Cuando la industria “se va”

Se bautizó “Reconversión”, pero lo cierto es que el cierre continuado de industrias desde 1980 en el Estado español, el abandono de naves y la creación de polígonos fantasmales, la deslocalización todavía creciente o la turistificación exagerada de algunas zonas no coincide con la definición propuesta por RAE: “Proceso técnico de modernización de industrias”.

Los impactos de esta “reconversión” tampoco han sido beneficiosos para la clase trabajadora, empobrecida, ni han contribuido a generar menores impactos ambientales a nivel global. La “reconversión” de estas décadas no ha sido justa ni social ni ambientalmente, pero algunos de los pasos que se están dando hacia la transformación de los espacios abandonados o la reindustrialización, vía fabricación de armas, por ejemplo, tampoco lo son, por lo que urge abordar estas cuestiones desde una mirada global para trabajar por el modelo económico y social que queremos.

Algo más de un tercio del suelo industrial de Vitoria-Gasteiz se encuentra hoy abandonado o sin uso[1], plagado de naves vacías de empleo pero que acumulan oscuridad, basura y escombros. El porcentaje de entre el 30 y el 40 por ciento de áreas industriales convertidas o convirtiéndose en ruinas se repite a lo largo de nuestra geografía, algo que podemos comprobar fácilmente si vivimos en municipios que en las últimas décadas hayan sufrido procesos de desindustrialización o si simplemente viajamos con los ojos abiertos entre ciudad y ciudad. Abundan los titulares que hablan de abandono, problemas de mantenimiento, ruinas, paisajes desoladores, declive total o zonas “sin futuro”.

Frente a esto, como un ejemplo más del extraño momento que vivimos, saltando continuamente de la desesperanza a la euforia y viceversa, encontramos encendidos discursos políticos a favor de la Industria 4.0 (suenan voces incluso que ya mencionan la 5.0), de la ciberindustria del futuro o “industria inteligente”, y titulares como el siguiente: de El Confidencial “España está al límite de su capacidad industrial: tiene el 80 por ciento en funcionamiento. Buenas noticias para la economía española”.

Como explica Henri Houben en “Contra la desindustrialización, cambiemos de lógica”[2], sectores enteros han desaparecido en Gran Bretaña, la primera zona del mundo en industrializarse, así como en Bélgica y el norte de Francia. Ante esto, algunas personas hablan de un “cambio de sociedad” hacia “el predominio absoluto de los servicios y la era de la información y la comunicación”. Este cambio no debe perder de vista una realidad acuciante a la que apunta en las páginas de este número de Pueblos Luis González Reyes: la decreciente disponibilidad de materias primas y el giro necesario hacia una “economía circular que utilice pocos recursos, genere residuos que se integren en el medio y funcione de manera lenta, adaptándose a los ritmos ecosistémicos”.

Sin llegar a los extremos de las famosas “ciudades fantasma” de Estados Unidos, con el caso de Detroit como bandera, el impacto de la desindustrialización ha sido grave en las últimas décadas en los países de la Unión Europea. Durante las décadas de los sesenta y setenta, Euskadi y Catalunya se convirtieron en una suerte de “tierra prometida” para numerosas familias andaluzas, gallegas, castellanas y extremeñas, que encontraban en estos lugares empleo y posibilidades de futuro. Pero llegó la reconversión y, con ella, el paro, el aumento de la pobreza y la falta de expectativas. La desindustrialización (al igual que la última crisis económica) dejó a muchos trabajadores de mediana edad en cierta medida desubicados, con menos recursos y poca posibilidad de formarse, un caldo de cultivo perfecto para la desesperanza, la depresión y el incremento del consumo de alcohol y otras sustancias.

¿Y las mujeres? A sus empleos directos les afectó sobre todo el cierre de conserveras (Massó, en Bueu y Cangas, 1994, por ejemplo) y el textil, pero, al faltar el que solía ser el salario principal de la familia, se vieron abocadas no solo a aceptar trabajos más precarios, sin declarar ni cotizar en infinidad de casos, sino también a continuar asumiendo las tareas de cuidados, que a ojos de la mayor parte de varones desempleados siguieron siendo prácticamente invisibles.

Como ocurre casi siempre al echar mano de hemeroteca, leer artículos de opinión de los años de la “reconversión” deja un regusto extraño. En abril de 1984, Armando Caraben[3] aseguraba que el plan de reconversión textil no solo era inevitable, por causa de la adaptación a las nuevas tecnologías y a la nueva división internacional del trabajo, sino que era un éxito y un “sacrificio rentable”. El textil fue, en su opinión, el primer sector industrial con predominio de la empresa privada que “más pronta y decididamente se dispuso a acogerse a las medidas de saneamiento industrial y financiero”. ¿Es posible que este “primer puesto” tenga algo que ver con el porcentaje de trabajadoras del sector?

Casi no se tranformó: se trasladó

El artículo citado en el párrafo anterior apuntaba a uno de los motivos de la desindustrialización en Europa. La deslocalización, vestida de “nueva división internacional del trabajo”, se debe a la progresiva eliminación de barreras al capital y a los avances técnicos en comunicaciones y transporte. Beneficia a las empresas multinacionales, sin duda, pero no al medio ambiente ni a los trabajadores y trabajadoras: a las personas de las zonas desindustrializadas las deja sin empleo y, en muchas ocasiones, sin alternativas dignas; a las de zonas que han acogido industrias como el textil o la fabricación de móviles las fuerzan a condiciones de esclavitud o semiesclavitud, destrozando las economías locales.

En cuanto al medio ambiente, resultaría hasta cándido, si no fuese grave, creer a estas alturas que los impactos producidos por la industria en lugares con legislaciones más permisivas no afectan al conjunto del planeta. A la vez, el transporte de mercancías por tierra, mar y aire, a una escala y velocidades nunca antes vistas, supone unas emisiones altísimas de contaminantes atmosféricos y el agotamiento de los combustibles fósiles.

Por último, una división internacional de la producción como la que parece seguimos empeñados como especie en construir genera unas grandes dependencias y un tablero perfecto para las guerras comerciales… y más que comerciales[4].

Opciones que no son alternativas

La industria militar es, precisamente, una de las que en los últimos tiempos parecen estar resurgiendo en Europa. Las cifras del gasto militar no dejan de crecer, tanto en el Estado español como a nivel mundial. El SIPRI (Instituto Internacional de Investigación sobre la Paz de Estocolmo) sitúa en 1,74 billones de dólares el gasto militar mundial. En el caso español, el Centre Delàs d’Estudis per la Pau se hace eco de un aumento del 6,8 por ciento en el gasto militar en el año 2018 con respecto al año anterior, alcanzando una cifra superior a los 20.000 millones de euros.

El sector naval de Cádiz, provincia con 30,01 por ciento de paro, el porcentaje más alto del Estado según los datos de la Encuesta de Población Activa de enero de 2018, firmó la construcción de barcos de guerra para Arabia Saudí, lo que generó una polémica muy mediática: el alcalde de la capital gaditana, José María González Santos, “Kichi”, de Podemos, apoyó una moción en su consistorio a favor de un contrato de este tipo al tiempo que ponía encima de la mesa un debate sin resolver: ¿cómo combinar la defensa de los derechos humanos y la carga de trabajo en los astilleros?[5]

Si la situación económica de Cádiz es la que justifica que hasta a la izquierda antimilitarista se le remuevan las tripas, ¿qué justifica los negocios de la industria militar vasca, comunidad con un menos de un once por ciento de paro, con Arabia Saudí e Israel? Nos remitimos al libro del Colectivo Gasteizkoak Estas guerras son muy nuestras[6], que documenta en profundidad las empresas que fabrican armamento y las distintas colaboraciones y complicidades de la industria con instituciones, partidos políticos, bancos o universidades, pero que también es crítico con las diferentes formas en que la propia sociedad, consciente o inconscientemente, colabora.

El impacto sobre el suelo
y sus usos

Uno de los rastros más visibles de los procesos de desindustrialización son los efectos que esta provoca sobre el espacio público. Solares desiertos, naves abandonadas, degradación de los entornos limítrofes a lo que antaño fueron polígonos industriales, situaciones de infravivienda en antiguos complejos fabriles, rotura de la continuidad urbana, etc., son algunos de los efectos de la desaparición de las fábricas. Todo ello sin olvidar la pérdida o deterioro de un patrimonio industrial difícilmente recuperable, cuyo valor histórico y paisajístico es destacable, así como el cambio en las relaciones sociales y comunitarias que implica una transformación de esta índole.

