Memorias del exilio. Memorias compartidas

¿Qué emociones experimenta una persona obligada a exiliarse? ¿Cómo afecta a su vida, sus relaciones, su identidad o sus condiciones socioeconómicas el verse obligada a dejar su hogar, su familia, su trabajo y su país, a veces de la noche a la mañana? ¿Son estas vivencias experiencias humanas universales que trascienden momentos históricos y espacios geográficos concretos?

Estas son algunas de las preguntas que en 2014 planteamos desde CEAR-Euskadi y Gernika Gogoratuz en un proceso de encuentros y diálogos que impulsamos conjuntamente y en el que participaron colectivos de personas refugiadas y diferentes agentes vinculados a la memoria histórica y los derechos humanos. Queríamos poner en diálogo la experiencia vivida por el exilio vasco durante la Guerra Civil y la represión franquista, y la de las personas que hoy llegan a esta tierra desde otras geografías en busca de seguridad y refugio.

El objetivo era defender el derecho de asilo a través de un ejercicio de memoria colectiva y encuentro. En un momento en el que se evidencia que el ejercicio de ese derecho no está siendo garantizado, nos parece imprescindible recordar que la sociedad vasca, no hace mucho, también se vio obligada a huir de su tierra para salvar la vida. Traer a la memoria las miles de niñas y niños subiendo a los barcos en el puerto de Santurtzi hacia países que no conocían, sin saber cuánto duraría la guerra, cuándo volverían a ver a sus madres y padres. Familias enteras, o lo que quedaba de ellas, cruzando a pie las fronteras hacia una Francia que no siempre les dio la bienvenida. Y, finalmente, aquellos paisajes extraños y aquellas gentes que las acogieron con dignidad y con calor humano.

Los motivos que empujan a alguien a exiliarse son muchos. Huir de la persecución racial, la guerra, la miseria, de un matrimonio forzado o de la violencia tránsfoba. Cada una de las historias del exilio humano es diferente en su crueldad. Sin embargo, en aquellos encuentros que celebramos hace ahora ya cuatro años se compartía cómo la vivencia es a menudo parecida. Aparecen el miedo y el dolor. Tu proyecto de vida queda en suspenso, no sabes si podrás retomarlo algún día. No sabes cuándo lograrás volver a ver a tus hijas e hijos, que dejaste siendo bebés en los brazos de una hermana. Si  volverás a pasear por las playas de tu pueblo o a tener un empleo a la altura de tu formación y experiencia.

A esos encuentros, vividos con emoción por quienes participaron, siguió un proceso de investigación que pretendía profundizar en este diálogo. Diez mujeres y cinco hombres cuya vida está marcada por el exilio (ocho personas refugiadas en Euskal Herria y otras siete vinculadas al exilio vasco) compartieron sus vivencias en sendas entrevistas. A través de ellas se desmenuzaron los hechos que les empujaron a salir, así como los impactos que esta experiencia ha tenido en sus vidas a diferentes niveles: lo personal, la identidad, lo familiar y comunitario, o lo social. Muchas de ellas hablan del miedo, del desarraigo, de la frustración y de la nostalgia. Hablan de un desgarro, un trauma y una tristeza constante que se transmite, a veces, hasta las siguientes generaciones.

«Yo ya llevaba un tiempo recibiendo amenazas: cosas como que a tu hija le entreguen a la salida del colegio un sufragio, que es como una esquela de muertos que se entrega en Colombia, con tu nombre […]». (Rosario)

«Una de las cosas que más he echado de menos es la familia. Yo no tenía abuelos. A mi abuelo le fusilaron, el resto se quedó aquí. Para mí los abuelos eran unos españoles que vivían allí […]». (Igor)

«[Me sentía] fatal. Muy mal, muy mal, muy mal. Ni dormir, ni beber, ni comer. Solo llorar y llorar. Porque perdí mi trabajo, mis hijos, mi familia, mi madre mayor». (Augustine)

«[…] todos estábamos tocados porque, claro, los padres estaban siempre con la idea de que iban a volver y nunca se acababan de integrar. A nosotros eso también nos repercutió muchísimo. Nunca me sentí yo mexicana, y aquí, ¿qué soy? Tampoco… Entonces eso sí produce un desarraigo fuerte».  (Maitena)

«Uno de los mayores problemas de las personas refugiadas es que, generalmente, no encontramos trabajo, y cuando lo encontramos, es un trabajo esclavo». (Amina)

Preocupación constante, impotencia, dificultades económicas, culpa y vergüenza, choque cultural… Tanto las personas exiliadas como las refugiadas hablan de la dureza del viaje. Un tránsito que es especialmente peligroso en el caso de quienes huyen hoy:

«Ellos embarcaron y no sabían ni a dónde iban; y llegaron allí. Sé que los dividieron en varios barcos y pensaron incluso que los hermanos iban a ir al mismo sitio, y no fue así. Unos llegaron a Canadá, otra a Francia, y ellos a Venezuela. Es inimaginable subirte a un barco y no saber a dónde vas… Con lo puesto y ya está…». (Ainara)

