Evelia: un testimonio de Guerrero

Conocí a Evelia Bahena García en agosto de 2015, cuando ella acababa de llegar a la Ciudad de México. Yo estaba investigando el caso de la defensora de derechos humanos oaxaqueña Bety Cariño y el activista finlandés Jyri Jaakkola, que en 2010 habían sido asesinados, con la intención de escribir un guion cinematográfico.
Evelia Bahena, fotografiada por Emiliano Freyre.

 

En un principio me había encontrado con Evelia para hablar de Bety, con la que ella había tenido una profunda amistad que creció a la luz de la lucha compartida contra las industrias extractivas.

Evelia había llegado a la capital después de dejar Iguala unos días antes junto a otra activista social y sus respectivas familias: estaban en la Ciudad de México por un tiempo indefinido ante las intimidaciones y amenazas de muerte recibidas por su apoyo a una comunidad pobre que, víctima de los movimientos urbanísticos provocados por la actividad minera en esa región guerrerense, se enfrentaba a ser desahuciada.

Un amigo en común me llevó hasta el hotel donde se estaban quedando hasta que encontraran apoyo logístico para instalarse en la capital. Cuando Evelia llegó al lobby junto al resto de su grupo, buscamos una cafetería cercana para hablar. Ahí, al conocer su historia, decidí recoger su testimonio de vida.

Pasaron varios meses hasta que se concretó una primera entrevista, durante la primavera de 2016. Nos juntamos esta vez en la casa que otra amiga en común, abogada de uno de los casos de los normalistas de Ayotzinapa, comparte con su pareja; un espacio humilde en un barrio popular que recuerda a los visitantes la pasión de los inquilinos por los gatos; tres ejemplares conviven con ellos.

Mientras todos compartíamos unas ‘carnitas’, descubrí que Evelia y su compañero habían adoptado tres perros, una debilidad por el mundo canino que parecemos compartir. Al acabar de comer, Evelia se colocó delante del despacho de nuestra amiga, dejando a su espalda las torres acumuladas del expediente de Ayotzinapa.

Después de aquella entrevista, nos encontramos varias veces, sobre todo por el delicado estado de salud de su hijo menor, Jesús Alejandro, que estuvo hospitalizado durante casi tres meses aquejado de una grave dolencia en el páncreas. Durante aquellos encuentros, y de manera informal, pude saber más de la historia personal de Evelia y le pedí una segunda entrevista. Esta la realizamos en septiembre de 2016, con su hijo ya de vuelta en casa. Como contraste con la primera, aunque sin tal intención, esta vez la hicimos en la cafetería de una conocida librería en un barrio acomodado de la ciudad, un espacio amplio y luminoso de estética cuidada. Pedimos dos limonadas minerales y di al botón rojo de la grabadora. El presente texto se ha construido a partir de ambas entrevistas y de otros detalles que surgieron durante nuestras conversaciones.

Fotografías realizadas por Emiliano Freyre en 2018 en el vestíbulo del Hospital Siglo XXI, frente al mural “Homenaje al rescate” (1988-89), de José Chávez Morado, un bajorrelieve realizado para homenajear a los servicios médicos y la asistencia durante el terremoto de 1985.

I.

“Me inicié en apoyo de mi papá, porque la lucha la empezó él”, dice Evelia de sus primeros pasos en el activismo social en Guerrero, activismo que la ha llevado a forjar su actual notoriedad dentro de su comunidad. Nació en Iguala hace treinta y nueve años y creció en Cocula, pero con apenas dos años cruzó la frontera del Norte de manera ilegal junto a sus progenitores, sus hermanas Indira Jazmín y Seija, de seis y cuatro años respectivamente en aquel entonces, y su hermano Jeese, de siete meses.

Su papá, Evelio, había decidido llevarse a toda la familia a Houston. Buscaba, como tantos mexicanos, una mejor vida en Texas. Allí se gestó otra hermana: Virginia. Después de dos años en Houston y otros tantos en Chicago, la familia regresó a México para instalarse en Tamaulipas, donde vivían varios hermanos del papá. Tras una traumática separación, la mamá, Eduwiges, se llevó a todos sus hijos de vuelta a Cocula. Evelia estaba por cumplir diez años. Su padre se fue a Estados Unidos una vez más hasta que, un año más tarde, volvió para reconciliarse con su mujer, que se quedó embarazada por sexta vez. “Ahí viene mi hermana la más chiquita: Blanca Amy. Después de eso mi papá se fue otra vez al Norte y ya no volvió”.

