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PUEBLOS Nº 39 - SEPTIEMBRE DE 2009 - LÍBANO: LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS

Líbano: Análisis postelectoral, geopolítica y el papel de Hezbollah

Alberto Cruz

Miércoles 30 de septiembre de 2009, por Revista Pueblos

Un viejo aserto periodístico dice que “el buen periodista es aquél que escribe (o habla) de todo y no sabe de nada”. Ejemplos de que es así los tenemos en cualquier periódico, en cualquier emisora de radio o de televisión. Lo que prima es la superficialidad más absoluta. Da igual que se hable de la situación en Venezuela, en Nepal o en cualquier otro país del mundo. Como en Líbano. En las elecciones que tuvieron lugar el 7 de junio se han podido leer titulares como “Hezbollah perdió las elecciones en Líbano”, “La coalición prooccidental ganó las elecciones en Líbano”, “El tsunami de Hezbollah se quedó en borrasca”, “Giro hacia Occidente”. Es un fenómeno del que no ha escapado ni siquiera la prensa supuestamente analítica y alternativa. Algún medio, más audaz y también algo más enterado, tituló diciendo que Hezbollah eligió perder, y algún otro hizo lo que había que hacer: traducir lo que dicen los árabes y constatar que la visión es otra. Lo mismo acaeció en los salones de los poderes y gobiernos de medio mundo, especialmente los aliados de EE UU, incluidos los árabes, porque la coalición prooccidental se hizo con la mayoría de escaños.

Pero ¿de verdad perdió Hezbollah? O, para ser más exactos, ¿de verdad ganó la coalición prooccidental? Si hay que atenerse a la representación parlamentaria, 71 (3 de ellos concurrían como “independientes”, pero terminaron sumándose a los prooccidentales) frente a 57, así parecía. Pero Líbano no es cualquier país. Aquí los enemigos de ayer son aliados hoy y cuando todos se las prometían muy felices uno de los puntales de la coalición prooccidental, el Partido Socialista Progresista (druso), acaba de anunciar que reconsidera su posición [1] y ha comenzado a acercarse a las fuerzas que proponen un cambio, lideradas por Hezbollah y los cristianos del Movimiento Patriótico Libre. O sea, que los supuestos perdedores en las elecciones ya no lo son tanto y los supuestos ganadores tampoco. Sin embargo, esto, que sí es un “tsunami” político, no ha recibido el menor interés periodístico.

La superficialidad periodística es incapaz de profundizar un poco en la historia y en la política de Líbano. Aquí existe una “democracia de consenso”, es decir, un sistema político producto del colonialismo (la Constitución data de 1926, bajo dominio francés ) y basado en la religión, que establece, según un pacto no escrito de 1943, que el presidente del país y el jefe del Ejército han de ser cristianos maronitas; el vicepresidente, cristiano ortodoxo; el primer ministro, musulmán suní; el presidente del Parlamento, musulmán shií, y así ha de seguir la representación para el resto de confesiones religiosas (hay 18) en todos los niveles de la administración pública. Aparentemente, tal fórmula pretende mantener el equilibrio entre las diferentes religiones existentes en Líbano. En la práctica, lo que se defiende de esta forma es el mantenimiento del control del país por parte de Occidente bajo la siempre pendiente espada de Damocles del “derecho de injerencia” con la excusa de la “protección de las minorías”.

El Parlamento libanés tiene 128 escaños, con un reparto, aparentemente igual para cristianos y musulmanes, según se especifica en el Acuerdo de Taef que puso fin a la guerra civil en 1989, y la edad para ejercer el sufragio es de 21 años. Aquí termina la apariencia igualitaria porque la distribución es como sigue: 34 escaños para los cristianos maronitas, 15 para los cristianos ortodoxos, 10 para los cristianos católicos, 1 para los cristianos protestantes, 4 para los armenios ortodoxos, 27 para los musulmanes suníes, 27 para los musulmanes shiíes, 8 para los drusos y 2 para los musulmanes alauitas.

Volviendo a las apariencias, pareciese, valga la redundancia, que hay una representación igualitaria para todas las creencias religiosas. Pero no es así, ni mucho menos. Los maronitas con derecho a voto son menos de 700.000, los ortodoxos no llegan a los 250.000 y los católicos son 162.000, por mencionar sólo los mayores números según el censo utilizado para votar en las elecciones del pasado 7 de junio. En total, el número de cristianos sube algo más del millón de votantes. Por el contrario, los musulmanes suníes con derecho a voto son 842.000, los shiíes 874.000 y los drusos 187.000. Es decir, superan los dos millones. Luego la paridad de escaños entre unos y otros no se corresponde con la realidad demográfica del país.

