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Pueblos nº37 Cooperación

La "irresistible ascensión" de la tecnocracia compasiva

Miguel Romero

Miércoles 24 de junio de 2009, por Revista Pueblos

¿Cuáles son las relaciones, coincidencias, contradicciones… entre el trabajo en una ONGD y la militancia solidaria? La primera dificultad, entre muchas, que subyace en esta pregunta es la ambigüedad política y moral de la cooperación al desarrollo, que hacen de ella un contenedor de objetivos, motivaciones y prácticas muy diferentes y frecuentemente contradictorias [1]. Cuando se trabaja en una ONGD, la militancia solidaria no es algo natural, espontáneo, sino que hay que encontrarle su lugar, al precio de contradicciones inevitables. Ésta es la tesis central de este artículo.

Para mis colegas del Equipo Técnico de ACSUR-LAS SEGOVIAS, militantes solidarios y trabajadores de la cooperación

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Paula Cabildo

La cooperación al desarrollo proclama principios solidarios ("La política de cooperación internacional al desarrollo expresa la solidaridad del pueblo español con los países en desarrollo y, particularmente, con los pueblos más desfavorecidos de otras naciones", dice la Ley de 1998), pero su naturaleza fundamental es económica: la gestión de un flujo de recursos, de "ayuda", Norte-Sur.

Se trata de una "economía de la oferta", determinada siempre, a corto o largo plazo, por los intereses del donante, en forma de retornos económicos y políticos, incluyendo la propagación de su sistema de valores y la aceptación de las jerarquías que rigen el "orden internacional". Es por ello estructuralmente desigualitaria: en el mejor de los casos, se plantea disminuir las desigualdades "extremas" (la "extrema pobreza"), pero acepta como naturales, inevitables o incluso positivas las desigualdades básicas de la sociedad capitalista. En nombre de la solidaridad, la cooperación al desarrollo difunde la lástima. Cuando responde a motivaciones nobles, al horror ante el sufrimiento y la miseria ajena, la lástima merece respeto. Pero no es solidaridad. La solidaridad implica una fraternidad [2], un compromiso con la emancipación de las y los desposeídos, una causa común en el Norte y en Sur, una acción política.

Dentro del "contenedor-cooperación al desarrollo" pueden tener y tienen cabida militancias solidarias, pero en situación conflictiva, en una lucha dispar contra la corriente mercantilizadora que domina hoy la cooperación al desarrollo. Precisamente por haber vivido esas contradicciones durante muchos años, y tener amigas y amigos que las siguen viviendo, en organizaciones con muy distintos perfiles ideológicos, he cuidado especialmente que las opiniones críticas, que son también autocríticas, no oculten el respeto a quienes intentan cada día que su trabajo sea coherente con su compromiso militante.

Del "voluntario" al "profesional"

El paso de arquetipo del "voluntario" al arquetipo del "profesional" es una muestra significativa de la evolución de las ONGD españolas en los últimos veinte años. El "voluntario" representó la personificación del "compromiso social" [3] que era considerada la forma genuina de la solidaridad, frente a la crisis del "compromiso político" encarnado en la figura del "militante". La calidad del voluntariado se basaba en la naturaleza moral, no "ideológica" o "política", de su compromiso, identificado con una causa genérica ("la lucha contra la pobreza"), no con un programa concreto, y en el carácter gratuito de sus servicios a la organización. Y la calidad de una ONGD tenía entre sus criterios fundamentales de medida el número de "voluntarios", que siempre debía multiplicar el de "profesionales". Todavía hoy, en las estadísticas de las ONGD se encuentran datos de voluntariado, pero en la realidad su influencia es marginal y, frecuentemente, es sólo una situación previa a la consecución de empleo.

Paradójicamente, el voluntariado ha reaparecido en escena, pero ahora vinculado a las grandes campañas de la política-espectáculo. En un reportaje publicado en El País [4], Juan Verde, asesor de Obama y miembro del Comité de Estrategia de su campaña, explica sin eufemismos la función que atribuye al voluntariado: "Es cierto que en Estados Unidos hay una cultura muy extendida de la asociación cívica. Es el país que más se involucra en proyectos de voluntariado del mundo. Pero creo que eso también terminará llegando aquí, porque el potencial es enorme y porque además, España también lo tiene. En Navidad se dona muchísimo dinero y cuando hay una catástrofe, los españoles siempre se vuelcan. Creo que aquí no se ha explotado aún el potencial del voluntariado porque los partidos no se han atrevido a romper con sus viejas estructuras, y hoy por hoy, siguen insistiendo en los militantes, pero llegará. Les necesitan. Obama no tenía fondos para hacer su campaña y consiguió que tres millones y medio de personas le dieran dinero gracias a los voluntarios". Esta función subalterna e instrumental de voluntariado, orientada a proporcionar trabajo gratuito con el objetivo prioritario de vincular la recaudación de fondos con la adhesión a una "causa" (desde este punto de vista, un liderazgo carismático desempeña una función mítica similar al discurso habitual sobre "la lucha contra pobreza"), conecta bien con el modelo dominante de ONGD, pero ha perdido en el camino su contenido moral.

La leyenda del cooperante

El sustituto moral del voluntario es ahora el "cooperante". José María Medina, cuando era presidente de la CONGDE (Coordinadora de ONG para el Desarrollo de España), definió así sus características: "La figura del cooperante es la de un profesional que está contratado laboralmente por una entidad pública o privada promotora de la cooperación (…) Un cooperante que está contratado laboralmente tiene que rendir a la organización que lo contrata un trabajo y desarrollar las funciones para las cuales ha sido contratado, podrá ejercer tareas de voluntariado en su tiempo libre" [5].

El cooperante es pues un "profesional" al servicio de la organización que lo contrata, pero a la vez funciona como una categoría simbólica mediante la cual las ONGD valoran su propio trabajo. Así, presentando el Estatuto del Cooperante, aprobado en abril de 2006, el entonces portavoz de la CONGDE, Félix Fuentenebro, afirmó que "no sólo era una deuda legal, sino también una deuda moral" [6]. A la vez, una nota de la CONGDE desarrolló el símbolo en los términos hiperbólicos siguientes: "Es remarcable el reconocimiento, la consideración, la atención y el respeto que la sociedad civil otorga a los y las cooperantes. El personal cooperante compromete y expone la totalidad de su persona en su trabajo cotidiano, convirtiéndose en muchos casos, en el ‘emisario de solidaridad’, en el lado humano de la cooperación, en la figura que pone cara a la solidaridad y en el encargado de proyectar la imagen solidaria de España en el exterior. Los cooperantes, como responsables últimos -y con frecuencia principales- del modo en que se lleva a cabo la cooperación, tienen en sus manos una parte fundamental del éxito o fracaso de ésta" [7]. Merece la pena comentar este texto que, a mi parecer, resume todos los tópicos de la leyenda del cooperante.

Empezando por lo más obvio, las y los cooperantes no son, ni deben ser "responsables últimos –y con frecuencia principales– del modo en que se lleva a cabo la cooperación". No lo son, porque la inmensa mayoría de los fondos de la cooperación al desarrollo se gestionan sin cooperantes, sea por vía bilateral o multilateral. Y no deben serlo porque si se entiende la cooperación como una acción social y no simplemente como una tarea de gestión técnico-administrativa, la responsabilidad en la identificación y en la ejecución de los proyectos debe estar en manos de las organizaciones del Sur, y las tareas de las y los cooperantes deberían limitarse al acompañamiento y la colaboración técnico-administrativa.

Pasando a un tema más delicado, no es verdad que "el personal cooperante compromete y expone la totalidad de su persona en su trabajo cotidiano". Salvo casos excepcionales, el trabajo del cooperante tiene condiciones de vida, horas de trabajo, vacaciones, incomodidades y compensaciones… que ciertamente incorporan en muchos casos motivaciones solidarias, pero en muchos otros son empleos, bien y a veces muy bien pagados, sin especiales contenidos morales. Una entrega excepcional sólo se da en situaciones extremas de "crisis humanitarias", o precisamente, cuando el cooperante hermana su trabajo con el compromiso militante en los conflictos sociales y políticos. Es reconfortante comprobar cómo quienes así lo hacen, y en condiciones especialmente arriesgadas, lo cuentan con naturalidad, sin el tono épico y patriótico (¡"proyectar la imagen solidaria de España en el exterior"!…) del texto que comentamos. Así, Alberto Arce, que hizo una formidable labor solidaria durante la ocupación de Gaza por las tropas israelíes a comienzos de año, explica así su trabajo:

"No, no. Yo no soy médico. Yo soy cooperante, periodista, responsable de comunicación y sensibilización de ONG. Mi perfil laboral es comunicar y sensibilizar desde el mundo de la cooperación. No soy médico. Yo estudié Ciencias Políticas. No tengo más formación sanitaria que unos cursillos de primeros auxilios y los guantes que llevo. Lo que hacemos en las ambulancias es que cuando un misil impacta sobre una casa o sobre cualquier lugar y se producen heridos y muertos, pues las ambulancias inmediatamente van a evacuarlos, y en cada ambulancia habitualmente va un conductor, un médico y un auxiliar o un camillero, y yo hago esa función auxiliar (…). El resto del tiempo trato de escribir, hablar, informar y comunicarme para que todo el mundo sepa lo que está pasando aquí. Sobre todo cuando Israel ha decidido que no haya testigos, que no haya periodistas occidentales en la Franja de Gaza, trato desde aquí de ejercer mi rebeldía contra la decisión israelí y demostrarles que no hace falta tener el quinto, el tercer o el segundo ejército más poderoso del mundo para responderles, sino que cualquier simple activista, si quiere y se lo propone, puede responder al Estado de Israel" [8]. No se puede explicar mejor la vinculación entre cooperante y militante. Una vinculación que no entra en el campo de visión de la CONGDE.

