Pueblos. Revista de información y debate
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Mercado de trabajo e inmigración
Ubaldo Martínez Veiga*
Sábado, 2 de julio de 2005
/ Redacción - Pueblos
La inestabilidad, la precariedad y la temporalidad, características estructurales básicas del mercado laboral español, afectan de manera particular al colectivo inmigrante. Mientras que la tasa de temporalidad de los españoles se sitúa entre el 30 y el 40 por ciento, la de los extranjeros no comunitarios se eleva al 65 por ciento. El trabajo agrícola y el doméstico, que emplean un alto porcentaje de mano de obra inmigrante, son los ejemplos más representativos de esta situación.

Sería conveniente, antes de abordar el análisis del mercado de trabajo inmigrante, hacer un breve apunte sobre las teorías. Quizás el punto de vista más extendido consista en afirmar que el trabajo inmigrante está colocado en el sector secundario, que se opone al primario, ocupado básicamente por nativos. La diferencia fundamental entre ambos sectores reside en la estabilidad del empleo, presente en el sector primario y ausente en el secundario. Dobb (1959), uno de los primeros teóricos de la segmentación, afirmaba que “los salarios bajos frecuentemente se combinan con empleo fluctuante e inconstante” mientras que para Piore la causa del dualismo es la variabilidad e incertidumbre que caracteriza las economías industriales. Los trabajadores del mercado primario son capaces de aislarse, mientras que los del mercado secundario están expuestos a una situación de incertidumbre.

Con respecto a los salarios, las empresas del mercado primario están muy poco afectadas por las fuerzas competitivas del mercado, contrariamente al secundario, donde los salarios y el empleo son inestables. En lo referido a la demanda de bienes, Sabel (1982) afirma que ésta tiene un componente estable, que se satisface con la oferta de bienes estándar producidos en el sector primario por trabajadores estables, y otro variable que se satisface en el sector secundario con trabajadores inestables. Desde el punto de vista neoclásico nos referiremos a la teoría del capital humano y la teoría de la discriminación.

La primera, propuesta por Gary Becker (1975), defiende que el éxito en el mercado de trabajo se asegura a través de inversiones en educación y entrenamiento y que el fracaso radica en la falta de adecuación individual de los trabajadores. Es difícil defender que el mercado de trabajo refleje el capital humano de la oferta ya que, intuitivamente, no es difícil demostrar que riesgos del mercado de trabajo tales como la vulnerabilidad al desempleo o los salarios bajos, son afrontados básicamente por las minorías étnicas, las mujeres, los discapacitados y los jóvenes. La respuesta ortodoxa afirmará que estos grupos sufren discriminación en el sistema de educación y los métodos de entrenamiento y que, posteriormente, el mercado refleja estas desigualdades. Si nos adentramos en consideraciones más concretas, parece clara la relación entre el capital humano de los inmigrantes y su inserción en el mercado de trabajo, así como la estructura de este mercado. En el caso español llama la atención que los estudios sobre este particular no sean demasiado abundantes.

La teoría de la discriminación en el mercado de trabajo

Quizás el primer tratamiento sistemático de la discriminación económica es el de Becker (1957). La teoría neoclásica sobre los precios se basa en que algunos individuos tienen “un gusto por la discriminación” que se mide por el precio que pagarían para satisfacerlo. Los negros y otras minorías sufren discriminación cuando el diferencial entre el salario de blancos y negros es lo suficientemente alto como para compensar a los patronos por asociarse con las minorías. Según Becker, la competición en el mercado eliminaría la discriminación en cuanto que ésta obligaría a los empleadores a afrontar costos mayores que los que afrontan los que no discriminan. Se venía a afirmar que el mercado capitalista podía reducir la discriminación de forma más eficiente que la política gubernamental. Las críticas a las posturas de Becker parten de la base de que el mercado no puede eliminar la discriminación. Arrow (1992), por ejemplo, introduce la teoría sobre la “discriminación estadística”, según la cual determinar la productividad real de los trabajadores cuesta tiempo y dinero y, por eso, las empresas se basan en características observables tales como la raza, el género, la etnicidad o el lugar de residencia. Basándose en las creencias acerca del tipo o media del grupo al que pertenece el individuo le ofrecen o no un empleo.

Estas creencias estereotipadas implican pensar que, de manera general, las minorías más desfavorecidas tienen una productividad media menor. Kirschenmann y Neckermann (1991) presentan casos en los que, entre una persona afroamericana y un inmigrante blanco, siempre eligen al blanco porque piensan que el afroamericano es peor trabajador. Lo considerado como signo diacrítico de habilidad varía en tiempo y lugar, por lo que es fundamental el análisis estrictamente histórico de los fenómenos locales. La discriminación estadística es hoy el mecanismo básico de discriminación en el mercado de trabajo. Marx, que considera el mercado de trabajo como un fenómeno unitario, habla de la existencia de un excedente de trabajo, configurado por los desempleados y los parcialmente empleados, refiriéndose a la reserva “latente” que se contrata cuando el mercado lo exige y se expulsa cuando la demanda es mejor.

De todos modos, la temporalidad, inestabilidad, precariedad y rotación en el empleo es una característica estructural básica del mercado de trabajo español que constituye algo fundamental en el manejo de la mano de obra y que tiene como función no adaptar la mano de obra a los ciclos económicos o a la incertidumbre en la comercialización de los productos sino a la disciplina. Comprobar que esta inestabilidad afecta tanto al sector primario como al secundario hace que la distinción entre ambos desaparezca, configurando el mercado de trabajo como algo unitario y no dual. El análisis de la Encuesta de Población Activa (EPA) de Garrido y Toharia en 2003 revela que las tasas de temporalidad de los españoles se sitúan entre el 30 y 40% mientras que entre los extranjeros no comunitarios son del 65%. Este resultado es fundamental, ya que apoyaría la idea de que el manejo de la mano de obra inmigrante constituye una especie de banco de prueba del manejo de la mano de obra en general y por eso, entre otras cosas, la tasa de temporalizad es mucho más alta entre los inmigrantes que entre los nativos. Dos casos del trabajo inmigrante pueden constituir una prueba de lo que acabo de señalar.

Las actividades agrícolas

El trabajo agrícola en El Ejido, un trabajo muy avanzado desde el punto de vista tecnológico, ha sido, en mi opinión, un banco de prueba del manejo de la mano de obra inmigrante. Desde un punto de vista estructural, El Eijido es un auténtico distrito agroindustrial, caracterizado precisamente por el hecho de que los trabajadores no tienen una relación laboral estable con un empresario, sino que rotan y cambian continuamente de patrono. Es raro que un trabajador lleve a cabo tareas para un único patrono en una campaña. Quizás el término más gráfico para designar este fenómeno sea el de “rotación interparcelaria”, ya que los trabajadores cambian frecuentemente de parcela y propietario. En el marco de un trabajo, pregunté a los inmigrantes cuál era el periodo más largo trabajado para un mismo patrón en un año y me respondieron que quince días de media. Nos referimos a una actividad agro-industrial muy descentralizada, en la que los trabajadores rotan por tiempos muy cortos entre las diversas unidades productivas. Cuando se produce la rotación, la primera se desentiende absolutamente de los trabajadores y así sucesivamente.

Existe un proceso de externalización continua de los trabajadores, sin que realmente “pertenezcan” a ninguna unidad productiva, lo que provoca que se encuentren en un estado de precariedad y contingencia absoluta. Aunque, tomado el proceso productivo de El Ejido en su conjunto, los trabajadores inmigrantes sean absolutamente necesarios y trabajen por un periodo muy largo, por lo que el empleo debiera ser considerado como fijo, el hecho de que frecuentemente y por periodos cortos cambien de patrono hace que nadie se “responsabilice” de ellos y sean considerados perpetuamente como trabajadores que “pertenecen al vecino”.

