La orientadora laboral del colegio en el que estudié Bachillerato me dijo en varias ocasiones que estudiar Periodismo no era una buena idea. Puede que pensara que no estaba capacitada para juntar palabras, pero quizá simplemente estaba pensando en mi futuro. Vivir del periodismo es (casi) una utopía. Puedes estar meses trabajando en un tema que, si tienes un poco de suerte, te pagarán una miseria mucho después. El periodismo no se valora, no se reconoce, no se reivindica ni se trata con el respeto que se merece (sic). Este oficio está enfermo, tanto como la sociedad que acoge nuestro trabajo, y los problemas a los que nos enfrentamos aumentan a diario sin que sepamos bien cómo hacerles frente.
Son muchas las activistas que en estos momentos (da igual cuándo leas esto) están poniendo el cuerpo y arriesgando el pellejo en su lucha contra la precariedad generalizada para cimentar las bases de lo que Judith Butler denomina “un mundo sostenido y sostenible”[1], un mundo diverso donde quepan muchos mundos.
¿Qué ocurre cuando la industria “se va” de un lugar? La “reconversión”, como se ha intentado denominar a este proceso en las últimas décadas, ha tenido poco que ver en Europa con un proceso de modernización de industrias: está directamente vinculada al abandono de naves y a la creación de polígonos fantasmales, así como al empobrecimiento de la clase trabajadora y a determinados procesos de turistificación y gentrificación.
“En los últimos años, el movimiento de mujeres logró insertar en la agenda pública un reclamo de mínimos: #NiUnaMenos, es decir, nuestras vidas. La unidad en torno a ese derecho fundamental fue posible y se construyó rápidamente”, explicó Paloma Dulbecco, politóloga, docente y becaria del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina.
Durante el recién celebrado XIII Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe[1], 1.500 mujeres feministas reflexionaron juntas desde sus diversas identidades (mujeres indígenas y campesinas, feministas comunitarias, jóvenes, lesbianas y 'trans', trabajadoras del hogar, trabajadoras sexuales, mujeres migrantes y afro-descendientes) evidenciando que el feminismo es un movimiento abierto, que engloba diferentes feminismos, con vocación de enriquecerse, crecer, repensarse y cuestionarse. Los tres ejes de trabajo elegidos fueron: interculturalidad crítica, sostenibilidad de la vida y cuerpo-territorio.
Ospatu berri den Latinoamerika eta Karibeko XIII. Topaketa Feministan[1], 1500 emakume feministak elkarrekin hausnartu dute euren identitate ezberdinetatik (emakume indigena eta nekazariak, feminista komunitarioak, gazteak, lesbianak eta 'trans', etxeko langileak, sexu-langileak, emakume migranteak eta afrikarren ondorengoak), Hala, emakume hauek feminismoa mugimendu irekia dela agerian utzi dute, bere baitan feminismo ezberdinak hartzen dituen mugimendua eta aberastu, hazi, birpentsatu eta bere burua zalantzan jartzeko bokazioa duena. Aukeratutako hiru lan ardatzak kultura artekotasun kritikoa, bizitzaren jasangarritasuna eta gorputz-lurraldea dira.