Una apuesta por los derechos humanos y el cambio social desde la comunicación transformadora

Ser, hoy en día, personas rebeldes, inconformistas, críticas y apostar por procesos de transformación y de emancipación social ha de ser un objetivo compartido entre la ciudadanía, incluido el sector periodístico y el de las ONGD. El panorama global al que nos enfrentamos nos exige trabajar en esa dirección desde distintos ámbitos. Una herramienta fundamental es la comunicación, concebida como aquella que, de manera transversal, pretende dar protagonismo a voces silenciadas, dar cabida a temas considerados tabú durante mucho tiempo y a historias ocultas y que, sobre todo, favorece un enfoque crítico de la realidad con el objetivo de enfrentarse a un modelo como el actual: capitalista-depredador y heteropatriarcal.

En distintos puntos del Estado español, también desde Extremadura, están surgiendo iniciativas que abogan por una forma de hacer comunicación distinta, participada, que habla de realidades diversas, con una mirada a la vez local y global, y que conlleva procesos formativos capaces de empoderar a colectivos y personas desde sus vivencias y experiencias, sus reflexiones, sus opiniones y sus visiones globales y de su mundo más cercano.

A nadie se le escapa que vivimos tiempos inciertos, de grandes desafíos y cuestiones que merecen una toma en consideración por parte de la ciudadanía, ante los que no podemos quedar impasibles. Lo fácil sería no moverse ni movilizarse, verlo todo desde nuestra torre de marfil. El novelista francés Gustave Flaubert escribió, en 1872, en una carta al también escritor Iván Turguéniev: “Siempre he procurado vivir en mi torre de marfil, pero una marea de mierda bate sus muros hasta el punto de derrumbarla. No se trata de política, sino del estado mental de Francia”.

Salvando las distancias existentes (Flaubert hacía referencia a un cierto desdén hacia la cultura y las humanidades en general en los programas de instrucción pública), se nos alude a la necesidad de implicarnos en la transformación social y, para ello, la educación es primordial. Una enseñanza como espacio de los porqués y de los cuestionamientos, que no se reduzca solo a la educación formal ni a una etapa vital concreta, y que seduzca, que nos haga vivir ese aprendizaje continuo como una experiencia única, de descubrimiento, de sorpresa y de emoción. Y que, al mismo tiempo, nos proteja de la rutina y nos sitúe en la lógica del asombro.

La caída del Muro de Berlín, en 1989, y el triunfo del neoliberalismo se vivieron como el inicio de una “feliz globalización” y el reconocimiento de un supuesto “final de la historia”, expuesto por Francis Fukuyama[1]. Sin embargo, esa pantalla de felicidad, de victoria del planeta, de la democracia y de la economía de libre mercado no se tradujo en la primacía del bienestar de todas las personas sino, sobre todo, en el supremo valor de lo monetario y en la salvaje expoliación de materias primas por los países enriquecidos. Solo primaba el crecimiento económico de algunos, y fueron depreciándose principios como la defensa de una democracia real, la justicia social o los derechos humanos hasta el punto de que quienes eran pobres eran tratados como culpables de su miseria. Del mismo modo, las y los inmigrantes empezaron a ser estigmatizados como peligrosos o delincuentes, un discurso que, por desgracia, nos resulta actual.

Respecto a los procesos migratorios ha primado, especialmente desde las narrativas hegemónicas de ciertos medios de comunicación, un discurso sin muchos cuestionamientos, dirigista, de la clase político-económica, según el cual se ve a las personas refugiadas y migrantes en general como una amenaza a la seguridad. Eso conlleva la apuesta de países europeos y de Estados Unidos, principalmente, por securitizar las políticas migratorias de asilo y una mayor militarización y rearme, así como un discurso legitimador de redadas y de, en el caso de España, los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) para personas refugiadas. Personas que, poniendo constantemente sus vidas en riesgo, intentan llegar a Europa, huyendo de la guerra, de la violencia y la represión, de persecuciones por motivos dispares, de la desigualdad y la falta de oportunidades… Detrás de ese rechazo a las personas migrantes se esconde claramente el odio hacia quien es diferente, que es visto como alguien peligroso, salvaje, inferior e incluso carente de derechos[2].

