Sin universidad ni dinero público, artistas de las periferias de Brasil buscan formas para aprender y crear por cuenta propia

El muchacho era curioso. Cuando el circo llegaba a la ciudad, corría para verlo. Por detrás del telón, observaba las mismas escenas que le encantaban en la pantalla grande del cine. De tanto entrar a escondidas, sin pagar entrada, fue disfrutando cada vez más del circo y del cine. Entonces comenzó a hacer teatro para estar más cerca de lo que quería.
Dessa Souza, productora cultural de Campo Limpo, en São Paulo (Francielle Meireles).

 

Milton Santos Júnior, de 50 años, nació en Brumado, estado de Bahía, en el nordeste de Brasil. Emigró a São Paulo en busca de una oportunidad para hacer películas. En la década de 1980 se instaló en São Bernardo do Campo, región metropolitana. Allí consiguió la primera cámara y comenzó a producir las primeras películas. Bola Dourada fue la primera producción, sobre el fútbol que jugaban el hijo y los vecinos de las casas de alrededor.

Como Júnior, las periferias de São Paulo albergan personas implicadas en diversas manifestaciones artísticas, que no pudieron acceder a la enseñanza superior para aprender, pero que aún así destacan por sus creaciones.

“Necesitamos deconstruir el concepto de aprendizaje de los conocimientos culturales”, afirma Lívia Silva, de 31 años, periodista y profesora de Estudios Culturales por la Universidad de São Paulo. “Nosotros, periféricos y marginados, poseemos conocimientos que proceden de nuestras experiencias, con otras oportunidades y recursos. Esto no significa que sean peores, pero no son valorados y muchas veces son menospreciados”.

Dêssa Souza, de 37 años, es productora cultural y trabaja con colectivos artísticos del Campo Limpo, en la zona sur de la ciudad de São Paulo. Se formó en un curso de técnica de obras, no encontró un curso universitario. Pero con experiencia práctica en teatro y música, como carpintera y participante en diferentes cursos libres, comparte sus conocimientos en un curso de producción que ella misma creó y que imparte en el Espacio Cultural CITA (Cantinho de Integração de Todas as Artes), donde también colabora con la gestión.

La primera vez que Dêssa Souza, de 37 años, dijo “quiero ser productora” fue cuando su hermano comenzó a estudiar en la Universidad Libre de Música de São Paulo. Se graduó y creó un trío instrumental, pero solo tocaban en casa. “Les dije: ‘deberíais tocar en algún sitio’. Entonces conseguí un bar para que tocaran”, cuenta. Ese mismo bar fue donde ella comenzó a cantar en 2006. “Vi que había una producción increíble y me quedé con ganas de organizar cosas”.

Antes de eso no sabía que lo que hacía se llamaba “producción”. Cuando vivía en Carapicuíba, ciudad vecina de São Paulo, Dêssa estaba en el mundo del rock. “Yo estaba muy metida en ese ambiente, con muchos amigos, buenos artistas, y fue así como empecé a inventar formas para hacer con la gente. Me metí en lo que había, en festivales de la calle y de punk rock”, explica.

En 2010, Dêssa quería examinarse de gestión cultural y en esa época solo sabía de un curso en Rio de Janeiro. Su primera hija aún era bebé, lo que la impedía cambiar de ciudad. Entonces se enteró de una escuela de teatro que abriría un grupo en Campo Limpo.

“Empecé a estudiar teatro para utilizar lo que iba a aprender en el campo musical, pero quería aprender producción ejecutiva, comunicados públicos, esas cosas”, recuerda. Se implicó en la producción teatral y fue, cada vez más, encontrando un modo de desarrollarse. “Dije ‘quiero hacer el trabajo porque ahí aprenderé practicando’”.

Para Lívia, la universidad aún es importante para legitimar la producción artística de las periferias “A veces, cuando no existe esa legitimación, el arte es considerado menor, una afición, lo que muchas veces recae en el concepto de `cultura popular’”, explica.

También reconoce que el acceso a la enseñanza repercute en la construcción de los conocimientos de las personas y en sus producciones. “Por eso es importante defender el acceso a la educación, a los bienes culturales y también a prácticas culturales diversas”.

En este año, el Programa Universidad para Todos (ProUni) cumple 14 años. La iniciativa se creó para aumentar las posibilidades de acceso a la enseñanza superior a personas con baja renta. Según datos del MEC, en los diez primeros años de existencia, el ProUni formó 400 mil profesionales, siendo la mitad de las personas beneficiarias negras.

La encuesta está relacionada con la cuestión racial brasileña, donde la mitad de la población (54 por ciento) es negra y mestiza, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE).

Negro y residente de Cidade Ademar, Daniel Santana de Souza, de 25 años, fue unos de los beneficiarios del programa social. Él cursa Diseño. Antes de entrar en la facultad ya desarrollaba trabajos y proyectos de artes visuales con materiales baratos como cristal, hojas de revista y esmalte.

