Los medios del miedo

Entre la llegada al puerto de Valencia del barco Aquarius con más de 600 personas rescatadas en el mar y el supuesto uso de cal viva en un salto a la valla de Ceuta, pasó apenas un mes. Tiempo que bastó para que el incipiente debate sobre un posible cambio en la política migratoria quedara aplastado por los mensajes del miedo que predominan en torno a ella. Un enfoque que las élites políticas y económicas han necesitado siempre y al que recurren de nuevo para mantenernos en shock, en un silencio cómplice ante la implementación de controles cada vez más férreos, con vallas, cámaras y sofisticados dispositivos de costes millonarios y consecuencias mortíferas, desarrollados por la industria armamentística.

Cuerpos fragmentados, sin pasado y con un futuro que viene a confrontar nuestro endeble confort de clases medias venidas a menos en la fiesta neoliberal. Imágenes de seres sin historia vital, como si hubieran nacido trepados a la valla de Ceuta o Melilla, en una costa andaluza o canaria, o sobre una patera. Una descontextualización de tan buena ejecución que impide establecer cualquier relación causa y efecto, y deja escasos huecos para una reflexión más pausada y de voces críticas al relato hegemónico.

“Los medios son los artífices ciegos y eficaces de un mundo en que un lenguaje sordo y pertrechado de frases hechas y mentiras nos quiere obligar a ser esclavos del trabajo a destajo, autómatas de la información planificada y consumidores incondicionales de bienes superfluos”, define la lingüista argentina Ivonne Bordelois en su libro El país que nos habla.

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La deshumanización de las personas que llegan. La categorización política (legales e ilegales, refugiadas o migrantes económicos, con papeles y sin papeles) permite levantar una barrera que nos hace inmunes a miles de muertes que cada año se producen en el umbral de nuestras casas. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) recordaba hace unos días que cruzar el Mar Mediterráneo es más mortífero que nunca: en el primer semestre de 2018, de cada dieciocho personas que llegan a Europa por el Mediterráneo central, una muere o desaparece. 1.600 vidas perdidas en solo seis meses.

“Cuando vi las devastadoras imágenes del cadáver de Aylan Kurdi, mi corazón se hizo pedazos”, recuerda el escritor Khaled Hosseini, antiguo refugiado afgano y actual Embajador de Buena Voluntad de ACNUR. “Sin embargo, tres años después y a pesar de que miles de personas más han perdido sus vidas en el mar, nuestra memoria colectiva y la urgencia para hacer las cosas mejor parecen haberse disipado”, lamenta.

El cuerpo inerte de Aylan lo hacía parecer “uno de los nuestros”, no era de piel negra ni vestía con ropas de otras modas. Con sus zapatitos marrones, camiseta roja y pantalón azul de jean había roto, involuntariamente, nuestros estereotipos más perversos. Lo mismo que dos años antes, cuando cuatro ataúdes blancos presidieron un hangar del aeropuerto de Lampedusa con más de un centenar cadáveres rescatados de un naufragio.

Fotografías trampa que nos conmueven desde lo humano, nos arrancan las lágrimas más profundas y sentidas, pero nos dejan sumidas en una necesidad caritativa que rara vez nos saca a la calle para reivindicar por el derecho de estas personas a encontrar una tierra donde vivir dignamente.

Y en medio el ruido, mucho ruido mediático que nos posiciona en un lugar de indefensión ante ese ficticio ataque que haría peligrar nuestra identidad y pondría en cuestión nuestras costumbres, tradiciones y relativo bienestar. El derecho a la movilidad, una situación social en continuo cambio, es abordado con insistencia como un fenómeno que nos necesita en alerta permanente y desde un enfoque (en consecuencia) meramente securitario.

Como dice Bordelois, “resulta interesante preguntarnos, de hecho, qué es lo que encierra la abreviatura que hace que los medios de información y de comunicación pasen a ser llamados, simplemente, ‘medios’. Acaso en la conciencia colectiva, subterráneamente, se advierte que los medios no están al servicio de la información o la comunicación, como se los concibió en un principio, sino sencillamente al servicio de la sumisión y la ceguera que exigen los poderes comerciales y políticos que nos avasallan”.

La temida invasión

El líder del Partido Popular, Pablo Casado, sabía bien lo que hacía cuando este verano expresó que “hay un millón de inmigrantes esperando en las costas libias planteándose una nueva ruta a través de España”, y refirió a supuestos informes de ONG para afirmar que “hay 50 millones de inmigrantes africanos recabando dinero para poder hacer estas rutas en las que las mafias les cobran de 2.000 a 4.000 euros bajándoles en ataúdes flotantes”.

Por disparatada que fueran sus afirmaciones, esa mentira tenía anclaje en un relato bélico contra las personas que llegan al Estado español, muy particularmente por la frontera sur. El diario El Mundo días antes había regalado uno de esos titulares que cada tanto se repiten y que pueden pasar desapercibidos, a no ser que tengamos en cuenta su contextualización.

“Alarma por los más de 50.000 subsaharianos que esperan en Marruecos para cruzar a España”, tituló el pasado 27 de julio, justo cuando tras el desembarco del Aquarius parecía instalarse un enfoque humanitario en contra de la avanzada xenófoba y de cierre de fronteras europeas. Duró poco la ilusión, el propio gobierno tras aquella puesta en escena, no tardó en hablar de “llegadas masivas”, “alarmas” y “desbordamiento”. Pablo Casado sabía que había un terreno abonado para sus soflamas.

