¿Tiene futuro el metabolismo industrial?

¿Cuáles son las materias primas de la economía industrial? Desde el punto de vista energético, los combustibles fósiles, y, desde el material, una pléyade de elementos que abarcan casi toda la tabla periódica. Sin embargo, la disponibilidad a corto plazo va a ser decreciente y, en el caso de la energía, cada vez habrá que invertir más para conseguir cantidades menguantes. Se impone, por tanto, alcanzar una economía circular, que utilice pocos recursos, genere residuos que se integren en el medio y funcione de manera lenta, adaptándose a los ritmos ecosistémicos.

El inicio del final de los combustibles fósiles

En una explotación minera, la primera fase tiene forma de curva ascendente. Es una etapa en la que cada vez se puede obtener más cantidad de materia prima: se encuentran los yacimientos más accesibles y grandes y, con la experiencia acumulada, se explotan otros. Pero, inevitablemente, llega un momento en el que la capacidad de extracción empieza a declinar. A partir de este punto de inflexión, denominado cénit, la materia prima se consigue en cantidades decrecientes, es de peor calidad y más difícil técnica, financiera y energéticamente de conseguir. Estas dificultades obligan a utilizar métodos más contaminantes, por lo que se necesitan más medidas paliativas.

El cénit del petróleo convencional, por ejemplo, se alcanzó en 2005, mientras que el de todos los líquidos combustibles podría rondar entre 2015 y 2024. El de los gases combustibles se alcanzará entre 2020 y 2039, y el del carbón poco después: entre 2025 y 2040.

Además del cénit, hay que tener en cuenta la tasa de retorno energético (TRE), que es el cociente entre la energía obtenida y la invertida para ello. La energía bruta no marca cuánta energía le queda disponible a la sociedad, pues hay que descontar la energía requerida para obtenerla. Los tres combustibles fósiles están disminuyendo su TRE conforme se agotan los mejores yacimiento y de más fácil acceso.

Límites de las renovables

Por un lado, las energías renovables (incluyendo la biomasa) no son suficientes para mantener los niveles de consumo actuales y, con las tecnologías disponibles, apenas llegaríamos a alcanzar la mitad.

Aunque no exista fecha de cénit para las energías renovables, hay sectores que las renovables no pueden impulsar. Uno es el del transporte pesado, fundamental en el sector industrial, debido a las limitaciones de las baterías (permiten llevar poca carga y tienen poca autonomía).

Otro es el de la industria petroquímica, por varios motivos. En primer lugar, sería necesario realizar enormes consumos de biomasa para cambiar las materias primas fósiles por vegetales, algo que no es posible. Por ejemplo, abastecer con biomasa todos los requerimientos de la industria química alemana exigiría la mitad de toda la tierra cultivable del país.[1]

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que algunos procesos industriales se pueden electrificar, pero otros no, como la reducción química de los minerales. Para esto haría falta más carbón vegetal.

Por último, y aunque es posible construir hornos con la suficiente potencia alimentados por renovables, por ejemplo para producir acero, no existen en formato comercial, pues no son competitivos. O, dicho de otra forma, requieren fuertes inversiones para peores prestaciones.

En un escenario de máximos (fuera de las posibilidades realistas), el sector petroquímico se reducirá al 45-49 por ciento del tamaño que tenía en 2005[2].

Flujos materiales de la economía global en Gt/año. Gráfica de Luis González Reyes.

 

Límites del reciclaje

Una segunda alternativa que se propone desde organismos como la UE es el reciclaje de los materiales. Un primer problema de la propuesta es que casi no se está llevando a cabo. Para considerar el reciclaje como una verdadera alternativa para sostener el modelo actual, habría que alcanzar grados de reciclaje superiores al 90 por ciento.[3] Pero solo se recicla más de la mitad del neodimio (clave en los molinos eólicos de alta potencia), del plomo (recubrimiento de cableado, aditivos de plásticos, insecticidas, esmaltes, imanes) y del rutenio (aleaciones, anticorrosivo). En muchos compuestos, la tasa está por debajo del 25 por ciento. El litio, empleado para baterías y también en el ámbito médico, se encuentra entre los elementos de los que se recicla menos del uno por ciento.[4]

Estas bajas tasas se deben a cuatro razones. Primero, no existe una política pública apropiada. Los aparatos no están diseñados para la recuperación de sus componentes. En tercer lugar y de manera más estructural, el sistema necesita acumular materiales de forma constante. Si analizamos los flujos materiales de la economía mundial aparecen dos usos fundamentales: el energético y el de construcción (ver figura 1, existencias). El primero se basa en combustibles fósiles que, una vez quemados, se convierten en CO2 principalmente, y cuya conversión de nuevo en recursos energéticos como los de partida (petróleo, carbón, gas) requeriría millones de años, algo imposible para el turbo-capitalismo. En cuanto al segundo uso, hay que destacar que la edificación de viviendas y todo tipo de infraestructuras es uno de los principales nichos de reproducción del capital. Ambos usos, el energético y el de construcción, hacen que la economía sea lineal y son insoslayables para el capitalismo industrial. En cuarto y último lugar, reciclar los aditivos que se añaden a distintos compuestos (como pinturas o plásticos) es termodinámicamente imposible. Por poner dos ejemplos: no se puede recuperar el pigmento añadido a una pintura, ni el fósforo diseminado en un campo.

Límites
de la sustitución de elementos

La última salida que proponen quienes defienden la sostenibilidad del modelo actual es la sustitución de los elementos más escasos por otros más abundantes. Pero esto implica la reducción en las prestaciones, la menor disponibilidad (cuando hay sustitutos son en general en menores cantidades y de más difícil acceso) y, en muchos casos, la imposibilidad de mantener la tecnología actual.

Esto último resulta evidente si tenemos en cuenta que un ordenador usa 64 elementos químicos distintos, dejando solo 29 de la tabla periódica sin utilizar. En cuanto a la reducción en las prestaciones, no existe sustituto óptimo de ninguno de los 62 metales o metaloides más usados en los aparatos de alta tecnología. Además, para 12 de ellos no hay sustituto adecuado.[5]

Metabolismo
agrícola circular

En conclusión, es más que probable que el futuro cercano sea el de una fuerte desindustrialización forzada por los límites ambientales y una evolución desde un metabolismo industrial a otro agrícola. Esto no implica que no vaya a existir nada de industria, sino que su peso será mucho menor.

El paradigma del metabolismo industrial es la línea, el del agrícola es el círculo. ¿Qué implica realmente una economía agrícola circular? En primer lugar, las sociedades huma nas son incapaces de cerrar los ciclos en solitario. Requieren trabajar en interrelación con el resto de los ecosistemas. Al igual que la economía humana necesita tomar recursos de los biomas, también necesita verter a ellos residuos para su reciclaje. Esto supone que el paradigma de la economía circular no es un parque industrial cerrado sobre sí mismo en el que los residuos de unas plantas se usan como fuentes de otras, lo que indudablemente es un avance, sino un espacio de producción abierto e integrado en su ecosistema.

Para que sea posible que los ecosistemas cierren los ciclos hace falta que los residuos cumplan dos características. Una de ellas es que deben ser totalmente biodegradables, lo que implica que la economía debe dejar de fabricar cientos de miles de productos tóxicos y/o no biodegradables en plazos ecosistémicos razonables.

La otra es que su ritmo de producción debe ser lento, acoplado con las capacidades de reciclar de los ecosistemas. Por ejemplo, aunque una granja industrial de cerdos produce residuos biodegradables, lo hace a tal velocidad que genera un desequilibrio en los ecosistemas impidiendo el cierre de ciclos.

Es decir, que se produzcan residuos a velocidades ecosistémicas implica necesariamente que se consuman recursos a esas mismas velocidades. Dicho de otra forma, una economía circular es necesariamente una economía que utiliza pocos recursos, genera residuos que se integran en el medio y hace todo esto de forma lenta, acoplándose a los ritmos circadianos, estacionales, vitales y geológicos.

La segunda clave para el cierre de ciclos es que esto solo es posible con un aporte externo de energía continuado. En nuestro planeta este aporte proviene del Sol. Los combustibles fósiles no solo no se están usando para cerrar los ciclos, sino que están desestabilizando uno básico para la vida, el del carbono.

En la medida en que las energías solares permiten transportar un volumen pequeño de mercancías a largas distancias (esta ha sido la norma hasta la Revolución Industrial y no hay avances tecnológicos no dependientes de los combustibles fósiles que puedan evitarlo en el futuro), una economía que cierre los ciclos tiene que estructurarse alrededor de circuitos cortos.

En realidad, este es un imperativo que bebe de las necesidades de una economía circular. Los ecosistemas han desarrollado una inmensa diversidad para adaptarse al máximo a distintas condiciones, lo que les ha permitido cerrar los ciclos. Esta diversidad se puede ver desestabilizada con la introducción de especies lejanas (como es el caso de las invasoras) y de materiales extraños (como altas concentraciones de metales pesados).

Si la economía tiene que ser local, también tendrá que ser diversa. Solo así podrá satisfacer las necesidades de las personas. El éxito de dichas economías estará en que sus integrantes no estén hiperespecializados y en una fuerte cooperación de las distintas unidades productivas. El capitalismo ha demostrado que una sociedad de mercado no es una forma adecuada de organizar esta cooperación en pro de la autosuficiencia con criterios de justicia social. Las economías solidarias, feministas y ecológicas tienen propuestas y prácticas más interesantes.

Estos no son cambios menores, sino que implican la necesidad de organizar el conjunto de la economía no hacia el crecimiento sino hacia el cierre de ciclos, para poder así perdurar y satisfacer las necesidades de todos sus integrantes. Es decir, que el grueso de su actividad y energía se centre en esa actividad.

Medidas como el “puerta a puerta”, el “sistema de depósito, devolución y retorno” o la primacía de derechos de uso sobre las propiedades privadas son solo una muestra menor de todos los cambios que implica una economía diseñada para reciclar.

El modelo industrial (técnico) posible

Progresivamente, se irán abriendo hueco tecnologías de desarrollo más local, independientes, sencillas (fáciles de manejar y de entender), duraderas, reparables (fin de la obsolescencia programada), reproducibles y más respetuosas con el entorno, aunque sea solo por los materiales que ine vitablemente van a usar, las energías que las van a impulsar y su búsqueda de la eficiencia. Probablemente, se pase de autómatas a máquinas y después a herramientas, pero la tecnología que surja en el futuro no será la del pasado, sino que recogerá parte de los desarrollos realizados hasta ahora.

Como hemos visto, una parte importante de la tecnología actual no se podrá conservar, independientemente de las medidas que se pongan en marcha, pues depende de la disponibilidad energética y material (fisión nuclear, superconductores). Se salvarán las tecnologías necesarias y posibles en las nuevas organizaciones sociales (agricultura ecológica, imprenta). Otras se podrán mantener si hay un esfuerzo por hacerlo y porque tengan sentido social (solar térmica, radio). La recuperación de algunas tecnologías desaparecidas será posible y pertinente, aunque no siempre fácil (motores hidráulicos). Finalmente, otras tecnologías intensivas en energía se abandonarán porque, aunque se puedan sostener, tendrá más sentido que realicen esos trabajos las personas (electrodomésticos).

Tecnologías más sencillas, fabricables y apropiables por cualquier persona facilitarán un mundo más igualitario y democrático. Sin embargo, esta potencialidad no se expresará si no hay una fuerza social que empuje en ese sentido.

Una reconversión de tal calibre no requiere reinventar la rueda, sino redescubrirla y mejorarla, al menos con un enfoque de clase y de género, pues la economía circular es la norma de la mayoría de las sociedades agrarias presentes y, sobre todo, lo fue de las pasadas.


Luis González Reyes forma parte de Ecologistas en Acción. Con Ramón Fernández Durán, es autor de En la espiral de la energía, obra de la que Libros en Acción y Baladre acaban de publicar la segunda edición.

Artículo publicado en el nº77 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo cuatrimestre de 2018.


NOTAS:

  1. Bringezu, S.; Ramesohl, S.; Arnold, K.; Fischedick, M.; von Geibler, J.; Liedtke, C.; Schütz, H. (2007): “What we know and what we should know. Towards a sustainable biomass strategy”. Wuppertal Papers, nº 163.
  2. García-Olivares, A. (2015): “Sustituibilidad de los combustibles fósils”. Ver en: crashoil.blogspot.com.es.
  3. Bardi, U. (2017): The Seneca Effect. Why Growth is Slow but Collapse is Rapid. Springer. Cham (Suiza).
  4. Graedel, T. E.; Allwood, J.; Birat, J.; Reck, B. K.; Sibley, S. F.; Sonnemann, G.; Buchert, M.; Hagelüken, C. (2011): Recycling Rates of Metals. A Status Report. United Nations Environment Programme.
  5. Dennehy, K. (2013): “For metals of the smartphone age, no Plan B”. Ver en: news.yale.edu.   

 

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