El poder de Hezbollah

En este contexto hay que entender el juego de alianzas políticas existente en Líbano. La coalición “14 de Marzo” agrupaba organizaciones cristianas, a suníes y a drusos (hasta el cambio de postura mencionado más arriba) mientras que el “Bloque del Cambio”, también llamado “8 de Marzo” engloba a shíies, cristianos, armenios y fuerzas aconfesionales de izquierda. En estas elecciones han sido los cristianos (después del llamamiento expreso del patriarca maronita para que se votase a los prooccidentales) quienes han decidido el ganador en número de escaños, no en votos. El “Bloque del Cambio” logró 839.371 votos (el 50,4 por ciento) y 692.285 los prooccidentales del “14 de Marzo” (46 por ciento). Otras candidaturas no encuadradas en unos u otros, como la del Partido Comunista Libanés, lograron el 3,6 por ciento de los votos. Por completar los datos, el Bloque del Cambio “8 de Marzo” subió un 9 por ciento respecto a las anteriores elecciones, porcentaje que perdió la coalición prooccidental [2].

De ahí que los supuestos ganadores hayan preconizado desde el primer momento “concordia y moderación” pese a las presiones que se están haciendo sobre ellos desde EE UU, la UE, Arabia Saudita y Egipto para que como primera medida del nuevo Gobierno se ponga, otra vez, encima de la mesa el desarme de Hezbollah, que ha advertido (pese a felicitar al “14 de Marzo”) que una cosa es tener más escaños y otra tener más votos [3] y que va a mantener su estructura armada mientras continúe la ocupación del territorio libanés por parte de Israel (la aldea de Ghajar, la colina de Kfar Shuba y las granjas de la Shebaa), así como las amenazas del régimen sionista, como las puestas al descubierto con el desmantelamiento de una parte de la trama de espías israelíes en el sur del país y en el valle de la Bekaa.

Se está, por lo tanto, en una situación muy similar a la de las anteriores elecciones, en 2004, en las que la coalición prooccidental tenía 70 escaños y 58 el Bloque del Cambio. Es decir, se ha mantenido el statu quo. Pero con una diferencia: ahora Líbano se rige por el Acuerdo de Doha, firmado el 16 de mayo de 2008 tras la toma de Beirut por los combatientes de Hezbollah y sus aliados políticos [4]. En dicho acuerdo se recogen tres puntos esenciales: la elección de un presidente de consenso (fue así como se eligió a Michel Suleiman, aunque en estas elecciones se posicionó de forma indirecta con los prooccidentales), la formación de un gobierno de unidad nacional en el que la oposición (liderada por Hezbollah) tiene derecho de veto, y la realización de elecciones según la ley de 1960, que permite dividir el país en 28 distritos con un criterio religioso y una sola excepción: Beirut, donde en un distrito se podrían presentar listas conjuntas. Por lo tanto, y dada la composición religiosa del país, para cualquier observador mínimamente avezado era evidente que se podían conocer, más o menos, los resultados de 100 de esos 128 escaños. Por poner un ejemplo, en Beirut sólo se pueden elegir dos diputados por los shíies. Ese era el “pequeño margen” que manejaban las encuestas y que supuestamente daban una ligera mayoría al Bloque del Cambio.

Lo que no mencionaban las encuestas era un factor que, a la postre, ha sido el decisivo: el retorno sufragado (así lo reconocieron expresamente los votantes del distrito beirutí de Zahle y la prensa libanesa cuantificó en 12.000 los votos de los retornados en este distrito [5]) de 120.000 ciudadanos libaneses residentes en el extranjero (Europa, EE UU y Australia, preferentemente) y que volvieron para votar. De ellos, unos 90.000 lo hicieron por la coalición prooccidental. Eso ha sido lo que decantó el resultado hacia una mayoría de escaños, que no de votos, para el “14 de Marzo”, especialmente en Beirut, y eso es lo que ha hecho que la participación en estas elecciones haya sido un 7 por ciento superior a la de 2004. Y en los resultados ha jugado un papel, en absoluto desdeñable, la descarada injerencia exterior, desde los EE UU (el vicepresidente Joe Biden condicionó la ayuda estadounidense al triunfo del “14 de Marzo”), a Arabia Saudita (que ha invertido millones de dólares para comprar votos en el norte del país y lo ha intentado, también, en el sur, zona tradicional de Hezbollah), Egipto (con el episodio de la supuesta célula de Hezbollah que tenía previsto “desestabilizar” el país y atacar a ciudadanos israelíes en Egipto) e, incluso, Israel (que realizó unas importantes y masivas maniobras militares sólo cinco días antes de las elecciones libanesas y, con su chulería habitual, anunció que consideraría a Líbano “un país terrorista” si ganaba el Bloque del Cambio).