El tecnócrata compasivo

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Mauricio García

Pero finalmente, no son las y los cooperantes quienes dirigen las ONGD; en general, su influencia se limita, como mucho, a los proyectos en los que participan. Las ONGD se dirigen desde organismos y equipos situados en el país donante, en los que desempeñan un papel decisivo los "profesionales". Aquí las relaciones entre el trabajo de cooperación y la militancia solidaria son aún más complejas que en el "terreno".

Los problemas empiezan en el concepto mismo de "profesional". Es obvio que el trabajo de cooperación requiere la colaboración de especialistas en determinadas áreas: arquitectura, medicina, ingeniería, comunicación, economía, enseñanza… Es obvio también que la formulación y gestión de proyectos debe hacerse bien, lo cual requiere que quienes lo hacen tengan un nivel adecuado de formación, conocimientos técnicos, experiencia, etc... Y debería ser obvio, pero no lo es siempre, que quienes trabajan en ONGD tienen los derechos básicos laborales y sindicales que corresponden a su cualificación y a su contrato y deben ejercerlos sin ninguna limitación.

Pero la figura del "profesional" que se está imponiendo con fuerza irresistible en la cooperación al desarrollo tiene otros fundamentos. A partir del momento en que el donante decide las características esenciales de la acción de cooperación, las personas encargadas de la ejecución-subcontrata responden al modelo de técnicos de cultura empresarial y políticamente disciplinados (lo que se suele calificar como "apolíticos"). Hasta ahora éste era el perfil profesional de las empresas consultoras. Ahora ha impregnado a las ONGD, añadiéndole un barniz asistencial (según un bobo eufemismo al uso: se trataría de combinar la "calidad" con la "calidez"): así ha surgido el tecnócrata compasivo, que se mueve con soltura, y sin apreciar cambios de entorno, en las puertas giratorias que comunican empresas privadas+agencias de cooperación públicas+ONGD.

Liberarse de esta presión es extremadamente difícil. La creciente complejidad técnica de la ejecución de proyectos y la hipertrofia presupuestaria en que han caído muchas ONGD, hipnotizadas por el ansia de crecimiento, absorben por completo el tiempo de trabajo y desplazan la militancia, cuando se tiene la voluntad de hacerla, hacia las "horas libres".

En principio, podríamos considerar que éste es un esfuerzo importante, pero nada excepcional: así funcionan los movimientos sociales, que están formados mayoritariamente por personas que militan después de la jornada laboral en la que se ganan la vida; la distinción entre "voluntario" y "militante" en términos de interés material es pura ideología posmoderna. Pero la contradicción aparece cuando se quiere hermanar el trabajo y el compromiso solidario, cuando se rechaza la esquizofrenia de comportarse como un(a) tecnócrata de la cooperación en horario laboral y como un(a) militante de la solidaridad fuera de la oficina.

La solidaridad es una compañera incómoda del trabajo de cooperación: obliga a ser especialmente exigente no sólo en los resultados contables, sino en las consecuencias sociales de las acciones; a trabajar pensando en primer lugar en las personas y las organizaciones con las que compartimos el proyecto, y no en las evaluaciones y auditorías de los donantes; a plantearse preguntas incómodas (por ejemplo: ¿por qué a trabajo igual hay diferencias salariales tan importantes entre el "personal local" y el "personal expatriado", por qué los cooperantes no pagan impuestos en el país en el que residen y cuya infraestructura y servicios, por modestos que sean, utilizan?...); a considerar que el compromiso social y político con la gente del Sur va más allá de la ejecución de proyectos; a asumir todos los conflictos que genera este compromiso frente a donantes y empresas de tu propio país…

No creo que se puedan eludir por completo estas contradicciones; al menos yo no fui capaz de hacerlo. Pero sí se debe reconocerlas, buscar cómo afrontarlas y asumir los riesgos de la coherencia cuando se plantean conflictos abiertos en los que hay que elegir campo.

La tecnocracia compasiva está vaciando de contenido solidario la cooperación al desarrollo. Hay que oponerle alternativas en el discurso y en la práctica. No faltarán ocasiones para hacerlas visibles. Por ejemplo, durante la presidencia española de la Unión Europea, en el primer semestre del año 2010.

Este artículo ha sido publicado originalmente en el nº 37 de la Revista Pueblos, junio de 2009.


