El final del asfalto señala el comienzo de la marginalidad. De la no-existencia oficial. En cuestión de metros el ambiente se torna áspero. El tiempo se dilata al compás que se estrecha la ruta, con viviendas bajas a izquierda y derecha separadas por pasadizos de apenas un metro de distancia que hacen las veces de calle. Escombros, piedras, tablas y plásticos se mezclan con ropa tendida, agujeros a modo de alcantarilla y miradas entre el asombro y la desconfianza. Aquí el silencio también se toca, como el recelo. Es amarillento y se desliza por los poros de la piel; sube y baja por el cuerpo.
Bienvenidos al asentamiento de Brisas de Comuneros, en el oriente de la ciudad colombiana de Cali y a lo largo del antiguo cauce del río Meléndez. “Quienes entran aquí saben que quizá no salgan. Con eso contamos todos pero lo llevamos bien. No puedes vivir con miedo”, advierten.Cuentan que la pasada noche “se dieron bala con metra. Llevan así unos cuantos días, pero deben ser muy malos porque todavía no hay muertos”. Y dejan en el aire que “en cualquier momento una bala perdida puede ser la tuya”.La comunidad cada día se despierta y cada noche se acuesta con la incertidumbre de no saber si habrá mañana.
Un grupo de cinco niños juega descalzo a tirarse bombas en la esquina. “Es su manera de sacar la violencia que han vivido, y para las mamás es completamente normal. Sobre todo en los niños más chiquitos”, aclara la trabajadora social Carolina Céspedes, autora del estudio pendiente de publicación ‘Afectaciones del desplazamiento forzado en la primera infancia’, desarrolladopara identificar las afectaciones socio-culturales de los niños desde sus propias voces.
El 90 por ciento de los habitantes de Brisas de Comuneros, cuyos orígenes se remontan a 1986,son afrodescendientes. Muchos llegaron aquí desplazados por el conflicto armado. Son migrantes de escasos recursos,mayoritariamente de la costa pacífica, que ocuparon estos terrenos en busca de oportunidades. Más de 1.800 familias sobreviven en esta comunidad, que forma parte de la comuna 15, unos 160.000 vecinos repartidos entre doce ‘asentamientos subnormales’, como se conocen en Colombia las áreas al margen de la ley cuyas infraestructuras presentangraves deficiencias. Se dedican sobre todo al empleo doméstico, la venta ambulante, el rebusque y la construcción. Eso cuando tienen trabajo, lo que no es frecuente dada su residencia. “Los jóvenes tienen que buscarse algún amigo en la ciudad para poner su dirección cuando buscan empleo. No hay otra”, se lamenta Jorge Eduardo Quiñones, uno de los líderes del asentamiento.
Es la otra Cali. La de la marginalidad, la exclusión socialy la violencia. La Cali desplazada. La del man que, como por descuido, se levanta como con disimulo la camisa y deja ver un fierro (revólver) apretado a su cintura.También la Cali que lucha por construir otra sociedad. Pero la que sólo existe en tiempo electoral: “Sólo entonces los políticos se acercan y nos ofrecen pajaritos en el aire, como dice la canción. Pero siempre desaparecen, con sus promesas, hasta las siguientes elecciones”, resume Quiñones.
La capital del Valle del Cauca cuenta cerca de 50.000 desplazados registrados por la municipalidad. Es la segunda ciudad del país que más ‘invasiones’ registra, aunque las cifras probablemente sean mayores, pues no existe un inventario actualizado de los terrenos invadidos.
Los habitantes de Brisas de Comuneros han logrado sobrevivir a varios intentos de desalojo. El Plan de Ordenamiento Territorial considera que es una “franja de terreno (…) cuya riqueza en aguas subterráneas, humedales y suelos fértiles, entre otros elementos naturales, la configura como una zona de gran importancia para el desarrollo municipal y regional”. Tal es así que el ‘Proyecto estructurante de competitividad territorial. Aprovechamiento ecológico del río Cali, río Cauca y los humedales del valle’ propone brindar ofertas turísticas ambientales, en forma de parques acuáticos y paisajismo. En definitiva, la justificación para el desalojo delas familias que habitan la zona. Se han topado con la lucha comunitaria, que dio sus mayores frutos en 1994, cuando el municipio les reconoció de forma oficiosa. Por eso hoy algunas casas tienen agua y energía, en ocasiones pinchando el suministro público.
El dibujo expresa las vivencias infantiles
El Centro Piloto de Aprendizaje (CEPIA) es el espacio físico donde la fundación Providas trata de orientar a la comunidad en los asuntos económicos, políticos y sociales, paliando en buena medida la ausencia de la Administración local. Es un edificio de dos plantas construido en ladrillo desnudo. La segunda altura sueña con convertirse en biblioteca con un par de viejos ordenadores como única tecnología, mientras el primer piso alberga lo que deberían ser unos baños, la cocina y una guardería. “Una de nuestras urgencias ahora es asegurar la tranquilidad de los más pequeños, subiendo los muros que rodean la casa para evitar los riesgos de las balas perdidas y que la gente no se meta”, explica Alberto Rentería, fundador del asentamiento.
