Son muchas las activistas que en estos momentos (da igual cuándo leas esto) están poniendo el cuerpo y arriesgando el pellejo en su lucha contra la precariedad generalizada para cimentar las bases de lo que Judith Butler denomina “un mundo sostenido y sostenible”[1], un mundo diverso donde quepan muchos mundos.
Sungju (cuyo nombre significa “pueblo de estrellas”) está situado en una zona rural del sureste de Corea del Sur, con una población mayoritariamente campesina cercana a las 4.000 personas y famoso por el cultivo de melón oriental (cham-oe), una de las frutas tradicionales del país. Se trata de un pueblo cuya población quiere vivir felizmente con su familia y comunidad en la tierra donde han residido sus ancestros y seguir trabajándola y manteniéndola en el futuro. Sin embargo su modo de vida se ha visto amenazado en estos últimos años por el proyecto de instalación de un escudo antimisiles denominado THAAD (Terminal High Altitude Area Defense), frente al cual se han organizado. El pueblo y la península coreana quieren la paz, no la guerra.
Las intrigas propias de la guerra fría vuelven a emerger con fuerza en uno de sus escenarios preferidos: el mar Báltico. Lugar extremadamente sensible por seguir siendo un estratégico corredor aéreo y marítimo, la región es hoy, a la postre de lo sucedido en Crimea y Donbass, un renovado punto de fricción entre el gigante ruso y una OTAN que hace de la pequeña Estonia su punta de lanza.
El reciente 70 aniversario de la liberación de Auschwitz fue un recordatorio del gran crimen del fascismo, cuya iconografía nazi está incrustada en nuestra conciencia. El fascismo se conserva como historia, como el parpadeo en imágenes de camisas negras desfilando a paso de ganso, su criminalidad terrible y clara. Sin embargo, en las mismas sociedades liberales, cuyas élites toman decisiones bélicas, nos instan a no olvidar nunca, el peligro acelerado de una especie moderna del fascismo; esto es, su fascismo.
“Asia para los asiáticos” se titula el artículo de la prestigiosa Foreign Affairs, donde Gilbert Rozman explica que la amistad chino-rusa llegó para quedarse. No se trata de un artículo cualquiera, escrito por un periodista del montón en un medio de segunda fila. Rozman es profesor de sociología en la Princeton University, autor de numerosos ensayos y libros sobre Asia, incluyendo su último 'El pensamiento estratégico chino hacia Asia' [1].
La Unión Europea amplía fronteras y gana Estados a la vez que se incrementan las tensiones internas, avanza la extrema derecha elección tras elección y crecen las especulaciones sobre la ruptura de la eurozona. ¿Cómo es posible que se den todos estos fenómenos a la vez? El libro 'El último europeo', publicado por La Oveja Roja, intenta diseccionar la esencia de la UE, su comportamiento y jerarquía de intereses, abordando temas diversos pero complementarios: geopolítica, energía, armamento, migraciones y extrema derecha. En estas páginas preguntamos a Àngel Ferrero, Corina Tulbure y Roger Suso, coautores de la obra junto a József Böröcz, por algunas de estas cuestiones clave para entender dónde nos encontramos.