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Micropréstamos, microfinanzas y cooperación para el desarrollo

Jueves 15 de septiembre de 2005, por Buenaventura Hidalgo

En los últimos años los micropréstamos se han convertido en los instrumentos más populares de la cooperación para el desarrollo y esto se debe, en parte, a que se encuentran perfectamente insertados en el engranaje del sistema capitalista. Se habla a menudo de los efectos positivos de estos mecanismos pero se presta mucha menos atención a los efectos negativos que puedan tener sobre los más pobres. Es innegable que los micropréstamos ofrecen oportunidades a algunos para mejorar su situación pero también lo es el hecho de que no son la solución universal en la lucha contra la pobreza.

La popularidad de los microcréditos es innegable en todo el mundo. Un indicador indirecto, pero fácil, lo proporciona la búsqueda en Google del término “microcredit”, que da “aproximadamente” 586.000 páginas en “la Web”; así como la de “microcrédito” produce 64.300 “páginas en español”.

¿Por qué la popularidad de los micropréstamos?

Se puede decir que, junto con la ayuda humanitaria, el micropréstamo es probablemente el instrumento de la cooperación para el desarrollo (CD) más conocido y, probablemente, más apreciado por la población [1].

¿A qué obedece esa popularidad y aprecio? No es aventurado decir que básicamente es el resultado de la propaganda machacona que no sólo hacen las entidades implicadas en la CD sino también personalidades públicas de todas las áreas sociales. En los años transcurridos de este siglo los micropréstamos se han convertido en la estrella de la cooperación para el desarrollo. Pero ¿cuál es la razón última de este estrellato? Sin duda es su encanto intrínseco; un instrumento capitalista por excelencia aparece como remedio privilegiado para superar la gran lacra que el propio capitalismo ha creado o, al menos, en las versiones menos anticapitalistas, no ha logrado erradicar: la gran extensión de la pobreza mundial. De esta manera el capitalismo se redime a sí mismo mediante una intervención capitalista que vence las imperfecciones del mercado; siendo este nuevo mercado, más perfecto, el que terminará con la pobreza.

Micropréstamos y microfinanzas

Los micropréstamos se pueden definir como pequeños préstamos, por debajo de las cuantías que usualmente presta la banca tradicional, que se otorgan exigiendo garantías que en el caso de ejecutarse por impago no cubren lo adeudado. Esta circunstancia exige que el prestamista posea unos procedimientos adecuados para poder gestionar este riesgo extraordinario.

Esos procedimientos son muy intensivos en mano de obra lo que, unido a una economía de escala negativa (siempre es relativamente más costoso conceder préstamos pequeños que grandes) y la eventual necesidad de provisiones más altas por la insuficiencia de las garantías del prestatario, provoca que la tasa de interés a pagar por el receptor sea más alta que en los préstamos normales.

Una de las principales causas del enorme crecimiento de los micropréstamos al que se asiste desde hace poco más de un decenio ha sido el cambio en los criterios de gestión de los micropréstamos en los años 90. El cambio consistió en que para decidir sobre la concesión del micropréstamo, así como para establecer su cuantía y plazos para el reembolso y pago de intereses, se pasó de la estimación de la ganancia que se pudiera obtener de la inversión de lo prestado a la apreciación de la capacidad de devolución que tiene el prestatario en el momento de obtenerlo. Ese cambio, además de incidir sobre la población potencialmente cliente, ha permitido un manejo más racional y previsible del riesgo, lo que se ha traducido en una mayor viabilidad financiera de las entidades prestamistas adecuadamente gestionadas.

Otra importante transformación ha sido el asentamiento del concepto de microfinanzas que, englobando los micropréstamos, abarca todos los servicios habitualmente proveídos por la banca (además de préstamos y créditos; transferencias; pagos y cobros; leasing; en algunos países, seguros...; y, muy especialmente, ahorro) pero destinados a clientes inusualmente o inadecuadamente atendidos por el sistema bancario de los países subdesarrollados. Esta población no bancarizada (así se la denomina en la jerga del sector) es enorme en esos países, llegando a ser el 90 por ciento o más de la población total.

