Periodismo. Esa forma de entender la vida susceptible de ser decorada con múltiples complementos adjetivales (crítico, comprometido, de investigación, alternativo…), que a la postre perfilan una herramienta de contrapoder articulada en torno al valor de la información como derecho de la ciudadanía (y deber de los periodistas). Aunque duela. Porque si es Periodismo, cuanto menos, escuece: “periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas”, reza una sentencia anónima con frecuencia atribuida al escritor George Orwell.
Queremos seguir pensando que no, que no será para tanto, pero cuando ves un vídeo de la directora ejecutiva de Oxfam pidiendo dinero para la crisis humanitaria de Indonesia ante una hilera de trabajadores perfectamente uniformados y limpios que se pasan cubos con el logo bien visible, y acto seguido ves otro vídeo de cómo el partido de ultraderecha Vox congrega miles de personas con su discurso abiertamente racista y xenófobo (“es una invasión-quienes saltan la valla tienen preparación militar-deportación masiva”) es imposible no sentir un retortijón ético e intelectual. Todo resulta terriblemente anacrónico y posmoderno a la vez.
La revista Pueblos ha sido un espacio de comunicación crítica que a lo largo de estos años nos ha permitido conocer debates y re exionar sobre ellos, conectarnos con otros agentes cuyas luchas y procesos se cruzaban con las de CEAR-Euskadi, con la defensa de los derechos huma- nos de las personas migrantes, refugiadas y apátridas. Nos ha ayudado además a enlazarnos con personas y colectivos que trabajan por erradicar las causas de los desplazamientos forzados de personas, comunidades y pueblos.
El número más antiguo que conservamos de Pueblos es de mayo de 1998, aunque la revista comenzó su andadura tres años antes. Sumergirse en una hemeroteca con las fechas bien presentes es siempre exponerse a un revoltijo de emociones, entre imágenes, datos, declaraciones, líneas estéticas que vienen y van, augurios errados vergonzantes y profecías cumplidas que nos llevan a repetir en cadena “ya lo decía yo”. Echando un vistazo a este primer número del archivo, que tiene algo más de veinte años, sentimos un escalofrío desde la primera línea: “Contra la militarización de las conciencias”, “Carrera de armamentos…”, “Los inmigrantes como víctimas de la globalización”, “El Frente Sandinista ante su Congreso”, “Irak: crisis permanente”, “Aportaciones a una reflexión sobre los movimientos sociales”.
Una de las causas fundamentales de la hegemonía que la derecha oligárquica salvadoreña mantiene, a pesar de haber perdido el control del Ejecutivo en 2009, es la vigencia de un modelo de medios antidemocrático funcional a los intereses de las élites empresariales y políticas, que imponen su dominio ideológico-cultural. A pesar de los avances de los últimos años, la falta de un esquema de medios democrático construido en clave contra-hegemónica es uno de los principales obstáculos para la consolidación de un proyecto de cambios estructurales, aun cuando gobierna un partido de izquierda.
Sin darnos cuenta muchas veces, vivimos sometidas a una serie de ideas, conceptos, normas e imágenes que nos manipulan, confundiéndonos con verdades autorizadas y modelos impuestos. Asumir que la enajenación es una carga de la cual es preciso desembarazarnos es un paso que posibilita liberarnos de ella. En este artículo hablamos de una propuesta en construcción que busca contribuir a la emancipación transformando las relaciones sociales, tomando como punto de partida que en la cultura dominante padecemos una grave enajenación, es decir, estamos fuera de nosotras mismas.