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Pueblos 41 - Cooperación

Pablo José Martínez Osés, coordinador de la Plataforma 2015: “No sólo es posible acabar con la pobreza, sino que es fácil y además recomendable”

Susana Pérez Sánchez

Sábado 24 de abril de 2010, por Revista Pueblos


Pablo José Martínez Osés. (Fotografía de María José Comendeiro) La declaración de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) cumple 10 años, ¿en qué se ha avanzado?

El gran avance es que la declaración de los ODM, como declaración de mínimos consensuada por la comunidad internacional, se ha ido incorporando a los discursos de las políticas de cooperación. Igual que en el caso español, otros muchos documentos programáticos de las políticas incorporan su voluntad de someterse a ese plan asumido, a ese programa o a esa agenda social de mínimos de la globalización neoliberal. En sólo los últimos 5 años la incorporación de ese discurso, de esa mención a los ODM, ha ganado mucho terreno. En segundo lugar, también se ha avanzado, aunque no tanto, en el conocimiento sobre los ODM, pese a que todavía los medios de comunicación los siguen mostrando de una forma muy general y en muy pocos casos de una forma comprensible, lo cierto es que las diferentes encuestas de la opinión pública nos muestran que el porcentaje de gente que los conoce ha ido incrementando. Todavía no es un conocimiento masivo y con la profundidad exigible, pero es innegable que también se ha avanzado.

¿Y en qué se ha conseguido avanzar menos?

Los avances son menores de lo esperado en la capacidad de esta declaración de mínimos para transformar los núcleos y los elementos más importantes de las grandes políticas de desarrollo a nivel internacional. Hay dos agendas paralelas que se han puesto en marcha en el terreno discursivo pero que tampoco han ido más allá de este ámbito. Una tiene que ver con las políticas de cooperación, con la mejora de la eficacia de la ayuda que en sí misma debe ser tomada como una agenda bastante revolucionaria para las prácticas habituales de la cooperación, puesto que denuncia de forma muy clara que gran parte de la cooperación ha estado vinculada a los intereses y beneficios de los donantes (económicos, comerciales y de carácter geoestratégico). En este ámbito el avance es muy escaso y eso es especialmente preocupante en este año. Para el 2010 ya se suponían, a partir de la Declaración de París, una serie de resultados como la eliminación de la ayuda ligada y otros ejemplos que todavía no han conseguido empezar a transformar en serio las políticas de cooperación.

Y la otra agenda es una agenda menos específica, más amplia pero también probablemente más importante, es lo que solemos englobar bajo el término de coherencia de políticas con los principios de desarrollo y responden a esa idea muy fácil de comprender de que, por muy buena y bien orientada cooperación que hagamos, las causas de la pobreza no se encuentran ahí, sino en unas políticas económicas, comerciales y financieras que a nivel internacional están configurando toda esa injusticia internacional. Por lo tanto, en la medida en que las políticas comerciales no se orienten a los principios de desarrollo humano sostenible y con equidad, probablemente lo que podamos hacer con las políticas de cooperación no sea más que poner parches. Y esta otra agenda tampoco ha logrado ser modificada.

¿Qué se puede esperar de la reunión de Alta Cumbre que evaluará los ODM a 5 años del 2015?

Es muy probable que volvamos a encontrarnos con una nueva declaración de las típicas de revisión y se tratará de revitalizar la importancia discursiva de esta declaración. Digo discursiva porque no esperamos que vaya a producirse ningún cambio significativo en el quehacer político de los países donantes, de los países ricos. De hecho, en este sentido se perdió una oportunidad muy interesante en el contexto de la crisis del año pasado, cuando se hizo patente el hecho de que éramos incapaces de recaudar como países donantes 50000 millones de dólares anuales más para sufragar los gastos mínimos de los ODM y en sólo una semana los países eran capaces de recoger 700000 millones de dólares para salvar a la banca internacional o a las entidades financieras internacionales. Se ha puesto de manifiesto una vez más en ese contexto de crisis que perdíamos el barco y la oportunidad de emprender medidas de regulación de los mercados financieros, de respeto a los derechos de los países a proteger sus propios sistemas económicos y productivos y otras cuantas medidas que se reivindicaron y de las que se han hecho oídos sordos.

En uno de tus libros te preguntabas si se podía acabar con la pobreza, ¿a qué conclusión has llegado?

Lo importantes es subrayar que no sólo es posible, sino que es fácil acabar con la pobreza. No tenemos ningún impedimento desde el punto de vista tecnológico, ni siquiera económico, porque las cifras mismas que maneja la comunidad internacional con las cuales se podría acabar con esa pobreza en grado extremo son ridículas comparada con otros gastos que se hacen.

Es más, no sólo es posible sino que es recomendable. La mejor forma de luchar en un contexto multipolar, crecientemente inseguro y con un grado de incertidumbre sobre asuntos fundamentales, sería precisamente una especie de gigantesco ente supranacional de lucha contra la pobreza y la desigualdad en todo el mundo.

Una de las vías para conseguirlo es el trabajo en red, desde la Plataforma 2015 es lo que abogáis. ¿A qué nivel está el trabajo en red en España?

Bajo la idea de trabajo en red separaría dos niveles diferentes. Por un lado, el trabajo en red entre estados; todavía carecemos de instituciones internacionales democráticas que puedan garantizar el gobierno y la regulación mundial sobre asuntos que son bienes públicos globales que escapan a las competencias de los estados y que exigen mecanismos de coordinación muy serios para la defensa de los derechos humanos, de los recursos naturales, para detener los efectos del calentamiento global, etc. Ningún Estado, por muy poderoso que sea, puede hacerlo por si mismo. Los estados tienen que ser conscientes de que deben realizar abandonos progresivos de determinados aspectos políticos sobre los cuales han sido soberanos y participar en una soberanía compartida, al menos en determinados asuntos.

El otro nivel es el de las organizaciones de la sociedad civil que han ido tejiendo progresivamente unas redes globales que han sido especialmente relevantes en la última década y media en cuanto a la constitución de eso que se denomina “sujeto de sociedad civil transnacional”. Por el momento, estas redes tienen más capacidad reivindicativa que propositiva, lo cual no deja de ser un déficit, y un grado de articulación complejo basado en la difícil relación entre los intereses locales y las perspectivas globales. De todas formas, cualquier cosa que se plantee hoy en el contexto que estamos viviendo exige un esfuerzo mayúsculo de coordinación, de cesión parcial de soberanía y de competencias en el marco de nuevos espacios colectivos de trabajo.

Estamos viviendo la crisis del un modelo (la globalización neoliberal), ¿es el momento de alcanzar ese otro mundo posible?

Yo creo que es una oportunidad importante, mi temor es que se esté dejando pasar esta oportunidad. Muchos no necesitábamos esa desaceleración del capitalismo transnacional, que es lo que ha sido esta crisis, para denunciar que la desigualdad el hambre extrema, la desnutrición y la discriminación de las mujeres eran constitutivos de un mundo en crisis. Lo que la crisis financiera nos ha dado es la oportunidad de explicar eso a la gente y ahora hay más gente que empieza a relacionar ambas cuestiones, cosa que no hacía antes. Pero soy un poco pesimista porque apenas observo en los discursos, ni de los espacios políticos más relevantes a nivel internacional ni tampoco de los grandes medios de comunicación ni en los grandes centros generadores de opinión pública, modificaciones sustanciales. Tampoco se está asumiendo esa relación íntima entre desigualdad, crisis medioambiental, crisis humanitaria y algunos aspectos de la crisis financiera.

¿Cuáles son los grandes retos de la cooperación española?

El primer reto que tiene es consolidar y terminar de realizar algunas de las reformas que se han hecho en los últimos años. Hace 5 años la cooperación española empezó a realizar algunos cambios en sus políticas que estaban siendo demandados por las organizaciones desde hace una década y media. El impulso político que debe realizar para desarrollar esas reformas es gigantesco y tenemos la sensación de que en el último período, precisamente a raíz de la crisis, ese impulso no tiene la fuerza que debería tener. Todas las reformas que se han realizado pueden quedar en agua de borrajas si no se consolidan legislativa e institucionalmente.

Otro de los temas pendientes en la cooperación española es el de la coherencia de políticas. En España todavía seguimos dando una de cal y otra de arena, mientras que parece que avanzamos en esas reformas de las políticas de cooperación, todavía disponemos de políticas comerciales, migratorias, de justicia, económicas, etc. que se diseñan contra los mismos intereses con los que trabajamos en políticas de desarrollo.

El tercero de los retos es muy particular del sistema administrativo español y está relacionado con la política de cooperación descentralizada. Este hecho supone una diversidad de opiniones, perspectivas e intereses que en caso de poder ser capaces de complementarse y coordinarse podrían proporcionar una cooperación más que sobresaliente.

Conseguir que se destine el 0,7 por ciento del PIB a la cooperación al desarrollo, ¿es una meta alcanzable?

No sólo es alcanzable, sino que no debe considerarse como una meta a alcanzar sino como un punto de partida. Es una demanda de las organizaciones sociales y de la ciudadanía. Hay un grado de aceptación altísimo en el hecho de que el Estado contribuya con el 0,7 por ciento del PIB a la ayuda para el desarrollo desde hace 15 años. El hecho de que hayamos conseguido triplicar la ayuda en los últimos 5 años no nos exime de llegar a ese punto de partida.

Para la consolidación de la cooperación española necesitamos que, como mínimo, se dote del 0,7 por ciento de la renta nacional bruta y que esa cantidad esté destinada a ayuda al desarrollo sin otros elementos distintos, con herramientas transparentes que no generen más deuda externa en esos países y que comprometa la participación tanto de las organizaciones de aquí como de las contrapartes locales. Este es el punto de partida, a partir de ahí deberíamos seguir mejorando numerosos aspectos que no han mejorado. Mientras no estemos en ese punto de cantidad y calidad es como si no hubiésemos empezado la carrera.

¿Cómo has visto las reacciones de la cooperación española e internacional a la catástrofe humanitaria tras el terremoto de Haití?

Con muchas ganas de entrar en el teatro espectáculo de la ayuda humanitaria. Es indudable que por las circunstancias que sea, el terremoto de Haití ha despertado el morbo e interés de los mass media y la primera consecuencia de eso es que las instituciones políticas, que dedican un gran esfuerzo a aparecer en ellos y que consideran que su imagen electoral y política se vehicula a través de esos eventos, no ha perdido oportunidad de estar ahí.

En esta ocasión deberíamos utilizar este contexto favorable que proporcionan los mass media para tratar de encontrar la brecha en la que colar el mensaje de la necesidad de coordinación internacional. No puede parecer que reconstruir Haití sobre las bases de la participación local y del fortalecimiento institucional democrático de Haití sea una tarea casi imposible. Con los recursos que se están comprometiendo y con la voluntad que parece que hay es imprescindible crear un espacio supranacional de gobierno que colabore con el gobierno local haitiano en el restablecimiento no sólo de las situaciones de mayor emergencia a muy corto plazo, sino en un programa más amplio de reconstrucción y transformación. Hay que insistir en el concepto de vulnerabilidad social, ecológica y económica en la que vivían los haitianos antes de la catástrofe. No sólo hay que dar respuesta a una emergencia, sino prevenirla desde las políticas socioeconómicas. Tan trágico como el terremoto es conocer que en Haití el 56 por ciento del arroz que consumen tiene que ser importado de Estados Unidos y tantos otros elementos que ponen de manifiesto que la solidaridad puntual y dirigida a aparecer en los medios no puede sustituir a las políticas serias y a las estrategias de desarrollo.


Susana Pérez Sánchez forma parte del Consejo de Redacción de Pueblos. Este artículo ha sido publicado originalmente en el nº 41 de la Revista Pueblos, marzo de 2010. Más información sobre la Plataforma 2015 aquí.

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