Un viejo recurso, el del miedo a la temida invasión, que se remonta al menos a más de una década y que tuvo, como ahora, uno de sus puntos álgidos en el 2006, cuando se produjo el mayor arribo de personas migrantes en pateras, aquel año a las Islas Canarias.

“En plena propaganda contra una supuesta invasión, nos encontrábamos, por ejemplo, con que la llegada de 31.000 inmigrantes a las costas canarias en el año 2006 se convertía en una alarma y en un supuesto problema de capacidad de acogida. Ese mismo año, Canarias recibía nueve millones y medio de visitas turísticas”, destaca el libro Qué hacemos con las fronteras, dejando al descubierto las contradicciones del discurso mediático.

En efecto, en un mundo donde más de 65 millones de personas se ven obligadas a desplazamientos forzados y gran parte de la población mundial no vive en su lugar de origen, resulta paradójico disparar las alarmas por la llegada de una inmigración que es residual si se la compara con la que ingresa al Estado español por aeropuertos o con los más de 80 millones de turistas al año que nos visitan.

Pero el mensaje está allí y se acentúa toda vez que el orden político y económico lo necesita. Basta recordar el aciago 2005, cuando se produjeron dos de los episodios más graves de nuestras fronteras: la devolución y entrega de personas migrantes a la policía marroquí y su traslado (esposados) para ser abandonados en el desierto, sin agua ni comida; y los luctuosos sucesos del 29 de septiembre y el 5 de octubre, cuando once personas fueron asesinadas por disparos de la policía en sendos intentos de salto a la valla, uno en Ceuta y otro en Melilla.

Quizá por casualidad o tal vez por causalidad, una semana después, el 13 de octubre, la portada del diario El País nos despertaba con un titular a toda página: “Bruselas alerta de que 30.000 africanos esperan para saltar a Ceuta y Melilla”.

Nueve años más tarde, en la madrugada del 6 de febrero de 2014, quince jóvenes de origen subsahariano murieron intentando llegar a nado a la playa de El Tarajal. La policía los recibió con material antidisturbios en vez de brindar la ayuda que podría haber salvado sus vidas. Pelotas de goma, cartuchos de fogueo, botes de humo y la devolución ilegal a Marruecos de quienes habían logrado llegar fueron los métodos elegidos para reprimir al “enemigo”.

Una semana después, el 13 de febrero, el ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, no dudó en hablar de “intentos de invasión” y de una “inusitada actitud violenta” mostrada por los migrantes. Solo pasaron setenta y dos horas para que (otra vez) el diario El País nos desayunara con la noticia de que “30.000 subsaharianos preparan el salto a Europa por Ceuta y Melilla”. Las cifras y las fuentes se repetían. ¿Eran los mismos miles que una década atrás? ¿Casualidad o causalidad?

Volvamos a la actualidad. Un informe de junio de 2017 de la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI por sus siglas en inglés)[i] identificó un “clima político en el cual las personas extranjeras son presentadas como una amenaza para la identidad propia, la cultura y la prosperidad económica”. Añadía que, en el discurso público de muchos países, se había desarrollado una creciente dicotomía entre “nosotros” y “otros”, que busca excluir a las personas por su color de piel, religión, idioma o etnia.

Elaborado en virtud del trabajo de más de 1.300 periodistas de ocho países socios del proyecto (Alemania, Austria, Eslovenia, España, Grecia, Hungría, Irlanda e Italia), establece buenas prácticas periodísticas a la hora de abordar estas temáticas, conscientes de que “los medios de difusión son responsables de la formación de la opinión pública con respecto a las personas migrantes”. El documento, que solo busca impulsar directrices “complementarias a los códigos deontológicos y a la praxis existente en los medios de difusión”, se pretende fundamental atendiendo al tratamiento sesgado que se da al hecho migratorio en el Estado español.

A lo largo de estos años, términos como “tsunami”, “avalancha”, “asalto”, “riada”, “ilegales”, “mafias” u “oleada” han llenado las páginas (des)informativas. El relato se ha centrado en hablar de las personas migrantes sin contar con sus voces, presentándolas como víctimas de mafias o, en su defecto, como una “carga” para nuestra sociedad, poniendo el acento en incidentes sensacionalistas que los posiciona como individuos violentos.

Alguien dijo por allí que son tiempos de no seguir a medios de comunicación sino a periodistas, firmas particulares, personas que desarrollen la información con la ética imprescindible para abordar la situación migratoria y la historia de sus protagonistas. En todo caso, quedará siempre en nuestras manos, la capacidad última de dejarnos influir por el miedo de los medios, o decidir apagar los medios del miedo.

*Pablo “Pampa” Sainz es periodista y colaborador del periódico El Salto. Milit en la Red Solidaria de Acogida y es coautor del libro de escritura colectiva ¿Que hacemos con las fronteras?


Artículo publicado en el nº 78 de Pueblos – Revista de Información y Debate, “¡Hasta siempre!”, tercer cuatrimestre de 2018.


[i] Informar sobre procesos migratorios y minorías. Enfoques y directrices. Informe de 2017 que se enmarca en el proyecto Respect Words con el lema “Periodismo Ético contra los Discursos de Odio”. Más información: www.respectwords.org.

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