Más de la mitad de la población desplazada durante los últimos seis años en Colombia son mujeres con niñas y niños a su cargo, según revelan organizaciones internacionales como Unicef y ACNUR. “La condición de fragilidad psicológica de las familias desplazadas es extrema (…). Es innegable la sobre-representatividad de la mujer, los niños y niñas como víctimas del conflicto armado; por ello debe ampliarse la participación de la mujer en los escenarios donde se plantean políticas públicas enfocadas a la reparación”, escribe el psicólogo José Alonso Andrade en ‘Mujeres, niños y niñas, víctimas mayoritarias del desplazamiento forzado’.
Desde bien pequeños, las niñas y los niños ya intuyen, señalan estos estudios, “que son los hombres quienes representan el papel de la persona que ejerce violencia, mientras las mujeres reciben toda clase de maltratos, siendo quienes finalmente mueren en las historias recreadas en los talleres”.
El asentamiento de Brisas de Comuneros no es una excepción. Es el lugar elegido por Céspedes para desarrollar su investigación, con el apoyo de la Asociación para la Investigación y la Acción Social Nomadesc. Decidieron, esta vez sí, dar todo el protagonismo a los más pequeños, pues “los adultos próximos a estos niños construyen un imaginario sobre lo que les afecta de acuerdo a sus propias percepciones, desconociendo y a veces hasta restando importancia a las experiencias particulares de los niños y las niñas, a quienes es necesario escuchar para conocer desde su propia voz lo que sienten, perciben y presienten del conflicto social, político y armado que viven en sus contextos sociales, reconociéndoles como sujetos de derechos y continuadores de su cultura”.
A lo largo de 2012, trabajaron con el mismo grupo de doce niñas y niños sirviéndose de memorias de itinerancia, que comprenden no sólo la reconstrucción de los hechos y los testimonios de violencia sino sus experiencias y narrativas tras haber salido de sus lugares de origen. “Yo nací en Tumaco (Nariño); juego al fútbol, al yeimi y al escondite”, recuerda un niño de 12 años sobre su lugar de origen. “Peleas, discusiones, agresiones, días tristes”, evoca el mismo pequeño frente a su momento actual. “Las experiencias de violencia y muerte tienden a ser ‘naturalizadas’ dadas las condiciones de impunidad e injusticia que de manera histórica han tenido que vivir las familias afrocolombianas”, contextualizan los responsables de la investigación.
Los dibujos evidencian cómo perciben los cambios. Representan sus lugares de origen como espacios amplios, con pájaros, flores y árboles. Muy distintos a sus figuras sobre el asentamiento, caracterizados como sitios limitados y cerrados. Algunos incluso se retratan solos. Otros ni se incluyen. Las casas ya no son tan casas. Ni los niños son tan niños. Es el tiempo del dolor y la tristeza. “Expresan una añoranza de libertad que se refleja en sus dibujos sobre sus lugares de origen, donde no hay tantas reglas y cuentan con más espacio y tiempo para jugar y explorar; a diferencia del lugar de llegada, donde se encuentran limitados en razón de sus viviendas hacinadas y por la simbología del peligro al habitar un lugar violento e inseguro”, añade Céspedes.
La infancia deja pronto de serlo en Brisas de Comuneros. Su incorporación a la vida adulta es muy temprana. Las niñas ayudan a madres y abuelas en las labores domésticas, mientras los niños salen a pescar y aprenden el corte de madera. Tampoco es difícil verles haciendo malabares en los semáforos.Las investigaciones que se centran en las niñas y niños sacan a relucir las repercusiones en la salud y en la educación, producto respectivamente de la malnutrición y de los procesos interrumpidos en la escolarización: “Y en su relación con los demás se evidencian comportamientos agresivos que dan cuenta de los contextos de violencia en los que están insertos”.
Olga Araujo, responsable de Redes en Nomadesc, aclara que es una situación que se puede extrapolar a toda Colombia, “donde no se respeta la Convención de los Derechos de la Niñez. Y eso que la Constitución colombiana asegura que sus derechos están por encima del resto. Con los distintos Gobiernos no se ha conseguido absolutamente nada”.De hecho, sólo en el primer mes de 2013 son ya más de un centenar los pequeños que han fallecido en Colombia por muerte violenta. Una realidad que corroboran otros estudios, como el de ‘Los niños y las niñas frente al conflicto armado. Alternativas de futuro’, elaborado por Esperanza Hernández para la Universidad Autónoma de Bucaramanga: “En el país se evidencia la violación sistemática de los derechos humanos de la niñez, especialmente del derecho fundamental de la vida, y de los derechos económicos, sociales y culturales”.
El asentamiento Brisas de Comuneros es un espacio hoy compartido que permite a los desplazados una llegada pero sobre todo un reencuentro como comunidad afrodescendiente. El asentamiento es su gran familia. Pero también un espacio de disputa. No hay cabida para todos.Las niñas y los niños son los grandes damnificados. Les han robado su lugar. Sus voceslanguidecen sin resonancias. Son los que menos sitio encuentran. No es tiempo de juegos. Y menos cuando el sol deja de ahogar las nubes y se bate en retirada.
J. Marcos es (foto)periodista. Cali (Colombia). www.desplazados.org.

