La estética del miedo: el conflicto de la frontera norte ecuatoriana en los medios de comunicación

El cambio de gobierno en Ecuador a partir de la victoria del presidente Lenín Moreno ha traído novedades a un país que se había caracterizado por la reducción de homicidios y los episodios de violencia común en los últimos años.

Los atentados y el secuestro y posterior asesinato de tres periodistas en la frontera norte con Colombia han desatado la alarma entre una población que podría llegar a apoyar el regreso de la base militar estadounidense expulsada durante el mandato de Rafael Correa. En este contexto, los medios de comunicación masivos parecen aceptar de manera poco crítica la dudosa gestión del suceso por parte de un gobierno que ha declarado la guerra a un disidente de las FARC, supuesto autor de los asesinatos y convertido en la cara visible de un conflicto de gran complejidad.

Esmeraldas es el nombre de la provincia que conecta a través de la costa a Ecuador con Colombia. La situación de aislamiento geográfico y la cercanía al territorio donde operan grupos criminales vinculados al narcotráfico hicieron de esta zona fronteriza un área de tránsito de gran complejidad que, a inicios de año, se convirtió en noticia tras los ataques con coche bomba a sedes de la Policía Nacional del Ecuador. Dos meses después, la sociedad quedaba conmocionada por el secuestro de tres periodistas del diario El Comercio que habían sido desplazados a la zona para cubrir lo que empezó a denominarse conflicto de la frontera norte.

Tras dieciocho días de secuestro, el presidente Lenín Moreno comunicaba a la población, con gran emotividad en sus palabras, la confirmación del asesinato de los tres ecuatorianos. El pronunciamiento oficial se producía después de que la noticia abriera los medios colombianos, dando lugar a especulaciones y confusión entre las familias de las víctimas. En ese momento, el presidente anunciaba un despliegue militar para capturar a Wálter Artizala, conocido como Guacho, supuesto responsable de la muerte de los tres periodistas y de otros miembros del ejército que fallecieron en el ataque.

El vídeo grabado por el periodista Javier Ortega como prueba de vida permitió identificar al Frente Oliver Sinisterra y a su líder, Guacho, como autores de los atentados y asesinatos que habían conmovido al país. Los medios de comunicación difundieron la imagen y el perfil del Guacho hasta la saciedad: el terrorista que había puesto en jaque al gobierno de Lenín Moreno era un joven semi-analfabeto, desvinculado de la guerrilla desmovilizada de las FARC, y conectado a organizaciones de narcotráfico con presencia en la zona.

Un mes después de que los asesinatos fueran confirmados, la presencia del ejército en el territorio de Esmeraldas aún no ha logrado la captura de Guacho ni la localización de los cuerpos de los periodistas asesinados, petición expresa de las familias al presidente Moreno.

Estrategias de terror

Los sucesos ocurridos en los últimos meses han posicionado en los medios de comunicación ecuatorianos una agenda informativa habitual en otros países de la región con presencia de organizaciones criminales y amenazas a las vidas de periodistas que no se daban en el país andino, hasta este momento. Las representaciones realizadas por los medios de un conflicto relativamente nuevo no pueden dejar de ser conectadas con otra serie de acontecimientos y cambios que se están produciendo en la actualidad, y que remiten a estrategias de terror identificadas en otras latitudes del continente.

La estética del miedo como arma de guerra psicológica es un recurso utilizado por los cárteles del narcotráfico para generar terror en la sociedad. La violencia empleada en los crímenes, las amenazas constantes, la exposición de muñecos ahorcados a la vista pública, se convierten en mensajes dirigidos a la población y amplificados por unos medios de comunicación que aún deben resolver el profundo desafío de cumplir con su labor informativa sin caer en el juego cómplice del poder.

Aunque se trata de hechos muy recientes, es posible percibir en la sociedad ecuatoriana una serie de discursos que evidenciarían el impacto del tratamiento informativo de los sucesos ocurridos. La difusión de la imagen de los periodistas con cadenas al cuello durante su captura y, posteriormente, de sus cadáveres, o la repetida de Guacho portando armas en actitud desafiante, representan una estética del miedo que termina generando una reacción de terror en la esfera pública.

Coincidiendo con otros episodios de violencia en los que se hizo hincapié en la nacionalidad del agresor, el miedo ha generado reacciones diversas en la sociedad ecuatoriana, casi todas ligadas a una emocionalidad desbordada y un dañino e inusual sentimiento nacionalista expresado en discursos xenófobos dirigidos hacia población colombiana y venezolana.

La percepción constante de una situación de amenaza y su direccionamiento hacia ese otro (un otro extranjero, violento, pobre) facilita el debilitamiento de resistencias a las formas de control, incluida la militarización del territorio que, en el caso de Esmeraldas, conforma una zona económicamente deprimida, con mayoría de población afrodescendiente y de escasas oportunidades laborales.

Consecuencias en lo político

Los episodios de violencia ocurridos en el norte ecuatoriano, acompañados de falsas amenazas de bomba en otros puntos del país, han provocado, o coincidido, con medidas que parecen delinear un nuevo escenario de alianzas de un gobierno cada vez más distanciado del legado de Rafael Correa.

Como consecuencia inmediata a la amenaza de Guacho (presentado siempre por su pasado vinculado a las FARC), el presidente Lenín Moreno anunció la retirada de Ecuador como facilitador de los Acuerdos de Paz entre el gobierno de José Manuel Santos y el Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN), sin que aún haya sido aclarada la relación de la actividad de Guacho con un proceso de paz reclamado por el país vecino.

Con todo, lo que más incredulidad genera entre una parte de la población crítica con la gestión de la crisis es el acercamiento del gobierno ecuatoriano a Estados Unidos a través de un acuerdo de cooperación en materia de seguridad dirigido a la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico, que se produce casi diez años después del cierre de la base militar ubicada en Manta.

El convenio, firmado recientemente, se llevó a cabo después de la notable cobertura a las declaraciones del embajador Todd Chapman sobre los sucesos ocurridos en la frontera y la eliminación, días antes de que se produjeran los secuestros, de la Secretaría Nacional de Inteligencia de Ecuador, decisión tomada “recogiendo el clamor ético de la ciudadanía”, según anunció el presidente Moreno.

Las medidas tomadas por el Gobierno coinciden, también, con un contexto de acusaciones por parte de Moreno sobre una supuesta colaboración de su antecesor, Rafael Correa, con las bandas criminales que habrían desencadenado el episodio de violencia actual, así como con la salida a la luz de la situación en un territorio conocido en la ruta del narcotráfico hacia el norte, el lavado de dinero y el tráfico de drogas, personas, madera y minerales.

Estas medidas del gobierno y las nuevas alianzas en política exterior invitan a prever un escenario de durabilidad del conflicto para el que todavía no han dado respuesta unos medios de comunicación concentrados en el aspecto emocional de un suceso que de manera trágica ha impactado en la profesión. Hasta el momento son escasas las voces críticas que han denunciado la militarización de un territorio ya golpeado y cómo la coyuntura ha sido hábilmente utilizada por Estados Unidos para generar nuevas alianzas y ganar presencia en un contexto que en los últimos años había rechazado, y denunciado, su participación en cuestiones de índole interna.


Mª Cruz Tornay es colaboradora de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Shura Rosero es profesor en la Universidad Central del Ecuador.

Artículo publicado el 25/05/2018 en el blog de Pueblos en El Salto.


 

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