco ©. Fotografía facilitada por Ysarca Art Promotions.
Lolo Vasco ©. Fotografía facilitada por Ysarca Art Promotions.

 

A lo dicho cabe añadir que los posos de contaminación de esta tetralogía en la dramaturgia contemporánea empiezan a ser muy considerables. El calado social y la huella de la ocupación palestina y las guerras de Oriente Próximo se han convertido fuera de sus fronteras en un comprometido caldo de cultivo para brillantes autores y compañías actuales, donde cabe citar, entre otros, a dramaturgos y dramaturgas como el ya nombrado Tony Kushner, Deb Margolin (O Wholly Night & Other Jewish Solecisms), Caryl Churchill (Tell him); y, recientemente en nuestras salas de teatro, Guillem Clua (La piel en llamas, producida por el Centro Dramático Nacional y dirigida por José Luis Arellano), Alfonso Plou (Dile, el caso de las siete niñas judías, producida por Teatro Luna de Arena y dirigida por Félix Martín), Mario Diamet (Tierra de fuego, dirigida por Claudio Tolcachir), o el conmovedor monólogo Un misil en el corazón, del mismo Mouawad, interpretado por el actor libanés-español Hovik Keuchkerian.

Wajdi Mouawad, gracias a ser capaz de combinar la polisemia en su lenguaje con propuestas tremendamente arriesgadas, hace que sus obras resulten muy difíciles de poner en escena porque exigen un ejercicio de humilde introspección, ortodoxia y oficio teatral no al alcance ni de cualquier intérprete ni de cualquier director ni de cualquier escenógrafo. Pero si la magia y el talento se dan, acabada la función ya nunca olvidarás esas palabras que el autor no nos deja de repetir como un terrible mantra de partida y retorno: “La infancia es un cuchillo clavado en la garganta, no se lo arranca uno fácilmente. Solamente las palabras tienen el poder de arrancarlo y calmar así la quemadura”.


José Alberto Andrés Lacasta es miembro del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº73 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2017.


 

 

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