Periferias brasileñas y universidad: las dificultades y desafíos de los primeros de la familia en estudiar

Cuando fue admitido para estudiar física en la Universidad de São Paulo (USP), José Alves escuchó una pregunta incómoda de su madre: ¿cómo iba a pagar el transporte para ir y volver de allí todos los días?

La preocupación acerca de los gastos cotidianos que conlleva estudiar, como la comida y el transporte, es común entre los jóvenes pobres que son admitidos en las universidades de Brasil. Aunque gratuita, la Universidade de São Paulo (USP), la más reconocida del país, tiene pocos estudiantes de origen pobre. Sus plazas son disputadas por jóvenes de clase alta que realizan cursos preparatorios caros.

La falta de acceso a la educación ayuda a perpetuar la desigualdad en Brasil. Sólo el 15 por ciento de las y los brasileños poseen un diploma universitario, según datos de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). La entidad apunta que tener título en el país aumenta la renta en hasta un 149 por ciento, en comparación con quien no lo tiene. Con la crisis económica brasileña y la caída en la recaudación de fondos, hay riesgo de que se reduzcan los programas para facilitar el acceso a la universidad.

José Alves, con su compañeros de estudios.

Alves, hoy con 42 años, fue admitido en Física en 1994 y se convirtió en el primero de la familia en alcanzar el nivel superior. Nació en Paraíba, estado pobre del Nordeste, y emigró a São Paulo a los seis años. En la ciudad vivió en el área periférica de la zona sur, pasando por barrios como Capão Redondo, Alto do Riviera y Jardim São Luís, donde reside actualmente.

Su padre, conserje, estudió hasta cuarto grado de primaria, y su madre fue siempre ama de casa. Alves tiene otros siete hermanos. “Me gustaba mucho estudiar y me iba bien en el colegio. Una profesora me animó y hasta pagó mi selectividad (prueba de selección para la universidad). Aprobé. Pero tenía la presión familiar de que debía trabajar y sabía que mis padres no iban a aceptar”, recuerda.

Al principio, ellos no eran conscientes de la importancia de los logros de su hijo, pero como en aquella época pocas personas que vivían en las periferias iban a la facultad, la familia pasó a apoyarlo tras las felicitaciones de profesores y amigos. “Mi padre hizo una habitación para que me pudiera dedicar más a los estudios. Mi madre estaba orgullosa y lo comentaba hasta en el mercado, incluso sin saber decir qué curso iba a hacer”, comenta.

“Mi hermana entró en geografía en la USP un año después. Hace poco, mi tercer hermano, que tiene 45 años, comenzó a hacer pedagogía”. Después de formarse, Alves impartió clases de física durante diez años en secundaria en escuelas públicas. Hoy es profesor-doctor de física en la Universidad Federal de São Paulo. Como profesor de secundaria, creó acciones para estimular a los alumnos a entrar en la universidad. “Tuve un grupo bueno de alumnos que hacían clases particulares los fines de semana. Pero fue agotador ver a los estudiantes querer aprender y no tener apoyo”.

Al año siguiente fue invitado a coordinar la enseñanza secundaria y creó el proyecto Terceiro Milênio para estimular el debate acerca de temas como la educación y la ciudadanía. “Los alumnos hacían simulacros de Enem, iban a ferias de selectividad y visitaban la USP. También llevaba a ex-alumnos que entraron en la universidad para hablar. Fue un éxito”.

Según Alves, de 1997 a 2000 solo tres alumnos de la escuela donde daba clases ingresaron en secundaria. Tras el proyecto, en 2002, más de 20 aprobaron la selectividad.

José Alves, en el centro, como profesor de la Universidad Federal de São Paulo.

 

Becas y financiación

En las últimas dos décadas, la enseñanza media ha pasado por muchas transformaciones en Brasil y se ha vuelto más inclusiva. Antes, el único camino para entrar era la selectividad, pruebas de preguntas con respuestas alternativas que exigían el contenido aprendido a lo largo de toda la vida escolar del alumno. Cada universidad hacía su propia prueba.

Las plazas en las universidades públicas estaban muy disputadas y en las universidades privadas el coste era prohibitivo. Con pocas opciones de crédito, la enseñanza superior era inalcanzable para las personas con renta baja.

Según datos del gobierno federal, en 2004 el 55 por ciento del estudiantado de universidades públicas pertenecían al grupo del 20 por ciento de las personas más ricas del país. En 2013, las personas más ricas eran el 38,8 por ciento de este total.

En 1998 se creó el Enem, Examen Nacional de Enseñanza Media, prueba que explora más la capacidad interpretativa del alumno o alumna que su memoria. A partir de 2004, la nota del Enem cambió el criterio de selección para entrar en la universidad por medio de programas de inclusión. En el ProUni, el gobierno financia plazas en universidades privadas para el alumnado que obtiene buenas notas. En el Sisu, la selección para las instituciones federales (y gratuitas) se unificó de acuerdo con la nota del Enem. También está el Fies, que financia los estudios en universidades privadas para que el alumno o alumna pague el curso después de titularse, con bajos intereses.

En 2017, 4,6 millones de estudiantes se presentaron a la prueba del Enem. Brasil cuenta con un total de 208 millones de habitantes.

En la década pasada también se probaron cuotas raciales y otras acciones afirmativas, medidas especiales diseñadas para lograr la equidad. En 2000, la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ) fue la primera en tener estas plazas de reserva. Sin embargo, hasta agosto de 2012 no se aprobó una ley federal que reserva el 50 por ciento de las plazas universitarias a estudiantes que cursan secundaria en la red pública, tienen renta baja y son negros, mestizos o indígenas.

Un estudio difundido en 2015 por el Ministerio de Educación reveló que, en 2014, el 35 por ciento de las alumnas y alumnos universitarios en fase de finalización del curso fueron los primeros de la familia en entrar en una institución de enseñanza superior. De ese total, el 56 por ciento tenía una renta familiar de hasta tres salarios mínimos y el 36 por ciento había ingresado por medio de políticas afirmativas.

La apuesta política

El ProUni fue implantado durante el gobierno del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (PT). El ministro de Educación era Fernando Haddad, candidato ahora a la Presidencia. Durante la gestión de la sucesora de Lula, Dilma Rousseff (PT), se implantó la llamada Ley de Cuotas, que establece que se reserven el 50% de las plazas en universidades públicas para personas negras, indígenas y para quienes tan solo hayan estudiado anteriormente en escuelas públicas. Antes de esta ley, tan solo algunas universidades del país habían adoptado este tipo de medidas de manera individual.

Lula no podrá presentarse a las próximas elecciones por su condena por la acusación de haber recibido un apartamento por favorecer a una constructora. El ex-presidente había llegado a alcanzar el 39% de la intención de voto en las encuestas de finales de agosto, poco antes de agotar los recursos judiciales y abandonar su intención de volverse a presentar a elecciones.

Haddad espera que los resultados del ProoUni le ayuden a obtener votos, a pesar de que los debates electorales se están centrando en otros temas, como la seguridad pública, la corrupción y la economía.

Jair Bolsonaro (PSL), de la extrema derecha y líder en las encuestas, es crítico con las cuotas raciales. Calificó de “fijación” la voluntad de las y los jóvenes de cursar enseñanzas superiores, y dijo que, de llegar a gobernar, pondrá el foco en la educación básica y en la ampliación de los colegios militares.

Otras de las personas que se presentan a elecciones, Ciro Gomes (PDT) y Marina Silva (Rede), hablan de ampliar la oferta de plazas y mantener la política de cuotas, pero tampoco sin incidir mucho en estas cuestiones. Geraldo Alckmin (PSDB) no habla de este asunto en el programa que ha difundido, pero, en algunas entrevistas, defendió que pasen a cobrarse ciertos cursos gratuitos que hoy ofertan las universidades públicas.

¿Estudiar o trabajar?

La creación de estos programas hizo que más familias de las periferias tuviesen hijos en la universidad. En 2017 se ofertaron 361 mil becas del Prouni, por ejemplo.

Janaina Quirino, de 28 años, fue alumna del profesor José Alves. Titulada en marketing y publicidad, actualmente cursa pedagogía en una universidad privada. Vive en São Caetano do Sul, región metropolitana de São Paulo, pero nació y creció en el Jardim Ângela, en el extremo sur de la capital paulista, y estudió prácticamente toda la vida en escuelas públicas.

JanainaQuirino, a la derecha, con su familia.

 

“Fue duro. Me presenté al Enem cinco veces y conseguí una beca completa para un curso de fotografía. Pero no pude estudiar pues sólo la cámara de fotos costaba R$ 2 mil (alrededor de 500 €). Mi padre no tenía cómo pagarla. Yo no trabajaba, sólo había trabajado ocasionalmente en una tienda de ropa, pero no era suficiente”, explica Janaína.

“Mis padre no podían pagar la facultad y comencé a buscar trabajo desesperadamente”, dice. Vendía chocolates y quería continuar estudiando”. Consiguió una beca del 50 por ciento por el Prouni en el curso de administración. Sin embargo, no era lo que quería. Con ayuda de su padre, Janaína consiguió financiar un curso de marketing y publicidad.

“Solicité una subvención al Fies para continuar la facultad y me titulé en 2015. Dos años después conseguí saldar el préstamo”, cuenta. El principal desafío para acceder a la universidad fue la falta de dinero.

“Nacida y criada en la periferia, mujer y negra, una ya nace con desventajas. Me di cuenta de eso en la facultad, estar allí me hizo ver esa realidad. En mi clase, de 40 alumnos no había ni cinco negros”, recuerda.

El padre de Janaína terminó la secundaria y fue cartero, mientras que la madre estudió hasta tercero de enseñanza básica y trabajaba como empleada del hogar.

Choque con la realidad

Fernando Guilger, 26 años, es biólogo y vive en Grajaú, en São Paulo. Siempre frecuentó la red pública de educación y le gustaba estudiar en casa. Aunque pasó por ocho escuelas, debido a mudanzas entre São Paulo, Recife y Paraná, entró en una universidad pública tras concluir secundaria, por medio del Sisu. Fue un choque con la realidad.

