Roberto Olivares, director del documental ‘Dios nunca muere’: “Cuando haya una sociedad consciente que presione a su gobierno, habrá ya hecha una gran investigación para buscar la justicia que la gente está esperando”

‘Dios Nunca Muere’ se pregunta, transcurridos diez años del conflicto de Oaxaca, qué pasó con las personas que sufrieron las graves violaciones de derechos humanos que cometió el gobierno mexicano, qué secuelas tienen, cómo viven ahora, qué ha pasado con los casos en el plano jurídico. Roberto Olivares, fundador de Ojo de Agua y director de este documental, participó en el 9°Festival Internacional de Cine Invisible de Bilbao, donde pudimos hablar de esta obra, de sus inquietudes y de la película en la que ahora está trabajando, mediante la que indagará en la identidad de México y en las raíces indígenas, europeas y africanas de este país.
Roberto Olivares, fotografiado por Alba Onrubia en Bilbao.

 

– ¿Qué te llevó a crear Dios nunca muere

– Habían pasado diez años del conflicto social de Oaxaca y desde Ojo de Agua[1] teníamos claro que había que hacer algo. Era algo que estábamos obligados a hacer pero que no queríamos… tratábamos de huir de la idea. Pero Diego Osorno, el otro director del documental, que estaba en la Comisión de la Verdad, lo vio importante y ya no pudimos huir más.

Era difícil documentarnos acerca de todas las violaciones que se llevaron a cabo. Hubo 26 asesinados, más de 500 personas detenidas arbitrariamente, gente golpeada, desaparecida… Esto afecta a nivel emocional, para documentar este tipo de cosas uno tiene que tener una formación y un tipo de carácter. Estuvimos grabando durante un año, solo dedicados a eso.

Durante el conflicto fuimos, creo, el grupo independiente que más se involucró, con sus cámaras y su micrófonos. Al principio sacamos muchos cortos. Eran contrainformación. Ya a finales de 2007,  con un poco más de calma, produjimos tres largos, ya un poco más para el análisis y la reflexión.

En el documental Un poquito de tanta verdad, de Jill Irene Friedberg, con quien colaboramos, se  hablaba del papel que jugaron los medios independientes en el conflicto. La  rebelión de las oaxaqueñas, hecho por Tonatiuh Díaz González, un compañero de Ojo de Agua, contaba el conflicto visto desde la óptica femenina, pues la mujer tuvo una participación clave en todo el movimiento y había que reconocer ese compromiso y hacer una memoria. El largometraje Compromiso cumplido, realizado por mí, narra las violaciones de derechos humanos en el conflicto una tras otra, las más emblemáticas, para que la gente pudiese entender cómo fue creciendo. El título lo tomé de una frase publicitaria de campaña del gobernador.

-¿Por qué se titula Dios nunca muere?

– Fue una decisión complicada porque la expresión es muy clara para la gente de Oaxaca, pero nada conocida afuera. Queríamos que el título fuese muy cercano a la gente de Oaxaca, para que lo sintiera. Me han hecho esta pregunta un montón de veces, e incluso hay gente que piensa que tiene que ver con el tema religioso. Pero no, Dios nunca muere es un vals de Macedonio Alcalá, que se compuso hace muchos años y por alguna razón se convirtió en himno de las personas de Oaxaca. Si hay una ceremonia y suena esta música, la gente se para, se le pone la piel chinita. No es un himno nacional, no tiene esa connotación política, no fue impuesto…

También en parte era una provocación. Se iban a ver imágenes violentas y sabía que eso iba a provocar distintas reacciones. Hay gente que me dijo que eso era una falta de respeto, pero les pregunté cómo se sintieron cuando vieron eso, si sintieron algo desagradable… Es lo que quiero que sientan. Sucedió con Compromiso cumplido, porque las secuencias de enfrentamientos llevan la música de “Dios nunca muere”.

Roberto Olivares, fotografiado por Alba Onrubia en Bilbao.

 

– Imagino que el proceso de documentación sería largo. ¿Cuánto tiempo has invertido en el proyecto?

– El material, toda la documentación, es nuestro, de lo que hicimos nosotros. Pensábamos que La Comisión de la Verdad iba a jugar un papel más importante en el documental, pero en realidad no fue así. El caso de Doña Juliana, la viuda que al final se reivindica el caso de su esposo, sí que lo acercó la Comisión, pero los otros tres casos eran personas que ya conocíamos, que incluso, una de ellas, ya había sido protagonista en los documentales anteriores.

Lo que no medimos bien fue que cuesta mucho reponerse. Eso mismo de que nos resistíamos nosotros a pesar de que teníamos la obligación de hacer ese documental… No sé por qué yo no pensé que ellos iban a estar exactamente igual o peor, como víctimas. Fue muy duro para ellos porque llevan diez años luchando por salir de eso y hacer este documental era como volver abrir esa herida. En este sentido, siento que no llegué donde quería llegar, a profundizar un poquito más en los personajes.

Yo quería seguir, ya que sentía que no tenía el material, pero llegó un momento que ellos nos frenaron. Eso no se puede trasgredir. En un tema como este hay tantas cosas emocionales, tanto dolor, que tiene que haber un proceso más largo de acompañamiento e incluso búsqueda de apoyo psicológico.