La señora Eduwiges, una vez la familia paterna no reconoció a los hijos, tuvo que hacerse cargo en solitario de ellos. El esfuerzo fue titánico, “porque las costumbres de los pueblos, con una mujer dejada o viuda… ¡Se tiene casi que encerrar para que no la prostituyan!”, dice Evelia con una sonrisa cargada de pesar. Y así su madre se encerró con la abuelita en su panadería, cobrando treinta pesos diarios con los que debía educar, vestir y alimentar a sus chicos. Sin espacio en la cama, donde sus seis hijos se hacinaban en hilera para poder dormir, la mujer pasaba las noches fumando y escuchando música, esperando a que la mañana trajera un día más.

Para ayudar a su mamá, Evelia empezó a trabajar al acabar la primaria, con apenas doce años. Durante el primer año de secundaria, comenzó a cuidar un bebé. Siguió trabajando toda la secundaria y preparatoria “cuidando viejitos, haciendo aseo… Lo que se atravesara”, ríe. A los dieciséis años conoció a Bulmaro. Él tenía veinte años y estaba en el 21 Batallón de Infantería de Cuernavaca al tiempo que acababa la preparatoria en Cocula. “A los dieciocho años salí embarazada y me casé”. Nació José Rodrigo. Pero con el matrimonio llegarían los golpes, una violencia que se extendería por doce años. Por cuestiones laborales se mudaron a Iguala donde, años más tarde, después de tres abortos espontáneos y un embarazo muy complicado, tendría a su segundo hijo: Jesús Alejandro. Ambos niños nacerían con extraños tipos de epilepsia.

II.

Con Jesús Alejandro cumpliendo siete meses, el señor Evelio, ya mayor, regresó a México. Había ahorrado un buen dinero en el Norte, tenido otras mujeres, otros hijos. Su viejo amigo, Jacobo Guadarrama, había lanzado su candidatura a la presidencia municipal de Cocula. “Le pidió que lo acompañara a las comunidades a hacer campaña y mi papá fue a dar a la Fundación y Real de Limón, donde se hizo un mitin.”

Al presentar Guadarrama a Evelio como amigo de la infancia que venía desde Estados Unidos, la gente se desentendió del acto: querían saber si Evelio hablaba inglés. Y lo hablaba. Entonces le pidieron ayuda: los ingenieros de la minera Media Luna, subsidiaria de la canadiense Torex Gold Resources, les obligaban a trabajar trece horas seguidas sin siquiera descanso para la comida. “Ya que los ingenieros decían que no hablaban español, querían que interviniera para tener al menos media hora”. Evelio, al que su hija recuerda como “candil de la calle y oscuridad de la casa”, se acompañó de los habitantes de la comunidad para hablar con los ingenieros canadienses y entonces se percató de que estos realmente sí hablaban español. Además de la parada para  comer, exigió el respeto a las jornadas laborales de ocho horas.

Pensionado y delicado de salud, Evelio debía ir a menudo a Houston a hacerse estudios. Allí habló de la situación con algunos amigos activistas, que comenzaron a investigar los proyectos de Media Luna. “Mi papá regresó, pero ahora para explicar lo que realmente estaba pasando en las comunidades. Y la gente decidió defender sus tierras, porque la minera le dañaba sus tierras y se las pagaba a veintitrés pesos, haciendo lo que querían con los ejidatarios.”

Guadarrama ganó las elecciones y prometió que ayudaría a las comunidades. Evelio confió en la palabra de su amigo. Era 2007 y ya se había logrado parar la actividad de la empresa, lo que había desencadenado las amenazas oficiales, enviadas con el ejército y la policía. Obligado por su salud a salir con frecuencia del país, y ante el apoyo urgente que necesitaban las comunidades, Evelio pidió a su hija que le ayudara. Ella, además de seguir resentida con su progenitor, estaba absorbida por el ambiente violento en que sobrellevaba su matrimonio, por lo que apenas hablaba con su familia. “Para mi marido yo era su propiedad y no podía salir del círculo que él me marcaba”.

Alentada por su madre, decidió apoyar a su padre, que se retiró a Houston a tener atención médica y buscar ayuda en otras organizaciones. “No sé cómo me llamó la atención irme a la montaña, pero me gustó. Me sentí viva, porque con tantos años de violencia casi dejas de existir como mujer. Existía nada más la mamá, pero no existía la mujer. A mí me veían con unas playerotas abajo de la rodilla, el pelo enredado y no salía más que a atender a los hijos a la escuela… Yo existía como él quería que yo existiera”. Aquello trajo aún más discusiones y palizas. Pero Evelia llegó a la conclusión de que “si me van a matar en casa de un mal golpe, prefiero morir en el monte luchando con mi gente”.

Evelia Bahena, fotografiada por Emiliano Freyre.

III.

Aprendió en los otros y se hizo fuerte enfrentando su realidad con otra mirada. “En el momento en que empecé a defender la vida de otra gente, aprendí sobre todo a defender mi vida, a defender a mis hijos y a ser mujer nuevamente, a sonreír, a disfrutar”. Y así, al tiempo que se involucraba de lleno en la lucha por los derechos de las comunidades, se separó. Ante el rechazo de su familia y su exmarido, que presionaban para que volviera con él, Evelia hoy no duda: “Si yo no hubiera estado en la lucha de las comunidades de la montaña, quién sabe qué habría sido de mí. Yo traté de salvarlos a ellos, pero ellos hicieron algo más grande: ellos me salvaron a mí”.

Pero aquel proceso no fue sencillo. Empezó a estudiar las cuestiones sociales y psicológicas de las comunidades, así como las estrategias que siguen las empresas extractivas para convencer u obligar a la gente a aceptar los acuerdos. “Es muy difícil llegar a comunidades con usos y costumbres machistas, acostumbradas a que los hombres manden y que las mujeres no opinen”. El primer obstáculo que tuvo que salvar fue hacer comprender a los hombres de las comunidades que las mujeres también tenían ideas y podían luchar por los derechos de todos y todas. “A ellos se les hacía difícil entender que el señor Evelio hubiera dejado a su hija Evelia al control de la lucha”.

Poco a poco fueron cediendo y al cabo de un tiempo logró tener a su cargo a más de un centenar de hombres que vieron en ella la cabeza de la lucha por sus derechos frente a la embestida de las transnacionales, cada vez más y mejor relacionadas con las diferentes encarnaciones del poder público.

La reacción ante esta realidad no se hizo esperar: pronto Bulmaro, su exmarido, hizo correr rumores perversos sobre el comportamiento de Evelia con todos esos hombres. Ante tales chismes, ella respondía con humor: “Les decía que sí, que todo era verdad”, ríe.

IV.

Lo que vendría después, sin embargo, sería aún más difícil para Evelia, en cuya vida parecen manifestarse muchos de los estratos históricos de México, que se arrastran desde la tragedia colonial hasta farsas como el porfiriato del siglo XIX y principios del XX o la ley minera de 1992.

David Harvey llama acumulación por desposesión a las políticas neoliberales que, tanto legal como ilegalmente, despojan de la tierra y sus recursos a lo público, para concentrar su riqueza en las élites capitalistas. Naomi Klein habla de doctrina del shock para referirse a aquella represión de impacto que se ejerce para quebrar  toda resistencia a la reconfiguración social que implican estos cambios. Una suerte de encuentro armónico y cruel entre ambos mecanismos habría de darse a partir de entonces en la vida de Evelia.

“Se considera que hay un cinturón de oro que atraviesa todo el Estado de Guerrero: son cantidades estratosféricas de millones de dólares de ganancias, que solo las saben las empresas y el gobierno”, explica Evelia. Además de la mina de Cocula contra la que se organizó la lucha de su comunidad, recuerda otros cerros plagados de oro con cuyas resistencias se implicó: la de Puente Sur-Balsas, la de Carrizalillo, la de Cuetzala, otra rumbo a Tierra Caliente… “Las comunidades creen al principio que las empresas llegan a traer desarrollo, trabajo, beneficios, pero luego ven que los despojan, les quitan sus tierras, los desplazan, los matan, los desaparecen”. Para Evelia no hay duda de que ahí se encuentra la semilla de aquello que sufriría en su propia piel: “Es parte de la estrategia para tener el control sin llevar a cabo ninguna negociación con nadie”.

Primero aparecieron manchas en la piel. Luego, bebés con malformaciones y abortos espontáneos. Pronto se confirmó la contaminación del agua con arsénico. “Cuanto más pasaba el tiempo, más duras eran las estrategias de la empresa para desestabilizar la lucha.” Entre las obligaciones de las mineras con las instituciones locales estaba la de indemnizar a las comunidades afectadas; una pérdida significativa que había que tratar de eludir. Para ello, como tantas veces antes, los factores políticos y la delincuencia intervendrían decisivamente.

Para entonces, el presidente municipal Guadarrama ya había abandonado a las comunidades. Las empresas además financiaban la mayoría de las candidaturas municipales en toda la región. Al ver que la asamblea ejidataria en su práctica totalidad estaba a favor de continuar con la lucha, la minera empezó a intentar asegurarse su influencia sobre algunos de los ejidatarios para debilitar a la mayoría combativa.

Al mismo tiempo se supo que algunos diarios locales, que en un principio dieron cobertura a las denuncias populares, comenzaron a recibir cheques mensuales de la transnacional por valor de cien mil pesos. Las reivindicaciones comunales prácticamente desaparecieron de unos periódicos abrigados por el calor de las mineras. La información sobre las luchas solo asomó para que cabezas como la de Evelia fueran expuestas al escarnio público. La labor periodística siguió así la lógica habitual de este trabajo en México, donde las desapariciones y ejecuciones de periodistas incómodos aparecen como una práctica tan habitual como el premio a los complacientes.

Evelia y Víctor. Fotografía: Emiliano Freyre.

V.

Las difamaciones contra Evelia y su familia se transformaron en persecuciones. Llegaron los allanamientos a su casa. Y poco después, los intentos de asesinato. “En dos ocasiones intentaron matarme”, me confiesa. “En una me quisieron linchar en la comunidad de Nuevo Balsas, pero la gente de la comunidad de Fundición arriesgó su vida por salvarme”. Cuando sus compañeros detuvieron a uno de los que iban a lincharla, este no se anduvo con rodeos: la minera había ofrecido cincuenta mil pesos al que lograra matarla. Entonces se modificaron los horarios y las rutas de los traslados, y se empezó a estudiar con más detalle el comportamiento conjunto entre el gobierno y las empresas.

“La segunda vez que intentaron matarme fue en el campo. Íbamos bajando de la montaña, porque Fundición y Real de Limón están en las faldas del cerro y nosotros íbamos a la cima, que era donde estaba la maquinaria”. Habían dejado de ir por Nuevo Balsas y comenzado a usar la ruta frondosa en la parte trasera de la montaña, que llegaba a la comunidad de Atzcala. Desde ahí, al caer el sol inmisericorde guerrerense, la sacaban a caballo, burro, yegua…

Aquel día ella iba con cuatro compañeros (el señor Eligeo, el señor Braulio, su hermano Melitón y Víctor), cuando de los matorrales salieron seis hombres. Los compañeros cargaron sus armas y abrazaron a Evelia para protegerla. Ella temblaba atemorizada. “Me dijeron que no tuviera miedo, que ellos me iban a defender, y entonces el señor Eligeo le dijo a uno de ellos: ‘sé quién eres y antes de que la mates a ella tienes que matarnos a nosotros.’” Al ser identificados, los asaltantes apuntaron con sus armas a la cabeza de Evelia. Los compañeros de esta hicieron lo propio apuntando contra ellos. Por un instante, entre gritos, Evelia perdió la noción de lo que ocurría. “De pronto, bajaron las armas, pero dijeron que era la última advertencia, que les recomendaba que  me dejaran matar y la empresa les iba  a dar lo que quisieran. Los compañeros les dijeron que me defenderían con su vida y que le dijeran a la empresa que nunca tendría sus tierras”. Una vez más, tuvieron que cambiar las rutas.

Con la actividad minera bloqueada durante casi cuatro años, y una vez demostrado el fracaso de los primeros intentos de asesinato, la empresa exploraría otras formas de romper la resistencia comunal liderada por Evelia. “Me ofrecieron dinero a cambio de abandonar a los ejidatarios: de uno a diez millones de pesos. Conforme eran las reuniones, subía el monto.”