Hezbollah no hizo de la cuestión electoral ni de la ley de 1960 un caballo de batalla en Doha. Si hubiese querido cambiar la correlación de fuerzas electoral lo habría hecho sin problemas y no fue así. Por lo tanto, todas las versiones sobre que “ha preferido perder” no se corresponden con la realidad simplemente porque nunca pretendió “ganar” las elecciones aunque, como es obvio, las planteó para consolidar y aumentar sus posiciones. En ese sentido, objetivo logrado, puesto que su hegemonía entre los shiíes es incuestionable. Hezbollah es paciente y no quiere ir demasiado lejos en una batalla que puede conducir al colapso de la estabilidad en Líbano. De hecho, al igual que cedió casi todos los ministros a sus aliados tras su demostración de fuerza en mayo de 2008, cuando tomó Beirut en cuatro días, habría hecho lo mismo en el caso de que el “8 de Marzo” hubiese tenido mayoría de escaños.

Quien sí hizo campaña por el rechazo a la ley de 1960 fue el Partido Comunista Libanés. Es parte de su esencia puesto que desde su creación, en 1924, uno de sus objetivos es “combatir el sistema confesional” (…) “porque obstaculiza el desarrollo económico, social y humano” e, incluso, “lacera conceptos patrióticos fundamentales como la resistencia”. El PCL fue la organización que en 1982 impulsó la creación del Frente Libanés de Resistencia Patriótica frente a los ocupantes israelíes y el pionero en la lucha armada contra los sionistas y sus agentes. Después se le sumaron otras organizaciones hasta llegar a la situación que hoy conocemos y es que Hezbollah se ha convertido en la fuerza hegemónica de la resistencia libanesa. Su relación con Hezbollah es excelente (aunque en estas elecciones se han distanciado), tanto que en la guerra contra Israel del verano de 2006 un destacamento de elite de milicianos comunistas combatió junto a las fuerzas de Hezbollah, muriendo 12 de ellos.

El PCL siempre ha trabajado por una sociedad civil no religiosa y un sistema proporcional con la finalidad de eliminar el confesionalismo. Además, para estas elecciones propugnaba la eliminación de nuevos impuestos y la derogación de las medidas antisociales (privatizadoras) adoptadas en la Conferencia de París III [6]. Pero el PCL cometió un error táctico grave: al no conseguir que el “Bloque del Cambio” se presentase con un programa común en estos aspectos económicos, decidió presentarse sólo en cinco distritos. Y lo ha pagado caro, puesto que no ha conseguido representación parlamentaria.

El factor sorpresa

Han transcurrido dos meses largos desde la celebración de las elecciones y aún no hay Gobierno. La “bomba Jumblat”, como se denomina en Líbano al cambio de postura de la formación mayoritaria entre los drusos, ha puesto todo patas arriba puesto que esta formación se convierte en la bisagra del nuevo Gobierno, que ya no tiene garantizada la mayoría de votos en el Parlamento. Antes del cambio de postura de los drusos la fórmula que se barajaba era de 15-10-5, es decir, 15 carteras ministeriales para la coalición prooccidental, 10 para el Bloque del Cambio y 5 serían nombrados por el presidente del país. Una fórmula que rebajaba la posibilidad de veto a ciertas iniciativas por parte de la oposición, según el acuerdo de Doha, pero que no lo anulaba. Ahora esta fórmula ya no sirve puesto que la jugada drusa cambia sustancialmente la correlación de fuerzas. En el momento de escribir este artículo la fórmula de la que se habla es de 12-10- 5-3, o sea, 12 carteras para los prooccidentales, 10 para la oposición, 5 para los nombrados por el presidente y 3 para los drusos, que no están por la labor si en esas carteras no hay responsabilidades relevantes.

