Son muchas las activistas que en estos momentos (da igual cuándo leas esto) están poniendo el cuerpo y arriesgando el pellejo en su lucha contra la precariedad generalizada para cimentar las bases de lo que Judith Butler denomina “un mundo sostenido y sostenible”[1], un mundo diverso donde quepan muchos mundos.
¿Cuáles son las materias primas de la economía industrial? Desde el punto de vista energético, los combustibles fósiles, y, desde el material, una pléyade de elementos que abarcan casi toda la tabla periódica. Sin embargo, la disponibilidad a corto plazo va a ser decreciente y, en el caso de la energía, cada vez habrá que invertir más para conseguir cantidades menguantes. Se impone, por tanto, alcanzar una economía circular, que utilice pocos recursos, genere residuos que se integren en el medio y funcione de manera lenta, adaptándose a los ritmos ecosistémicos.
Se bautizó “Reconversión”, pero lo cierto es que el cierre continuado de industrias desde 1980 en el Estado español, el abandono de naves y la creación de polígonos fantasmales, la deslocalización todavía creciente o la turistificación exagerada de algunas zonas no coincide con la definición propuesta por RAE: “Proceso técnico de modernización de industrias”.
En la última década, Colombia ha vivido un crecimiento exponencial de los proyectos mineros auspiciado por las diferentes administraciones, que han tratado de convertir el sector en el revulsivo económico del país. El anterior ejecutivo suscribió tratados de libre comercio y desarrolló una legislación permisiva para la concesión de títulos mineros buscando, junto a la implementación de políticas que conllevaban exenciones tributarias a multinacionales y una mayor flexibilidad laboral, captar la inversión extranjera.
En los últimos años se ha producido un resurgimiento de la minería escenificado en grandes proyectos de extracción a cielo abierto y en un sinfín de solicitudes de investigación. Una ley que data de 1973 y una Unión Europea con millones de euros destinados al sector son el soporte de una realidad que cada vez tiene más contestación ciudadana.
La subvaloración de la fuerza de trabajo oculta en el término ‘ama de casa’ esconde jornadas de más de doce horas diarias para las mujeres campesinas venezolanas: cuidado y crianza, atención del conuco[1], cría de animales, recolección y preparación de alimentos. La posesión y uso de la tierra es un elemento central para la autonomía económica de las campesinas, de ahí que estén presentes en los procesos históricos de lucha, resistiendo en primera fila la mercantilización de la agricultura y la consecuente expulsión del pueblo campesino de sus territorios.