La falta de espacios culturales en la región fue una de las dificultades que encontró Souza. Según datos del Observatorio Ciudadano de la Rede Nossa São Paulo, su barrio no tiene ningún espacio cultural público, aún teniendo más de 400 mil habitantes.

“Trabajé desde la adolescencia y compraba el máximo de materiales con mi dinero. Tenía un amigo conmigo, dividíamos las cosas para ahorrar y las guardábamos en una habitación de la casa de su abuela. Siempre faltaban espacios para practicar el arte”, recuerda.

Para el cineasta Milton Júnior, la mayor dificultad era encontrar localizaciones para sus grabaciones. Buscaba espacios públicos, pero la burocracia para obtener licencias entorpecía sus planes. La alternativa fue negociar con amigos, familiares y algunos contactos. “Como no tenía dinero, siempre hacía “guiones de periferia”, dice.

Los actores de sus producciones son, en su mayoría, vecinos y conocidos. Después de realizar varios proyectos, la cosa cambió. Hasta 2012, el cineasta no recibió ninguna subvención pública para realizar sus creaciones. La llegada de recursos de un programa municipal de ayuda le permitió comprar equipos profesionales, como iluminación y reflectores de luz.

“Vila São Pedro e sua gente” fue la primera producción hecha con la subvención que recibió. El documental cuenta la historia de los residentes de la mayor favela de la ciudad de São Bernardo do Campo.

Con 28 películas, Milton tiene como objetivo exhibir sus trabajos en una de las grandes redes de cine, pero aun no lo ha conseguido. “Cobran caro por el alquiler de la sala y ofrecen horarios malos. ¿Quién va a ir al cine a mediodía?”, pregunta.

Hasta ahora, Daniel continúa sus experimentaciones artísticas, probando técnicas para componer sus obras. “Alguien que escribe, diseña y vive en la periferia no encuentra gente que le valore, y eso desanima”, afirma. Para él, solo quien nace en la periferia consigue ver los avances de ella. “No son solo las cosas malas que habla la gente”.

Dêssa Souza continúa asistiendo a cursos de producción, escritura de proyectos y de emprendimiento. Mientras tanto, comparte lo que sabe con el colectivo Camomila, de mujeres artistas y emprendedoras. “Me siento feliz cuando tengo ideas y proyectos y además gano dinero, no para ser rica, sino para pagar el alquiler. Quiero demostrar que otras mujeres también lo pueden hacer”.

Daniel Souza, artista de Cidade Ademar, en São Paulo (Lucas Veloso/Agência Mural).

 

Descentralización de los presupuestos

Sin idealizar la falta de recursos y espacios para desarrollar plenamente la producción cultural en la periferia de São Paulo, el trabajo de quien entiende el poder del arte ha enseñado a actores de las más variadas lenguas a encontrar, construir y fomentar espacios de aprendizaje.

En Brasil, uno de los principales medios para financiar la cultura es la Ley Rouanet, que también creó el Programa Nacional de Apoyo a la Cultura (Pronac). A través de este, empresas y personas físicas pueden destinar parte del Impuesto de la Renta al fomento de la cultura. Así el Estado renuncia a parte de la recaudación de impuestos, que son destinados para la cultura.

Según el Gobierno Federal, en 2018 fueron aprobadas 96 propuestas, que pueden captar recursos de hasta R$ 85 millones mediante renuncias fiscales.

Por otro lado, desde 2013, en São Paulo, el Movimiento Cultural de las Periferias está en la búsqueda de la descentralización de fondos de la secretaria de Cultura de la capital paulista. En tres años el movimiento realizó acciones, reuniones con concejales, debates en comisiones parlamentarias y la elaboración del proyecto de ley de Fomento a la Cultura de las Periferias. La ley se aprobó en 2016 y destinó, en el primer año, R$ 9 millones para cerca de 30 colectivos. La convocatoria de este año prevé un valor menor, de R$ 7,5 millones.

El Movimiento lucha para que los grupos culturales tengan más participación en las decisiones de la ciudad y para supervisar el cumplimiento de la ley. “La discusión sobre los presupuestos de la cultura es tan compleja como todas las demás en nuestro sistema capitalista. Las minorías, que son mayoría, acaban recibiendo mucho menos en comparación a las grandes empresas e instituciones, que consiguen más dinero público que los colectivos de la periferia”, resume Livia.

La investigadora cree que “debemos defender la cultura como una de las principales vertientes de la experiencia humana. Es un derecho de todas las personas y todas deben tener acceso, en todas sus etapas, desde la concepción, creación, producción, hasta los productos finales, para su valoración, placer e, incluso, para el ocio”, añade.


Karol Coelho e Lucas Veloso forman parte de la Agência Mural de Jornalismo das Periferias.

Artículo traducido por Susana Pérez Gimeno.


 

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