El reciente 70 aniversario de la liberación de Auschwitz fue un recordatorio del gran crimen del fascismo, cuya iconografía nazi está incrustada en nuestra conciencia. El fascismo se conserva como historia, como el parpadeo en imágenes de camisas negras desfilando a paso de ganso, su criminalidad terrible y clara. Sin embargo, en las mismas sociedades liberales, cuyas élites toman decisiones bélicas, nos instan a no olvidar nunca, el peligro acelerado de una especie moderna del fascismo; esto es, su fascismo.
Estamos sin duda en la década del dron. Los vehículos aéreos no tripulados (UAV en sus siglas en inglés, más conocidos como drones) son en los últimos años la gran estrella en todas las ferias internacionales de aeronáutica y electrónica. En el Consumer Electronics Show (CES, la feria de tecnología más grande del mundo) de este año se mostraron desde el pequeño dron de la empresa francesa Parrot para filmar vídeos y tirar fotografías panorámicas de máxima calidad desde gran altura, controlado desde una 'tablet' o 'Smartphone', o el dron de Amazon para hacer reparto de sus productos a domicilio, hasta aparatos para cartografía, control medioambiental, control del tráfico en una ciudad o carretera, para coberturas periodísticas y un sinfín de usos más.
Hace 55 años el Boletín Oficial del Estado anunciaba el “Tratado de amistad entre el gobierno del Estado español y el gobierno real de Afganistán”, acto político tan monumental en su forma: dos cuartillas con 7 artículos, como en la honra que ha proporcionado a este país: flagrante violación del mismo por parte de España.
En el conflicto de Malí es preciso dejar de hacer el paradigma entre islam y terrorismo, y la guerra entre el sur de este país y el norte habitado exclusivamente por los tuareg yihadistas. Se trata de simplificaciones y generalizaciones abusivas, que pasan por alto los aspectos históricos y estructurales que el presente análisis pretende exponer para comprender este conflicto en su totalidad, con la consiguiente identificación de los actores internos y externos, y las perspectivas que se presentan.
Las primaveras populares de Egipto y Túnez están ofreciendo una oportunidad de oro a Estados Unidos (EEUU) y a sus aliados para llevar a cabo el plan de reconfiguración del mapa político-geográfico de Oriente Próximo y norte de África, donde Siria es una de las piezas clave. Hace casi dos años, la OTAN aprovechó el vacío democrático en Libia (primera reserva del petróleo de África) para provocar la caída del dictador Muamar Al Gadafi e instalar en su puesto integristas afines ultra reaccionarios. Poco después, consiguió en Siria neutralizar las manifestaciones pacíficas de las y los ciudadanos en contra de las políticas económicas y sociales del gobierno de Bashar Al Assad y llenar el escenario con una turba de mercenarios armados, cuyo fin no es otro que destruir el Estado sirio, el último bastión laico de la región, como se hizo con Irak.
La decisión unilateral de Francia de intervenir en Malí, meses antes de la misión prevista por la ONU, ha hecho que 2013 se iniciara formalizando definitivamente la apertura de un nuevo frente bélico para Occidente. Un frente que podría ampliarse a todo el Sahel. Una vez más, se lleva a cabo en nombre de la “guerra contra el terrorismo” y en defensa de la población civil. Pero, ¿es ésa la motivación real de intervenciones como las de Afganistán, Irak, Libia o ahora Malí?