Un periodismo en entredicho

Resulta más que conocida la importancia que los medios de comunicación conservan en la actualidad, dada su misión de suministradores de información periodística a la ciudadanía; no obstante, no podemos eludir su capacidad para generar modas, tendencias, opiniones… En los Estados democráticos los medios de comunicación, supuestamente, poseen libertad para publicar o emitir libremente sus contenidos. Sin embargo, cada vez más, este derecho universal se ve cercenado por los intereses existentes detrás de cada grupo empresarial de comunicación, del que dependen muchos de los medios en un país como el nuestro.

La globalización también afecta a la comunicación y, así, nos encontramos con un sistema global de producción, distribución y consumo de información por el cual, por ejemplo, el flujo de noticias está copado por un pequeño número de agencias (Reuters, Associated Press…), proveedoras de información a medios de todo el mundo. Las industrias de la comunicación, por lo general, están dominadas por megacompañías que monopolizan todo el proceso de la comunicación, desde la producción hasta la distribución, imponiendo sus puntos de vista.

Quienes ejercemos/ejercen el periodismo debemos apostar más por la desobediencia. Recordando un ensayo de un maestro de periodistas, Los cínicos no sirven para este oficio de Ryszard Kapuscinski[3], verbalizamos cómo en el periodismo han dominado preceptos propios del cinismo, que han amputado la esencia de un oficio fundamental para el avance y las conquistas sociales.

A la crisis ya casi perpetua en la profesión se han sumado la crisis económica y financiera a partir de 2008 y la encrucijada tecnológica (con nuevos soportes y canales), pero también la falta de oportunidades en este sector, tan vapuleado, al menos en España, por presiones de índole económica y política, largas jornadas de trabajo, precariedad y desempleo, entre otros problemas.

Ese cierto desencanto, pérdida de autoestima del trabajo periodístico e incluso crisis existencial (llega a estar en entredicho desde algunos ámbitos) no se ha combatido con los desafíos que suponen la aparición de nuevos instrumentos generados por los avances tecnológicos (ordenadores, teléfonos inteligentes, tabletas…), así como de redes sociales de contenidos (YouTube, Instagram…), de relación (Facebook, Twitter…) o temáticos (como los blogs), y que permiten una mayor colaboración e interrelación.

Entre tanta superposición del mundo digital y virtual, sobreinformación, proliferación de noticias falsas (o fake news) y otros desmanes, es necesaria una vuelta a los orígenes del periodismo, al contraste de fuentes, a la ética y la honestidad, al instinto de disidencia, a los temas e historias propias, genuinas, y también a la escucha. El escuchar a la gente ha de ser un ejercicio constante (especialmente a quienes no han tenido altavoces), como lo es también el no depender tanto de los gabinetes del poder.

El medio de comunicación tiene que recuperar su esencia de generador constante de preguntas, cuestiones que hilan causalidades y huyen de la uniformidad y de la indiferencia. La indiferencia, como decía el filósofo y político italiano Antonio Gramsci en su obra Odio a los indiferentes (1917), “es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia”.

Ante esta visión tan poco halagüeña del modelo comunicacional imperante, afortunadamente, y cada vez más, nacen alternativas y opciones por un periodismo crítico y unos medios que hablan de realidades diversas, que rompen con la agenda setting[4] del sistema partidista, heteropatriarcal y capitalista y que se convierten en espacios para voces no habituales en los mass media.

La comunicación transformadora

La generación de una conciencia crítica entre la población supone una aspiración irremplazable para los movimientos sociales. En esa labor, la función realizada por los agentes sociales y educativos ha de ser primordial, en tanto en cuanto son actores y actrices para el conocimiento, la defensa y la lucha por la justicia social y los derechos humanos.

