Para poder vislumbrar la posibilidad de una significativa respuesta de izquierda en América Latina a la amenaza del trumpismo debemos tratar de desenredar una maraña de nacionalismos de distinto origen y orientación política.
Confusión y desconcierto a partes iguales parecen caracterizar las relaciones de China y EE UU en los primeros meses de la presidencia Trump. Durante la Administración Obama, Beijing y Washington, en medio de dinámicas que alternaban la contención y la cooperación, recondujeron sus diferencias a la multiplicación de diálogos al más alto nivel con el fin de reducir al mínimo las sorpresas y gestionar los posibles desacuerdos limitando los efectos indeseados. Ese mecanismo tenía como telón de fondo una realidad de intensa interdependencia económica que les obligaba a cooperar para evitar males mayores. Trump quiso hacer borrón y cuenta nueva, pero tras el encuentro con Xi Jinping en Florida se dio vía libre a una reedición ajustada y cuyo recorrido debe iniciarse pronto.