Las cuatro personas representan a muchas más que están en situaciones muy similares. Me interesaba no revictimizarlas, mostrar que, a pesar de todo, siguen enfrentando la vida con gran dignidad, que van adelante y que, aunque es triste y grave, la gente se sobrepone cuando tiene un espíritu fuerte claro.

– ¿Cómo escogisteis a las personas? En concreto me llamó la atención Juliana, a quien nombraste antes, con esa timidez, poco social… ¡Es un reto!

– Había un universo tan amplio que era difícil decidir. Me faltaba incluir una víctima de un evento que hubo muy fuerte, el 25 de noviembre, cuando detuvieron masivamente a la gente, y no hay nadie que represente ese día que fue terrible. Fue el día en el que las personas que no teníamos miedo comenzamos a tenerlo. Hubo incluso heridos de bala. Ese día fue clave para desinflar el movimiento.

Quería que saliese una señora que ya conocía, y de hecho dijo en un inicio que sí, pero cuando lo consultó con el Comité de su organización le dijeron que no. Es una señora muy humilde que vendía por la calle chicles y dulces. Los policías la golpearon, la agarraron a ella, que no estaba nada más que vendiendo dulces en la calle. Quería ese caso porque ilustraba muy bien la brutalidad y ese código salvaje “detengan a quien sea que no importa”.

Me parecía importante que hubiera una viuda que representara a la gente que perdió a un familiar, También era importante que estuviera Emeterio, que sobrevivió a una golpiza terrible, y también Ramiro, que, aunque no era el caso más dramático, era interesante por el tema del exilio.

Cuando ya teníamos estos tres casos, entró la otra variable de que no me gustaba que fuesen dos hombre y una mujer. Buscamos y la Comisión, a través de Diego, me habló de Juliana. Al marido de esta señora también lo habían asesinado, y además el caso está muy avanzado y probablemente pueda tener una resolución pronto. Pensé que era perfecto, que podría ser que cuando la película terminara le diera un cierto nivel de esperanza. Ella tenía dos problemas: trabaja muchísimo y está muy afectada por el caso, no quería hablar nada. No tenía problemas en que nosotros le grabáramos, pero no quería que le pidiéramos hablar. Fue un reto tremendo construir su personaje a partir de lo que los demás dicen de ella. Le rogamos que nos dijera nada más como se llama, de dónde viene, y qué piensa o que siente después de saber que su caso se consignó. Los 20 segundos que habló los pusimos completitos en el documental.

– ¿Tenías el guion y la estructura en la cabeza o fue surgiendo según ibais documentándoos y rodando? 

– Sabíamos que tenía que haber un bloque del documental que narrara lo que sucedió, pero no queríamos poner el acento en lo que pasó, sino que queríamos ver el hoy, cómo están hoy, como es su vida, si están contentos o tristes, las secuelas y cómo enfrentan esa situación. Los llamábamos una o dos veces a la semana, les preguntábamos qué actividades tenían planeadas y entonces les decíamos si podíamos ir a grabar.

Había situaciones muy obvias, como grabar dando clases a la maestra. Con Emeterio igual, ya que él está prácticamente incapacitado, está en su casa haciendo cinturones y cositas de lata, pero tiene la agenda de las marchas, y como él no puede caminar mucho, lo que hace es llegar al punto del mitin. Eso tenía que grabarlo. A Emeterio se le iluminaban los ojos al hablar de Puerto Escondido, así que le dije de ir. Con Ramiro fuimos a Oregón, pero no nos dio tiempo a grabar mucho. Unos amigos que trabajan en la Universidad allí nos ayudaron después a grabar algunas secuencias en una cena y en un parque.

– Los procesos, ¿siguen en el mismo momento o ha habido avances?

– Están igual. Los maestros apoyaron a este nuevo gobernador con la esperanza de que hubiera algo de justicia, porque si ganaba el mismo partido obviamente no había ninguna esperanza. Pero veíamos que llevaba año y medio gobernando y no hacía nada, así que los maestros empezaron a presionar y se tuvo que crear la Comisión de la Verdad. Sin embargo, el propio gobierno obstaculiza las labores de la Comisión.

Se logró sacar el caso de la señora Juliana, pero hasta ahí, no lograron más. Ahondaron más en las investigaciones, con cierta desilusión algunos de los miembros, ya que la sociedad fue muy dura con la Comisión. También se entiende, la gente tenía razones para sospechar porque la creó el Estado. No hay confianza cuando una Comisión depende de alguna forma del Estado.

Creo que a la larga el trabajo de estas personas de la Comisión se va a reconocer. Había un trabajo de organizaciones defensoras de los derechos humanos, que documentaron violaciones, que tenían expedientes, que hicieron mucho trabajo legal, y la Comisión hizo una gran recopilación de todo eso y en algunos aspectos pudieron indagar un poco más.

