COOPERACIÓN

El dilema entre las migraciones y el desarrollo

Con frecuencia escuchamos referencias al desarrollo como elemento capaz de frenar y detener las migraciones contemporáneas. Sin embargo, los procesos de desarrollo son mucho más complejos de como habitualmente se nos presentan y sus relaciones con las migraciones todavía poco conocidas.

El desarrollo es esencialmente una construcción intelectual de carácter eminentemente histórico, económico, social y político que durante décadas ha tratado de dar respuesta a las necesidades e intereses de los países occidentales, bien en el plano bilateral o en el multilateral, sin que haya permitido una elaboración metodológica participada y consensuada que permita elegir objetivos autónomos, propios y sentidos. Ello explica las razones por las cuales durante décadas estas políticas han servido bien poco para mejorar las condiciones de vida y la convivencia en los países pobres, mientras que por el contrario han sido utilizadas de forma predominante como privilegiados vehículos para favorecer intereses comerciales, estratégicos, empresariales o defensivos. Todo ello al tiempo que crecían los indicadores económicos aumentaban hasta dimensiones gigantescas los condiciones de miseria, pobreza, hambre y malnutrición en numerosas poblaciones. En demasiadas ocasiones, el desarrollo se ha refugiado en magnitudes y cifras económicas que poco dicen realmente sobre las condiciones de vida y las perspectivas vitales de la mayor parte de la población.

Para muchos, las migraciones son la respuesta inmediata a la falta de desarrollo, una válvula de escape ante las carencias económicas y de crecimiento de los países. Sin embargo, no son las divergencias entre los niveles de vida las que ocasionan la aparición de una corriente migratoria, ni son los más desfavorecidos los que parten, como con frecuencia se escucha (Tapinos, George, 2000, p. 48). Muy al contrario, los inicios de un desarrollo incipiente pueden llevar consigo la ruptura de los equilibrios demográficos, económicos y sociales, facilitando con ello las migraciones, sin olvidar el efecto de atracción que ejercen las demandas de mano de obra en las economías industrializadas de los países avanzados. Como ejemplo de lo que decimos, pensemos en el caso de España, que ha experimentado en fechas bien recientes el verdadero crecimiento en la llegada de inmigrantes coincidiendo con su despegue económico y las transformaciones sociales y productivas que del mismo se han derivado en el conjunto del país.

Libre mercado y desequilibrios

En nuestra economía capitalista es el mercado quien también determina, a través de la oferta y la demanda de mano de obra, los procesos migratorios entre los países de origen y de destino, como un mecanismo regulador más de un mercado laboral cada vez más precario, al igual que también es el mercado y sus dinámicas sistémicas el que determina los procesos de empobrecimiento o enriquecimiento acelerados que se viven en muchas naciones. Sostener que el desarrollo en un país es una suma de microproyectos generadores de autoempleo capaces de suministrar ingresos para el mantenimiento de las familias y fijar así a los habitantes en sus lugares de residencia, como se pretende proyectar frecuentemente sobre el codesarrollo, es desconocer los mecanismos que mueven la economía mundial, las inversiones, las finanzas y los sistemas productivos en una sociedad globalizada. Es evidente que se está produciendo un desfase creciente entre los procesos de liberalización económicos y comerciales, y la libre circulación de personas en el mundo, hasta el punto de que los estudios realizados subrayan que las reglas sobre las que avanza el libre comercio pueden estar incrementando los estímulos migratorios en muchos lugares, como sucede en los países del Magreb. Así, en una simulación realizada por Cogneau y Tapinos, “la adopción del libre comercio estaría provocando una agravación en el desequilibrio de los intercambios con la Unión Europea, generando la pérdida del 20 por ciento de los ingresos fiscales y una mayor especialización en algunos productos agrícolas, con efectos casi nulos sobre el crecimiento y una disminución escasa de las desigualdades” (Tapinos, 2000, p. 53).

No es casual que los grandes acuerdos de integración regional por los que se avanza dejen fuera las migraciones, como si el libre comercio y los procesos de inserción económica no tuvieran que ver con los movimientos migratorios. Al mismo tiempo, tampoco podemos ignorar que las economías en los países en desarrollo son extraordinariamente dependientes de los Programas de Ajuste Estructural, de los procesos de liberalización comercial fomentados desde la OMC, de las políticas de liberalización y privatización impulsadas, de los movimientos especulativos de capital que se imponen en una economía cada vez más especulativa como la actual y de las condiciones de financiación de la deuda externa contraída durante décadas hasta niveles prácticamente insostenibles. Por si fuera poco, los desequilibrios macroeconómicos y presupuestarios junto a las tormentas monetarias, desencadenadas en no pocas ocasiones como consecuencia de movimientos especulativos, son capaces de empobrecer en cuestión de días a regiones enteras, como se ha vivido con especial contundencia en la década de los 90.

Los motivos de las migraciones

Resulta esencial comprender que las migraciones actuales se producen dentro de unos procesos tan complejos como devastadores, en un período de incremento asimétrico de intercambios comerciales, con una movilidad creciente de los movimientos de capital y una internacionalización de los procesos de producción y de propiedad del dinero, todo lo cual, lejos de detener los procesos migratorios, se han mantenido e incluso estimulado en determinadas zonas. Ahora bien, también es cierto que la visión exclusivamente economicista de las migraciones despoja de categorías mucho más amplias y valiosas a los procesos migratorios y sus consecuencias, tanto en los países emisores como receptores, al tiempo que nos impide comprender adecuadamente las transformaciones que el proceso de globalización está generando en las sociedades contemporáneas en todos los planos de nuestra convivencia y, en definitiva, los motivos por los que la gente decide salir de su país hacia otro nuevo para emprender una nueva vida. Es esencial establecer un cierto equilibrio entre lo estructural y lo coyuntural.

