La resistencia feminista a los procesos de mercantilización de los cuerpos y la vida de las mujeres es uno de los hilos conductores entre las luchas populares que llevaron a la derrota del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el enfrentamiento a la actual contra-ofensiva neoliberal y conservadora. Desde la auto-organización, la movilización en las calles, el enfrentamiento a transnacionales poderosas en los territorios y las prácticas políticas y económicas impulsadas por las mujeres, el feminismo se vuelve cada vez más una exigencia en los procesos de lucha anti-capitalistas. Como solemos decir en América Latina, 'lucha' es un sustantivo femenino y un verbo que se conjuga en plural.
Cada 18 horas una mujer es asesinada en Argentina a causa de la violencia machista, una estadística que ha ido empeorando pese al alerta, las manifestaciones y las denuncias que se vienen realizando en el país. Los motivos no han sido esclarecidos por nadie, pero, como si se tratara de un efecto dominó, cuanto más se conoce y se repudia un hecho otros tantos aparecen. Algunos de los homicidios muestran un nivel de perversión inimaginable. Los medios de comunicación se nutren del morbo y estigmatizan a la mujer.
“Por mí y por todas mis compañeras”, debió pensar Emily Wilding Davison antes de morir atropellada por el caballo del rey Jorge V mientras trataba de hacer visible su lucha a favor del sufragio de las mujeres; quizá pensó lo mismo Virginia Woolf mientras escribía Un cuarto propio; o Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson cuando se enfrentaban a la policía en Stonewall para defender a quienes vivían en los márgenes: prostitutas, maricas, travestis...; o las trabajadoras de residencias de Bizkaia, que llevan meses peleando no sólo por sus derechos laborales sino también por el derecho de las personas mayores a unos cuidados de calidad. Sí. Seguro que es lo que han pensado miles de mujeres en todo el mundo antes de enfrentarse al poder. Lo pensarían las grandes autoras, que aún hoy siguen siendo fuente de conocimiento para el pensamiento feminista, pero también miles de mujeres anónimas, que han construido las trincheras y las barricadas en sus casas.
Comparten pasión por la comunicación, interés por la riqueza cultural y convicción de que, pese a todas las dificultades, es posible hacer las cosas de otra manera. Marta Choc Calel, del pueblo maya q’eqchi’, coordina la comisión de difusión de la Red Tz’ikin, una red joven de comunicación indígena que trabaja día a día en Guatemala enfrentando la censura y la represión. Iván Sanjinés, fundador y director de la Fundación para el Desarrollo de la Comunicación Intercultural CEFREC, es cineasta y desde hace más de 25 años ha participado en los procesos de democratización de los medios y la apropiación de estos por parte de los pueblos indígenas en un país, Bolivia, que ha logrado ya legislar y poner en marcha interesantes iniciativas en este campo. Hemos tenido la oportunidad de conversar en Bilbao con ellos sobre estos temas gracias a la gira de comunicadores y comunicadoras indígenas organizada por Mugarik Gabe[1].
En el proceso de toma de conciencia colectiva acerca de los desafíos del cambio climático hacemos frente a un gran obstáculo: ¿cuál es la articulación adecuada entre la escala global y la local (e incluso individual) para hablar de estos problemas y de sus soluciones? El enfoque de los medios llamados 'mainstream', muy convergente y consensual para promover “buenas prácticas”, se opone al enfoque de los medios alternativos y ciudadanos, que intentan repolitizar el tema. En este artículo ofrecemos, a través del caso de Francia, algunos elementos para la reflexión.
“Fui a las comunidades lenca para dar un curso sobre energías renovables, organizado por el COPINH (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras), y Berta me ofreció su casa”, relataba Gustavo Castro. “Estuvimos hablando en el porche de su casita hasta tarde; y finalmente nos retiramos a dormir. Estaba trabajando con el ordenador, en mi cama, cuando se oyó un fuerte golpe. Habían tirado la puerta de la cocina. Al momento se abrió bruscamente la puerta de mi habitación y me vi encañonado, mientras oí a Berta enfrentar a sus agresores; varios disparos y cuando quien me apuntaba a la frente hizo el gesto definitivo de disparar, me encogí instintivamente y me tiré al suelo. El disparo me atravesó la oreja y la mano con la que me tapaba la cara. Me dieron por muerto y salieron huyendo”. Gustavo Castro es un buen amigo de Chiapas, dirigente muy conocido y reconocido del MAPDER, que lucha contra las grandes presas en México. Habían pasado varias semanas, pero aún se estremecía al contarlo, allá en la embajada mexicana en Tegucigalpa, donde la embajadora, Dª Dolores Jiménez, le protegió durante más de un mes, salvándole sin duda la vida.