El trabajo doméstico

Como es sabido, existen dos tipos de trabajo doméstico: el interno, en el cual la empleada vive en casa del empleador, y el externo, en el que vive fuera. Una vez que las inmigrantes llevan tiempo en el país, prácticamente el trabajo interno se convierte en permanente, mientras que a su llegada éste es muy inestable, con situaciones cada vez más frecuentes de pago mínimo o incluso de no pago después de haber trabajado. Hay un tercer tipo, el trabajo “pseudoexterno” en donde los niveles horarios y la actividad equiparable al interno, con la diferencia de vivir fuera de la casa del patrono.

El trabajo emocional

Tanto en el interno como en el “pseudoexterno”, además de las actividades de arreglo de la casa, se realizan frecuentemente tareas de cuidado de ancianos, trabajo definido, con toda razón, como trabajo emocional. Estas actividades son, con mayor frecuencia, realizadas por inmigrantes y, por supuesto, es un trabajo que se paga. En el caso de las mujeres, las tareas de cuidado se enmascaran bajo el trabajo doméstico, produciendo una especie de “doble estigma” desde el punto de vista salarial. Se paga poco porque se efectúa dentro de las casas y porque es un trabajo que, “naturalmente”, se asigna a mujeres. Las trabajadoras inmigrantes se oponen a esta situación ya que, como explicaba una mujer ecuatoriana, “por 350 euros quieren que cuide la casa y atienda a los niños, y encima dicen que tengo que darles cariño. Yo estoy dispuesta pero eso hay que pagarlo”. El arreglo de la casa incluye una relación superficial de carácter emocional, mientras que el trabajo de cuidado conlleva una relación emocional profunda. Esta continuidad hace parecer lógico que sea la misma persona la que realiza las tareas domésticas y la que cuide. Este fenómeno, además de abaratar los costos del cuidado y conllevar una explotación laboral, parece encontrar su fundamento en la “naturaleza de las cosas”. Nos hallamos en presencia de una mistificación, pero pocas cosas están más mistificadas en la historia humana que el propio trabajo.

En el año 2003 se realizó un estudio sobre las relaciones entre trabajo irregular y situaciones de pobreza. Basado en 60 entrevistas a trabajadores inmigrantes sin papeles, se descubrieron elementos importantes: todos habían trabajado o estaban trabajando, todos habían enviado o enviaban dinero a su país de origen, y todos, salvo uno, habían pasado por periodos de hambre de más de dos semanas. Así se descubrió que lo que se considera pobreza absoluta está presente entre los inmigrantes irregulares. El origen de estos brotes de pobreza radicaba, en todos los casos, en la actuación de patronos que, después de que el inmigrante trabajase para ellos durante un cierto tiempo, no habían pagado el salario, con lo cual el trabajador se encontraba sin recursos para comer y sin posibilidad de reclamar por su situación de irregular.

Algunos autores afirman que “en las democracias avanzadas” es más adecuado aplicar una definición de pobreza relativa y no absoluta; sin embargo es evidente que el hambre es una situación de pobreza absoluta. La idea parece inexacta, al menos en lo referido a un grupo creciente de inmigrantes: los irregulares, cuyos derechos, en el caso español, han sido continuamente recortados. Esta ausencia de derechos puede ser calificada como exclusión social e impide la participación normal en la sociedad, lo que significa una ciudadanía incompleta, con falta de acceso al status, a los beneficios y a las experiencias de los ciudadanos. Este recorte de los derechos, o este fenómeno de exclusión social inducida por el estado, acarrea las situaciones de pobreza absoluta a las que nos hemos referido anteriormente.


*Ubaldo Martínez Veiga es catedrático de Antropología Social de la Universidad Autónoma de Madrid. Este arículo fue publicado origialmente en la edición impresa de la Revista Pueblos de Julio de 2005.