Existe un discurso de poder, del poder, según el cual la cooperación internacional, la ayuda al desarrollo, son prácticas extremadamente positivas en las que no cabe crítica alguna porque son buenas por naturaleza. ¿Cómo no va a estar bien ayudar al pobre, construir un hospital y una letrina?
Las políticas migratorias de la Unión Europea (UE) y de sus diferentes Estados miembros responden principalmente a motivos económicos y el Estado español no es una excepción. Actualmente y desde hace algunos años, debido a la crisis económica que planea sobre la UE, la consigna aparentemente ha sido cerrar a cal y canto las fronteras exteriores de la fortaleza europea para que el otro, la diferente, el extraño, la desconocida, la desechable y, últimamente, el bárbaro, no consiga entrar en nuestros países. Esto no siempre ha sido así, ya que cuando hemos necesitado mano de obra barata, como por ejemplo en el boom del ladrillo español, el control de las fronteras y de la estancia de las personas migrantes ha sido mucho más laxo y se han fomentado desde los Estados del “club Schengen” situaciones de ilegalidad y explotación para no frenar el crecimiento económico.
La llamada "crisis de refugiados" que vivimos actualmente está poniendo al descubierto el verdadero rostro de una Unión Europea que en su día surgió escondida bajo la falsa imagen de proyecto de unión solidaria entre los pueblos.