«En el camino muchas veces estuve a punto de perder a mi hijo. Por la noche no podía dormir, en la madrugada gritaba, tenía pesadillas, soñaba que me mataban, que me quemaban, que estaba en un río y el agua se llevaba a mi hijo… ». (Leila)

«Te devuelven sin saber de dónde eres, quién eres, sin ningún tipo de protección […]. Hasta el desierto de cerca de Mauritania y Argelia. Ahí no hay vida, no hay casa, no hay árboles; hay solamente arenas. Y nos han dejado con el bebé, con los bebés. Más de 200 personas, […] hombres, mujeres, niños. Me acuerdo de que he visto morir un bebé ahí. Hemos enterrado un bebé». (Gustave)

A pesar de la dureza de las experiencias, también aparecen en muchos de los testimonios aspectos positivos, como haber conseguido vivir con una mayor sensación de seguridad, el crecimiento y los aprendizajes que ha entrañado el propio sufrimiento, y la esperanza de poder volver algún día a su tierra:

«Aquí me siento como otra persona, diferente, más autónoma. Sí que más herida, pero más fuerte». (Leila)

«El quedarme aquí es como una forma de empoderarme y de poder crecer cada día». (Amina)

Ante las circunstancias impuestas que conlleva el exilio, ¿cómo salir adelante? ¿Cuáles son los recursos que se ponen en juego para sobrevivir? Las personas refugiadas no son simplemente víctimas de una realidad que les sobreviene; están cargadas de saberes y fortalezas. En las entrevistas se tomó nota de las múltiples estrategias de afrontamiento que desarrollan. Algunas son recursos personales, como la determinación por salir adelante, o por dar continuidad al compromiso político que tenían en origen; o la espiritualidad; las habilidades y capacidades para conseguir ingresos; el esfuerzo por aprender el idioma y por incorporarse a la sociedad de acogida, o saberse sujetos y sujetas de derechos. Otras son estrategias colectivas: muchas personas hablan de la importancia de las comunidades de personas de sus países de origen, como fueron los centros vascos en América Latina y aquí hoy lo son las asociaciones de personas migrantes. Además, varias mujeres apuntan que participar en colectivos feministas y de mujeres ha sido para ellas muy empoderante y reconfortante.

«Yo creo que a ellos les ayudó el recuerdo y la fe en que iban a volver. Cuando celebrábamos la Nochevieja, siempre pensábamos y queríamos que fuera el último año». (Igor)

 «[Los movimientos de mujeres] me dan crecimiento personal, generan estabilidad, me ayudan a legitimarme. Construyo la idea de que otro mundo es posible, construyo vida, construyo lucha». (Rosario)

Finalmente, otro de los aspectos en los que se indagó a través del proceso investigador es el de las demandas de reparación. ¿Qué piden quienes han sufrido el exilio? ¿Qué podría repararlas? Quienes tuvieron que escapar de la violencia de la Guerra Civil y la represión franquista piden fundamentalmente el cumplimiento de la memoria histórica, un reconocimiento a aquellas personas a las que se arrebató la libertad o la vida, y también a quienes tuvieron que huir. Las personas refugiadas hoy en Euskal Herria demandan un reconocimiento social e institucional de quiénes son y por qué han tenido que escapar. Acoger humanamente significa escuchar su verdad, visibilizar y hacer una reflexión crítica sobre el modelo político y social que genera desplazamientos forzados, y sobre el papel que todas jugamos en su mantenimiento. Piden un reconocimiento jurídico mediante la concesión del estatuto de refugiadas y el cumplimiento y garantía de todos sus derechos, incluidos el derecho a la vivienda, al empleo digno o a la salud. Pero no solo tienen demandas hacia las instituciones. A las sociedades de llegada piden una acogida más cálida y más digna, sin racismo ni discriminación.

«[Pido] un reconocimiento en primer lugar a estos que están enterrados en las cunetas, eso lo primero, estos que está la familia que quiere recuperarlos. Y luego un reconocimiento a los que se fueron». (Arantzazu)

«Mientras que las personas sigan teniendo hambre, mientras que sigan viviendo sin paz, mientras que las mujeres sigan siendo violadas, todo el mundo buscará salir para tener la paz. La paz es un derecho». (Gustave)

La memoria histórica es una herramienta política que puede impulsar transformaciones sociales. En CEAR-Euskadi queremos apelar a la memoria y a la empatía. Hoy toca acoger más y mejor. No solo porque lo digan los tratados internacionales de derechos humanos ratificados por las autoridades, sino porque hay una responsabilidad histórica.  Acoger no es solo alojar. Implica abrazar, acompañar, compartir, convivir. Aprendamos de nuestra historia. Fuimos exilio. Seamos refugio.


Ane Garay Zárraga forma parte de CEAR-Euskadi.

El informe completo de la investigación “Memorias compartidas” y otros materiales obtenidos de este proceso pueden descargarse en la web de CEAR-Euskadi (https://www.cear-euskadi.org/producto/memorias-compartidas/).


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