Cambio climático: ¿vamos en serio o no hay para tanto?

Sabemos que el cambio climático ya no es un suceso del futuro, sino una realidad que se nos cuela a ritmo vertiginoso, si medimos el tiempo a escala histórica. Según Naciones Unidas, en 2017 ya había más de 64 millones de personas consideradas refugiadas climáticas, aunque las estimaciones para 2050 las sitúan entre 250 y 1.000 millones, según los posibles escenarios.

Sabemos que el cambio climático ya no es un suceso del futuro, sino una realidad que se nos cuela a ritmo vertiginoso, si medimos el tiempo a escala histórica. Según Naciones Unidas, en 2017 ya había más de 64 millones de personas consideradas refugiadas climáticas, aunque las estimaciones para 2050 las sitúan entre 250 y 1.000 millones, según los posibles escenarios.

Pero, como decía recientemente Jeffrey Sachs, todos y todas somos refugiadas climáticas. Porque decenas de informes y artículos cada vez más incontestables, y de fuentes nada sospechosas de ecologistas, testifican los efectos críticos ya en curso en amplios órdenes de la habitabilidad humana del planeta. Es más, si en algo están fallando las previsiones sobre la evolución de las emisiones y del clima, es en quedarse cortas, incluso las pesimistas.

Entonces, ante esta certeza ¿cómo puede haber una reacción política y social tan tibia y dilatoria en comparación con las amenazas que plantea? Por un lado está claro que una respuesta adecuada de la humanidad se ve entorpecida, como señalaba el manifiesto Última llamada, por “dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados”.

Pero en segundo plano hay otro tipo de obstáculos que se alimentan de la subjetividad humana, incluida la de quienes llevamos años cargándonos de razones estudiando y/o divulgando sobre el tema.

En el fondo hablamos como si esto ocurriera en otro planeta o en otro plano de la realidad. En parte se da la paradoja de que precisamente, cuanto más inmenso percibimos el problema, más insoportable se hace cargarlo desde la subjetividad individual o de una minoría social y, por lo tanto, activamos un mecanismo de defensa que anestesia, intelectualiza y despolitiza nuestro acercamiento al tema. Y continuamos como si no pasara nada, enfrascados en problemas de la cotidianidad que, por complejos que sean, sentimos más abarcables.

Esta anestesia ocurre tanto en la vida personal como en la colectiva, incluida la política institucional. Por eso la mencionada Última llamada tuvo poco éxito en su propósito de que “los proyectos (político-institucionales) alternativos tomen conciencia de las implicaciones que suponen los límites del crecimiento y diseñen propuestas de cambio mucho más audaces”. Los compañeros y compañeras de aquellas candidaturas políticas alternativas surgidas de las luchas sociales que hoy ocupan cargos políticos se ven sumergidos en dinámicas políticas institucionales impermeables al cambio copernicano que la situación demanda. Y es complicado superar esta inercia sin un reclamo social potente.

Por tanto, primero hay una responsabilidad política desde las instituciones por no responsabilizarse políticamente de los retos de la crisis global en la medida que la situación requiere. Pero desde el movimiento social también falta una iniciativa más ambiciosa y decidida. Falta pasar de la postura-logo a la acción colectiva-verdad.

En este sentido una de las cosas que se echa en falta es una demanda por delitos ambientales contra la humanidad a actores públicos y privados clave que, a pesar de todas las clamorosas evidencias, siguen anteponiendo sus intereses, atentando contra las generaciones presentes y futuras con sus decisiones. Por encima del recorrido legal, su valor principal sería cambiar las subjetividades: empezar a comunicar y comunicarnos que esto-va-en-serio.

Porque ¿cómo podemos alertar de todos estos datos demoledores sobre las consecuencias de la economía y la política fósil y no actuar a la altura contra quienes son sus principales responsables? ¿Acaso es más importante el chiqui-máster de Casado? El resultado es una comunicación social débil e incoherente: mientras verbalmente decimos “¡cambio climático!”, nuestra (in)acción comunica “no será para tanto”.


Àlex Guillamón Lloret coordina Entrepueblos/Entrepobles.

Artículo publicado en el nº 78 de Pueblos – Revista de Información y Debate, “¡Hasta siempre!”, tercer cuatrimestre de 2018.

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *