A las elecciones legislativas nacionales de Brasil, marcadas para octubre, llegarán con fuerza candidatos y candidatas de fuera de los partidos políticos para intentar sacar votos a nombres históricos, que ocupan desde hace décadas cargos en la Cámara Federal y en los estados.
Brasil vive días turbulentos. Ánimos a flor de piel, tensión palpable. Mucha incertidumbre acerca de lo que está por venir. Las informaciones nuevas cada momento cumplen el ambiguo papel de esclarecer pero a la vez sumar nuevos puñados de dudas, cada vez más densas y profundas. Cada paso es un salto hacia la oscuridad. Lo que queda es el sabor de la certeza de un futuro oscuro para los próximos años, marcado, posiblemente, por retrocesos democráticos sin antecedentes.
Ni un guión de ciencia ficción podría competir con el surrealismo de los hechos, en el caso brasileño: una presidenta electa con más de 54 millones de votos es retirada de su puesto por el Congreso, bajo supervisión y complicidad de la Corte Suprema, antes de cumplir la mitad de su mandato bajo el argumento -o más bien la excusa- de haber recurrido a una maniobra fiscal ampliamente utilizada por sus antecesores, detractores y hasta su vicepresidente, que se consolida ahora como presidente, aunque sea inelegible[1] por ocho años.
Mar del Plata, 4 de noviembre de 2005. Argentina acoge la IV Cumbre Iberoamericana, que será recordada como la primera vez en la que América Latina se unió para rechazar los intereses comerciales de Estados Unidos. El presidente de la potencia, George Bush, asiste a las intervenciones de Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, quienes aprovechan sus turnos de palabra para alertar de las nefastas consecuencias que traerá a la región el proyecto del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA).