Ciudades fronterizas: “no lugares” para las personas, enclaves perfectos para el capital

Hoy en día existen once muros en el mundo construidos sobre líneas imaginarias con la finalidad de marcar el territorio donde un país puede ejercer su soberanía, pero también, y sobre todo, marcar una separación del país o países colindantes. Las ciudades fronterizas que quedan a un lado o a otro de estos muros guardan los secretos sobre la imperiosa necesidad de establecer separaciones. Su composición urbana, dinamismo social, económico, político y las vidas de las personas que allí residen están totalmente ligados a la relación con la frontera. Por ello, el cuestionamiento o reforzamiento de esas fronteras supone un impacto directo en sus vidas.

Al analizar las ciudades fronterizas desde el punto de vista de la geografía económica podemos partir de la clasificación propuesta por Lawrence Herzog, quien establece que existen cinco tipos de relaciones entre ambos lados de la frontera: mercado transfronterizo de trabajo, mercado transfronterizo de consumo, mercado transfronterizo turístico, mercado transfronterizo de vivienda y tierra y manufactura global transfronteriza. Basándonos en esta clasificación podemos afirmar que las relaciones en la frontera, más allá de quedar relegadas a muros o verjas, responden más bien a intereses político-económicos de los países que las mantienen, en tanto que aportan obstáculos político-administrativos que impiden solucionar los problemas que atañen a toda la sociedad en beneficio de intereses económicos transnacionales.

Contención y dinamización

Para ello, las ciudades fronterizas están planificadas con el objetivo de que cumplan una doble función: de contención y de dinamización de la economía. El papel de contención marca la dinámica en materia de control poblacional bajo el cual se justifica la imposición de una política de seguridad mucho más estricta que amplía las funciones policiales y restringe las libertades individuales bajo el supuesto de amenaza continua.

A menudo estas ciudades han servido como laboratorio de pruebas, bien para aplicar medidas que sirvan para el control migratorio y comprobar su efectividad, bien para materializar estrategias que sirvan para generar presión política entre gobiernos o bien para erigir manufacturas con una amplia flexibilización de las condiciones laborales, que facilitan la proliferación del comercio informal. Las estrategias empleadas en estas ciudades pueden ser organizadas o no, pero a menudo no responden más que al patrón de sacar beneficios. Con la globalización se ha ido extendiendo un patrón similar que termina caracterizando a las ciudades fronterizas de diferentes lugares del mundo. Encontramos, por ejemplo, maquilas textiles con las mismas condiciones de esclavitud laboral en las subfronteras centroamericanas, en la frontera de México con Estados Unidos, en la frontera entre la India y Pakistán (Cachemira) o en la frontera entre España y Marruecos. Y es que a menudo el “hecho en/made in” de las camisetas que venden las grandes marcas comerciales nos dice mucho más del lugar donde están fabricadas que de los elementos que las componen.

Guerra de fronteras y “no ciudades”

Hablamos de ciudades en las que se entremezclan infinitud de violencias y que dan pie a lo que muchas expertas en la materia, como Helena Maleno, llaman “guerra de fronteras”. Este concepto nos sirve para sistematizar toda la serie de dinámicas del terror que se dan en estos escenarios territoriales, que están directamente ligadas con el comercio y permean todas las capas sociales.

Las ciudades fronterizas toman forma hoy en día de enclaves de monocultivos o explotaciones mineras o petroleras, lo que conlleva que se conviertan en lugares fértiles para la prostitución y sean perfectos testigos de narcotráfico, trata y tráfico de seres humanos, animales exóticos u órganos. Todo ello, en su combinación, genera un cóctel que en su versión más generosa implica que sean concebidas como “no ciudades”, pues lo que ocurre en un momento, instante o día es pasajero, con lo cual la ley deja de ser efectiva en su aplicación y la tarea de control se somete a unas dinámicas de violencia que implican la imposición del orden por la fuerza. Las negociaciones políticas llegan hasta donde les permiten los intereses económicos.

Comercio y ciudades fronterizas

Las relaciones comerciales que se dan en las ciudades fronterizas se caracterizan por tener poca regulación, un fuerte consumo de bienes materiales y baja capitalización bursátil, es decir, el escenario perfecto para la economía informal. En la frontera entre México y Estados Unidos es común que la población mexicana se desplace hasta centros comerciales exclusivos ubicados en territorio estadounidense para realizar compras de productos. En cambio, en la frontera entre España y Marruecos destacan las porteadoras, personas que cargan a sus espaldas varias veces al día más de 70 kilos de peso en productos de comercio minoritario para trasladarlas a mercados informales ubicados en territorio marroquí, desde donde se venden a comerciantes que lo revenden en diferentes localidades de Marruecos y/o África.

Por lo tanto, son escenarios diferentes pero con un tipo de comercio en el que las reglas de juego las marcan las relaciones comerciales y en el que la transparencia económica es inexistente, debido mayoritariamente a una regulación fiscal flexible donde destaca el goteo del dinero derivado del comercio informal.