Los no bancarizados, naturalmente, no son todos pobres, pero independientemente de su renta pueden aprovechar los servicios microfinancieros, específicamente diseñados y gestionados considerando sus necesidades y posibilidades, para mejorar sus condiciones de vida. Muy especialmente es útil para ellos el microahorro, ya que si contraer un préstamo es siempre un riesgo, el ahorrar en entidades adecuadamente gestionadas y controladas sólo presenta un riesgo marginal.

Pero, si bien una entidad que sólo se dedica a prestar suele tener que cumplir muy pocos requisitos normativos pues está arriesgando sus recursos, las entidades que también captan recursos del público (el ahorro) están sometidas en todos los países a estrictas normas y controles, ya que arriesgan recursos que no son suyos, son de los ahorradores.

Por otro lado la prestación simultánea de servicios de préstamo y ahorro permite a esas entidades (denominadas en su conjunto como la banca) movilizar los recursos internos del país y fondearse de una manera barata y estable, autonomizándose de donaciones o préstamos externos que tienden a ser imprevisibles. La banca, para que pueda desarrollar sus actividades sin riesgo para los ahorradores está sometida a una regulación y supervisión específicas ejercida por la autoridad bancaria. En España esa autoridad es el Banco de España y en Latinoamérica se denomina frecuentemente Superintendencia Bancaria.

La regulación y supervisión bancaria conlleva garantías y costes de gestión altos al traducirse en exigencias mínimas de patrimonio y capital, reservas preestablecidas, calificación de riesgos, auditorías externas, sistemas informáticos en tiempo real... que sólo pueden ser asumidas eficientemente con un gran volumen de negocio. Las entidades microfinancieras denominadas sin ánimo de lucro u organizaciones no gubernamentales (ONG) suelen pertenecer al grupo de las entidades no reguladas ni supervisadas por la autoridad bancaria, por lo que, lógicamente, sus actividades financieras se centran en los préstamos; teniendo expresamente prohibida la captación de ahorro. A su vez estas entidades se suelen clasificar como especializadas, las que sólo se dedican a actividades financieras, y no especializadas, que combinan actividades financieras con no financieras, habitualmente la formación.

Las entidades reguladas y supervisadas por la autoridad bancaria, colectivamente llamadas banca, son básicamente los bancos y, dependiendo de los países, algunas otras entidades que reciben diversos nombres: fondos financieros privados en Bolivia; cajas municipales de ahorro y crédito, cajas rurales y entidades de desarrollo de la pequeña y micro empresa (EDPYME) en Perú... Por ejemplo, en España, la banca está compuesta por los bancos y las cajas de ahorro.

Los prestatarios de las entidades microfinancieras

En primer lugar, se puede afirmar que los prestatarios de las entidades microfinancieras son aquellos que no pueden acceder (por el tipo de garantías que exigen y/o por los tipos de préstamos que otorgan) a la banca normal, ya que si pudieran hacerlo se endeudarían con ella porque los intereses son menores.

También se puede afirmar que en general son personas que se encuentran alrededor (inmediatamente por encima y por debajo) de la llamada línea de pobreza (los criterios para dibujar esta línea difieren de un caso a otro, por lo que es muy difícil hacer estudios comparativos.) El número de microprestatarios calificados como muy pobres es relativamente pequeño en casi todos los casos; aunque su porcentaje depende de los países y procedimientos utilizados por los prestamistas.

¿Qué efectos producen la microfinanzas?

Nos vamos a centrar en los dos productos básicos de las microfinanzas: el microahorro y el micropréstamo. Respecto al microahorro razonablemente se puede decir que sus efectos sólo pueden ser positivos. Además de que puede llegar a capas más pobres que el micropréstamo, sustituye con ventaja a todos los procedimientos que la población de escasos recursos utiliza: guardar el dinero bajo el colchón, la posesión de joyas que pueden ser empeñadas o vendidas en caso de necesidad, la compra de utensilios o animales con el mismo fin, el acaparamiento de insumos... Su único riesgo es el asociado a la eventual mala gestión de la banca; por lo que es básica la adecuada regulación y supervisión de la autoridad bancaria. Ahora bien, la principal restricción para el microahorro sigue siendo en numerosos países la escasa presencia de una banca que preste atención al microahorro.

En relación con el micropréstamo la cuestión se puede enfocar de varias maneras. Si se compara la obtención de un micropréstamo de una entidad microfinanciera (regulada y supervisada o no) con utilizar a un usurero, la ventaja es evidente a favor del primer caso: menores intereses y más transparencia en la transacción.

Desde una perspectiva más amplia, la mayoría de los estudios muestran que la mayor parte de los prestatarios mejora su situación económica. Otra cuestión es establecer qué parte de esa mejora es atribuible al micropréstamo o a las propias capacidades del prestatario. Como resumen se puede decir que los efectos positivos del microcrédito en el nivel económico son: mejora de la renta del prestatario, aumento de la oferta de empleo y dinamización de ciertos sectores económicos.

La otra cara del micropréstamo son sus efectos negativos, cuestión a la que no se presta la atención que merece. ¿Qué pasa con los microprestatarios que no pueden hacer frente a sus obligaciones? ¿O que, aun devolviendo el préstamo, empeora su situación económica? No es difícil imaginar la espiral de penuria creciente en la que se ven presos.

La magnitud de los efectos positivos y negativos, no sólo depende de los costes del micropréstamo y de la habilidad del prestamista para seleccionar a sus clientes, sino también, y quizás fundamentalmente, del entorno económico y su evolución, difícilmente previsible.

Los micropréstamos y la lucha contra la pobreza

El énfasis que algunos ponen en los microcréditos como instrumento privilegiado de lucha contra la pobreza no parece que pueda fundarse en ningún estudio o análisis disponible. En casi todos los casos los calificados como “muy pobres” (o definiciones similares) son una minoría entre los microprestatarios y no es racionalmente previsible que la mayoría de los “pobres” y “muy pobres” puedan serlo en el futuro. Además se sabe muy poco de los efectos de los micropréstamos sobre los que no los reciben ni los recibirán, es decir la mayoría de los “pobres” y “muy pobres”, pero pueden sufrir la competencia de los que sí los reciben. Asimismo, sus resultados son muy dependientes del cómo son gestionados por los prestamistas y de qué oportunidades y recursos disponen los prestatarios; por lo que es difícilmente imaginable que se pueda llegar a conclusiones universales.

Si la pregunta es qué es mejor en una situación dada, ¿disponer de micropréstamos o no disponer de ellos?; parece razonable aventurar la respuesta de que es mejor disponer de ellos. Al fin y al cabo son una oportunidad para algunos. Aún sería más claramente afirmativa la respuesta si se refiriera a la disposición de una amplia gama de servicios microfinancieros.

Pero si la pregunta es qué actuaciones se deben considerar claves para luchar contra la pobreza, la respuesta sí es rotunda: la sanidad y la educación básica universal y gratuita, el agua potable y el saneamiento, las políticas dirigidas a aumentar y mejorar el empleo y las de redistribución de la renta, así como la reforma agraria (de la que nadie habla en la CD) han demostrado un efecto sobre la disminución de la pobreza incomparablemente superior a los que cualquier programa de micropréstamos, aun en los entornos más favorables, tendrá nunca.


Este artículo ha sido publicado en el número 18 de la edición impresa de Pueblos, septiembre de 2005, pp. 56-58.

Notas

[1] En este artículo se utilizará el término micropréstamo por entenderlo más ajustado a su contenido real que el más difundido de microcrédito

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