¿Qué ha ocurrido para que la situación haya dado este vuelco espectacular en tan poco tiempo? La geopolítica de la zona y, de forma más específica, el acercamiento de EE UU y Arabia Saudita con Siria. El diario libanés As Safir afirmaba una semana después de las elecciones [7] que tanto saudíes como sirios se habían comprometido a impulsar el Gobierno de unidad nacional tal como se recoge en el Acuerdo de Doha (pese a que Arabia Saudita no participó en su elaboración y no firmó el documento) en un reparto evidente de la influencia: los saudíes quieren reforzar la economía bajo premisas neoliberales mientras que los sirios quieren tener influencia en cuestiones de seguridad. Pero, además, ha influido el descontento cada vez más creciente entre la comunidad drusa por la alianza que Jumblat mantenía con la extrema derecha libanesa (la Falange y las Fuerzas Libanesas) cuando el programa del PSP mantiene principios que podrían considerarse socialdemócratas y el que tanto desde EEUU como desde la UE se hayan comenzado a realizar gestos hacia Hezbollah. Es el caso de los protagonizados por el ex presidente estadounidense James Carter al reunirse con el ayatolá shií Mohammad Hussein Fadlallah, un hombre al que la CIA intentó asesinar al menos en una ocasión, y Javier Solana, en su calidad de responsable de la política exterior de la UE, al hacer lo mismo con responsables del Bloque de la Lealtad a la Resistencia, próximo a Hezbollah, y con el diputado de este movimiento político-militar Hussein Haj Hassan.

Mientras está por ver si el gesto de Carter era algo más que una iniciativa personal o formaba parte de una agenda oculta de la nueva Administración estadounidense, está claro que la visita de Solana tenía como finalidad el aplacar los enfrentamientos que se están produciendo en el sur del país, en la zona de actuación de FINUL (Fuerza Interina de Naciones Unidas para Líbano), entre los soldados y la población civil. El sur de Líbano es un feudo de Hezbollah, el lugar donde se concentró el grueso de la guerra del verano de 2006 y donde se mantuvo por más de 20 años la ocupación israelí. En el mes de julio [8], 14 soldados de un destacamento francés resultaron heridos en un enfrentamiento con la población de la aldea de Khirbet Silim. Los franceses, violando lo establecido en la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, quisieron registrar varias casas en busca de supuestos arsenales de Hezbollah. Los pobladores se negaron y atacaron a las tropas, provocando un serio incidente que no es el primero, pero sí el más grave, puesto que hasta la fecha ningún soldado de la FINUL había resultado herido en enfrentamientos con la población local. La FINUL está pretendiendo, desde hace un tiempo, lograr que el CSONU amplíe sus funciones y pueda registrar casas y locales. Esa es una pretensión que con insistencia viene exigiendo Israel.

Ante el hecho innegable de que la política en Líbano no se mueve sin Hezbollah, Israel ha doblado sus provocaciones y amenazas haciendo responsable “a todo Líbano” de cualquier incidente. Pero tras su derrota en la guerra de 2006 (que hoy nadie cuestiona) sus bravuconadas ya no amedrentan a los libaneses e incluso los drusos, que no han tenido inconveniente en aliarse con los israelíes en otras ocasiones, han decidido acercarse al verdadero eje sobre el que pivota la política en Líbano: Hezbollah. Un hecho que hay que tomar en cuenta para el futuro: en el mitin con el que el movimiento político-militar conmemoraba la victoria contra Israel en la guerra de 2006, celebrado en el barrio del Dahiye, en Beirut, estaban presentes el hijo de Jumblat, representantes del presidente Suleiman y personajes cercanos al que será nuevo primer ministro, Saad Hariri [9]. En esa reunión, el secretario general de Hezbollah, Hassan Nasrallah, afirmó que si Israel se atreve a atacar Beirut ellos harán lo propio con Tel Aviv. Y todo el mundo sabe que Hezbollah no habla por hablar. No es, desde luego, el lenguaje de una organización derrotada ni militarmente ni en las urnas, mal que les pese a los periodistas occidentales.


Alberto Cruz es periodista y politólogo. Este artículo ha sido publicado en el nº 39 de la Revista Pueblos, septiembre de 2009.

Notas

[1] The Daily Star, 8 de agosto de 2009.

[2] Al Akhbar, 10 de junio de 2009.

[3] Al Manar, 8 de junio de 2009.

[4] Alberto Cruz, “Condolezza Rice tenía razón: nace un nuevo Oriente Medio”

[5] Citado por Habib C. Malik, profesor de la Universidad Americana de Líbano en: www.bitterle mons-international.org

[6] Alberto Cruz, “Líbano, una guerra fría cada vez más caliente”

[7] As Safir, 12 de junio de 2009.

[8] The Daily Star, 20 de julio de 2009.

[9] As Safir, 15 de agosto de 2009.

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