Los partidarios del “diseño inteligente” sostienen que la selección natural en combinación con las mutaciones no puede explicar el origen de la vida ni sus formas extremadamente variadas y complejas, es decir: si los seres vivos y las biomoléculas son “demasiado improbables” y “demasiado complejas” como para haber surgido por sí mismas por procesos aleatorios y de selección natural, debió existir un “diseñador inteligente” que por definición no esté sujeto a las leyes y limitaciones naturales.
En lo que respecta a la “complejidad” se ha remozado el viejo “argumento de diseño” del obispo Paley (Teología natural, 1802): si de un reloj, instrumento exquisitamente diseñado, que se encontrara uno en el campo, se puede inferir la existencia de un relojero y se adivina su propósito, a partir de los seres vivos, infinitamente más complejos e intrincados que un simple reloj, se debe de inferir la existencia de un diseñador divino (Dios). La idea de que existen sistemas naturales constituidos por partes que son interdependientes en tan alto grado que estos sistemas no podrían funcionar sin la presencia simultánea de todos los componentes, llevó a Michael Behe (La caja negra de Darwin, 1996) a popularizar el concepto de complejidad irreducible. Basándose en que es altamente improbable que todos los componentes de tales sistemas hayan evolucionado al mismo tiempo, intactos, funcionales y de una sola vez, defiende la existencia de un diseñador inteligente.
Sin embargo, la teoría evolutiva muestra que la “apariencia de diseño” de los seres vivos va surgiendo por la acción gradual de la selección natural. Dado que los organismos mejor adaptados a un medio determinado se reproducen con mayor frecuencia y dado que transmiten a su descendencia las características biológicas responsables de su mayor éxito reproductivo, la apariencia de diseño es una propiedad inevitable de la vida. Hoy se sabe que un supuesto sistema irreduciblemente complejo se puede originar a partir de componentes que al principio son escasamente ventajosos para evolucionar hasta llegar a volverse indispensables y se dispone de las historias evolutivas de muchos sistemas biológicos supuestamente irreduciblemente complejos. No obstante, aunque hay casos pendientes de clarificar y de estudiar, esto no justifica el “argumento de la ignorancia” que emplean los neocreacionistas: ignoro como se ha originado este proceso, por lo tanto no evolucionó. Lógicamente, la ausencia de pruebas evolutivas de un sistema dado no es prueba de la ausencia de la evolución de ese sistema.
El movimiento del “diseño inteligente” en EEUU está promoviendo que las escuelas públicas enseñen ese ideario. En Dover lo logró, pero ante una demanda presentada por un grupo de padres, el juez federal dictaminó “inconstitucional la enseñanza del ‘diseño inteligente’ como una alternativa a la evolución en una clase de ciencias de una escuela pública”, por ser un planteamiento religioso que viola la separación constitucional de la Iglesia y el Estado.
Con el artículo comentado al inicio, el Vaticano parece querer zanjar la polémica suscitada a raíz de las declaraciones de Benedicto XVI, colocándose del lado del juez federal . Sin embargo, el Catecismo católico (1992) sostiene que este mundo “no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar” (n 295) con lo que, y dada la posición cada vez más dogmática de la jerarquía, no sería extraño que los sectores más conservadores de la Iglesia Católica intensificaran en breve su campaña antievolucionista.
Andrés Sanjuán es profesor de genética en la Universidad de Vigo.
Artículo publicado como editorial en el nº 20 de Pueblos- Revista de información y Debate, marzo de 2006.

