Empresas recuperadas y cooperativas en Argentina. La economía en manos de quienes trabajan

“Aprendimos un montón de tareas y adquirimos muchas habilidades que no hubiésemos desarrollado sólo obedeciendo”, dice Ernesto González, trabajador fundador de la cooperativa gráfica Chilavert. Corría el año 2002. Aún golpeaban en el rostro de las clases medias y bajas de la Argentina las esquirlas del estallido de la Convertibilidad, modelo económico instaurado a comienzos de los noventa bajo la tutela del Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros organismos internacionales de crédito, que estalló el 19 y 20 de diciembre con millones de personas en las calles, 38 personas asesinados por la represión policial, la declaración del Estado de sitio y la huida en helicóptero del presidente Fernando De la Rúa.
Cooperativa Alé Alé.

 

Hacía algunos años que el costo social de la apertura comercial y la financiarización de la economía se venía tornando insostenible. Con ese trasfondo, miles de empresas cerraron y el umbral de la pobreza ascendió hasta cubrir a más de la mitad de la población. Asambleas populares, clubes de trueque y recuperación de espacios culturales y productivos fueron algunos de los emergentes sociales de aquel momento.

Chilavert, como otras 500 empresas recuperadas por sus trabajadores, es un ejemplo de la tenacidad de los colectivos de mujeres y hombres que no se quedaron del lado de afuera de las fábricas cerradas. En efecto, debieron sostener la ocupación por la fuerza, en muchos casos, ante la presencia policial que los intimidaba a desalojar. La consigna del primer movimiento nacional que nucleó a estas experiencias, el MNER, era contundente: “Ocupar, resistir, producir”.

De arriba a abajo: Cooperativa de Trabajo Engraucoop Ltda., Envases Flexiblee y Hotel Bauen.

 

Consolidación y
diversificación

Con el paso de los años, la recuperación de los índices macroeconómicos, la recomposición del mercado interno (con la consecuente baja del desempleo y la pobreza) y ciertas políticas públicas favorables dieron aliento a estas iniciativas. Los vaivenes de la crisis internacional (2008-2009) y el cambio de signo de algunos índices económicos a partir de 2012 también hicieron sucumbir a varias empresas y se recuperaron por vía cooperativa. Entre ese año y 2013 se contabilizaron más de sesenta conversiones de este tipo, de acuerdo con el Programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires.[1] Esto demostró que la autogestión no había sido solamente una elección de momento ante la crisis, sino que era una herramienta aprehendida por la clase trabajadora para salir adelante tras el cierre de las fábricas.

En efecto, en ese informe se subraya la importancia de “cambiar la mirada predominante sobre las empresas recuperadas por sus trabajadores como respuestas desesperadas frente a crisis económicas generalizadas”. Se sugiere, en cambio, “ampliar este enfoque hacia una variedad de circunstancias críticas que no necesariamente deben contextualizarse en situaciones de grandes crisis de carácter estructural ya que, a nivel micro, cada caso es una crisis en un espacio reducido con un enorme impacto en las vidas de los trabajadores implicados y sus familias”.

Esto no ocurre en Argentina solamente, aunque es aquí donde ha tenido mayor fuerza. “Mientras en Brasil, donde existe una asociación de empresas recuperadas desde los primeros años 90, nuestros colegas han detectado a unas 70, y en otros países de la región son un puñado, el proceso de empresas recuperadas argentinas no solo se ha consolidado sino que continúa creciendo.”

Al día de hoy, Facultad Abierta registra 368 empresas autogestionadas por más de 15.323 trabajadores y trabajadoras. La forma jurídica utilizada en la gran mayoría de los casos es la cooperativa de trabajo, pero no es excluyente. Lo fundamental es la forma colectiva de gestión.

La mayoría pertenece a la rama metalúrgica, aunque su importancia relativa en el total viene disminuyendo desde 2010. Si bien la mitad de los establecimientos son de tipo industrial fabril, en los últimos años se han diversificado las ramas de la producción y los servicios.

El hotel Bauen, emblema del movimiento surgido en la crisis de 2001, y el periódico Tiempo Argentino, que cumplió en abril dos años de autogestión[2], demuestran la línea de continuidad y la diversidad de estos procesos. En el medio, varios restoranes clásicos de la Ciudad de Buenos Aires (Alé Alé, Los Chanchitos, La Pascana, Don Battaglia, La Casona, Mangiata y La Soleada) pasaron también a manos de sus trabajadores y trabajadoras, luego del vaciamiento patronal.