¿Me puede detallar alguna de esas reuniones? “Tuvimos una en un hotel cerca del aeropuerto de la Ciudad de México con un empresario canadiense. Quería negociar sobre la mina en Atzcala y venía con su abogado, de un despacho de renombre. Yo venía con un abogado particular, pues en ese tiempo no conocía organizaciones.” Empezaron ofreciéndoles lo que quisieran tomar del hotel, un hotel lujoso, de esos que tientan a traicionar cualquier principio. Para vergüenza de Evelia, su abogado se deslumbró y no sabía ni qué bebida pedir. Ella pidió agua.

“De pronto me doy cuenta de que el empresario sí hablaba español, y simplemente se burlaba haciéndonos creer que necesitaba traductor. Ahí empezó a decirme que yo era muy valiosa y le serviría mucho para su oficina. Y al abogado, que le serviría mucho también… Y si hubiera tenido oportunidad, se habría ido con ellos, pero como el respaldo de la lucha era hacia mi persona, y así como me respaldaban me podían quitar…” Gentil, con una de esas sonrisas inmaculadas que se dan en las mejores escuelas de negocios, el canadiense le ofreció trabajo y dinero a Evelia. En aquella primera ocasión, un millón de pesos. Después vinieron otras negociaciones con los representantes de otras mineras. Llegaron a ofrecerle hasta diez millones. Justo lo que pedían para el convenio los ejidatarios.

“Cuando eres un luchador, tu fuerza es tu gente. Si vas solo, no eres nadie. Yo no era nadie para aceptar ese tipo de acuerdos y les dije que tenían que hablar con los ejidatarios que estaban afectando”. Y su conclusión resulta estremecedora: “Aquí, cuando luchas, o te intentan matar o te haces millonario. O luchas en grande o te vendes, porque tienes que entregar a alguien o entregarte a ti mismo a cambio de dinero. Y te matan los que están cerca de ti. Las personas que se venden están siempre cerca. Y eso es mucho. Es muchísimo. Porque eso ha costado la vida de muchas personas. Y sí, en México, luchar contra las transnacionales es sentenciarte a muerte. Pero si inicias una lucha así no la puedes dejar jamás. Porque no peleas nada más por ti, sino por tu familia, por tus vecinos, por mucha gente que ni conoces. Porque eres madre, eres padre…”

VI.

Evelia vive hoy desplazada en el Estado de México con sus dos hijos y su compañero, Víctor. Durante el verano de 2016, su hijo Jesús Alejandro, con tan solo once años, tuvo un infarto y estuvo a punto de morir. Con el tejido de su páncreas muerto en un 80 por ciento, sufre las múltiples negligencias causadas por los efectos en su estómago de la medicación con la que durante años se ha tratado su epilepsia. Evelia y su compañero tuvieron que elegir entre pagar los gastos del hospital público Siglo XXI o el alquiler de su humilde casa en Revolución, en la Ciudad de México.

Por ese motivo, salieron con todas sus cosas y los cuatro se fueron a un cuarto en la azotea del edificio, de dos metros y medio por tres metros. Tras descubrir que habían abierto varias veces su camioneta (en lo que parece una búsqueda desesperada de documentación), pudieron comprobar que también habían allanado su pequeño cuarto. Se instalaron entonces en la casa de unos familiares en el Estado de México, donde aún siguen.

Mientras tanto, durante este tiempo, Evelia también ha tenido que luchar en los tribunales para conservar su casa en Iguala, cosa que, tras una primera victoria judicial, por el momento ha conseguido. La misma casa se vio fuertemente dañada tras el terremoto del 19 de septiembre pasado. Y ahora Evelia y su familia, ante la crónica desprotección pública, deben afrontar una reparación costosa que se suma a los gastos inexcusables de su hijo pequeño, quien sigue combatiendo con un vigor encomiable la precariedad de su salud.

Lejos aún de Iguala, a la que ha vuelto esporádicamente sin sacudirse el miedo del todo, debido a las amenazas de muerte que pesan sobre ella, Evelia engrosa la cifra de más de trescientas mil personas desplazadas en todo el país durante algo más de un lustro. A ellas cabe añadir los más de treinta mil desaparecidos y ciento sesenta mil ejecutados en el mismo periodo, todo de acuerdo con algunos de los estudios más optimistas.

El testimonio de Evelia es íntimamente suyo, pero habla por multitudes.


Emiliano Freyre es el pseudónimo de un periodista. Ante los riesgos actuales de esta actividad en México ha preferido mantener su identidad en el anonimato.    

Artículo publicado en el nº77 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo cuatrimestre de 2018.


 


 

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *