El movimiento social colombiano “viene dando pasos importantes hacia una mayor unidad”, lo que le permite percibir el proceso de paz con relativa seguridad. Sin embargo, es fundamental seguir limando las diferencias y comenzar a clarificar “quien van a asumir la vocería de dicho movimiento a la hora de la negociación”. Diagnóstico y perspectiva avanzadas durante una reciente visita europea por Marylén Serna Salinas, dirigente campesina del Cajibío (Cauca, suroeste colombiano), una de las responsables a nivel nacional del Congreso de los Pueblos. Espacio que reúne a numerosas iniciativas, organizaciones y plataformas sociales y que apuesta, junto con otros actores sociales, a participar activamente en la construcción “de una paz con justicia en Colombia”. Entrevista.
El pueblo indígena no es un bando, ni mucho menos un actor armado como algunos insinúan. Es una víctima más del eterno conflicto social y armado colombiano.
La participación viva y activa de la sociedad civil en un verdadero y legítimo proceso de construcción de paz en Colombia resulta imprescindible para transformar las causas estructurales y los impactos del conflicto social y armado en oportunidades de desarrollo a escala humana para la población.
Palestina, como todo Oriente Próximo es, en su plano político actual, un producto de la Primera Guerra Mundial, es decir, el reparto del último imperio universal oriental, la Turquía Otomana, por las potencias occidentales. La Organización de las Naciones Unidas es el actor internacional de máxima responsabilidad en la cuestión de Palestina. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la ONU fue fundada (en 1945) Palestina era un territorio administrado por el Reino Unido por un mandato encomendado por la Sociedad de las Naciones en 1922. La situación actual de Palestina, en gran medida, es responsabilidad fundamental de la ONU, ya que su resolución 181 de 1947 permitió el injusto y asimétrico plan de partición de Palestina y la creación del Estado de Israel.
La base del movimiento anti normalización consiste en eliminar los “hechos” fabricados por el imperialismo, que tienen más peso que los hechos objetivos e históricos. Por ello, es inaceptable dar por buenas las secreciones imperialistas y adoptarlas como un statu quo sobre el que construir el futuro, porque esta base será deforme e inestable, e irá contra los intereses y las aspiraciones de los pueblos.