De lo que no hay duda es que, desde todos los puntos de vista, lo que buscan en la migración quienes salen de sus países no lo encuentran en las alternativas de desarrollo y cooperación que se proponen desde los países occidentales. Por ello, es esencial pensar en términos de desarrollo mucho más amplios, que aseguren condiciones de vida a los inmigrantes, derechos, participación pública, respeto, dignidad, protección, acceso a un mínimo bienestar para ellos y sus familias, todo lo cual va más allá de lo coyuntural y se sitúa en plazos temporales amplios. No es únicamente la ausencia de trabajo la causa que genera migraciones, sino otros elementos menos tangibles pero tanto o más relevantes vinculados a esa ausencia de perspectivas vitales, como la existencia y el reconocimiento de derechos, el disfrute de libertades y de un trato igualitario basado en leyes universales; y en todo ello, las dinámicas familiares son mucho más importantes de lo que hasta ahora se ha considerado. Como algunos investigadores han destacado, “el trabajo es un medio esencial para adquirir recursos económicos, pero no lo presentan (los inmigrantes) sólo como un medio para conseguir recursos.” (Isabel Marín, 2003). Se entiende con ello que el trabajo, la obtención de ingresos, no puede separarse del reconocimiento de derechos sociales, derechos laborales, acceso a la sanidad, protección legal, igualdad de trato, libertad en el sentido amplio de la palabra, junto a una cierta capacidad para decidir sobre su vida y la de su familia.

Tenemos que empezar a comprender que emigrar es una decisión personal tomada generalmente con el respaldo y el apoyo familiar, mientras que quedarse implica confiar en los dirigentes políticos, en los gobiernos y en la economía de un país con la esperanza de que pueda garantizar la vida y el sustento de uno mismo y de sus allegados. Nadie emigra con la esperanza de empeorar su situación, sino que se hace ante la perspectiva incierta de poder mejorar su bienestar y el de los suyos en otro lugar, y mientras esa percepción no cambie de forma sustancial mediante hechos constatables, poco se podrá hacer para detener las migraciones. Por ello el codesarrollo debe actuar respetuosamente, considerando todos estos elementos.

Planteamientos erróneos

Sin embargo, seguimos creyendo que tener una ocupación provisional capaz de generar unos ingresos mínimos capaces tan sólo de asegurar una frágil subsistencia supone ya dar por cumplido nuestro objetivo de desarrollo. De hecho, numerosos programas para el retorno de inmigrantes a sus países de origen potenciados como codesarrollo reconocen que únicamente se encargan de gestionar el billete de vuelta, incumpliendo sus compromisos de promoción y seguimiento de los inmigrantes retornados. Así, la responsable en Madrid de la OIM, encargada del único programa oficial de retorno, reconoce que no se cumple el objetivo de trabajar a favor del desarrollo personal de quienes regresan, llegando a afirmar que “el seguimiento y la promoción personal de los inmigrantes retornados se hará sólo cuando sea posible”.

Por todo ello, para encauzar adecuadamente las acciones de codesarrollo que emprendamos no se pueden comprender las migraciones desde patrones exclusivamente económicos y sobre todo desde nuestro esquema de la economía funcional y desarrollista. Y ésta es la razón por la que muchas de las propuestas que se están haciendo sobre el codesarrollo están abocadas al fracaso; porque consideran únicamente la dimensión instrumental del trabajo que tratan de proporcionar al inmigrante o retornado, sin caer en la cuenta de que es un medio en un conjunto de otros elementos imprescindibles para un buen desarrollo. Y muchos de ellos trascienden al propio inmigrante, incluso hoy en día a las naciones mismas.

Debemos reconocer que estamos trasladando los dilemas, contradicciones e insuficiencias de las políticas de desarrollo tradicionales a muchas de las formulaciones que hacemos sobre el codesarrollo, manteniendo así los problemas históricos que estas políticas han presentado. Necesitamos reformular nuevos ejes sobre los que trabajar este codesarrollo, con humildad, respeto y un conocimiento de las dinámicas sociales, económicas y políticas en las que operan las naciones en la globalización actual. Y éste tiene que ser el punto de partida para evitar que buena parte de las propuestas de codesarrollo que se hagan sigan trasladando visiones y planteamientos etnocéntricos. Por supuesto, sin olvidar que el desarrollo y la cooperación deben ser elementos a llevar a cabo en los países pobres, como un imperativo moral y compromiso humano, con independencia de la existencia de migraciones, de acuerdos migratorios o de procesos de retorno de los inmigrantes, sin condicionarlos a nuestros intereses o a nuestras políticas internas, como se viene haciendo cada vez con mayor intensidad.


Carlos Gómez Gil es doctor en Sociología, profesor de la Universidad ed Alicante y director del Seminario y Observatorio permanente de la inmigración de la sede universitaria Ciudad de Alicante. Este artículo ha sido publicado en el nº 20 de la revista Pueblos, marzo de 2006.

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