Estas empresas de servicios se suman a otras firmas de gran inserción en el mercado de manufacturas, con viejo arraigo en el mercado interno, como la fábrica de cerámicas Zanón, la chocolatera Arrufat y la elaboradora de fiambres Torgelón. Todas enfrentan en estos momentos las circunstancias complejas del segmento pyme, principalmente las altas tarifas de servicios, la baja del consumo y la apertura a las importaciones.

“La industria está en crisis y la rentabilidad es muy baja. Hoy, por cada diario vendido en el kiosco, la mitad del precio de tapa queda en manos del circuito de distribución y, de lo que ingresa a la cooperativa, más del 60 por ciento es utilizado para comprar el papel y la impresión”, señalan los editores de Tiempo Argentino.

Apenas se hicieron cargo del semanario, los cooperativistas reconfiguraron el modelo de negocios, antes dependiente del Estado nacional. Incluyeron a sus lectores como socios, que hoy son más de 2.000. “Vimos que los medios corporativos habían afectado la credibilidad en el oficio y nos propusimos recuperar sus valores como primera medida. Diseñamos, entonces, una organización centrada en el lector y no en el negocio.”

Creando Conciencia.
Cooperativa de Trabajo 7 de Septiembre.

 

La resiliencia
las hace sostenibles

Ahora bien, ¿empezó esta historia en 2001 o hay que buscar, acaso, sus raíces más atrás en el tiempo? “La historia del cooperativismo de trabajo en Argentina comienza en las primeras décadas del siglo XX. Al igual que en todo el mundo, vino siguiendo el camino que inició el movimiento obrero con los sindicatos tiempo atrás”, subraya José Orbaiceta, fundador de una cooperativa gráfica en 1977, en plena dictadura cívico-militar.

Conformada por obreros gráficos y ferroviarios recién desempleados, sortearon la represión y el embate económico-financiero del naciente proyecto neoliberal a través de diversas figuras jurídicas hasta consolidar la empresa cooperativa en 1985, cuando la democracia interna volvió a encontrar su correlato puertas afuera.

Para Orbaiceta, además de aquella relación cronológica entre sindicalismo y cooperativismo, hay una sucesión lógica en términos de la pelea del sujeto trabajador por el control de sus condiciones laborales y, al final, de la propia empresa. Es una escalera que empieza con el delegado, después el cuerpo de delegados, en algunos países el director obrero en la empresa y, el escalón más alto, la posibilidad de que las trabajadoras y trabajadores sean dueños de los medios de producción.

Existen experiencias cincuentenarias, como la textiles Argentina y CITA, la gráfica Cogtal, la metalúrgica IMPA y la de trabajadores agropecuarios Campo de Herrera. Es necesario admitir que muchas de estas gestiones florecen en tiempos de crisis y cambios de paradigma, como ocurrió a mediados de siglo, cuando las grandes plantas fabriles dejaron lugar a talleres más pequeños y las máquinas consolidaron su desplazamiento del hombre y la mujer.

Hoy, la deslocalización industrial, la digitalización de los mecanismos productivos, la big data y otros factores de la economía global conviven con la explotación extrema de mano de obra en países lejanos de aquellos donde las grandes marcas tienen sus vidrieras y, de este modo, vuelve a producirse un gran ejército de personas desocupadas o precarizadas dentro del sistema o, peor aún, totalmente afuera.

En este escenario, el cooperativismo emplea a cerca de 280 millones de personas, casi el diez por ciento de la población ocupada mundial, ya sea como empleados o socios trabajadores o a productores autónomos cuyos ingresos provienen totalmente o en parte sustancial de sus cooperativas.

Según el segundo informe de la Organización Internacional de las Cooperativas en la Industria y los Servicios (Cicopa, por sus siglas en inglés), la última categoría es la más preponderante y se concentra esencialmente en el sector primario, si bien se observa ahora una evolución incipiente de cooperativas de productores autónomos en la industria y en los servicios.

Bruno Roelants, actual director general de la Alianza Cooperativa Internacional y ex director de Cicopa, asegura que “la resiliencia del empleo cooperativo, inclusive en periodos de crisis, ha sido comprobada en estudios de campo realizados en diez regiones en el mundo”. Una de ellas es Euskadi, donde Mondragón ofrece un modelo de desarrollo regional, intersectorial, social, grupal e internacional.

¿Por qué este modelo tiende a producir más igualdad (o menos desigualdad) que la media de la empresa convencional? Para Roelants, “además del componente democrático un socio-un voto, la práctica de la distribución de excedentes o la proporcionalidad más ajustada de las remuneraciones, la mayor longevidad y resiliencia media de las cooperativas tiende naturalmente a producir estrategias a largo plazo, inclusive en el tema del desarrollo de recursos humanos y de la satisfacción de los trabajadores en el puesto de trabajo, que con una visión de largo plazo se convierten en inversiones racionales a futuro”.

Una construcción social
que puede frustrarse

Indudablemente, es necesario interrogarse acerca de cómo se puede desenvolver este sistema en un escenario de fuerte inestabilidad del otro, que aún marca las condiciones del juego y que, como Roelants pone en cuestión, puede dejar de denominarse capitalismo para ser rebautizado como deudismo, considerando el uso creciente de instrumentos de deuda en la toma de control sobre empresas y cadenas globalizadas de producción y distribución.

Mientras tanto, quizás irónicamente, el cooperativismo parece mantener una fuerte tendencia a acumular capital. Eso lo convierte en una alternativa real, “más aún cuando consideramos su potencial extensión a cooperativas-clusters de PyMEs convencionales junto a la capacidad de cooperación con entes de gobierno y con comunidades locales”.

El presidente de la Alianza Cooperativa Internacional, el argentino Ariel Guarco, agregó otro elemento: “En un escenario de creciente penetración de las tecnologías de la información y la comunicación, sepamos usar esas herramientas para democratizar aún más el trabajo, al contrario de otras tendencias que las están implementando para desregular las relaciones laborales y precarizar el empleo”. El problema se plantea respecto de la llamada economía colaborativa y plataformas descentralizadas que responden, no obstante, a la lógica de concentración y centralización del capital, por medio de nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

“Las cooperativas no pueden simplemente minimizar los costos de transacción entre un productor individual y un consumidor individual. Deben garantizar que las condiciones de trabajo de ese productor sean las que él o ella haya decidido de forma participativa con el grupo de miembros de la red y asegurar al consumidor un precio justo por un producto de calidad”, afirmó Guarco.

A la hora de la reconversión, se debe tener en cuenta que los procesos de vaciamiento muchas veces pueden preverse; otras, el cierre fue intempestivo; las menos, negociado entre el dueño del capital y los trabajadores y trabajadoras. Actualmente existen manuales de procedimiento para casos de este último tipo. La Confederación Española de Cooperativas de Trabajo (Coceta) asegura que al menos cien empresas fueron reconvertidas en cooperativas y se propuso extrapolar ese modelo a toda Europa, “donde no es tan frecuente”, a través del proyecto Saving jobs!

En Argentina, al Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (Inaes), organismo que regula y promociona al sector, todas las semanas llegan pedidos de creación de cooperativas por crisis en distintas ramas. Uno de los motivos es la gran mortalidad de empresas, por cambios tecnológicos o problemas en la sucesión (nuevas generaciones que no quieren hacerse cargo o ofrecimiento del propio dueño capitalista a tomar las riendas).

“En el mundo hay una muerte de varias profesiones y un nacimiento de nuevas cosas que es muy vertiginoso. Por eso decimos que antes de recuperar una empresa hay que mirarla. Hay que estudiar la viabilidad de esa empresa porque si lo que hace no da para más, cargás una hipoteca sobre los trabajadores que los termina hundiendo. Si se produce el cierre de una imprenta que tiene máquinas tipográficas, tenés que tratar de vender todo y hacer un plan de negocios actualizado”, explica Orbaiceta.

Para evitar este tipo de situaciones, el dirigente alega que existen modelos en algunos países, como Canadá, donde gobierno, empresariado, sindicatos y cooperativas llevan adelante un registro de mortalidad de empresas capaz de prever la desaparición de los puestos de trabajo con al menos un año de anticipación. Como argumenta Orbaiceta, es importante cómo se configura la relación entre quienes manejan las máquinas, quienes salen a vender y la gerencia, por ejemplo: “Todo esa reorganización es compleja, pueden aparecer liderazgos que intenten reeditar la relación de dependencia, que la mayoría no asuma la empresa como propia, y que se termine frustrando el proceso de la autogestión.”

Se trata, ni más ni menos, que de una construcción social donde se transforma el carácter organizativo de una unidad de producción que no puede, de momento, desengancharse totalmente de la lógica de acumulación dominante, por lo cual necesita agentes de venta que entiendan el mercado, puestos que coordinen las distintas áreas para asegurar la productividad, lobbistas que pugnen por políticas públicas favorables al modelo cooperativo, recursos para invertir en investigación y capacitación, entre otros elementos.

Todo eso proyectado desde una matriz nueva, en la que el capital está subordinado al trabajo y donde se acepta, como principio, que la empresa es de propiedad social. “La empresa somos los seres humanos, no las máquinas, no los números, no los billetes. Y decimos que es una construcción social porque, para que existamos, también tiene que haber una aceptación de la sociedad, que adquiere lo que producimos, como también hay proveedores, hay profesionales que asesoran, hay un marco jurídico, etcétera”, plantea Orbaiceta.

“Salir de debajo de la alfombra”

Si de ofrecer otro paradigma se trata, es insoslayable incorporar el cuidado del medio ambiente a los objetivos de inclusión laboral y desarrollo autónomo de las cooperativas. Con esos lineamientos surgió en 2005 Creando Conciencia, formada hoy por 40 mujeres y hombres dedicados a la recolección de residuos, clasificación, recuperación y confección de mobiliario entre otras tareas.

Si bien no recuperaron una empresa existente, su vida laboral sufrió una transformación de 360 grados. “A los recicladores siempre se los tuvo abajo de la alfombra. Nosotros tratamos de entender la problemática ambiental, logramos profesionalizarnos y cumplir un servicio de calidad a terceros a partir de la recolección, el tratamiento y la gestión de los residuos”, señala Edgardo Jalil, trabajador de la cooperativa cuya presidencia ejerce por decisión de sus compañeros. “Esto es mucho más que procesar el material, es generar nuevos derechos, incluir y generar al mismo tiempo una economía prolija, con capacitaciones permanentes y la utilización de muchas herramientas que habitualmente tienen las empresas capitalistas, que en nuestro caso volcamos a la lógica cooperativa.”

Jalil enumera la capitalización, la adquisición de maquinaria, un espacio propio y la generación de fuentes de trabajo como resultados positivos de diez años de trabajo cooperativo. “Lo más interesante es la perspectiva de largo plazo que nos damos. Siempre estamos tratando de ver cómo crecer en lo individual y como conjunto.” Muchas de las integrantes son mujeres que crían solas a sus hijos, personas que no tienen hogar propio, que vienen de subsistir con la recolección de residuos en la calle, cuyos padres o incluso abuelos nunca trabajaron. Este proyecto les ayuda a ser independientes económicamente y a esforzarse junto a otras personas por un crecimiento personal y colectivo.

“Conseguir esto llevó muchos años. Al principio no queríamos salir demasiado afuera, renegábamos de las capacitaciones, del marketing y otras acciones que hoy usamos para crecer. En lo personal, sirvió muchísimo una diplomatura en economía solidaria que hice durante tres meses en Mondragón. Me abrió los ojos y pude traer muchas ideas acá”, cuenta Jalil. A partir del contacto con otras experiencias similares, impulsaron desde Fecootra la Red Nacional de Cooperativas Recicladoras.

La Provincia de Buenos Aires aceptó Creando Conciencia como emisor de un certificado sustentable por el cual grandes generadores de residuos manifiestan estar haciendo la separación en origen de residuos. “Somos una aspirina para atacar el cáncer, porque el problema de los residuos en el mundo es cada vez mayor, pero al menos estamos preparados para gestionar la problemática.”

Insertas en casi todas las ramas de la economía, las empresas autogestionadas por sus trabajadores y trabajadoras están consolidadas como un tipo de unidad productiva viable, en igual o mayor medida que el resto de las pyme, en un escenario de complejidades crecientes para la clase trabajadora a escala global y en el marco de un movimiento cooperativo que envuelve a mil millones de personas. Difícilmente puedan ser consideradas una mera alternativa a las sucesivas crisis de la economía hegemónica. Tienen problemáticas que le son propias, amenazas endógenas y exógenas. Enfrentan desafíos comunes al resto de la clase trabajadora, por un lado, y deben insertarse en mercados atravesados por circunstancias volátiles que manejan cada vez menos jugadores.

Fortalecidos como sujeto económico- social, su apuesta es seguir aprendiendo, incluyendo, generando valor para distribuirlo democráticamente. Demostrar que la economía puede estar en manos de quienes la trabajan, algo que no se realiza solo obedeciendo.


Patricio Suárez Area es periodista y sociólogo. Actualmente es responsable de Comunicación en la Confederación Cooperativa de la República Argentina (Cooperar).

Las fotografías de este artículo han sido cedidas por la Federación de Cooperativas de Trabajo de la República Argentina (Fecootra).

Artículo publicado en el nº77 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo cuatrimestre de 2018.


NOTAS:

  1. Programa Facultad Abierta (2017): Informe de situación de las empresas recuperadas por los trabajadores a fines de 2017, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ver en: www.recuperadasdoc. com.ar.
  2. Artículo “Una apuesta colectiva por el periodismo”, publicado el 14 de abril de 2018 en www.tiempoar.com.ar.  

 

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