


mitos. No nos informan, nos educan. Es el “gran malentendido” del
que habla Margarita Rivière 1], quien
afirma que “no es lo mismo educar a
seres para la libertad y el desarrollo
de sus capacidades humanas que a
consumidores cuyo paraíso es el supermercado”.
Otra batalla sin equilibrio
Como en tantos otros espacios de las
luchas sociales, la batalla por una información
sincera y limpia se enfrenta
a un enemigo tan enorme y de tantas
caras que es difícil saber por dónde
empezar. ¿Qué deberíamos atacar
primero? ¿La propiedad e intereses
empresariales de los medios de comunicación
de masas? ¿Los programas
de telebasura? ¿A quienes trabajan
en los medios al servicio del capital,
que se venden por un empleo? ¿O deberíamos
olvidarnos de los medios de
masas y dedicarnos a construir redes
alternativas de comunicación? ¿Hasta
cuándo nos van a dejar, si escogemos
este camino?
El problema es que luchamos
contra una parte de nosotros mismos
si asumimos la tesis de Margarita
Rivière, la de que los medios educan,
y también la de que la educación nos
socializa y hace personas (lo de que
“nos hace libres” mejor vamos a dejarlo
aparte). Es fácil comprobarlo. Si
a un lector o lectora que tiene por
Biblia El País se le comenta que en
Cuba se celebran elecciones parciales
cada dos años y medio y generales
cada cinco, nos guste más o menos
el sistema que tienen, ¿qué nos
dirá? Que Cuba es una dictadura, que
no se respetan los derechos humanos
y que hay presos políticos (y esto, sin
palabras “malsonantes”). Todavía no
he encontrado excepción que confirme
la regla.
Estos comportamientos están
relacionados con los tres tipos de
materiales básicos que conforman la
opinión pública [2]: valores, disposiciones
del grupo e intereses materiales
personales. Según Manuel Castells,
“los estudios disponibles muestran
que las predisposiciones y valores
(los ingredientes de la política simbólica)
influyen más en la formación
de la opinión política que el interés
personal material. Al agudizarse el
conflicto entre cognición y opinión
(es decir, lo que ocurre en un ejemplo
como el anterior), la gente “tiende a
creer lo que quiere creer”.
Educomunicación como herramienta
Roberto Aparici [3] encuentra en la educomunicación,
lo creado por la unión
consciente y elaborada de la comunicación
y la educación, una herramienta
para que las personas puedan
convertirse en “guardianes de la libertad”
y analizar “cómo estamos
siendo clonados ideológicamente sin
que apenas nos demos cuenta”. Es decir,
una herramienta para hacer frente
al pensamiento único del que ya hablaba
Ignacio Ramonet en 1995.
La educomunicación es un término
amplio que puede trabajarse de
maneras distintas y en distintos grados.
Aparici, por ejemplo, habla de
cuatro modelos de “educomunicadores”:
quienes se dedican, sobre todo,
a la enseñanza de la tecnología y de
los medios para convertir a alumnos
y alumnas en operadores técnicos;
quienes realizan simulacros sobre la
profesión periodística, director/a de
cine o presentador/a de radio o televisión;
quienes centran su trabajo en
el análisis de medios; y, por último,
quienes integran en sus planteamientos
aspectos de los tres anteriores o
partes de algunos de ellos.
En el camino
Este año que acaba de iniciarse es ya
el tercero que la asociación de solidaridad,
derechos humanos y cooperación
para el desarrollo Paz con
Dignidad [4] lleva a cabo en Castilla-La
Mancha un proyecto vinculado estrechamente
a la educomunicación.
Estos proyectos han permitido ir
concretando en la práctica la propuesta
teórica de análisis de medios
convencionales, el impulso de medios
alternativos, el trabajo didáctico
con jóvenes (especialmente) y la
creación de redes para hacer que todo
lo anterior tenga sentido.
Tras una experiencia en 2009 basada
más en los tipos uno y dos de
educomunicador de los que habla
Aparici, en 2010 se presentó el curso
de 150 horas “Comunicación,
conflictos y derechos humanos. Papel
y herramientas de los movimientos
sociales y las organizaciones de
desarrollo”. [5] El curso se abrió con una
sesión sobre las relaciones Norte/Sur,
la cooperación, las organizaciones no
gubernamentales de desarrollo y los
movimientos sociales; para luego dar
paso a toda una jornada de trabajo
sobre la realidad de los medios de comunicación
(tipos y funcionamiento,
género, la comunicación en cooperación
y educación, las nuevas tecnologías
de la información y la comunicación
y el software libre).
A partir de ahí, la idea era profundizar
en tres de los conflictos
abiertos en la actualidad en el mundo:
Colombia, Palestina y República
Democrática del Congo (RDC). Son
conflictos que, a grandes rasgos y si
hacemos caso a los medios de comunicación-
empresas, no tienen entre sí
muchos puntos en común: en el primero
de ellos las drogas juegan un
papel fundamental; en el segundo es
la religión la que tiene la culpa de la
falta de entendimiento entre culturas;
y el tercero se debe a la avaricia de
las empresas (¡menos mal!) y a los
gobiernos corruptos. Los conflictos
sociales, políticos y económicos se
reducen por tanto a varias imágenes
sueltas (judíos, musulmanes, minas,
guerrilla…).