Esta transformación va más allá de la propia estética urbana. Colectivos sociales de diferentes ciudades afectadas por la reconversión o el cierre de industrias han denunciado de manera reiterada los procesos especulativos que, a menudo, aparecen ligados a los nuevos usos del suelo ocupado por las fábricas. “El cambio de uso del suelo, de industrial a residencial, genera grandísimas expectativas. Especialmente cuando se trata de un suelo que con el tiempo ha quedado situado en pleno centro urbano y se presta a golosas maniobras lucrativas. La revalorización y los grandes beneficios que de su explotación se derivan hacen que la mayor parte de las veces prime más una planificación condicionada por el factor rendimiento económico que la realizada por planes inteligentes y pensados con vistas a la futura población”, denuncia Enrique Fidel[7] en “Desindustrialización y transformación urbana en Madrid”.

A la sombra de la especulación se une también el temor a los efectos colaterales que esta pueda traer consigo en los barrios aledaños, especialmente en forma de gentrificación o de debilitamiento de su tejido comercial y comunitario. Centros comerciales u hoteles que sustituyen antiguas industrias, lujosos complejos de oficinas de multinacionales o de viviendas de alquileres imposibles en donde antaño había un tejido productivo local que ocupaba y favorecía el entorno más próximo, o edificios de firma de dudosa funcionalidad, son una constante en las ciudades que se han visto afectadas por procesos de desindustrialización.

Las alternativas,
en tres apuntes

Anteriormente ya apuntábamos la imperiosa necesidad de que cualquier alternativa industrial pase por tener bien presente la sostenibilidad, el respeto al medio ambiente y a los ritmos ecosistémicos. La denominada economía circular ya no es una opción sino una obligación para aquellas ciudades que quieran recuperar tejido industrial, pues así lo determina el carácter finito de las materias primas, la excesiva dependencia de la energía proveniente de combustibles fósiles o los efectos que la industria capitalista provoca sobre el medio ambiente.

Estas alternativas deberán dibujar también un nuevo paradigma de las relaciones laborales frente al auge de lo que Guy Standing denomina “precariado”, una clase social cada vez mayor conformada por personas con una calificación medio-alta, con empleos inestables y que padecen una constante merma de derechos sociales y laborales asociados al empleo. Joan Benach[8] señala que son necesarios cambios profundos para revertir esta situación: “reorientar el modelo productivo y de consumo, reducir las desigualdades salariales, aumentar la protección social y democratizar las relaciones laborales.

Por último, es necesario el desarrollo de una industria asentada en los valores y los principios de la economía social y solidaria, respetuosa con el patrimonio existente, que sea capaz de ponerlo en valor[9]. Este modelo, que garantiza los dos aspectos apuntados anteriormente, permite reforzar la intercooperación y la generación de redes entre propuestas industriales al tiempo que articula un modelo económico centrado en las personas. Es la reindustrialización posible y necesaria para garantizar su sostenibilidad y la del entorno en la que se ubica.


Suso López (@Susolopez) forma parte del consejo de redacción de Pueblos, es comunicador audiovisual y especialista en gestión de la comunicación. Andrea Gago Menor coordina Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº77 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo cuatrimestre de 2018.


NOTAS:

  1. Ver datos en www.gasteizhoy.com, 29 de junio de 2017.
  2. Cita tomada de la traducción de la Asociación Cultural Jaime Lago del texto publicado por Estudios Marxistas en julio de 2013 (www.marx.be.fr).
  3. Caraben, Armando (12/04/1984): “El plan de reconversión textil, sacrificio rentable”, El País, www.elpais.com.
  4. Como argumentan Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, “capitalismo, industrialización y militarismo fueron de la mano desde el principio”. En la espiral de la energía. Historia de la humanidad desde el papel de la energía (pero no solo), Libros en Acción, Baladre, 2014. 2ª edición, 2018.
  5. En un artículo publicado al respecto, González Santos habla de “la historia del penúltimo contra el último” y asume que “fabricar barcos militares y estar en contra de la guerra es una contradicción. (…) Una contradicción impuesta por un sistema injusto”. González Santos, José María (26/02/2017): “Rehenes del paro contra víctimas de la guerra”, El País, www.elpais.com.
  6. Txalaparta, 2016.
  7. Ver en: urbancidades.wordpress.com, post de 21 de abril de 2008.
  8. Benach, Joan (23/01/2017): “Precariedad laboral: esa tóxica, oculta realidad”, blog Contrapoder, www.eldiario.es.
  9. Martí Comas, Júlia (30/05/2018): “Democratizar la economía desde los municipios”, www.eldiario.es.

 

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