De la misma forma que cumplen ese extraordinario papel social al que no podemos quitar mérito (pues nunca antes se había tenido acceso a tanta información ni esa se había extendido tan velozmente a través de las novedosas redes sociales en Internet), se constituyen como poderosos magnates transmisores y controladores del pensamiento y las ideologías, principales difusores e impulsores de alarmas sociales, cuando no adoctrinadores del bien y el mal. Tanto si navegan por las apacibles aguas de las democracias o en las agitadas tormentas mediáticas de las sociedades totalitarias, llámense ultra populistas de un lado u otro, uno de sus principales objetivos como empresas informativas es el de influir sobre los ciudadanos; al igual que los medios también son influenciados por la cultura, política y gustos del país al que pertenecen.
El riesgo es que puedan convertirse en un sistema de adoctrinamiento, similar al ejercido en muchos momentos históricos cuando se asistió a la utilización de los mass media para las hazañas del poder, y a la intimidación y el miedo, como recurso de la fuerza. En eso consiste precisamente, en transmitir cierta sensación de intranquilidad y angustia en la población y ocupar por ello el espacio informativo que se niega a otros acontecimientos menos rentables para los poderes mediáticos. La crisis económica y recesión a escala mundial, el virus que puede aislar a un país de las dimensiones poblacionales de México de toda la comunidad internacional o la inseguridad terrorista, son sólo algunos ejemplos de la focalización y alarma de los medios sobre una parte de la realidad que preocupa a los líderes de opinión del Norte, normalmente enmarcados como medios de referencia. Mientras, millones de trabajadores y trabajadoras que llegan a su casa rendidos de luchar contra la crisis económica por un sueldo nada estimulante, tienen que lidiar con una pandemia informativa que les alerta urgentemente de que pueden caer enfermos y contagiados por otros, si no toman precauciones.
Pero no hay tiempo para profundizar, ni comparar fuentes, ni siquiera para terminar de leer el cuerpo de la noticia que aporta otros datos esclarecedores evitando la alarma inicial. No siempre se tiene la oportunidad de acceder a otros medios alternativos que cuestionen los enfoques mayoritarios e imparcialidad de los grandes y descubrir otras realidades invisibles o formas de entender y contar el mundo con mucho menos presupuesto. Paralelamente se ha desviado nuestra atención de otras noticias que, por su lejanía parecen no existir, como es el caso, por ejemplo, del conflicto olvidado del Congo que tan sólo en el periodo de 1998- 2002, causó la muerte de 4,5 millones de seres humanos. Objetivo cumplido: lo que queda en nuestra mente como un poso en la conciencia ha sido el virus.
El escritor y periodista Walter Lippmann, citado por numerosos intelectuales como Noam Chomsky, lo llamó la "fabricación del consentimiento" o el dominio del pensamiento en las sociedades democráticas; y es que, ante la impotencia del Estado de doblegar por la fuerza al pueblo, la solución pasa por el control mediático. La enorme dosis de información inyectada en las conciencias de los ciudadanos, mezcladas hábilmente con la opinión (cada día más homogénea), generan un caos informativo no apto para la reflexión y el cuestionamiento, estando más cerca de entretener que de informar, de distorsionar más que analizar, anestesiando el poco tiempo del que se dispone para pensar. Un golpe de Estado como el del pasado 28 de junio en Honduras es un ejemplo de la instrumentalización política de los medios por parte del Gobierno golpista apoyado por las familias de los terratenientes que concentran su propiedad. Aunque América Latina no es el único continente donde se manipulan o censuran los medios con el color político que impera en cada caso, en Europa la concentración mediática está representada por el primer ministro italiano Silvio Berlusconi. La llamada dictadura mediática que ejerce mediante el dominio de canales de televisión, editoriales o distribuidoras de cine, desemboca en el abuso de contenidos sexistas y en una imagen de las mujeres como objetos de consumo muy en la línea ideológicocircense de su propietario.
Sin embargo, no sería justo meter en un mismo saco a todos los medios de comunicación, ni a los profesionales que con precisión y rigurosidad mejoran este oficio, quienes son y deben ser responsables de sus discursos y opiniones, puesto que estos contribuyen a definir imágenes que influyen en la manera de interpretar el mundo del que los lee, escucha o ve. La labor de implicación tanto de los medios de comunicación como de los publicitarios en cuestiones sociales tan complejas y difíciles de tratar como, por ejemplo, la violencia de género, demuestra la maravillosa oportunidad de contribuir a un cambio de actitudes de la sociedad y ampliar el campo de representación de las mujeres, con imágenes positivas y reales, enterrando las actitudes frívolas y sensacionalistas de los contenidos informativos. En este sentido, la televisión, como otro agente social más, juega un papel muy importante en la medida en que construye patrones educativos y referentes en la vida de los niños, niñas y adolescentes, a través de la transmisión y difusión de valores que influyen decisivamente en su crecimiento. Una vez más, parte de lo que se asimila pasa a formar parte de ese poso psicológico en la conciencia. Misión cumplida.
*Paloma Lafuente es periodista y colaboradora de Pueblos. Este artículo ha sido publicado en el nº 40 de la Revista Pueblos, septiembre de 2009.
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