Otro aspecto ligado al comercio son las condiciones laborales. En tanto que el mayor porcentaje de puestos laborales responde a la economía informal, podemos imaginar la calidad de estas condiciones. Entre las empresas con actividad económica registrada sobresale la industria manufacturera, en la que destaca la producción de alimentos, tabaco, calzado, prendas textiles y madera. Su ubicación se establece en las llamadas zonas francas, caracterizadas por ser territorios delimitados donde se goza de ciertos beneficios tributarios, como por ejemplo la excepción del pago de derecho de importación de mercancías. En estos territorios se alzan las fábricas conocidas como maquilas cuya gestión, mayoritariamente, depende de un intermediario minorista que vende a grandes marcas transnacionales como Disney, Nestlé, Adidas, Inditex o Samsung.

Si nos paramos a analizar la estrategia económica que hay detrás de las zonas francas de exportación, fácilmente relacionamos la amabilidad tributaria para la atracción de capitales con la generación de puestos de trabajo con regímenes especiales que flexibilizan sus condiciones laborales a la baja, ocasionando que los horarios laborales se amplíen, que las garantías de cotización se reduzcan y que los salarios sean precarios. Un escenario en el que se dan tres factores en los que el capitalismo liberal se materializa: ausencia o minimización de condiciones laborales dignas, ubicación privilegiada para la excepción del pago de impuestos tributarios y territorio geopolítico perfecto para el intercambio de mercancías entre países, lo cual les permite jugar libremente con el valor del producto. Son enclaves perfectos para empresas transnacionales, sujeto que construye el poder a escala transnacional.

Tratados y zonas de libre comercio

Una de las herramientas más eficaces para la expansión del capital transnacional son los tratados de libre comercio (TLC), que se materializan en un acuerdo comercial regional o bilateral entre los países participantes a costa de la eliminación o rebaja sustancial de derechos arancelarios, la liberalización del comercio y de subsidios, la flexibilización de los procedimientos aduaneros y la unificación de normas, de forma que se garantice una ágil y libre exportación e importación de productos. Con la entrada en vigor de los TLC se conforman las llamadas zonas de libre comercio (ZLC), que son áreas o regiones en las que los países limítrofes se ponen de acuerdo para rebajar o eliminar las barreras arancelarias y reducir los procesos burocráticos con la finalidad de atraer inversión extranjera.

Las ZLC proliferaron entre países en vías de industrialización entre los años 70 y 80 bajo el ideal de que el establecimiento de estas zonas supondría una estimulación de la economía local y una posterior creación de puestos de trabajo que contribuiría a la rebaja de los índices de pobreza y desigualdad. Bajo este supuesto, muchos países de Asia y América Latina establecieron ZLC y firmaron TLC. Años después, tras la valoración del impacto de los TLC en algunos de esos países se ha comprobado que el establecimiento de ZLC ha incrementado los índices de desigualdad, ha aumentado la pobreza y ha supuesto la precarización de la vida de las personas.

No obstante, estas valoraciones no han sido suficientes para que se planteen otras formas de mercado que no exploten los territorios y tengan en cuenta los derechos laborales, puesto que en los últimos años han proliferado las llamadas zonas económicas especiales (ZEE), sobre todo en Centroamérica y México. Estas ZEE son áreas o regiones dentro de un país en las que las normas de comercio, el entorno regulatorio, los impuestos y las condiciones de inversión son mucho más liberales que en el resto del país. Esto representa un paso más para el neoliberalismo, ya que se materializa en la configuración de una subfrontera dentro del propio país donde las normas y regulaciones se establecen según el interés comercial con el objetivo de atraer inversión extranjera. Ya se han establecido ZEE en Honduras y en México se lo están planteando.

En la práctica, estas ZEE se organizan como un paraEstado en el que quien detenta el poder y determina la estructura social, económica, política y administrativa son las propias empresas transnacionales, ya que presionan a los gobiernos estatales para que se establezcan normativas y regulaciones que favorezcan directamente sus intereses. El Estado, en estos casos, es un mero intermediario que cumple la función de gestionar el interés de la transnacional. Toda esta artificialidad parte del mismo mantra que sirvió para empujar el auge de los TLC y configurar las ZLC: generación de empleo, atracción de capital extranjero y reducción de la pobreza y desigualdad. El mantra en el que se ha apoyado y se apoya la globalización neoliberal.

Ciudades fronterizas
entre México y Estados Unidos

La frontera más transitada hoy en día es la que separa Estados Unidos y México, con 3.180 kilómetros de largo y más de un millón de cruces legales al día. En el lado mexicano las ciudades fronterizas que más destacan por su relación con la frontera son Reynosa, Nuevo Laredo, Ciudad Juárez o Tijuana. Sus pares en el lado estadounidense son Edinburg, Laredo, El Paso y San Diego. Todas ellas presentan una estructura urbana y actividad comercial totalmente ligada a su par del otro lado de la frontera.