“Pensaba que era un buen alumno pero, en la facultad, tuve muchas dificultades con las matemáticas. Como leía mucho, la parte literaria fue más sencilla, pero no tenía nivel para las matemáticas”. Antes de formarse, cuenta que escuchó que los pobres no podían ir a la facultad porque necesitaban trabajar.

“Sufrí mucho la cuestión de la clase social, conocía a gente que había ido a Disney y a Europa, que tenía portátil y coche. Yo vivía en la casa de un tío, no tenía dinero, hacía autostop e iba a pie varios quilómetros para estudiar”, recuerda. “Pero no desistí y me titulé con el apoyo de mi madre y de mi abuela”.

Denis da Silva, de 29 años, el menor de tres hermanos y de madre soltera, titulado en ciencias contables por la Universidad Presbiteriana Mackenzie, comenzó a trabajar como aprendiz a los 15 años. Se levantaba a la 5:00 para llegar a las 8:00 al trabajo, después salía de la avenida Paulista, en la región central, a las 17:00, y estudiaba por las noches en una escuela pública en el Grajaú.

“Ese contacto con el mundo laboral me ayudó a querer seguir estudiando. No tuve ningún apoyo ni ejemplo en la escuela, pero tenía interés y voluntad”, cuenta el alumno, que ingresó en la universidad después de hacer el Enem y conseguir una beca de estudios completa.

En la universidad, la mayoría de sus colegas tenían coche y no trabajaban. Él estudiaba por la mañana y trabajaba como dependiente por las tardes. “La gente iba al bar a tomar café y yo no tenía dinero. Fue un choque social grande, nunca pasé por ninguna situación racista, pero siempre seré recordado como el único negro que estudiaba por la mañana”, dice.

“Había otras dos personas que podían ser consideradas negras, pero ellas no se veían como tal. Yo escuchaba que era un negro que parecía blanco o que me comportaba como un blanco, pero no lo tomaba como algo peyorativo y lo recibía como un elogio, aunque hoy veo que aquello no era nada bueno”, declara.

Según Denis, haber entrado en una buena universidad fue esencial. “Conseguí unas prácticas fácilmente, pero el principio fue complicado. Mi hermana, que no estaba en la facultad, ganaba más que yo y me decía que debía desistir y buscar algo con lo que ganase más. Aún así continué y tras terminar la facultad conseguí una plaza en una multinacional. La facultad me abrió las puertas”, afirma.

Orgullo para la familia

Edson Paiva, de 28 años, hijo de agricultores, se tituló en Biología en 2010. Nació en Bahía y vive desde hace once años en el barrio Jardim Ângela. Su padre asistía a clases de enseñanza básica para adultos cuando Paiva estudiaba la secundaria. La madre es analfabeta porque su abuelo no permitía que las hijas estudiasen. Ella apenas sabe escribir su nombre y lee pocas palabras.

“Empecé a trabajar pronto en la agricultura. Estudié hasta quinto año en el pueblo en una escuela mixta para todos los ciclos escolares, después fui para una que estaba más lejos, iba en autobús. La secundaria la hice en otra ciudad. En 2006 decidí cambiar de estado en busca de una vida diferente a las de mis padre”, cuenta.

Edson Paiva, a la derecha en la imagen.

 

Llegando a São Paulo, Paiva trabajó como empaquetador, alquiló una casa y luego, rápidamente, fue a buscar a su hermano pequeño, de 17 años, para que viviera con él. Decidió ir a la facultad y, en 2008, fue ascendido a operador de caja. “Con los estudios, pasé a dormir cuatro horas por las noches”.

Para Edson el período fue muy difícil porque tenía poco tiempo para estudiar. “Llegaba siempre tarde a clase. Aunque saliera dos horas y media antes del Jardim Ângela, la mayoría de las veces no me daba tiempo a llegar a las 19:00 a clase. El dinero que tenía no era suficiente y cada fin de semestre tenía que negociar con la facultad”, explica.

“Una vez llegué tarde a un examen, le explique a la profesora que vivía en el Jardim Ângela y que había llegado tarde por la distancia. Ella pensó que la estaba amenazando al hablar de donde venía y no quiso corregir mi examen. Después nunca más habló o se quedó en una sala conmigo sin otra persona cerca. Fue bastante difícil pasar por eso”, lamenta. El Jardim Ângela ya era considerado como uno de los barrios más peligrosos del mundo en la década de 1990.

Sin conocimientos para comprender la importancia de la enseñanza superior, los padres de Edson creían que la graduación era lo mismo que finalizar la secundaria. “Para mi madre yo estaba estudiando para ser profesor. Fue a mi ceremonia de graduación y estaba feliz, pero no tenía noción de cuánto había luchado por aquello. Por eso siempre animé a mi hermano a estudiar. Me alegro de que él esté haciendo arquitetura y le vaya bien”, celebra.


Cíntia Gomes forma parte de la Agência Mural de Jornalismo das Periferias.

Artículo traducido por Susana Pérez Gimeno y Andrea Gago Menor.


 

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