Cuando haya un gobierno, una sociedad consciente que presione a su gobierno, habrá ya hecha una gran investigación, estarán todos los elementos para buscar la justicia que la gente está esperando. No sé cuándo va a llegar ese momento, fue muy difícil cómo se creó la Comisión, la desconfianza fue brutal. De hecho, como comentaba antes, cuando elegimos los casos para el documental pensamos en un principio en otros que nos parecían muy interesantes, pero algunas de las victimas directamente nos dijeron que no querían participar en el documental porque no confiaban en la Comisión. Lo entendí, a pesar de que les explicábamos que la Comisión no era la que tenía control sobre esto, que era nuestra productora la que iba hacer todo.

Roberto Olivares, fotografiado por Alba Onrubia en Bilbao.

 

– ¿Has tenido algún tipo de presión que obstaculizara la producción de la película y su difusión?

– Honestamente, no. No que pueda relacionarlo directamente con el Estado. No se ha visto mucho en México en festivales, pero sí en universidades y espacios educativos. Nos interesaba mucho este público.

– ¿Cual crees está siendo la repercusión de esta película a nivel político o de investigación? 

La ha visto poco público en comparación con otras. La gente creo que se conecta con el documental y la mayor parte de las veces que yo he estado presente en los debates después de la función, me queda claro que el mensaje se transmite claramente. Más allá de que la gente esté a favor o en contra del movimiento de los maestros, todo el mundo coincide en que como ciudadanía no se puede permitir la violación de los derechos de esta forma. No me siento capaz de discutir en conflicto, que es tan complejo, en 90 minutos, y prefiero ir a la parte que me parece más urgente, que es cómo la sociedad permite este tipo de violaciones, como puede haber indiferencia.

– Y en Europa, ¿crees que la película está sirviendo para visibilizar el conflicto?

– Tuvimos mucho público en Bilbao[2] y hubo una buena conversación. Me doy cuenta de que hay que seguir haciendo más difusión de la película, que la gente se engancha con las historias, quieren saber qué está pasando, incluso muchas personas preguntan qué podemos hacer. Ese es nuestro trabajo. Yo no soy abogado, no puedo hacer que un caso avance o no porque no es mi área, pero si difundimos los hechos, se fortalece la búsqueda de justicia.

No me dedicaría a esto si pensara que no sirve para nada, pero tampoco siempre sirve como uno quisiera, esa es la cuestión. Lo medios y el cine tienen una capacidad transformadora, pero no siempre es como uno lo piensa. Es un mundo complicado.

– Tu siguiente proyecto, ¿está vinculado con algún tema social?

– Sí, básicamente todo lo que hago tiene que ver con ello. El proyecto en el que estoy ahorita es muy ambicioso, creo, porque quiero entrar a discutir un tema que para mí es una obsesión, la discriminación en México.

Lo he trabajado tangencialmente, pero creo que es el momento de entrarle de frente. Quiero que la gente reflexione, no tanto que me cuenten cómo le han discriminado, no una colección de historias de personas, no va por ahí mi interés. Lo que busco es que las personas reflexionen acerca de cómo esa forma en que los demás las han visto ha influido en cómo se ven a sí mismas.

Me parece que esa es la única cosa que sí podemos cambiar. Puedo lograr que la manera en la que otros me ven y lo que piensan de mí no determine cómo yo me veo y como lo que yo pienso de mí. Es muy difícil abordar esto de manera audiovisual, por eso creo que es un gran reto.

En México la discusión del racismo ha sido muy rara siempre, porque, en primer lugar, nunca se asume como un país racista, siempre se cree que el racismo es un problema de otros. Por otro lado, se borró de la historia de México la presencia de los africanos, se nos contó el cuento de que somos mezcla entre indígenas y europeos. Hicieron desaparecer la tercera raíz que forma parte de nuestra identidad, la raíz de África. Estoy trabajando en una zona de México donde todavía hay afrodescendientes para incluirlas en el debate de la identidad.

José Vasconcelos Calderón, considerado el padre de la educación moderna en México, tenía una visión incluso fascista, decía que esa mezcla entre lo indio y lo europeo nos hacía ser superiores. Es una locura que se nos ha venido repitiendo y que no resuelve para nada lo que me preocupa, la diversidad que existe en México.

Ni somos un solo México ni somos iguales ni nada parecido. Somos un montón de gente de pueblos distintos. Se llama México al país por una cuestión política, pero en realidad somos un montón de sociedades que se relacionan de manera, desgraciadamente, desigual. Hay un grupo que se considera superior y la sociedad está organizada de este modo, verticalmente y con un profundo racismo.

Estoy en proceso, falta bastante. Estoy escribiendo, es la primera vez que tengo la necesidad de tener mucho más claro lo que quiero. La parte visual es la más compleja, tengo ya algunas imágenes pero me falta trabajar más. Si todo sale bien, en 2019 espero tenerlo terminado. El título tentativo es “El laberinto”.


Fany Castillo Murillo es responsable de comunicación de Paz con Dignidad.


NOTAS:

  1. Ojo de Agua Comunicación: www.ojodeaguacomunicacion.org.
  2. Novena edición del Festival Internacional de Cine Invisible (Bilbao, octubre de 2017), organizado por KCD-ONGD Kultura, Comunicación y Desarrollo.

 

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