El fascismo es un recurrente espectro en el imaginario progresista. Su uso y abuso daría para una enciclopedia del pánico moral, pero lo fascinante del asunto es que, una y otra vez, el pueblo de izquierdas parece angustiarse lo suficiente para votar por el mal menor (o un representante de las élites neoliberales) con el fin de evitar la llegada al poder de algún torrencial demagogo que destruiría las pequeñas cosas que el Estado mínimo de nuestros días ofrece a las personas desvalidas: protección, por ejemplo, a los refugiados de Oriente Miedo que escaparon, justamente, de las guerras provocadas por los promotores del imperialismo humanitario1.
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La llegada del magnate Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha generado movimientos de protesta y oposición desde diferentes ámbitos. Marchas ciudadanas, fundamentalmente lideradas por mujeres, han ocupado las calles desde el día siguiente a su toma de posesión. Pero la oposición al presidente republicano llega también desde el plano institucional. Alcaldes y alcaldesas de diversas ciudades norteamericanas plantan cara a las decisiones del Ejecutivo y fuerzan el bloqueo judicial a algunas de sus más controvertidas medidas. ¿Pueden ser las ciudades la cuna del contrapoder a Donald Trump?
Puertas giratorias. Rescates a la banca. Exención del pago de impuestos. Tolerancia con los paraísos fiscales. Corrupción. Desregulación sistemática de las actividades empresariales. Lobbies corporativos. Estas son solo algunas de las manifestaciones y consecuencias más elocuentes de lo que se ha venido denominando en los últimos años como colaboraciones o alianzas público-privadas.
En el proceso de toma de conciencia colectiva acerca de los desafíos del cambio climático hacemos frente a un gran obstáculo: ¿cuál es la articulación adecuada entre la escala global y la local (e incluso individual) para hablar de estos problemas y de sus soluciones? El enfoque de los medios llamados 'mainstream', muy convergente y consensual para promover “buenas prácticas”, se opone al enfoque de los medios alternativos y ciudadanos, que intentan repolitizar el tema. En este artículo ofrecemos, a través del caso de Francia, algunos elementos para la reflexión.
El balance crítico de lo ocurrido en la última década con los llamados gobiernos progresistas no es una cuestión de pasar cuentas con el pasado, sino de estar en las mejores condiciones para afrontar el futuro próximo, frente a esta nueva oleada neoliberal que acecha al continente y frente a los retos de la crisis global.