Miguel Romero es periodista y editor de la revista VIENTO SUR. Hasta febrero de 2009 formó parte del equipo técnico de la ONGD ACSUR-LAS SEGOVIAS.

Notas

[1] He escrito anteriormente sobre este tema. Por ejemplo, "La solidaridad de mercado", en Luis Nieto (coord.) (2002): La ética de las ONGD y la lógica mercantil, Icaria, Barcelona (2002)

[2] Doménech, Antoni (2004): El eclipse de la fraternidad, Barcelona, Crítica.

[3] Joaquín García Roca ha escrito muchos textos de referencia con este punto de vista. Ver, por ejemplo: Solidaridad y voluntariado, Editorial Sal Terrae, Santander, 1998.

[4] Natalia Junquera: "El voluntario sale a escena. Los políticos descubren el potencial ciudadano, animados por Obama y obligados por la crisis", El País, 02/03/2009.

[5] Ver en: www.amecopress.net.

[6] Ver en: www.canalsolidario.org

[7] Ver: www.solidaridad.universia.es/archivos pdf/Estatuto.pdf

[8] Ver entrevista en Radio Mundo Real: www.radiomundial.com.ve

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2 Mensajes del foro

  • La "irresistible ascensión" de la tecnocracia compasiva

    13 de julio de 2009 16:05, por Fernando
    Estimado Miguel: La cooperación para el desarrollo es una profesión. Esta profesión, como tantas otras, requiere haber completado unos ciclos formativos determinados, conocer las destrezas de la gestión compleja, poseer una experiencia significativa y la sistematización de la misma, así como unas actitudes que permitan afrontar con éxito los retos que se le plantean. ¿Es deseable dejar en manos del corazón o del “sentido común” la ayuda de la población más vulnerable del planeta? Con demasiada frecuencia conocemos casos de organizaciones o personas que tienen como destino escenarios socialmente muy frágiles, políticamente muy complejos y diferentes de los de origen y que tratan esta coyuntura con enorme simpleza, paternalismo, improvisación, formación inadecuada, amateurismo, mucho corazón y “sentido común”, además del llamado "compromiso político" y de "prácticas militantes" lo que encarna serios peligros, tanto para las comunidades de destino como por los cooperantes mismos. La cooperación para el desarrollo no puede estar basada sólo en sentimientos solidarios y “sentido común”, porque este es el menos común de los sentidos y porque si el objetivo es realmente ayudar a los más vulnerables de otras latitudes y culturas, sobre todo a empoderarlos, debemos exigir a esta actividad una gran profesionalidad y responsabilidad. Estamos hablando de producir "bienes públicos" como lo es la eliminación de la pobreza, y para producir ese bien es necesario saber hacerlo. Con los otros ingredientes que usted propone nos quedaremos más satisfechos de espíritu, pero la pobreza seguirá machaconamente ahí. Le saluda cordialmente, Fernando

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  • Totalmente de acuerdo, Miguel. Como siempre, es un placer leerte.

    Me produce una enorme tristeza la implacable profesionalización, despolititzación y abandono de la voluntad transformadora de las ONGD (siguen quedando honrosas excepciones. Pocas). E incluso rebato la creencia de que ello ha redundado en una “mejora de los procesos de gestión de los fondos públicos” y una “mayor calidad de la cooperación”.

    Gestionar bien un proyecto significa comprometerlo con la base social a la que se dirige y que lo debe protagonizar desde su inicio. Sujetarlo a la auditoría social permanente. Asegurar su contribución a las luchas locales . Es decir, contribuir a un proceso político de transformación (aunque seamos conscientes de que esta contribución es modesta, a veces casi insignificante).

    Y una cooperación de calidad es la que pasa, como bien señalas, por la solidaridad y la horizontalidad, la construcción de relaciones amplias con las organizaciones del Sur, el intercambio de aprendizajes y la identificación entre nuestras luchas y objetivos.

    La tecnocracia y la profesionalización sin implicación política derivan en lo que vemos ahora: un carrusel de personas con algunas competencias técnicas (que muchas veces son irrelevantes para el trabajo cotidiano), celosas de sus condiciones salariales (¿no os causa sonrojo el Estatuto del Cooperante? A mí, sí), que van pasando de organización en organización (o saltando a escalafones que consideran superiores, como la empresa o la administración pública). Sin identificarse con la organización, sin empaparse de los proyectos. Sin ensuciarse las manos. Sin militar.

    Por no hablar del transfondo profundamente etnocéntrico y patriarcal que se esconde detrás del discurso del “gran profesional”, del buen cooperante, del perfecto tecnócrata. En fin, del rico hombre blanco que con su sabiduría y cuatro duros bien gestionados puede borrar de un plumazo “la pobreza que sigue machaconamente ahí”.

    Capitalismo global, puro y duro.

    Un abrazo.

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