Sin embargo, estos tres conflictos
comparten muchos más elementos:
llevan años ya activos; implican de
manera relevante a actores de fuera
de las fronteras (ya sean otros Estados, empresas multinacionales o ambas); han provocado y continúan provocando
impresionantes movimientos
de personas (desplazamientos internos
forzados, numerosos refugiados
y refugiadas); y han generado, en
mayor o menor medida, luchas de resistencia
y muestras de solidaridad
internacional.
Preguntarse para comprender
Uno de los objetivos, por tanto, es
promover que se deconstruya lo
aprendido, lo asimilado a través del
mensaje de los medios de comunicación
de masas. El Diccionario de la
Real Academia Española afirma que
“desinformar” significa “dar información
intencionadamente manipulada
al servicio de ciertos fines” y
“dar información insuficiente u omitirla”;
pero preferimos la definición
de Miguel Romero [6], que nos dice que
“hay que ‘desinformar’, es decir,
romper la credibilidad de la ‘información’
que difunden los medios
convencionales”.
Podemos comenzar preguntándonos,
por ejemplo, cómo es posible
que en los medios españoles se presente
todos los días a Colombia como
una democracia casi perfecta si
el país tiene cuatro millones de personas
desplazadas internas y más de
30.000 desaparecidos y desaparecidas
forzadas [7]. Para Pascual Serrano [8], “sobre Colombia leer el periódico o
ver la televisión es el mejor modo de
no enterarse de qué sucede en ese
conflicto”. Existe una distancia inmensa
entre lo que cuenta el Gobierno
colombiano, la prensa “empotrada”
y los grupos empresariales, por
un lado, y lo que del conflicto transmiten
las organizaciones de derechos
humanos, las y los sindicalistas, indígenas
y campesinado, por otro.
Y ahora… ¿lo contamos?
¿Qué podemos hacer como ciudadanos y ciudadanas si sabemos que Estados Unidos creó numerosas bases militares en Uganda y Ruanda,
en las que instruyó a los ejércitos de ambos países durante
los años previos a los conflictos en los Grandes
Lagos? [9] Podemos
contarlo, a la vez
que denunciamos
que no sean los
medios de comunicación
convencionales
los que lo
cuenten.
Dar el salto de
la teoría a la práctica,
de la reflexión a
la narración, es
otra de las ideas
que han guiado el trabajo enmarcado
en estos proyectos de educomunicación.
Para contarlo llegando a más personas
hace falta conocer el medio a través
del que se quiere transmitir el mensaje:
saber cómo elaborar y distribuir
un vídeo por Internet, atrevernos con
lo básico para preparar una revista, un
boletín o un programa de radio, etc.
La tercera clave de esta línea de
trabajo es la de crear redes. Entre
personas individuales, entre organizaciones
sociales de diferente tipo,
entre ciudadanía y universidad, ciudadanía
y periodistas de los medios
de comunicación locales, ciudadanía
y prensa alternativa… Son muchos
los ámbitos desde los que se pueden
impulsar iniciativas de este tipo, y el
de las llamadas organizaciones no
gubernamentales de desarrollo es
uno de ellos, siempre que entiendan
su actividad, como explica Miguel
Romero [10], “como un compromiso solidario,
y por tanto radical y concretamente
crítico, con los poderes establecidos
y el modo de vida de los
países del Norte.
Andrea Gago Menor forma parte del Consejo de Redacción de la Revista Pueblos.
Este artículo ha sido publicado en el [nº 45 de la Revista Pueblos, enero de 2011.
[1]: Rivière, Margarita (2003): El malentendido.
Cómo nos educan los medios de comunicación, Icaria, Barcelona.
[2]: Castells, Manuel (2009): Comunicación y poder, Alianza Editorial, Madrid.
[3]: Aparici, Roberto (2002): “La educomunicación en el siglo XXI”, en Libro Interactivo Educación para la comunicación. Televisión y Multimedia, Máster en Televisión Educativa, Universidad Complutense de Madrid.
[4]: Paz con Dignidad (www.pazcondignidad.org) es la organización que impulsa Pueblos – Revista de Información y Debate, así como el Observatorio de Multinacionales en América Latina (www.omal.info).
[5]: “Formación en comunicación, conflictos y derechos humanos para ONGD y movimientos sociales” (ejecutado en 2010) y “Formación en comunicación de recursos humanos especializados en Cooperación Internacional y Educación para el Desarrollo” (ejecutado en 2009). Ambos han contado con el apoyo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha (JCCM), la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) y la emisora de radio comunitaria de Toledo Onda Polígono,
entre otras organizaciones.
[6]: Romero, Miguel (2011): “Deseduquémonos: Comunicación Alternativa en el Estado español y Educación para el Desarrollo”, en el cuaderno Comunicación, educación y desarrollo; Paz con Dignidad y Revista Pueblos, Madrid, 2011.
[7]: Haugaard, Lisa y Nichols, Kelly (2010): Rompiendo el silencio. En la búsqueda de los desaparecidos de Colombia, Grupo de Trabajo sobre Asuntos Latinoamericanos y la Oficina en los Estados Unidos sobre
Colombia. Ver: www.lawg.org.
[8]: Serrano, Pascual (2009): Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, Península, Barcelona
[9]: Ibid.
[10]: Romero, Miguel, Op. Cit.