Una de las herramientas más eficaces para el desempeño de proyectos de educación para el desarrollo y la ciudadanía global es la comunicación, entendida esta con una vocación transformadora y encaminada a promover procesos para el cambio social.

Desde comienzos del siglo XXI están surgiendo debates, a nivel internacional, en torno a la revisión del concepto de “comunicación para el desarrollo”. Han aparecido otras alternativas, en cuanto a terminologías y planteamientos, tanto en el terreno práctico como en el académico. Son, por ejemplo, las siguientes: “comunicación para el cambio social o la transformación social (o transformadora)” o “comunicación para el empoderamiento ciudadano y ecosocial”[5].

En los tres conceptos anteriores existe un campo común, relacionado con el papel de la comunicación en los esfuerzos estratégicos para superar los problemas sociales colectivos. Es un denominador común, si bien la comunicación para el cambio social o transformadora ofrece más posibilidades y estrategias para (re)pensar sociopolíticamente la comunicación que otros enfoques más particulares como el marketing social, la publicidad social (más centrados sólo en técnicas, herramientas…).

Todo esto se puede traducir en que los problemas planteados por un enfoque de desarrollo economicista y técnico de la comunicación (algo más propio de la “comunicación para el desarrollo”) son aclarados ahora desde nuevos marcos interpretativos y de acción, basados en escenarios de comunicación crítica y empoderadora. Se han encontrado aquí, además, muchos puntos en común con las nuevas tendencias de educación crítica y empoderadora, que emanan de las teorías del pedagogo brasileño Paulo Freire, en obras suyas como Pedagogía del oprimido.

Este enfoque de la comunicación social (y de la “educomunicación”, “comunicación alternativa”…), hoy evolucionado hacia esa “comunicación transformadora”, ha tenido históricamente un lugar marginal en facultades de Ciencias de la Comunicación, al menos en España, en sus planes de estudio y de investigación. También en organizaciones del ámbito de la cooperación y la educación para la ciudadanía global, donde se ha puesto casi siempre el acento en la transmisión de información desde estas entidades hacia los medios de comunicación de masas o en elaborar diseños de marca de las ONGD y/o de plataformas sociales.

En América Latina sí que existe una amplia tradición, tanto desde la academia como desde la praxis. El hecho educativo, según algunos teóricos latinoamericanos, es esencialmente un hecho comunicativo, implica una manera de hacer y de entender la comunicación; por otro lado, todo acto comunicativo puede orientarse al cambio social. No se puede entender la comunicación y la educación como dos procesos diferenciados.

Uno de esos teóricos, el argentino Mario Kaplún (1923-1998), aplicó a la comunicación las ideas y la metodología de la educación popular de Paulo Freire. De ese modo, abogaba que, frente a lo que él denominó “comunicación bancaria”, existía una “comunicación dialógica” y participativa. Era su estrategia de educación para formar sujetos autónomos, críticos y creativos, partícipes de una sociedad que imagina y construye colectivamente. Su modelo de comunicación es el que promueve el intercambio y la interacción de conocimientos y personas, nunca desde lo individual, la imposición ni la persuasión. Para llevar a cabo esa praxis transformadora es clave el que se empleen metodologías participadas y diseñadas por el conjunto del grupo de personas, como un proceso colectivo, en el que se reconozcan y se sientan parte del mismo.

Viejos mitos y nuevas narrativas

La comunicación (una disciplina con un cometido empoderador y transformador en su raíz, como hemos analizado) posee una serie de imaginarios sociales y mitos que hemos de ir desterrando y apostando por nuevas narrativas, más en consonancia con una verdadera democratización del derecho a la comunicación y el establecimiento de puentes entre diferentes luchas sociales, entre las cuales el feminismo es un pilar central. Un feminismo (o feminismos) que no se quede en una cuota en determinados medios de comunicación que han visto en el enfoque de género un filón, sino transversal, que lo impregne todo.