El muro se construyó en 1994 bajo el mandato de Bill Clinton en el marco de la Operación Guardián, también llamada Operación Muerte, con la finalidad de frenar el paso a la población migrante que intentaba entrar a los Estados Unidos. Una operación paradójica, ya que mientras miles y miles de tráileres cruzan la frontera cada hora cargados de mercancías, a las personas se les prohíbe el paso, se las criminaliza y se las detiene con total impunidad. Varias ciudades de ambos lados quedaron partidas por la construcción del muro y otras ciudades del lado mexicano han ido creciendo paulatinamente hasta toparse con el muro.

La expansión de estas ciudades ha hecho que se configuren entramados urbanos que no guardan ningún tipo de relación con las necesidades de la población, sino más bien con la proliferación de fábricas, maquilas y empresas del sector servicios, destacando la existencia de un sinfín de prostíbulos que intentan dar respuesta a la demanda de la población paralizada en el lado mexicano de la frontera. Otra de las actividades económicas que más ha aumentado ha sido la llamada “economía criminal”.

La forma en que se ha intensificado la violencia en la frontera mexicana ha ido en paralelo a la construcción y reforzamiento del muro. El aumento en el control migratorio y la existencia de grupos paramilitares en el lado estadounidense ha ocasionado que se multipliquen redes de trata y tráfico de personas en ambos lados de la frontera, con la consecuente reproducción de la violencia, destacando el feminicidio en ciudades como Ciudad Juárez o la desaparición de miles de personas centroamericanas que emprenden procesos migratorios.

Cada día que amanece en esa línea imaginaria que llaman frontera se configuran nuevos motivos en forma de detención, muerte o desaparición que justifican la necesidad de reivindicar el libre movimiento de las personas y cuestionan el establecimiento de políticas de represión, control y freno migratorio. En cambio, cada día que amanece en esa línea imaginaria que llaman frontera, 14.000 tráileres cargados de mercancía cruzan la frontera a diario en Laredo, el puerto interior más grande del país, donde uno de cada tres empleos depende del comercio internacional.

Escenarios compartidos

La primera contradicción entre las ciudades y las fronteras es justamente su propia definición. Mientras que la idea de ciudad implica centralidad, la idea de frontera implica separación. Por ello, cuando hablamos de ciudades fronterizas nos referimos a “no lugares” en tanto que no responden a una planificación urbana que atienda las necesidades y demandas de la población, sino que es la existencia de una frontera la que determina su distribución. Es por ello que, como comentábamos más arriba, muchas ciudades fronterizas, aunque estén ubicadas en diferentes países, contextos o continentes, mantienen una estructura y unas características comunes que nos evocan escenarios compartidos.

Prostíbulos, maquilas, barrios desestructurados urbanísticamente, mercados al aire libre y concentraciones de personas y mercancías nos permiten hacernos una imagen del dinamismo frenético que caracteriza el paso de las horas en estas ciudades. Todo este ensamblaje de actividades al margen de la regulación genera grandes  bolsas de economía informal o “del rebusque”, como la han denominado algunas autoras. Y es que las fronteras son espacios en los que sobrevivir implica rebuscar entre lo que se puede intercambiar y/u ofrecer a precio variable según las necesidades o las ambiciones. Donde el trabajo esclavo en fábricas o maquilas marca el pasar las horas de muchas personas y familias que tratan de obtener un sustento económico que les permita mejorar su bienestar. Para algunas de las llamadas fronterizas, personas nacidas y crecidas en las fronteras, no hay otra forma de vida que las actividades que se desarrollan entre el espacio que ofrecen la posibilidad y la informalidad.

Según Lawrence Herzog, las relaciones que se dan en las fronteras determinan en un gran porcentaje las negociaciones entre gobiernos. La matriz productiva de un país puede quedar sometida a la demanda que el país o países limítrofes determinen. Ejemplo de ello son las rebeliones que se han dado en los últimos años en los antiguos países que conformaban la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, como es el caso de Ucrania, frente a la decisión de entrar a formar parte o no del espacio de la Unión Europea (UE). Otro ejemplo fue la aprobación del acuerdo entre la UE y Turquía. El Gobierno de Erdogan aceptó aplicar medidas de contención a la población refugiada que llegaba desde Siria a cambio de obtener garantías que le despejasen el camino para su supuesta entrada a la UE.

Todo ello evidencia que la imposición o no de fronteras responde a intereses político-económicos, puesto que hay otras formas de organización que no conllevan el establecimiento de muros ni verjas. Desde el plano de la geopolítica, ¿a quién interesa que se sigan reforzando las fronteras para las personas y se liberalicen para las mercancías?


Beatriz Plaza Escrivà (@BeaPlazaE) es activista en la plataforma Ongi Etorri Errefuxiatuak (OEE) y forma parte del consejo de redacción de Pueblos-Revista de Información y Debate.  

Artículo publicado en el nº75 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2017.


 

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