Que viene, que viene

Queremos seguir pensando que no, que no será para tanto, pero cuando ves un vídeo de la directora ejecutiva de Oxfam pidiendo dinero para la crisis humanitaria de Indonesia ante una hilera de trabajadores perfectamente uniformados y limpios que se pasan cubos con el logo bien visible, y acto seguido ves otro vídeo de cómo el partido de ultraderecha Vox congrega miles de personas con su discurso abiertamente racista y xenófobo (“es una invasión-quienes saltan la valla tienen preparación militar-deportación masiva”) es imposible no sentir un retortijón ético e intelectual. Todo resulta terriblemente anacrónico y posmoderno a la vez.

Algo hicimos mal. Todo lo que han explicado sobre el mundo los organismos internacionales, los periodistas y las ONG no solo no ha servido para entenderlo, sino que ha alimentado los peores miedos y las peores pulsiones. Solo hace dos años de Trump, del Brexit y de que Zeid Ra’ad Al Husein, Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, lo advirtiera: “La retórica antiextranjera llena de veneno y odio desenfrenados está proliferando hasta un grado espantoso y es cada vez más incontestable en partes de Europa y Estados Unidos. La retórica del fascismo ya no se limita a un submundo secreto, se está convirtiendo en parte del discurso cotidiano normal”. Los refugiados han sido el chivo expiatorio que ha desenmascarado la falsa unidad, democracia, solidez y prosperidad europeas. Hoy todos los analistas repiten que las próximas elecciones pueden certificar la defunción de la Unión Europea con un Parlamento lleno de ultras euroescépticos. Que viene, que viene.

Nunca tanto conocimiento fue tan inútil. Sabemos perfectamente qué hay detrás del voto ultra y de tanto político macho alfa (austericidio, individualismo, desafección política, fracaso, miedo al futuro). Tenemos la experiencia histórica y todas las claves, todos los análisis y todo el big data. Llevamos años moviendo informes e ideando campañas contra la pobreza, la exclusión e incluso contra la desigualdad. Piketty y Aylan se hicieron famosos al mismo tiempo, pero hoy tendríamos que actualizar la máxima de Durruti: al fascismo no se le discute, básicamente porque no tenemos ni idea de cómo. Nuestra distancia cultural con los que piensan distinto es abismal. Somos capaces de secundar a Alba Rico y repetir que la palabra fascismo se ha “sobresemantizado” tanto que ya no significa nada, pero nos bloqueamos ante las acusaciones de buenismo o los vídeos racistas que circulan por whatssap. En el sumun de la comprensión selectiva, somos capaces de criticar a los demócratas liberales estadounidenses que viven en su burbuja clasista y no reconocernos en una similar cuando, por ejemplo, apostamos por los colegios más innovadores para nuestros hijos, donde les enseñarán a ser antirracistas y anticlasistas, mientras evitamos los colegios donde podrían convivir con niños hijos de migrantes.

Igual llega un día en que no podemos deshacernos de la inquietud que nos genera la actualidad informativa moviendo el dedo sobre la pantalla del móvil. Entonces tendremos que preguntarnos cómo contribuimos al desastre y qué pensamos hacer para evitarlo. No está muy claro que twitter o las manifestaciones antifascistas testosterónicas sean suficiente. Arlie Russell Hochschild, con 70 años y habiendo formado parte de la élite académica norteamericana, se fue a vivir a Luisiana, el estado más pobre de EEUU, porque no entendía tanta rabia: “desconecté mi sistema de alarmas político y moral para poder escuchar e intentar escalar la pared de empatía que me separaba de esa gente”.

Otro sociólogo sabio, Boaventura de Sousa Santos, el gran teórico del fascismo social, dice que no necesitamos otra teoría de la revolución sino revolucionar la teoría, que durante demasiado tiempo hemos menospreciado los saberes de las clases populares o nos hemos aprovechado de ellos haciendo gala de un extractivismo no muy diferente al que criticamos respecto a los bienes naturales. Lo seguimos haciendo en el periodismo, las ONG y la intervención social. Boaventura nos propone quitarnos de en medio, salir de la vanguardia y ejercer de intelectuales de retaguardia. La razón pesimista dice que no estamos a tiempo. El optimismo de la voluntad dice que no nos queda de otra. Que no pasarán.


Montse Santolino, periodista y responsable de comunicación de Lafede.cat 

Artículo publicado en el nº 78 de Pueblos – Revista de Información y Debate, “¡Hasta siempre!”, tercer cuatrimestre de 2018.

 

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