La comunicación transformadora está separada de aquélla entendida como dominio, como control y como poder a nivel micro y macro; y ha de incidir hacia un modelo comunicacional cercano, local, feminista, ecologista, alternativo, de lo concreto, mucho más cordial, amable y no-dominador.

Otro mito que se repite es el de la “comunicación continua” o “comunicaciones ininterrumpidas”, que aplasta el silencio y fuerza la emisión perpetua de mensajes sin dar tiempo para el silencio, la escucha física y activa, la reflexión, la investigación… De hecho, siempre se ha dicho, de manera coloquial, que el buen comunicador o comunicadora es quien sabe escuchar el doble de lo que habla, quien sabe “escuchar bien”.

El sistema capitalista, y la llamada globalización neoliberal (en la que el desarrollo del mercado se ha convertido en un fin en sí mismo, dotando de un enorme poder a los agentes económicos y financieros transnacionales, y restándoselo a los Estados y a la sociedad civil), ha provocado que desde una perspectiva de la comunicación observemos que sí que se han producido cambios (habrá quien pueda pensar que positivos). Nada más lejos de la realidad: el capitalismo es capaz de cambiar solo lo aparente y transmitirnos que ha habido, por ejemplo, una democratización en el acceso a la comunicación y a la creación de mensajes de alcance global pero, si se reflexiona un poco, se puede dilucidar que tras el universo de dispositivos electrónicos de comunicación y de plataformas y redes sociales no hay un esfuerzo por alcanzar sociedades más justas y participadas.

Además, desde ese sistema capitalista no se cuestionan determinados planteamientos y no se quiere alterar nada, perpetuando así las desigualdades. Esa crítica al capitalismo se puede traducir, en la esfera comunicativa, en una triple vertiente: los beneficios económicos y el crecimiento económico por encima de todo; el “colonialismo”, que ve la existencia de dos polos: “centro” y “periferias”; y una rígida estructura heteropatriarcal.

Otro reto de la comunicación transformadora se circunscribe a cómo hacer visibles los conocimientos sumergidos, arrinconados, negados, marginados… y cómo aflorar esas epistemologías del Sur, ese modo de construir conocimientos desde quienes han sido, históricamente, invisibilizados/as. Siguiendo este hilo conductor, hallamos como alternativa el conocimiento popular y el emanado desde el mundo rural, las niñas y mujeres, las campesinas y campesinos, la población indígena, las personas con diversidad funcional, los colectivos LGTBIQ+, las minorías étnicas, culturales…

No menos importante es el reto de construir el relato de lo que somos y de lo que hacemos, el hacerlo nosotras y nosotros. Tenemos que repensar los modelos de comunicación dominantes y pensar en comunicaciones desde sujetos populares y desde otras visiones del mundo, centrándonos más en los procesos, en el qué y cómo queremos contarlo, que en los resultados o en los dispositivos tecnológicos a nuestro alcance. Hay una palabra con un sentido polisémico que expresa muy bien esta filosofía: “CONTAR-NOS” para que nos tengan en cuenta “a la hora de hacer las cuentas”. Es decir, cómo construir “representaciones” de nuestras organizaciones/entidades para que las y los “representantes” nos tengan en cuenta.

¿Qué queda de esa comunicación popular y comunitaria tan en boga en América Latina durante décadas? Su legado sigue vivo. Nuestros países hermanos allende el Atlántico tienen mucha experiencia al respecto, y de ellos España y Portugal tenemos mucho que aprender. Ese viejo lema de “El pueblo, unido, jamás será vencido” bien podría evolucionar hacia “El pueblo, redistribuido, jamás será vencido”, pues en ocasiones hemos visto esa unión solo como uniformidad, sin entenderla como lo que, creemos, es más eficaz: confluencias y alianzas desde la diversidad. El concepto de “pueblo” se entrecruza con otros términos emparentados: “clase”, “multitud”, “gente”, “los de arriba”, “los de abajo”… Más allá de este planteamiento terminológico está la gran pregunta: ¿cómo podemos incluir al pueblo en procesos de comunicación en marcha? El quid podría estar, tal vez, en convertir ese “objeto de solidaridad” en “sujeto político”, en empoderarlo, darle voz, la palabra, la iniciativa…

Hay un claro dilema, a nivel comunicacional, entre la llamada “lógica colectiva” (trabajar desde esa visión de creación de identidades colectivas y participadas) y la “lógica conectiva” (centrada más en el plano tecnológico, en apropiarse, de manera individual, de mensajes, y rebotar esas ideas ya creadas a través de redes sociales, por ejemplo). La praxis colectiva lleva a la acción, a la configuración y sistematización de nuevas narrativas, alejadas del poder opresor, y cercanas a la ciudadanía, a la gente sencilla, corriente, que tiene muchos mensajes que construir y que difundir.

Algunas experiencias

En torno a toda esta realidad comunicacional hubo en España un punto de inflexión, a partir de 2011, con el surgimiento del 15M y el movimiento de las personas indignadas, un fenómeno más visible que permite identificar y materializar este enfoque comunicacional interesado en impulsar procesos de transformación social. Está claro que existe un afloramiento de iniciativas comunicativas ciudadanas y alternativas, grupos de investigación, organizaciones, proyectos… que son concebidos desde esta perspectiva y entre los cuales, humildemente, se halla la organización a la que pertenezco: la Asociación Extremeña de Comunicación Social (AECOS).

Cabe resaltar que, además de AECOS, en Extremadura hay otras organizaciones que optan por la comunicación transformadora, como es el caso de Asamblea de Cooperación Por la Paz (ACPP) en Extremadura; el Colectivo Cala, de Alburquerque, y Paz con Dignidad. Esta última se encuentra ejecutando un proyecto, “Derechos, poderes y democracia. La comunicación como clave para la transformación social y la defensa de los derechos humanos y de las mujeres”, que, a partir de la comunicación transformadora como herramienta, pretende generar una mayor conciencia crítica entre población extremeña (de Cáceres, Trujillo, Malpartida de Plasencia, Mirabel y Belén, entre otros enclaves), así como potenciar la capacidad de los agentes sociales y educativos extremeños para defender los derechos humanos, y de las mujeres. Un aspecto esencial es tal vez cómo se articula un intercambio de experiencias de radios comunitarias españolas y de América Latina con praxis de comunicación transformadora llevadas a cabo, en el seno del proyecto, con institutos y asociaciones de mujeres extremeñas.

Por otro lado, en AECOS venimos trabajando desde 2017 con un proyecto en el medio rural extremeño que supone un proceso formativo con asociaciones y radios de diez pueblos, con el ánimo de fortalecer la comunicación/información local, popular y rural con enfoque social y transformador, de la mano de las emisoras municipales. Esos pueblos son Carcaboso, Torrejoncillo, Miajadas y Jarandilla de la Vera (en la provincia de Cáceres) y Guareña, Zafra, Oliva de la Frontera, Alange, Castuera y Fuente de Cantos (en la de Badajoz). Mediante este proyecto, denominado “Ondas Intercul-Rurales Extremeñas. Información local y popular para el desarrollo y la transformación social”, fomentamos la participación ciudadana gracias a la implicación en la radio municipal tanto de vecinas y vecinos como de su personal y colaboradores/as. Como ejes temáticos, se tratan cuestiones que tienen que ver con los derechos humanos, la interculturalidad, las personas refugiadas y migrantes, género y feminismos, sostenibilidad, consumo responsable y transformador, y un largo etcétera.

Desde AECOS hemos configurado una red, la Red de Comunicación Social de Extremadura, encargada de establecer un espacio vivo para compartir experiencias, programa de radio, etc. entre personas participantes en los talleres de radio y comunicación social de esos diez pueblos extremeños, así como de acercamiento y formación en torno a la importancia de la comunicación social y transformadora. El pasado 5 de mayo se celebró en Mérida I Encuentro de la Red de Comunicación Social de Extremadura, una red que está abierta a la suma de más pueblos, instituciones, colectivos y medios de comunicación.

Una cita inspiradora

Para concluir este artículo, qué mejor manera que recurrir al ya citado Mario Kaplún para poner en valor esa comunicación tan necesaria de la que hemos venido hablando: la ligada al cambio y la transformación social, a tejer redes, a articular el tejido social y a seducir mediante una lógica colectiva, participada, amable, cercana y de solidaridad.

Aquí os la dejo: “Comunicar es una calle ancha que amo transitar. Se cruza con compromiso y hace esquina con solidaridad”.


José Manuel Rodríguez Pizarro es licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Extremadura, periodista y máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática y la Universidad Complutense de Madrid. Forma parte de la Asociación Extremeña de Comunicación Social (AECOS).


NOTAS:

[1] El  politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama es autor del libro El fin de la Historia y el último hombre (The End of History and the Last Man) (1992), en el que plantea, entre otras cuestiones, cómo tras la caída del comunismo la única opción válida, tanto en lo político como en lo económico, pasa por la democracia liberal. Según él, la historia, entendida como lucha de ideologías, ha acabado tras el fin de la Guerra Fría.

[2] Ese rechazo y fobia al diferente se traduce en diferentes formas de discriminación por motivos como el sexo, la etnia, la nacionalidad, la cultura, la opción política, la religión, la orientación sexual, la identidad de género o incluso por  el hecho de ser pobres. Ya existe, de hecho, un término que define esta forma de discriminación: la aporofobia, acuñado, en la década de los 90 del siglo XX, por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, y que se puede definir como “el odio, la repugnancia u hostilidad ante el pobre, el sin recursos, el desamparado”. Adela Cortina ha escrito y publicado en 2017 un libro sobre este asunto, titulado así: Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia (Paidós).

[3] Una auténtica lección de periodismo y de vida es esta lectura imprescindible para cualquier profesional de la información. En él, Kapuscinski ofrece un relato sobre el papel social e intelectual del periodista en el tratamiento de ciertas informaciones, así como exposiciones en torno al buen hacer del trabajo cotidiano del periodista. En España, otro referente para reporteros, José Martí Gómez, escribió en 2016 un ensayo muy recomendable también: El oficio más hermoso del mundo (Una desordenada crónica personal), editado por Clave Intelectual.

[4]   Esta conocida teoría del establecimiento de la agenda defiende que los medios poseen una gran influencia sobre los públicos a la hora de determinar qué es noticia, qué tiene interés informativo, qué temas son candentes para la opinión pública en un determinado momento y cuánto espacio o tiempo se dedica a ese asunto. No podemos obviar que realmente quien está detrás de esa interferencia en la determinación de temas y tratamientos de la información es el poder político y económico de un territorio.

[5] Así se plantea en el libro Comunicación para el cambio social. La participación y el empoderamiento como base para el desarrollo mundial, de Thomas Tufte, Icaria, 2015.


 

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Un comentario sobre “Una apuesta por los derechos humanos y el cambio social desde la comunicación transformadora”

  1. Genial y brillante esta idea de la comunicación transformadora, tan necesaria hoy , para paliar tanta oscuridad y ocultamiento de millones de personas que habitan la Tierra y de las que poco o nada se habla, si no es para vilipendiarlas y discriminarlas, más de lo que ya están.
    Muy necesario este cambio de pensar, para colocar a la PERSONA en el lugar q le corresponde, por encima de políticas monetarias y mercados. Porque todxs somos importantes y prioritarixs en este mundo que debe vivir fuera de toda injusticia y marginación.

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